Ley Seca

La ley seca, también llamada prohibición, es una controvertida medida que han aplicado ciertos Estados durante la historia, consistente en la ilegalización de la fabricación, elaboración, transporte, importación, exportación y la venta de alcohol.

Por lo general, las leyes secas, al prohibir el consumo de alcohol y no brindar oferta a la demanda existente, genera mercados negros, los cuales consiguen el licor en otros lugares donde se produce, lo introducen ilegalmente y lo venden para satifacer tal necesidad a un precio más alto, debido a que en cualquier caso, la demanda sigue siendo más alta que la oferta.

La prohibición más importante y mediática fue la enmienda XVIII a la Constitución de los Estados Unidos (conocida como Ley Volstead) apoyada por numerosos activistas antialcohol como Carrie Nation. La prohibición provocó un auge considerable del crimen organizado. Un buen ejemplo de esto fueron Al Capone (inspiración de infinidad de películas, tales como Los intocables de Eliot Ness) u otros jefes mafiosos estadounidenses. Un año después de la ratificación de esta enmienda quedaron prohibidas la manufactura, venta, transporte, importación y exportación de licores intoxicantes para ser usados como bebida en los Estados Unidos y en todo territorio sometido a su jurisdicción. Fue ratificada en 1919, derogada en 1933 y ratificada su derogación con la XXI enmienda de la Constitución norteamericana.



Imagenes de la Ley Seca en los Estados Unidos (decada 1920)

Mafia

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1920

Imagenes de la Ley Seca en los Estados Unidos (decada 1920)

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Gangsterismo y Ley Seca

La década de los 20 convirtió a Estados Unidos en la capital del crímen organizado. La ley seca, la matanza de San Valentín, Al Capone. En este documento se muestra una panorámica de la realidad criminal de aquellos felices años veinte.La enmienda número 18 de la Constitución de los Estados Unidos, conocida como “Volstead Act”, que se hizo popular en todo el mundo como la Ley Seca, es un ejemplo de los efectos perversos de una ley impuesta por el fanatismo de unos, bienintencionada en un principio, y que acabó perjudicando a la mayoría, posibilitando un crecimiento del crimen organizado, de las pandillas de fabricantes, contrabandistas y expendedores de bebidas alcohólicas, de lo que para resumir se conoce como gangsterismo. Presentada en 1917, entró en vigor en enero de 1920 y fue abolida en diciembre de 1933.


Estos casi catorce años de prohibición sirvieron para que el mundo del crimen encontrara un trabajo y un acomodo casi popular que le permitió enriquecerse y establecer contactos –por lo menos a nivel local- con políticos venales y policías sin escrúpulos; la non grata trinidad que posibilitó hacer el agosto a los botelleros o bootlreggerers.

El ansia de beberse que se apoderó de los estadounidenses se podía satisfacer de infinitas maneras. Blasco Ibáñez, en la página 56 del primer tomo de La vuelta al mundo de un novelista nos explica una de ellas:

“Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de ciertas leyes de su país, La Habana ofrece un atractivo especial. Es una ciudad a las puertas de su patria, donde no impera el llamano ‘régimen seco’. Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un bar en cada esquina. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan carísimos, así como los otros gastos de viaje, y sólo los ricos pueden pasar el canal de la Florida para venir a emborracharse bajo la bandera cubana.”

La embriaguez se convirtió en algo de buen tono, la utilización de componentes tóxicos –como el alcohol metílico- en muchas de las bebidas preparadas en la clandestinidad fue causa de grandes estragos con numerosas cegueras, parálisis y muertes. Las luchas entre pandilleros por el control de un mercado que generaba ríos de oro provocó millares de muertos y heridos y puso de moda el eufemismo de morir por”intoxicación de oro”. En un marco más amplio se ha presentado la lucha entre ”seco” y “húmedos” como una confrontación entre la vieja América rural de los colonos, que veía las ciudades como las meras sucursales de Sodoma y Gomorra, y la de las nuevas masas urbanas emergentes partidarias de la alegría de vivir, en los rugientes y dorados años veinte, calificados de felices.

El cine ha dedicado muchos metros de celuloide a reconstruir una época y unos escenarios en los que lo brillante y lo sórdido se mezclaron: el buen jazz de los garitos, el juego, los ritmos antillanos y el charlestón se escanciaban junto a los licores prohibidos; las mujeres elegantísimas y los hombre bien “fardados” alternaban con camareros de pajarita y chaqué, trompetistas de moda o pianistas con magnetismo. La escena podía acabar con el estruendo de las Thompson, las Colt o las recortadas de la banda contraria; o con la interrupción de los mocetones de la policía, no sobornada, que pulverizaban el antro y los anaqueles de botellas a estacazo limpio, y se llevaban en furgonetas repletas al personal sorprendido en la redada, con el fondo musical de un coro de ululantes sirenas.

