Las mejores peliculas de animacion
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Up” (Pete Docter, 2009): Uno de los argumentos en favor de la autonomía de la animación como medio expresivo antes que como categoría al uso fue la nominación al Oscar® a la Mejor Película que consiguió Pixar por este largometraje; honor sólo compartido con “Toy Story 3” y “La bella y la bestia”. Y es que desde sus escalofriantes primeros minutos “Up” daba la vuelta a muchas cosas, y no sólo a las leyes de la gravedad con esa ilusoria y fantástica casa flotante. Para empezar, el clímax lacrimógeno tan sufrido por Disney se colocaba en una secuencia introductoria clave para el espectador adulto y lenitiva para los niños: ellos enseguida tragarían la amarga cucharada de ese matrimonio que crece entre alegrías y desventuras, sin que su percepción pueda captar todavía la gravedad de una muerte y pensando, en cambio, cuántas aventuras siguen después, entre pájaros multicolores, perros parlantes, abuelos graciosetes y un boy scout quejicoso. El perfecto álbum de cromos que nunca pasan de moda, con algunas esquinas levantadas por el paso del tiempo. Esos detalles, sobre cosas y personas ausentes, que sólo captarán los más maduros. Bajo una hermosa cubierta cinematográfica, el hecho narrativo inevitable: la mayor aventura es la que aporta el público al tender vínculos entre odiseas fascinantes que parecían inalcanzables y sus modestas vidas.
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WALL·E” (Andrew Stanton, 2008): Extraer expresividad de un robot de exoesqueleto geométrico y casi silente —salvo por sus tarareos de “Put on your Sunday clothes”, del musical “Hello Dolly” (Gene Kelly, 1969)— significaba que Pixar había estudiado a fondo las lecciones de Ghibli. Sin las muletillas disneyanas para conseguir ese propósito, como adjudicarle al androide una vocecilla que parlotea o manipular su anatomía de modo que adquiera una semblanza más antropomórfica, Walle era un montón de chatarra con corazón de planta delicada. Sus deudas de diseño con “Cortocircuito” (John Badham, 1986) —y de algunas escenas de conformación de identidad—, no pasaron inadvertidas a espectadores con morriña, pero el proyecto se propulsaba mucho más alto. Barrer las estrellas con los dedos, el sueño imposible, era una alegoría de la técnica, fundamentada en un objetivo primario: el conflicto de la película pasaba por ir sumando recursos cinematográficos a un panorama pobre, en cuanto a Tierra convertida en vertedero sideral y en cuanto al largo tramo de pantomima que intercambian Walle, su cucaracha y la aerodinámica Eva. La complejidad creciente, sin embargo, revelaba una base muy sencilla, pues lo que todos los personajes pelean por conservar es un delicado brote de vida verde. El germen, en definitiva, de toda buena historia, esté equipada o no con un armazón de plástico y comandos digitales último modelo.
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Fantástico Sr. Fox” (Wes Anderson, 2009): Tal vez las mejores películas de animación basadas en textos infantiles suceden cuando el resultado final acaba apartándose de manera notable de ese referente. Así acontece en historias comentadas más arriba; también en la asociación del cineasta Wes Anderson con el universo inquietante y optimista de Roald Dahl. En su novelita “El Superzorro”, Dahl construyó un alegato por la naturaleza salvaje y por la convivencia entre el desarrollo urbano y las costumbres del campo. Anderson, sin obviar por completo esa lectura, la llevaba a su propio campo de juego con transfiguraciones animales de sus personajes habituales. Zorros, tejones, comadrejas, conejos y topos bravucones, ofendidos, neuróticos, acomplejados o pasivos —todos con voces portentosas—; un filón de psicoanalista zoológico y un excelente cambio de registro para un director que mantiene, a pesar de todo, sus guiños inconfundibles. Este microuniverso extravagante trajo consigo una nueva ruptura de los conceptos ‘para adultos’ y ‘para niños’, al que aportaba muchísimo la técnica de animación de Mark Gustafson, pretendidamente amorfa y con olor a naftalina.
