las 7 mejores fotos de adolf hitler

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Retrato. En nuestro siglo, ningún nombre ha sido tan denostado como el Adolf Hitler, ninguno se emparenta tan perfectamente con la crueldad y el terror. Invocando ese fatídico nombre se asesinó a millones de inocentes en los campos de concentración, se sacrificaron legiones de jóvenes soldados en los campos de batalla, se destruyeron países enteros y se aniquilaron culturas de un plumazo. Las imágenes de espanto y bestialidad producidas por el nazismo han conmovido durante décadas al mundo entero y así seguirá siendo mientras quede un ápice de cordura en la mente de los hombres o una sombra de sentimiento en sus corazones.


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Con Mussolini. ¿Quién fue realmente Adolf Hitler? ¿Un loco perverso, un espíritu delirante, un megalómano insaciable o una simple víctima de los acontecimientos? A mediados de los años setenta, un profesor universitario estadounidense realizó una interesante prueba a sus alumnos. Tras entregarles una copia del testamento del Führer sin firma alguna, les pidió que imaginasen al autor. Amparada en el anonimato, la personalidad de Hitler fue calificada de profundamente honesta, sensible e incluso admirable. Esta paradoja quizás explique por qué Hitler llegó a ser un líder querido e indiscutido para muchos que no reconocieron sus horribles actos hasta que fue demasiado tarde, pues no hay duda de que en su complejo carácter no faltaba una innata capacidad para atraer a las masas y un considerable poder de sugestión. En la imagen, Hitler con el otro gran líder fascista europeo, Benito Mussolini.


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Líder del nazismo. Tras prestar servicio en un regimiento bávaro durante la Primer Guerra Mundial, el futuro dictador alemán entró en el escenario político al fundar, el 24 de febrero de 1920, el Partido Obrero Alemán (Deutsche Arbeiterpartei), que más tarde se llamará Partido Obrero Nacionalsocialista Alemán (NSDAP), abreviado y trágicamente conocido como "nazi". Nacido en el clima de guerra civil de la confusa Alemania posbélica, el partido nazi se disolvió a raíz del intento de golpe de Estado de 1923 en Múnich, ocasión en la que el propio Hitler fue arrestado. En seguida quedó en libertad y reconstruyó su partido, que empezó desde entonces su continuo ascenso. Renunció al confuso anticapitalismo y al socialismo originales, y se situó con convicción en una línea al servicio del gran capital alemán y de las corrientes revanchistas militares. En la fotografía, Hitler en 1925.


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El ascenso al poder. Hitler apoyó, en primer lugar, la elección de Hindenburg a la Presidencia de la República (1925) y llegó a obtener en tres elecciones sucesivas (1928, 1930 y 1932) la mayoría relativa en el Reichstag, gracias a la alianza con todos los movimientos de la derecha antidemocrática (Frente de Harzburg, 1931) para terminar siendo elegido, el 30 de enero de 1933 como Canciller del Reich. La crisis económica y social que minaba los cimientos de la frágil democracia alemana había conducido a la gran industria, las altas finanzas y al Estado Mayor a confiar al clásico hombre fuerte la reorganización autoritaria y antidemocrática del Estado alemán. Ya en el poder, Hitler se apresuró a poner en práctica su programa político basado en el control de todos los aspectos de la vida pública por los nazis, al tiempo que vaciaba de contenido las instituciones democráticas, rearmaba al ejército e iniciaba una campaña contra los judíos. Su agresiva política exterior, que buscaba recuperar los territorios arrebatados a Alemania a raíz de la firma del tratado de Versalles, incrementó la tensión internacional hasta el punto de conducir a la guerra, cuando Alemania invadió Polonia en septiembre de 1939. En la imagen, Hitler anunciando en el Reichstag la ocupación de Austria en marzo de 1938.


