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asesino en Serie del siglo XV (parte 2)

Gilles de Rais - Confesión oficial y ejecución


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asesino en Serie del siglo XV (parte 2)
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Manuscritos del juicio de Gilles de Rais

…Le dejaron solo para que meditase en los crímenes que debía confesar, públicamente en la audiencia, al día siguiente. Fue ése el día solemne del proceso. La sala, donde se hallaba el Tribunal, rebosaba gente y la multitud, comprimida en las escaleras, colmaba los patios, llenaba las callejuelas vecinas, atestaba las calles. Los campesinos habían acudido de veinte leguas a la redonda para ver a “Barba Azul”, la famosa fiera ante cuyo nombre, antes de su captura, se cerraban las puertas en las temblorosas veladas en que las mujeres lloraban en voz baja. El Tribunal iba a reunirse en pleno. Los asesores que de ordinario se reemplazaban durante las largas sesiones, estaban presentes. La oscura sala estaba sostenida por pesados pilares románicos. Las trompetas sonaron, la sala se iluminó, los obispos hicieron su entrada en silenciosa procesión. Los obispos se sentaron en la primera fila y rodearon inmóviles a Jean de Malestroit que, desde un sitial más alto, dominaba la sala. Después, con una escolta de soldados, hizo su entrada Gilles de Rais. Estaba macilento y temblaba. Tras los prolegómenos, comenzó el relato de sus crímenes.

Con voz sorda, secándose las lágrimas, narró los raptos de niños, sus tácticas, sus juegos crueles, sus violentos asesinatos, sus implacables violaciones; describió haberse tendido en los intestinos; confesó haber arrancado corazones a través de heridas ensanchadas. Y todo el tiempo se miraba los dedos, que sacudía como para dejar gotear la sangre. Los presentes en la sala, aterrados, guardaban un pesado silencio que algunos breves gritos rompían, de pronto; y muchos se llevaban a mujeres que se desmayaban ante las historias truculentas del Mariscal. Pero él parecía no oír nada, no ver nada; continuaba recitando la letanía de sus crímenes. Después su voz se hizo más ronca. Narraba sus episodios de necrofilia y el suplicio de los niños que engañaba para cortarles el cuello. Divulgaba todos los detalles. Sobre ese momento, J.K. Huysmans escribe:

Fue tan terrible, tan atroz que, bajo sus capas de oro, los obispos temblaron; sacerdotes templados en el fuego de las confesiones; jueces que en tiempos de endemoniados y asesinos habían oído las más terribles declaraciones; prelados a los que ningún crimen, ninguna abyección de los sentidos, ningún estiércol del alma asustaba, se persignaron. Y Jean de Malestroit se volvió y tapó por pudor el rostro de Cristo. Luego, todos bajaron la frente y, sin pronunciar palabra, escucharon al Mariscal que con la cara trastornada, empapada en sudor, miraba al crucifijo, cuya invisible cabeza, con su corona erizada de espinas, levantaba el velo. Y alcanzado por la gracia, en un grito de horror y alegría, había convertido súbitamente su alma; la había lavado con sus lágrimas, la había secado con el fuego de sus torrenciales oraciones, con la llama de sus locos impulsos; renegaba del carnicero de Sodoma y reaparecía el compañero de Juana de Arco, el místico cuya alma volaba hacia Dios entre oraciones balbuceadas y mares de lágrimas”.

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Juicio de Gilles de Rais

Gilles declaró ante el Tribunal y el pueblo:

Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes, niños y niñas, y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos. Aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros los mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados. En todas estas viles acciones yo fui la fuerza principal (…) Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, utilizando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas, y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad, incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente. Me gustaba meter mi miembro viril en los culos de las niñas que no sabían todavía para qué servían sus otras partes. Dejé que mi semen impregnara los cuerpos de estos niños y niñas hasta cuando estaban agonizando. Éste no es el final de mis execrables crímenes. Siempre me he deleitado con la agonía y con la muerte. A aquellos niños de cuyos cuerpos abusé cuando estaban vivos, los profané una vez muertos. Después de que hubieran muerto, gozaba a menudo besándolos en los labios, mirando fijamente los rostros de los que eran más bellos y jugueteando con los miembros de los que estaban mejor formados. También abrí cruelmente los cuerpos de aquellos pobres niños o hice que los abrieran en canal a fin de poder ver lo que tenían dentro. Al hacer esto mi único motivo era mi propio placer. Codiciaba y deseaba carnalmente su inocencia y su muerte. Con frecuencia, he de confesar, y mientras esos niños estaban muriendo, yo me sentaba sobre sus estómagos y experimentaba gran placer en oír sus estertores de agonía. Me gustaba que un niño muriera debajo de mi cuerpo, u observar como uno de mis criados cometía actos de sodomía con un niño o una niña y lo mataba después. Solía reírme a carcajadas a la vista de un espectáculo así (…) Ordenaba que Griart, Corillaut y los otros convirtieran después en cenizas los cadáveres de mis víctimas (…) Me gustaba ver correr la sangre, me proporcionaba un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, el Apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el infierno antes de poder creer en el cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos. Yo soy una de esas personas para quienes todo lo relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo. Si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla”.

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La cocina de Gilles. Cuadro de Pierre Klossowski

Gilles acabó su relato y se produjo una sensación de alivio; hasta entonces había permanecido de pie, hablando a borbotones. Cuando terminó, se derrumbó y sollozando gritó: “¡Oh Dios, Redentor mío, os pido misericordia y perdón!” Después volvió la cara hacia la gente del pueblo a cuyos hijos había destrozado y les dijo llorando: “¡Vosotros, los padres de los que tan cruelmente he asesinado, dadme el socorro de vuestras piadosas oraciones! Vosotros que estáis presentes, vosotros, sobre todo, a los cuales he masacrado los niños, yo soy vuestro hermano, hijo de Cristo. Por pasión por Nuestro Señor, os imploro, rogad por mí. Perdonad de todo corazón el mal que os he hecho, como vosotros esperáis la piedad y el perdón de Dios". Jean de Malestroit dejó su asiento y levantó al acusado que, desesperado, golpeaba las losas del piso con la frente; abrazó fuertemente al culpable que se arrepentía y lloraba su falta. Jean de Malestroit dijo a Gilles, de pie, con la cabeza apoyada en el pecho: “¡Reza para que la justa y espantosa cólera del Altísimo se aplaque, llora para que las lágrimas purguen los locos entresijos de tu ser!” Y la sala entera se arrodilló y lloró por el asesino. Cuando se acabaron las oraciones, hubo un instante de enloquecimiento y confusión. El Tribunal, silencioso y enervado, se recompuso. Con un gesto, el Promotor detuvo las discusiones. Dijo que los crímenes eran "claros y evidentes”, que las pruebas eran manifiestas, que el Tribunal podía ahora “en alma y conciencia castigar al culpable" y pidió que se fijara el día de la sentencia. El Tribunal lo señaló para dos días después. Se le imputaron ciento cuarenta asesinatos, aunque muchos opinaban que era autor de más de doscientos. Investigadores de los siglos posteriores elevarían esa cifra hasta mil niños asesinados. Ese día el oficial de la iglesia de Nantes, Jacques de Pentcoetdic, leyó una tras otra las dos sentencias; la primera dada por el Obispo y el Inquisidor sobre los hechos pertenecientes a su común jurisdicción afirmaba:

Invocado el Santo nombre de Cristo, Nos, Jean, Obispo de Nantes, y el hermano Jean Blouyn, bachiller de nuestras Sagradas Escrituras, de la Orden de los Hermanos Predicadores de Nantes y delegado del Inquisidor de la Herejía para la ciudad y diócesis de Nantes, en sesión del Tribunal y teniendo ante los ojos sólo a Dios declaran que el Mariscal de Rais es condenado a ser colgado y quemado vivo”.