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Toy story” (John Lasseter, 1995), “Toy story 2” (Lasseter, 1999) y “Toy story 3” (Lee Unkrich, 2010): ¿Qué película rechazar del catálogo de Pixar? Aun mediando preferencias y debilidades personales, todas ellas aprueban con nota bien alta la renovación de la industria animada entendida como un enfoque y no un modo de hacer cine. La historia empezó en un cuarto infantil lleno de juguetes, quizá el escenario que reúne todas las esencias de la casa de John Lasseter. Y desde su acta fundacional con el cowboy Woody y Buzz Lightyear como perfecta buddy couple, de vez en cuando el estudio ha regresado a las peripecias de esa pandilla de muñecos y peluches de diversos materiales, añadiéndoles nuevas texturas, niveles de detallismo increíble y giros dramáticos que han tratado la trilogía con la inteligencia que merece, en vez de seguir una estela de escalada en el chiste, a cada nueva entrega más burdo y referencial. “Toy Story 3” supuso, además, un canto de cisne inusitado, que unía el principio y el final de la saga en ese estampado de nubes sobre cielo azul, como una promesa de sueños perpetuos. Aparte, dos cortos: el de Barbie y Ken de vacaciones por Hawai y el superior de los muñecos de franquicia fast food, proyectado junto a “Los Muppets” (James Bobin, 2011).
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Pesadilla antes de Navidad” (Henry Selick, 1993): Varios acompañantes adultos salieron asustados de las primeras proyecciones: ¿era lícito que la empresa Disney estampara su sello sobre una historia tan macabra? Las herencias del expresionismo alemán y del folklore mexicano marcaron los moldes de Tim Burton para ese mundo de Halloween que, no contento con su fecha de celebración anual, extiende sus calabazas de dulces hacia otros parajes festivos como las navidades. Jack Skellington tiene ya más de figura pop, presente en toda clase de merchandising, que de personaje atribulado y cantarín. Las canciones de Danny Elfman sentaron las bases de un musical animado diferente, en el que la profundidad emocional podía depositarse en almas rotas, recosidas, desmembradas o directamente malévolas. Imágenes tan desconcertantes para una mirada infantil, como el dedo que levanta la tapa de la cabeza para rascar un cerebro o el hombre del saco que vibra por su interior de gusanos e insectos, contribuyeron a que las pesadillas pudieran ser algo sumamente divertido y rítmico, recuperado sólo en parte en “La novia cadáver” (Burton, 2005).
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La bella y la bestia” (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991): Tras el relanzamiento que supuso “La sirenita” (Ron Clements y John Musker, 1989) para la casa Disney, el prestigio se recuperó de modo rotundo con la nominación al Oscar® a la Mejor Película conseguida por esta historia, la primera de animación en incluirse dentro de esa (por aquel entonces más) reducida categoría. Partitura de excepción firmada por Alan Menken, una de las nuevas colaboraciones de confianza de la empresa, recuperación de un cuento de hadas oscuro de Madame Leprince de Beaumont —siguiendo el sendero abierto por la versión de acción real de Jean Cocteau— y confirmación de la nueva dinastía de princesas Disney con esa Bella aguerrida y benévola. La película bordeaba toda connotación sexual y zoofílica, pero tampoco se ahorró el oscurantismo del ala prohibida y de los cabreos mayúsculos de la Bestia, todo un prodigio de diseño que alcanzaría su máxima revolución animada en la escena del baile. Aunque desde el propio estudio defienden que hay otras cintas mejor dibujadas que ésta —como “Aladdín” (Clements y Musker, 1992)—, no niegan que el éxito popular y crítico de la película, restrenada en 3D en 2010, se mantiene gracias a su perfecta combinación de hálito clásico y una óptica más desinhibida y moderna.
