Recuerdos Boquenses - Para Fanáticos

A través de esta sección de recuerdos.
Un homenaje que la gran historia de Boca que no podía dejar de Postear.


GRANDES JUGADORES DE LA HISTORIA BOQUENSE


EL LEÓN DE LA DEFENSA
Natalio Pescia será recordado por su alma de caudillo y su espíritu de lucha sin tregua. En los años 40 y 50, su menuda imagen en el campo de juego hacía rugir a las tribunas domino tras domingo gracias a su notable pericia en el sector defensivo.
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La tan famosa y valorada garra boquense es una marca registrada que el club de la ribera ha sabido cosechar desde el génesis de su historia futbolística. Esta cualidad tan particular no se ha obtenido por mero azar, sino a través de la formación de una exigente escuela que ha contado con grandes maestros y tutores.

Uno de los más recordados es Natalio Pescia, un defensor con virtudes técnicas y, por sobre todas las cosas, con un corazón dispuesto a entregar sangre, sudor y lágrimas por el bien de la casaca aurizaul. No en vano su apodo era el “Leoncito”.

Nació el primer día de 1922 en Buenos Aires y en su juventud hizo sus primeras armas en el fútbol defendiendo los colores del club amateur Viena, de Dock Sud. Un cazatalentos de Boca Juniors intuyó que aquel gladiador de pantalones cortos podría tener futuro en el club xeneize, así que le ofreció al novato Pescia una oportunidad de oro.

En 1936 debutó en la sexta de Boca y gracias a su constancia logró escalar posiciones en las divisiones inferiores. El tan esperado bautismo en primera se produjo el 30 de agosto de 1942, cuando Boca visitó a Chacarita Juniors en la vieja cancha de Villa Crespo. Si bien en las inferiores se había desempeñado en el centro del campo, desde su arribo a las ligas mayores Pescia se transformó en un importante baluarte de la defensa.

Casi desde su debut se ganó el cariño de la tribuna. La hinchada reconocía domingo tras domingo la entrega de este pequeño pero explosivo jugador (medía 1,68 y pesaba 68 kilos). En 1943 dio su primera vuelta olímpica con el club de sus amores, logro que se repitió un año más tarde. En aquellos equipos campeones, Pescia formó junto a Sosa y Lazzati una línea de fondo de pesadilla para los atacantes rivales, que pronto aprendieron a respetar a ese llamativo half izquierdo de calvicie prominente. Si bien su juego era duro, nunca fue considerado desleal: sólo fue expulsado en una oportunidad.

En 1954, tras diez años sin obtener el primer lugar, de la mano del caudillo Pescia, Boca se alzó con el campeonato y agregó una nueva estrella a su escudo. Para aquel entonces, el “Leoncito” era capitán del equipo y un símbolo de la garra xeneixe. Por supuesto que sus servicios también fueron requeridos por el seleccionado nacional, en donde disputó doce encuentros.

El 2 de diciembre de 1956 le dijo adiós a las canchas y colgó la casaca boquense, la del único club que defendió en su carrera profesional. Atrás habían quedado 346 partidos, siete goles y tres campeonatos. Natalio Pescia murió el 1º de noviembre de 1989 y, a modo de homenaje por tantos años de sacrificio, garra y corazón, la tribuna donde se ubica “La 12” lleva su nombre.

GIUNTA, CON LA GARRA EN LA SANGRE
En los años 90 bajaba desde las tribunas xeneizes un canto inconfundible: “Giunta, Giunta, Giunta, huevo, huevo, huevo”. Con esas estofas la hinchada homenajeaba a uno de los hombres más guapos que vio la historia del fútbol argentino.
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Luego de que Navarro Montoya le atajara el remate al Luifa Artime en la definición por penales de la final de la Supercopa de 1989, Blas Armando Giunta tomó el balón con sus manos y lo puso en el punto del penal. Era el disparo que definiría si Boca vencía a Independiente y levantaba el trofeo.