Como película didáctica y fiel al citado acontecer histórico citaremos Al Capone (1959), en la que Rod Steiger
protagonizaba la biografía cinematográfica de Alfonso Fiorello Capone, también conocido como Cara Cortada o Scarface –en referencia a un chirlo que le hizo un colega, cuando era un matón en el Brooklyn neoyorquino-.
Muchos documentales de época, con grandes entierros o incidencias violentas de las jornadas electorales, se intercalaron en la película. En las elecciones de 1924, la organización Torrio-Capone apoyó a los republicanos, y los actos de violencia contra los demócratas fueron numerosos. En un tiroteo murió Salvatore Capone, hermano pequeño de Al; éste derramó abundantes lágrimas en el sepelio,.como exige un buen temperamento napolitano. Todos los resortes del poder local quedaron en manos del inquietante dúo.

Las causas de que, en los años veinte, Chicago se convirtiera en el centro más potente del hampa traficante en alcohol fueron múltiples: ser un gran centro industrial y nudo ferroviario – corazón de la red de trenes de los EEUU-; tener un inquieto proletariado sediento de distracciones fáciles y bebida abundante, con una cierta tradición de rebeldía –no en vano el 1 de mayo nació allí-. Junto al sector laboral, tampoco faltaba ese otro sector aventurero dispuesto a hacer cualquier cosa para ganarse la vida, menos trabajar; el indudable talento de Torrio, Capone y otros elementos que coincidieron en una coyuntura y un lugar favorables. Y, por último, su posición geográfica central en el país, al encontrarse en el fondo del lago Michigan, cuyo sector norte penetra en Canadá. El pequeño mar navegable fue cruzado por miles de lanchas cargadas de cerveza y licor de contrabando, en dirección sur.

Hay personas que han definido el gangsterismo o pandillerismo como una especie de perversión del capitalismo salvaje, en donde los competidores eran eliminados a ráfagas de metralleta. En cualquier caso, fue Johny Torrio el primero en ver el filón potencial de la Ley Seca, si se lograba combinar con otras formas de comercio ilegal como la prostitución, los garitos de juego, y la extorsión a industriales y trabajadores.

Torrio era el segundo de a bordo de la banda de Capone, que controlaba las citadas actividades ilegales de Chicago
–en 1919-, y que murió al poco tiempo a causa de una inesperada “ingestión” de plomo, en pequeñas dosis, disparadas sobre su estómago cuando asistía a un recital de ópera.

Torrio pasó a primer plano y su guardaespaldas, Al Capone, empezó a encargarse de la eliminación de los
rivales de su amo, pero éste resultó herido en un atentado, en 1925, y decidió retirarse del mundanal ruido.
Capone controló la vida de Chicago hasta que, en 1931, fue enviado a una penitenciaría con una condena de 11
años de cárcel y 50.000 dólares de multa por “evasión de impuestos”. Su reinado dejó un rastro de cientos de
muertos, entre 135 y más de quinientos –según las Fuentes que se utilicen-, y una serie de episodios que parecen
sacados del más truculento de los relatos. Nos quedamos con dos. En 1927, el aviador italiano Pinedo llegaba
a Chicago, en el curso de su vuelo trasatlántico; como se temían protestas de los numerosos antifascistas que había entre la colonia italiana emigrada, las sabias y pragmáticas autoridades encontraron la fórmula de evitar posibles alborotos. Un sonriente seños Capone fue encargado de dar el primer apretón de manos al aviador trasalpino.

Nadie se movió. Hay que añadir que las autoridades de la ciudad eran meras marionetas del todopoderosos Al, que
disfrutaba concediendo entrevistas a la prensa.

Otra anécdota alcaponiana, la más conocida, tuvo lugar el 14 de febrero de 1929, cuando pistoleros de paisano y otros disfrazados de policías ametrallaron a siete miembros de una banda rival. Los supervivientes de la misma no dudaron en afirmar a la prensa: “esto sólo puede ser obra del signore Caponi”. El suceso ha sido repetidamente llevado al cine y a la novela, y se conoce como la matanza de San Valentín. La mejor biografía de Al Capone fue escrita por el periodista F.D. Pasley, que murió a tiros en una estación del metro de Chicago, al parecer por orden de su biografiado, en 1930. Después vino la decadencia del mito: estancia en diversas prisiones, agresiones de miembros de algunas bandas rivales en presidio y avance de la sífilis que padecía. Excarcelado en 1939, cuando era ya una sombra de sí mismo, ser retiró a disfrutar de sus ganancias en una villa de Florida, donde falleció a principios de 1947.