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Ghost in the shell” (Mamoru Oshii, 1994): “Final fantasy: La fuerza interior” (Hironobu Sakaguchi y Motonori Sakakibara, 2001) se propuso marcar un punto de inflexión en el territorio fronterizo de la animación para adultos y los adelantos digitales que, con el tiempo, permitirían prescindir de actores reales. El debate que James Cameron conseguiría encender con más virulencia unos años después, con “Final Fantasy” se quedó en agua de borrajas, y demostró que el mejor anime mantenía sus trazas de siempre. Bien en la accesibilidad de Studio Ghibli, bien en ejemplos de sagas para adultos cargadas del poderío visual y quimérico de un panorama fantástico para niños. El manga de Masamune Shirow se trasladó en esta primera entrega de una larga franquicia, que acompaña a cyborgs policías y hackers en uno de los paisajes urbanitas y postapocalípticos —¿o preapocalípticos?— tan queridos por los mejores relatos de catastrofismo nipón. La filosofía de un Philip K. Dick y la sincronía estética de un mundo sin nada amable, obligado a mostrar su belleza en turbadoras conexiones de máquina y carne, a lo Cronenberg. O el susurro, apagado y casi ininteligible, del espíritu que quizá habite en el interior de las carcasas de replicantes perfectos.
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Wallace y Gromit: La maldición de las verduras” (Nick Park y Steve Box, 2005): La Aardman se estrenó en el largo con “Evasión en la granja” (Nick Park y Peter Lord, 2000), pero uno de los emblemas de la casa, el torpe Wallace y su perro Gromit, pasaron del mundo de los cortometrajes premiadísimos a la historia de gran recorrido con esta imaginativa y descacharrante revisión del mito del licántropo. Corría el peligro de sufrir un estiramiento innecesario de escenas acostumbradas a ser más breves, pero se mantuvieron los rasgos típicos —los estrafalarios inventos de Wallace y las actitudes y tropiezos de ambos protagonistas— en un divertido escenario: la parodia de los suburbios de campiña británica y de la obsesión del inglés por los concursos locales de belleza botánica. El diseño de los personajes añadía nuevas invenciones al universo Aardman, dotado de un preciso reparto de voces —se podía escuchar a los muy british Helena Bonham Carter y Ralph Fiennes—, y mantenía el carácter anecdótico de esas criaturas de plastilina increíblemente móviles, aún marcadas por las huellas dactilares de sus creadores
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Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio” (Steven Spielberg, 2011): Una idea que despertaba cero camaraderías entre cinéfilos y fans de los tebeos de Hergé, que Spielberg y Peter Jackson optaran por la motion capture para dar vida tridimensional a Tintín, dio un vuelco en las previsiones. Lo que en el teaser dio dentera en la película completa se reveló como excelso pasatiempo para todos los públicos, pleno de confianza en los recursos y el pulso narrativo de las cintas de antaño. Y sin miedo por la metalingüística —esa conversación entre Tintín y un Hergé caricaturista— ni por aprovechar la falsedad de la técnica de captura de movimiento en secuencias de barridos imposibles y transiciones fabulosas. Podía despertar el rechazo de los incondicionales de las viñetas, debido a la incorporación de numerosas licencias argumentales y la distorsión de algunos personajes —que el capitán Haddock admirase a la Castafiore o que recurriera al chiste fácil del eructo etílico para salvar una situación de emergencia—. En contrapartida, un detallismo apabullante, interpretaciones convincentes, una danza de flashbacks para las antologías y, nada más y nada menos, que una broma zoofílica.