Parecía que no había nadie más adecuado para tomar aquella responsabilidad. Si bien Giunta no se caracterizaba por su pegada exquisita, el pueblo boquense sabía que era un hombre que destilaba sangre fría y guapeza. El juez pitó y el arquero Pereira fue hacia su izquierda; la pelota, a la derecha. Gol y grito. Grito y triunfo. Triunfo y vuelta olímpica. De esta manera Blas Armando Giunta, sinónimo de garra y temperamento, le regaló a su gente la primera edición de la Supercopa.

Con este hito en la historia del club, comenzó el romance entre Giunta y Boca Juniors. El volante se había desempeñado anteriormente en San Lorenzo, Cipolletti, Platense y había tenido un paso fugaz por Europa, cuando defendió los colores del Murcia, en España. Pero a mediados del 89 se puso la auriazul para enamorarse de ella como un quinceañero y defenderla hasta el dolor.

Inmediatamente quedó claro que se trataba de un jugador diferentes, un caudillo de mitad de cancha que dejaba alma y vida en cada pelota, en cada jugada, en cada acción. La hinchada retribuía su sacrificio con ovaciones inolvidables.

Aunque en algunas oportunidades cedió su puesto en el centro del campo a compañeros como Marangoni o Villarreal, su estampa brilló incontables veces en el puesto de centrojás. Allí, cerca del círculo central, protagonizó batallas campales con los rivales en las que se disputaba la pelota como trofeo.

En 1991 integró un equipo soñado, en el que también se destacaron Fernando Latorre y Gabriel Omar Batistuta. Aquel año Giunta estuvo a un paso de coronarse campeón, pero la derrota con Newell’s por penales provocó que Boca se quedara con las manos vacías. Sin embargo, en el Apertura del 92 el conjunto xeneize consiguió su revancha: logró dar la vuelta olímpica tras once años de frustraciones en el torneo local y uno de los símbolos indiscutidos de aquella conquista fue el amado Blas Armando Giunta.

A partir de allí, el volante se consolidó como uno de los jugadores más respetados por la gente boquense y durante casi toda la década del 90 hubo un grito de guerra que atemorizó a sus rivales: “Giunta, Giunta, Giunta, huevo, huevo, huevo”.


¡UNA COSA QUE EMPIEZA CON B… BOYÉ!
A lo largo de la década del 40 hubo un nombre que fue sinónimo de pesadilla para los arqueros rivales. Ese mismo nombre bajaba de las tribunas en los cánticos de la hinchada xeneize: Mario Boyé.
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Los más veteranos todavía recuerdan la sinfonía en los tablones. “Yo te daré, te daré niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con B… Boyé”. Con esa música la hinchada homenajeaba partido tras partido a un hombre que no cesaba de hacerlos gritar hasta la afonía. Gracias a sus constantes conquistas Mario Boyé, “El Atómico”, se transformó en un símbolo de aquellos años dorados de Boca y del fútbol argentino.

A principios de los 40, Boca todavía no conseguía un goleador que lograra tener el poderío ofensivo de Domingo Tarascone y Francisco Varallo, sus antecesores de las décadas del 20 y 30. Sin embargo, el salvador llegó en el torneo de 1941, cuando Mario Boyé debutó en primera luego de hacer las divisiones inferiores en el club. Aquel match se disputó el 8 de junio y Boca derrotó a Independiente por 2 a 1. Su primer grito de gol llegó al siguiente domingo cuando el club de la ribera enfrentó a Lanús: a los cuatro minutos del primer tiempo Boyé toma un centro pasado y saca un derechazo que va a dar a las mallas. Fue su primer affaire con el arco… el primero de muchos.

Pese a que la hinchada xeneize llegaría a adorar al poderoso delantero y a dedicarle esa canción tan personal, los primeros años no fueron sencillos. En un partido frente a Argentinos Juniors algunos simpatizantes boqueases le gritaron “tronco” y “ropero”. Cuando le llegó una pelota y, a modo de protesta, sacó un zapatazo a ningún lado, tratando de desahogar su furia. “Me fui para los vestuario y me llegaban más insultos. Cuando llegué frente a la tribuna, me saqué la camiseta y la tiré con toda la bronca del mundo”, contó en una entrevista.

