En nuestro país no están dadas las condiciones para ser los mejores del mundo, pero el reconocimiento para este equipo trasciende cualquier resultado; solidaridad, compañerismo, humildad, vocación de sacrificio y compromiso son los valores por los que los Pumas pueden sentirse orgullosos













































































Dos insignias, elocuentes, titularon la grandiosa aventura Puma. La gente, los mismos fanáticos que se sintieron representados y admiran el valor de estos guerreros, se ocupó de enmarcar en su justa medida este suceso mundialista. En la cabecera Norte del Stade de France, se desplegó una bandera que rezaba: "Ahora el mundo nos respeta. Gracias Pumas", y en la tribuna opuesta, mientras los agotados gladiadores agradecían el reconocimiento, abrieron otra gigante en la cual se leía "O juremos con gloria morir". La frase del estribillo del Himno Nacional grafica la tarea de un equipo que hizo lo máximo que pudo, se brindó por entero por una causa que lo deja fuera de la batalla por el título, sí, ¿pero acaso no es admirable tener que disputar un tercer puesto?

A no equivocarse. Esta honorable generación, inolvidable más allá de cualquier resultado -de hoy, de ayer o del viernes próximo- alcanzó su cumbre, y no es poco estar detrás de Sudáfrica, Inglaterra o de la potencia que sea. ¿Por qué sentirse menos? La verdad es que en nuestro país no están dadas las condiciones para ser los mejores del planeta, pero ¿acaso sólo los N° 1 merecen ser reconocidos?

Los Pumas se ganaron la idolatría no solamente porque accedieron por primera vez a las semifinales, sino que su enseñanza no la dictamina un resultado deportivo. La huella que quedó trasciende esas estadísticas. El seleccionado argentino se convirtió en el auténtico equipo de un país, que se identifica con el legado, porque les enrostró a los poderosos que existen principios que se fomentan con la pasión que se enseña a tacklear, a pasar la pelota o de cómo correr hacia el try. La solidaridad, el compañerismo, la humildad, la vocación de sacrificio y el compromiso son principios que tienen tanta importancia como las cualidades técnicas.

La razón de un deporte o los logros no se circunscriben exclusivamente al brillo de un trofeo. Hay otras conquistas por las cuales no se entregan medallas y este grupo cruzó esa meta. Porque los Pumas no dejan de ser grandes porque no puedan levantar la Copa Webb Ellis. Lo son por la comunión y la dignidad de un plantel que peleó con recursos lícitos, con todo lo que tenía a su alcance y porque la posibilidad de subirse al podio no se desvaneció. No es poco eso. Y no es un discurso conformista; simplemente el reconocimiento de que existen rivales superiores, como ayer lo dejaron en evidencia los Springboks.

Hay que aprender de las vivencias, y los argentinos forjaron con inquebrantable valentía ese dogma. Con inteligencia, pero también admitiendo los errores, supieron revertir equivocaciones del pasado. Se superaron de una manera encomiable, con la mínima ayuda, y por la cual tuvieron que protestar enérgicamente hace un año, cuando en realidad nada más pretendían -y con razón lo siguen pensando- el trato adecuado para un plantel que se codea en inferioridad de condiciones en la alta competencia. Por eso, no hay nada que recriminarles.

Con el desconsuelo aún martirizando el alma, puede ser que resulte complicado descifrar el monumental ejemplo que brindaron cada vez que sus cuerpos se tiñeron de celeste y blanco. Los Pumas le quitaron las vendas de los ojos a una sociedad que se embriaga fácilmente con las mieles de las victorias y poca atención les presta a los que no ganan. Desde que asumió como conductor, en 2000, Marcelo Loffreda siempre ejemplificó el éxito como la consecuencia de entregarse en plenitud; no cree, y ésa es la educación en la cual orientó al conjunto nacional, que la única forma de trascender es cuando el tanteador está a favor. El Tano y sus discípulos así lo entienden, y ésa es una lección para no olvidar. Jamás.

Ver en un mar de llanto, abrazados, a Agustín Pichot y a Juan Martín Hernández; ver cómo Martín Scelzo se apretó al pecho de Omar Hasan, su competidor por la camiseta N° 3, o ver cómo los más jóvenes (Juan Manuel Leguizamón, Juan Fernández Lobbe y Horacio Agulla) también liberaron su frustración es una demostración de lo que representaba este torneo para el plantel. Pero el dolor por ese sueño despedazado por los sudafricanos no puede avergonzarlos. Los Pumas deben sentirse plenamente orgullosos de lo que hicieron, así como todos nos sentimos tan heroicamente representados por ellos. La herencia de este seleccionado supera cualquier registro numérico y hasta las fronteras de esta disciplina. Entonces, ¿por qué no celebrar o no sentirse reconfortados por eso?

Para los que practican este deporte, son un modelo por imitar, pero para los que no corren detrás de una pelota ovalada, también. Así como nos contagiaron la emoción y nos conmovieron con su ejemplo, ojalá en el futuro existan dentro de una cancha muchos Pumas como éstos, y ojalá muchos podamos ser como estos Pumas en la vida.

Por Santiago Roccetti

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