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Ratatouille” (Brad Bird, 2007): La regla maestra de los lugares comunes elaborada por Hitchcock tenía una buena expresión en los ingredientes de este plato francés: alta cocina, calles parisinas, fondos con la Torre Eiffel iluminada. Tópicos ineludibles si se plantea un choque de frente: lo idílico de Francia retratado desde el punto de vista de una rata con aspiraciones de chef que se oculta tras un pinche pelele, con el propósito de triunfar entre los fogones. Un planteamiento absurdo que bajo la batuta de Pixar conseguía parecer naturalista y basarse en un humor alegre y chispeante, sin recurrir a la salida fácil de una contraposición entre lo asqueroso del animal y lo límpido de las cocinas. Además, la película tomaba un camino sorprendente como alegato a favor de la sencillez, de lo instintivo; del recuerdo más ligero como alimento del presente, por encima de las recetas costosas y elaboradas que predominan en las trastiendas de los restaurantes y de los estudios de animación.
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El rey león” (Rob Minkoff y Roger Allers, 1994): Corrieron ríos de sangre a propósito de esta atípica muestra en la nueva trayectoria disneyana: que si “Hamlet” no era el mejor referente para una cinta infantil; que si los animadores incluyeron citas veladas a motivos eróticos; que si plagió un anime también protagonizado por leones parlantes y con algunos planos idénticos… Fueran ciertos o no todos esos argumentos, y más, la película se convirtió en favorita de muchos y puso de moda invitar a cantantes famosos para las bandas sonoras, después del triunfo estelar de Elton John —quien repetiría en “Gnomeo y Julieta” (Kelly Asbury, 2011)— para las baladas y los números marchosos de este musical africano, luego adaptado a los escenarios de Broadway. El clasicismo de la casa —la pérdida dramática de un personaje clave— y la pátina ultramoderna del trazo firme y los colores terrosos de la sabana para una historia muy bien dibujada, de secundarios muy celebrados y un desarrollo melodramático que tuvo, como casi todos los exitazos Disney, innecesarias secuelas.
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El gigante de hierro” (Brad Bird, 1999): ¿Qué niño no ha imaginado tener un robot colosal como mejor amigo? La fantasía que después Michael Bay elevaría a la enésima potencia fue primero una ensoñación del poeta Ted Hughes y más tarde un nostálgico canto a una época y una ciencia ficción pasadas, elaborado por un Bird pre-Pixar. La película funciona como primera estación en el género para pequeños espectadores y poseía todos los rasgos de una buena aventura Amblin pasada por el tamiz de la animación efectiva y discreta: el niño inadaptado, la madre recelosa pero comprensiva, el alien mecánico que se estrella en el jardín trasero y propicia una serie de ocultamientos y persecuciones con el gobierno de Estados Unidos pisándoles los talones. Y con la sutileza propia de una producción Ghibli, el mensaje pacifista: que un arma de destrucción masiva se convierta en aliado de travesuras de un chaval de nueve años rompe una lanza en favor de la convivencia de términos opuestos, también de la animación y la ci-fi como compañeros capaces del relato adulto y de la pirotecnia imaginativa y sensible —obviando fallidos experimentos intermedios, como “Titán A.E.” (Don Bluth y Gary Goldman, 2000) o “Atlantis: El imperio perdido” (Gary Trousdale y Kirk Wise, 2001)—.
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Bolt” (Chris Williams y Byron Howard, 2008): Un perro consiguió un doblete imposible: llevar la serie “24″ (2001-2010), aun de manera indirecta, a la gran pantalla con todo el nervio y una brevedad digna de elogio y en armonía con el espíritu de la serie. Por otro lado, también ofrecer un discurso sobre los límites entre realidad y ficción mucho mejor elaborado y escondido en los vaivenes de una trama de acción que cualquier película ‘para adultos’. Bolt cree ser el Rintintín que le han adjudicado como papel en un gran estudio desde que era sólo un cachorro; su dueña y compañera de reparto, un hámster obeso, una gata cínica y unas cuantas palomas descerebradas irán despejándole el camino de obstáculos menores antes de enfrentarse al mayor de todos: tal vez uno deba decidir quién es, con independencia de que las marcas impuestas por otros resulten ser meros tatuajes de pega. La adrenalina Pixar se sumaba al ternurismo Disney en una producción híbrida muy estimable y generosa en guiños televisivos y en transformar las voces de unos actores venidos a menos —John Travolta y Miley Cyrus— en precisas representaciones de la cercanía del éxito al fraude.