Tras escuchar la sentencia, Gilles de Rais pensó en sus amigos; quiso que también ellos muriesen en estado de gracia. Pidió al Obispo de Nantes que fuesen ejecutados no antes ni después, sino al mismo tiempo que él. Como era el más culpable, afirmó, debía cuidar de su salud espiritual, asistirles en el momento de subir a la hoguera. Jean de Malestroit accedió a esta súplica. Llevado de nuevo al calabozo después del juicio, dirigió una última súplica al obispo Jean de Malestroit. Le rogó que intercediera ante los padres y madres de los niños que tan ferozmente había violado, torturado y matado, para que accedieran a asistirle en el suplicio. Asombrosamente, la gente sollozó de piedad: ya no vio en aquel señor demoníaco sino a un pobre hombre que lloraba sus crímenes y que iba a afrontar la muerte. Y el día de la ejecución, desde las nueve de la mañana, una multitud recorrió la ciudad en una larga procesión. Cantó salmos en las calles y se comprometió, bajo juramento en las iglesias, a ayunar durante tres días para intentar asegurar, por ese medio, el reposo del alma de Gilles de Rais. A las once, fue a buscarlo a la prisión y le acompañó hasta la pradera de la Biesse, donde se levantaban altas piras, coronadas de horcas. El Mariscal sostenía a sus cómplices, los abrazaba, los exhortaba a tener “gran dolor y contrición por sus fechorías” y, golpeándose el pecho, suplicaba a la Virgen que les perdonase, mientras el clero y el pueblo salmodiaban las siniestras e implorantes estrofas del Oficio de Difuntos: “Nos timemus diem judici Quia maliaet nobis concili Sed tu, Mater summi concili Para nobis locum refugi, Oh Maria, Tanc iratus Judex”. Gilles de Rais, ya en el patíbulo, cantó un "De Profundis" con voz sonora y fuerte. Exhaló luego un gemido y añadió: "Demos gracias a Dios por este signo manifiesto de su amor", y continuó rezando de rodillas. De inmediato, todo el gentío se arrodilló y rezó con él. Sentado sobre un taburete, con las manos atadas y el nudo de la cuerda al cuello, el verdugo encendió la hoguera que se encontraba debajo de él, en el justo momento en que le quitaban el asiento. Gilles de Rais quedó colgando, en medio de los espasmos del ahorcamiento. Pero entonces la cuerda se rompió y el Mariscal, agonizante, cayó sobre la hoguera. Allí murió mientras los jueces, los padres y centenares de niños, derramaban muchas lágrimas por él. Sus camaradas y cómplices le siguieron poco después al patíbulo. Pero por ellos nadie lloró. Sus cenizas fueron reclamadas por sus parientes. Fue enterrado en una iglesia de los Carmelitas Descalzos en Nantes. Sus bienes fueron confiscados en beneficio del duque de Bretaña y de la Iglesia.

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Ejecución de Gilles de Rais

Con los siglos, la figura de Gilles de Rais se convirtió en una leyenda oscura e inspiró al personaje "Barba Azul". Su historia fascinó a pintores, músicos, cineastas y escritores como Béla Bartók, Charles Perrault, Georges Bataille, Joris Karl Huysmans, Mallarmé, Thomas Mann y Mario Vargas Llosa. El cineasta Pier Paolo Pasolini planeaba rodar su historia cuando fue asesinado. Bataille lo definió como "un niño con poder" y de poseer "una monstruosidad esencialmente infantil". Otros asesinos legendarios vendrían después de él: Vlad Tepes “El Empalador” y Erzebeth de Bathory “La Condesa Sangrienta”. Pero Gilles de Rais, “Barba Azul”, fue quien marcó una época y con sus crímenes escribió con sangre su nombre en la historia del mundo.
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Sello y estandarte de Gilles de Rais



asesino en Serie del siglo XV(parte 1)



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7 comentarios - asesino en Serie del siglo XV (parte 2)

nakson -2
es jack el destripador :O
Scherzo +2
una confesión del siglo 15 no vale un choto, sabiendo que se hacían bajo tortura.
churrenchex
yo no puedo creer que la gente llorara por el