Pero las cosas comenzaron a ir en ascenso para el joven Mario y a través de goles comenzó a ganarse el cariño de la gente. Pronto ese cariño se transformó en pasión. Sus frecuentes conquistas fueron causas directas de que Boca se quedara con el primer puesto en los campeonatos de 1943 y 1944. A año siguiente, cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial y la bomba atómica estaba en boca de todos, algún ingenioso lo bautizó como “El Atómico”, debido a su poderío ofensivo.

En 1949 abandonó al club de sus amores para emigrar al Génova de Italia en donde se desempeñó por poco tiempo. Cuando volvió a la Argentina pasó a vestir la casaca de Racing durante cuatro temporadas y, tras un breve paso por Huracán, volvió a su casa, a su patria xeneize.

En 1955, cuando se encontraba en el ocaso de su carrera, Boca jugó un amistoso ante River en el Centenario de Montevideo. En el primer tiempo Boyé le marcó un gol al gran Amadeo Carrizo y el arquero riverplatense le comentó que era el primer gol que le hacía en su carrera. “Cuidate que en una de esas, si entro en el segundo tiempo, sigo con la fiesta”, le contestó Boyé. Carrizo le apostó un whisky a que no le hacía otro gol. “El Atómico” aceptó, volvió a ingresar en el complemento y le marcó tres tantos más.

En su carrera en Boca, Mario Boyé disputó 208 partidos, marcó 112 goles y dio la vuelta olímpica en dos oportunidades, 1943 y 1944.


ROBERTO CHERRO, GOLES SON AMORES
En 1926 comenzó a desempeñarse en Boca Juniors un joven goleador que quedaría en la historia del club. Roberto Cherro, sumando los goles que hizo en el amateurismo y en la era profesional, logró 212 tantos. De esta manera es el máximo artillero en los 100 años de vida de la institución xeneize.

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La vieja tribuna todavía lo recuerda corriendo tras el balón y realizando una gambeta en una milésima de segundo para eludir a su marca y quedar frente al arquero que ya nada podría hacer. Lo que seguía era el estruendoso grito de gol que bajaba desde los tablones… una música que Roberto Cherro se cansó de oír a lo largo de doce años vistiendo la azul y oro.

Esta leyenda del fútbol argentino nació el 23 de febrero de 1907 en Barracas. Por aquel entonces su apellido se escribía Cerro, sin hache; con el tiempo, la pronunciación italiana le agregó una letra más. Se inició en el fútbol en Sportivo Barracas y a los 17 años debutó frente a Porteño. Luego de pasar velozmente por Ferro y por Barracas Juniors, desembarcó en el club de la ribera dispuesto a dar el gran salto hacia adelante. Allí, con la auriazul, se encargó de escribir grandes páginas para la historia del fútbol de nuestro país.

A partir de 1926 vistió los colores de Boca, en donde permaneció hasta el final de su carrera. En un principio, su máxima virtud era la sucesión de gambetas para dejar atrás adversarios como si fueran postes (se ganó el sobrenombre de “El Apilador”). Con el tiempo, sin embargo, su juego fue mutando y comenzó a tocar más el balón para lograr un trabajo en equipo más efectivo. Además, sus constantes goles de cabeza hicieron que la tribuna le regalara un apodo que trascendería en el tiempo: “Cabecita de Oro”.

Por aquellos años la Selección Nacional también contó con su habilidad y sus goles: en 1928 viajó hasta Ámsterdam para participar de los Juegos Olímpicos y, dos años más tarde, defendió los colores nacionales en el primer Campeonato Mundial, disputado en Uruguay. Si bien una serie de lesiones produjo que muchas veces quedara fuera del equipo, vistió la casaca albiceleste en veinte encuentros internacionales donde marcó doce tantos. Quizás su cotejo más célebre lo disputó frente a Uruguay en 1933: faltaban sólo quince minutos para que el match llegara a su fin y el conjunto nacional no podía doblegar la valla charrúa. Cuando muchos auguraban una nueva desilusión frente a los orientales, Cherro se adueñó del balón y en poco minutos marcó cuatro tantos que pusieron un marcador final de 4 a 1 en favor de la Argentina.