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La guerra. En los años treinta del siglo XX, ni Alemania, ni Italia, ni Japón, ni la URSS estaban satisfechas con las condiciones impuestas por la conferencia de paz de París de 1919. Estos países iniciaron una política expansionista y de desquite sin respetar dichos acuerdos. En contrapartida, el temor a una nueva guerra y los conflictos internos, provocados o aumentados por la depresión económica de 1929, frenaron a las democracias. Hitler, aprovechándose de la coyuntura internacional, llevó adelante su plan de crear la Gran Alemania. En agosto de 1939 Hitler selló con la URSS el Pacto de Munich de no agresión. Sintiéndose, pues, segura respecto a la URSS, el 1 de septiembre de 1939 Alemania invadió Polonia. Como respuesta, Francia y el Reino Unido declararon la guerra a Alemania el 3 de septiembre: la Segunda Guerra Mundial había comenzado. Ocupada Polonia, Hitler lanzó a sus ejércitos (contaba con más de un millón de hombres, divisiones acorazadas y la potencia aérea de la Luftwaffe) sobre Dinamarca y Noruega en abril de 1940. Vencidas éstas, atacó los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y, finalmente, Francia, a la que venció en Dunkerque (mayo de 1940). Poco a poco, los alemanes se adueñaron de casi toda Francia: París caía el 13 de junio y Verdún dos días después. Sólo el sur quedó libre de la ocupación. Allí se estableció el gobierno de Vichy, presidido por el mariscal Pétain (1856-1951), que inauguró un régimen de talante autoritario y colaboracionista. Hitler había conseguido su objetivo en el occidente europeo: apoderarse de la costa atlántica para, desde ella, lanzarse contra el Reino Unido y, derrotado éste, proseguir su expansión hacia el este. Pero tras la fallida invasión de Rusia y la entrada de los Estados Unidos en la guerra, los ejércitos alemanes cosecharon una derrota tras otra y el sueño megalómano de Hitler comenzó a desvanecerse. En la imagen, Hitler tras la ocupación de París.


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Con Eva Braun. El Führer no parecía ser un hombre de carne y hueso; se le desconocía toda relación privada, nada se sabía de sus diversiones, sus amistades o sus debilidades íntimas; tan sólo sus colaboradores Hess, Goebbels, Göring y otros que más tarde ocuparán los cargos importantes del Reich tenían acceso a su persona y lo acompañbaan como sombras. Su principal afición era tomar el té con su gran amor, Eva Braun, a la que había conocido en Berchtesgaden en 1929, cuando ella contaba diecisiete años. Se trataba de una joven rubia y sonrosada, de aspecto fresco y sano, tal como le gustaban a Hitler y como convenía a su ideal ario. Su carácter alegre y despierto hizo que esta mujer se convirtiese en compañera inseparable del Führer, aunque nunca llegaría a ser oficialmente la primera dama de Alemania porque el mito del dictador solitario, abnegado y absorbido en cuerpo y alma por su pueblo no admitía una esposa. Tan sólo al final de la guerra, cuando fuera de los refugios subterráneos de la Cancillería del Reich en Berlín tenía lugar la hecatombe, Adolf Hitler contrajo matrimonio con Eva Braun. Era el 29 de abril de 1945, el mismo día en que redactó su testamento. Veinticuatro horas más tarde, Hitler y su mujer estaban muertos: él la envenenó con una cápsula de cianuro y luego se disparó un tiro en la boca. Física y psíquicamente destrozado, el Führer no quiso asistir al catastrófico fin de su obra y mucho menos caer en manos de sus enemigos.


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Fenómeno de masas. El culto al Führer, al conductor, constituyó la nota básica del estado nazi. El saludo formulario y reglamentario "Heil Hitler" fue inventado, según Toland, por Rudolf Buttmann hacia 1925, tras la salida de la prisión; pero su difusión se debió a Goebbels, quien consideró que la repetición en todos los actos contribuiría a convertir al jefe del partido en el caudillo indiscutido. Una vez convertido en dictador de Alemania, esta exaltación alcanzó su paroxismo en las grandes paradas del partido en Nuremberg, y no sólo en el momento en que en la gran tribuna señoreaba con gritos estridentes los micrófonos. La descripción de su intérprete Paul Schmidt lo presenta como dueño de las calles, pastor de las muchedumbres en las aceras. Su coche circulaba lentamente por los barrios viejos durante más de una hora, en medio de aclamaciones de la multitud amontonada al borde de las calzadas: "Las multitudes extáticas, rompiendo en jubilosas aclamaciones ante la aparición de Hitler, ofrecían un cuadro impresionante. Nunca olvidaré la expresión de aquellos rostros; las gentes le miraban extasiadas con una entrega casi bíblica... como si estuviesen hechizadas. Yo lo llamaría paroxismo colectivo. Muchos extendían los brazos en pleno delirio, le apostrofaban enardecidos con alaridos y vítores."

fuente:http://www.biografiasyvidas.com/monografia/hitler

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