La administración Harding fue otra de las causas del florecimiento de la delincuencia en los Estados Unidos, durante los rugientes veinte, en todas las formas posibles. Alan Hynd, en el mundo del delito, define así el panorama: “En marzo de 1921, cuando Harding prestó juramento como el vigésimo noveno presidente de los Estados Unidos, una variada dotación de los tipos más desaprensivos que jamás se hayan congregado fuera del patio penal se dispusieron a hacer las maletas en las villas, ciudades, y aldeas de todo lo largo y lo ancho del país, pero en Ohio más que en ninguna parte, cogieron un tren con destino a Washington. La Pandilla de Ohio se disponía a timar posesión del país. Era aquélla la tropa de políticos canallas que, salvo el monumento a Washington, iban a venderlo prácticamente todo al mejor postor.

Retomando el libro de Pasley, en su prólogo se hacen afirmaciones como: “Al Capone fue en el mundo del crimen
lo que J.P. Morgan en Wall Street: el primer hombre que ejerció una influencia nacional en su especialidad. Cuando advino al mundo del crimen en el Chicago de 1920, la ciudad, futuro centro de sus actividades, se encontraba dividida en grupos rivales.

A la manera de cualquier hombre de negocios sin escrúpulos, Capone abarcó primeramente la mayor parte de su propia ciudad, se extendió luego por las afueras y controló finalmente todo el estado de Illinois. Después convocó una de las primeras convenciones internacionales del mundo del crimen en Atlantic City, New Jersey, en 1929, y, como cabeza del ramo, efectuó entre las bandas rivales un reparto de los Estados Unidos en territorios con fronteras definidas. El crimen alcanzó así la etapa del oligopolio y de los acuerdos de fijación de precio, con un hombre como dirigente reconocido. El criminal de poca monta fue casi eliminado (al igual que el pequeño empresario), ya que las bandas organizadas cooperaron con la policía para desembarazarse de él. Al suprimir su competencia, las grandes organizaciones del hampa resultaron un elemento beneficioso para la sociedad…

Capone fue un producto y una víctima de su tiempo, la otra cara de la moneda que ha sido acuñada con la expresión de la Edad del Jazz”. Por sus excesos, Al Capone se convirtió en la bestia negra tanto de la ciudad como del gobierno federal, que se coaligaron para la destrucción de su imperio. Un grupo de agentes del FBI, los “Intocables” de Eliot Ness, asaltó muchas de sus destilerías clandestinas, en 1930; un grupo de inspectores de Hacienda analizó con lupa la contabilidad de sus negocios legales y la puso a disposición de un juez, que tico el coraje de enviarlo a la cárcel. Final casi feliz de la parábola del hombre que se hizo a sí mismo, que tenía un hotel para él y sus muchachos, se paseaba en lujosos Cadillacs y llevaba una intensa vida social. Una de sus tácticas innovadoras fue la de eliminar a los matones implicados en los crímenes más destacados, para evitar posibles filtraciones informativas. Sus continuadores fueron más discretos, huyeron de la exhibición y la publicidad indiscreta. La abolición de la Ley Seca obligó a un brusco reajuste del mundo del crimen, en un contexto de aguda crisis económica, que básicamente se orientó hacia el tráfico de estupefacientes. Se reestructuraron las bandas y se produjo una coordinación a nivel nacional, conocida como el Sindicato del crimen, para evitar sangrientas disputas. Los que no supieron adaptarse fueron eliminados por la policía o por sus antiguos compañeros. Los matones baratos, los pistoleros sin suerte, se dedicaron a los atracos, y nació la época de los Dillinger, Bonnie and Clyde, Nelson Cara de Niño y otras figuras; acababan cosidos a tiros en una encrucijada, y raramente llegaban vivos a un tribunal que los condenara a muerte. El naciente FBI se hizo un gran cartel en esta actividad de limpieza social. Pero ésta es ya otra historia, la de la crisis de los
treinta.

Texto de Juan Pedro Yániz Ruiz,
historiador y periodista. Transcrito por Ward.

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