De manera paralela seguía brillando en Boca. Cuando Pancho Varallo se calzó la azul y oro, ambos armaron una dupla que se transformó en la peor pesadilla de las defensas contrarias. Atlio Milanta, en su libro “La mitad más uno”, narra que Varallo estaba infinitamente agradecido tanto con Cherro como con Benítez Cáceres, ya que eran ellos quienes armaban las jugadas para que Panchito la mandara al fondo de la red.

Con aquel equipo de estrellas Boca obtuvo en 1931 el primer campeonato de la era profesional, lauro que repitió en 1934 y 1935. Luego de este último logro, Cherro continuó jugando algunos años más en el primer equipo de Boca Juniors, pero en 1938 colgó los botines y selló para siempre una historia caracterizada por repetidos gritos de gol, increíbles jugadas y gambetas interminables. Hoy, tantos años más tarde, sigue siendo el hombre que convirtió más goles en estos 100 años de la institución boquense: entre la era amateur y la profesional anotó en 212 oportunidades. Un crack.


UN “TANO” PINTADO DE AZUL Y ORO
Nació Italia pero fue ídolo en La Boca. ¿De quién estamos hablando? Del gran Nicolás Novello, un jugador que brilló como pocos a fines de la década del 60 y dejó imborrables recuerdos con sus gambetas, lujos y goles.
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En 1946, cuando Europa todavía era un infierno desvastado por la guerra que había finalizado un año atrás, la ciudad italiana de Cosenza vio nacer a uno de sus hijos pródigos. Como muchos otros, el recién llegado no sería profeta en su tierra, sino al otro lado del Atlántico, en un país que prometía oportunidades.

A los dos años, Nicolás Novello ya había dejado atrás su pueblo natal para afincarse junto con su familia en Buenos Aires. Seguramente, por aquellos años, sus padres no sospechaban que el destino de su hijo estaría signado por el rugir de las tribunas, las gambetas endiabladas y los goles electrizantes.

A medida que Nicolás empezó a perder su niñez, una voz interior lo impulsó a seguir los pasos de los jugadores que él admiraba (todos hombres de corazón xeneize, por supuesto). Comenzó a desempeñarse en las divisiones inferiores de Boca y, en 1966, llegó su gran oportunidad: Néstor “El Gritón” Rossi le comunicó que debutaría en primera. El domingo el conjunto boquense enfrentó a San Lorenzo en el Gasómetro y Novello, pese a sufrir 39 grados de fiebre, pisó el campo de juego dispuesto a demostrar lo que sabía hacer.

Luego de pasar la prueba de fuego, su carrera vivió uno de sus puntos más salientes cuando el 26 de noviembre de 1967 Boca jugó frente a River Plate en el Monumental. En una jugada, el Tanque Rojas le bajó el balón a Novello, que dejó en el camino a sus dos marcadores y sacó el zurdazo que Gatti no pudo detener. 1 a 0 y triunfo en Núñez.

Un par de años más tarde, llegó su gran momento de gloria cuando se consagró campeón en 1969. Aquel equipo brilló de la mano de notables jugadores: la pericia del “Muñeco” Madurga, las gambetas imposibles de “Rojitas” y la astucia de Novello llevaron a Boca a dar la vuelta olímpica en el Monumental el 14 de diciembre.

Aquel año, “El Tano” sufrió una grave lesión que acarrearía hasta el final de su carrera. Si bien formó parte del plantel que obtuvo el Nacional de 1970, su rodilla no le permitió participar con tanta frecuencia en los cotejos del conjunto boquense. Finalmente, en 1974 le dijo “adiós” a la azul y oro, dejando detrás una historia llena de goles y jugadas sorprendentes.

En Boca jugó 135 partidos y marcó 23 goles. Ya retirado, dirigió las divisiones inferiores del club entre 1989 y 1995.