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Kung Fu Panda” (John Wayne Stevenson y Mark Osborne, 2008): La contraposición de rasgos encontrados siempre ha funcionado como fórmula cómica. El oso panda con muchos kilos de más que anhela convertirse en ídolo del kung fu responde a esa estructura de partida, que poco a poco iba creciendo, como esos escalones del templo por los que Po, el protagonista, debe ascender si quiere contemplar el espectáculo de los Cinco Furiosos. Una panda de bichos superdotados para las artes marciales y que cuentan con la guía espiritual de un diminuto sabio, pariente lejano de Yoda, además del archienemigo de rigor, sibilino, de ojos color azufre y con mucho menos sentido del humor que un Shere Khan. Los conocidos procesos de entusiasmo del héroe, período de entrenamiento, puesta a prueba y demostración de capacidades insospechadas adquirían una vitalidad nueva gracias a la parodia del género y a un plantel de voces escogido con tiento, entre las que se escuchaba a Jack Black, Dustin Hoffman, Angelina Jolie o Jackie Chan. Aparte de continuaciones que fueron directas a vídeo, la película tuvo una secuela en 2011 que optó por la senda más trillada de los orígenes ocultos del héroe
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Horton” (Jimmy Hayward y Steve Martino, 2008): Puede suceder que un universo de enorme capacidad expresiva y plástica no encuentre equivalentes a la altura en el medio cinematgráfico; ése parece el caso del Dr. Seuss, escritor de libros infantiles que tuvo pobres adaptaciones de acción real en “El Grinch” (Ron Howard, 2000) y “El Gato” (Bo Welch, 2003). Tras la desaparición del animador Chuck Jones, quien consiguiera una brillante versión del cuento del Grinch en 1966, “Horton”, sin ser sobresaliente, devolvió esperanzas a las posibilidades audiovisuales de Seuss. Así destacaron el respeto por la estructura narrativa de rima, por los personajes ingenuos pero determinados, y por la fábula constructiva oculta tras un universo completamente nuevo. Jim Carrey y Steve Carell doblaron brillantemente a ese elefante miedica y al cabecilla de un microuniverso de seres, los Who, que habitan en una mota de polvo, en continuo peligro de desaparición. El diseño de las páginas de Seuss cobraba vida jubilosa y, como un poemilla, pasaba rápido y dejaba la sonrisa de lo sencillo que esconde, sin embargo, toda una batería de imaginación y buenos valores.
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Shrek” (Andrew Adamson y Vicky Jenson, 2001): Si algo consiguió el ogro verde metido a héroe por error y casualidad fue poner de moda el humor por descontextualización, o la comedia basada en incluir referentes al mundo contemporáneo en ambientes pasados. El anacronismo bañado en sarcasmo y pedorretas gustó a muchísimo público y propició otras tres secuelas, un spin off, especiales televisivos y varias imitadoras que comenzaron a apostar por la misma clase de risa. La película pretendía, apoyándose en un cuento, dar la vuelta a los tópicos del relato de hadas y de la factoría Disney, si bien incurriendo en la mofa fácil y mostrando como defensa un apartado de animación bastante feo y torpe. Los dobladores de los protagonistas, Mike Myers y Eddie Murphy en la versión original y el ex dúo Cruz y Raya en la castellana, contribuyen a esa consideración de la saga Shrek como una cantera de chistes en teoría irrespetuosos, aunque el desarrollo y las conclusiones de cada nueva entrega terminaran mostrando los recursos que en principio se estaban criticando. Verde pimiento, verde limo y verde envidia de todas las demás franquicias que no alcanzaron el mismo éxito.
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gracias por su tiempo saludos y comenten