LOCO POR EL FÚTBOL
A lo largo de tres décadas Hugo Orlando Gatti, además de defender los tres palos con suma pericia, inventó una moderna manera de atajar. Debido a su particular estética, a sus alocadas declaraciones y a su estilo de juego, se ganó un apodo que le hacía justicia: El Loco.
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En un lejano Boca v. River de la década del 60, cuando Gatti todavía defendía los colores rojiblancos, la hinchada xeneize arrojó una escoba cerca del arco. El golero del club de Núñez, en una de sus clásicas ocurrencias (locuras, diría alguno), tomó aquel destartalado adminículo de limpieza y comenzó a barrer al área. Fue allí cuando los simpatizantes boquenses cambiaron insultos por carcajadas. Por aquel entonces, aunque ninguno de los dos lo sabía (ni la hinchada ni el propio Gatti), varios años más tarde el gran guardavalla desembarcaría en Boca para salir campeón en reiteradas oportunidades y recibirse de ídolo.

Hugo Orlando Gatti nació el 19 de agosto de 1944 en Carlos Tejedor (Provincia de Buenos Aires). En 1960, a los 16 años, vio jugar a Amadeo Carrizo y decidió que quería seguir sus pasos. Algunos meses más tarde viajó a Capital Federal para probarse en Atlanta, en donde fue ganándose un puesto en la sexta división. Sus ruegos por debutar en primera fueron escuchados y el 5 de agosto de 1962, en La Plata, “El Loco” lució la casaca bohemia frente a Gimnasia y Esgrima.

A partir de ese momento su nombre fue ganando prestigio y sus atajadas reconocimiento por parte de pares, hinchas y periodistas. Luego de disputar dos temporadas en Atlanta, la gente de River Plate puso sus ojos en el joven arquero y, en 1964, fue transferido al conjunto de la banda roja. Delante de él tenía al notable Amadeo Carrizo y no resultó fácil para el portero pelearle el puesto a una institución de semejante envergadura. Si bien llegó a disputar gran cantidad de encuentros, la relación de Gatti con la gente riverplatense nunca llegó a ser distendida, así que luego de la temporada del 68, emigró a Gimnasia y Esgrima de la Plata.

En el conjunto platense fue recibido como ídolo, y entre el 1969 y 1974 defendió sus colores con sangre, sudor y lágrimas. Fue por aquellos años cuando su fama de excéntrico le regaló varios apodos (“Beatle”, por su pelo largo, era uno de ellos). Sin embargo, “El Loco” sería el que lo designaría por el resto de su carrera profesional.

Luego de un breve paso por Unión de Santa Fe, el “Toto” Lorenzo lo convocó para que formara parte del nuevo plantel boquense que se estaba armando a comienzos de 1976. Junto con otros dos integrantes del conjunto tatengue (Mastrángelo y el “Chapa” Suñé), Hugo Gatti ingresó al club en el que haría historia.

Ya en aquella primera temporada, “El Loco” demostró que la auriazul no le quedaba grande: con su prestancia bajo los tres palos Boca se coronó campeón del Metropolitano y repitió el lauro en el Nacional. Al año siguiente, el conjunto xeneize fue en busca del torneo internacional que no había podido obtener en 1963, cuando perdió la final frente al Santos de Pelé: la Copa Libertadores de América.

En la ronda inicial, Boca superó a River, a Peñarol y a Defensor de Montevideo. Tras vencer a Libertad de Paraguay y a Deportivo Cali, accedió a la final frente al poderoso Cruzeiro, último campeón de América. Luego de dos encuentros (en el que Boca ganó en la primera oportunidad y Cruzeiro en la segunda), se jugó un partido desempate que finalizó igualado en cero. Era el turno de los penales. Se fueron sucediendo los tiros desde los doce pasos y ni lo argentinos ni los brasileños desperdiciaban sus oportunidades. Hasta que, en el último penal de la serie, Vanderley se paró frente a Gatti. El hombre de Cruzeiro tomó carrera y disparó, “El Loco” se lanzó hacia su palo izquierdo y tapó el remate… todo había acabado y Boca era dueño de América. Gatti, el nuevo héroe.

Las cosas para el guardavalla boquense siguieron en alza cuando, al año siguiente, el conjunto xeneize alzó nuevamente la Copa Libertadores y, además, trajo a la Argentina la Copa Intercontinental, obtenida frente al Borussia el 1º de agosto.

En 1981, Gatti desde el área, pudo ver cómo su equipo avasalló a los rivales de la mano de Diego Armando Maradona. Una vez más, el arquero se consagró campeón del Torneo Metropolitano.

A lo largo de casi toda la década del 80, Hugo Orlando Gatti siguió siendo figura del primer equipo y, sobre todas las cosas, un ídolo inolvidable para las hinchada boquense. Finalmente, el 11 de septiembre de 1988 dijo “adiós” al fútbol. Detrás de él dejó varios records impresionantes: el es futbolista argentino que disputó más partidos en primera división (765 encuentros oficiales), es el que jugó con mayor edad (44 años) y es el arquero -junto con el “Pato” Fillol- que atajó más penales (26 tiros detenidos). Con estas cifras inverosímiles -pero reales- se despidió uno de los mayores mitos de la historia de Boca. En el recuerdo eterno quedará la imagen de Gatti haciendo su clásica atajada, “la de Dios”, y evitando el gol rival…


RATTIN, EL ULTIMO CAUDILLO
Durante largos años la imponente figura del “Rata” copó el sector central del equipo boquense. En las siguientes líneas homenajeamos a un hombre que jugó toda su carrera vistiendo la auriazul y que logró ganarse la idolatría absoluta de la hinchada xeneize.
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Cuando Antonio Ubaldo Rattin todavía era un niño, hacía mandados a bordo de una pequeña embarcación por diferentes afluentes del Delta del Tigre, de donde era oriundo. En cierta oportunidad, un hombre que realizaba mudanzas en una barcaza le pidió que le diera una mano. Si bien no tenía dinero para pagarle por sus labores, le prometió, a modo de recompensa, un cuadro con la fotografía del equipo de Boca campeón de 1943. El jovencísimo Antonio no dudó ni por un minuto: remó con ahínco y ganó su premio. Su entusiasmo por el club de la ribera se remonta a aquellos años.

A mediados de la década del 50, Rattin, apasionado por el fútbol, vislumbró que quería dedicarse a este deporte como medio de vida. Fue allí cuando comenzó un arduo camino para ingresar en un club que viera sus cualidades. Luego de probar suerte en Racing Club y de coquetear con Chacarita y Tigre, apareció Bernardo Gandulla y lo llevó a Boca Juniors. Para el joven Rattin aquello era tocar el cielo con las manos.

Dicen que, a principios de 1955, cuando debutó en un amistoso frente a Racing, tuvo que usar zapatillas porque el utilero no encontró botines talle 45. Finalmente llegó su día tan esperado: el 9 de septiembre de 1956 disputó su primer partido oficial en la primera de Boca. Fue, ni más ni menos, frente a River Plate, y el debutante mediocampista pudo festejar el primero de muchos triunfos frente al eterno rival.

Durante sus primeros años como atleta profesional, tuvo que pelear el puesto de número 5 con un grande de la historia de Boca: Eliseo Mouriño. En un principio alternó con este enorme jugador y, cuando se alejó del club, el sector central del campo de juego fue monopolizado por Rattin. En los sucesivos años, varios refuerzos llegaron para jugar en la misma posición (Isella, Novarini, Silveira, Dino Sani, entre otros), pero el juego y el carisma del “Rata” lograron que fuera irremplazable.

Ya en los años 60, Rattin se había transformado en un personaje típico del fútbol rioplatense: era un caudillo. Su presencia dentro del campo de juego, su fiereza a la hora de marcar y su capacidad para poner orden, convirtieron al “Rata” en una figura indispensable para el funcionamiento del equipo. La hinchada se lo hacía saber partido tras partido cuando coreaba su nombre luego de alguna jugada en la que el centrojás salía airoso.

En 1962 obtuvo su primer título con Boca, junto con un memorable equipo en el que también participaban grandes figuras como Antonio Roma, Silvio Marzolini y Paulo Valentim. Aquel logro fue repetido en 1964 y 1965.

Paralelamente a su desempeño en Boca, Rattin pasó a ser un elemento clave para la Selección Nacional. Integró el combinado que viajó a Chile para disputar el mundial en 1962 y estuvo presente en la delegación argentina en Inglaterra 1966. Un momento clave de la historia del fútbol nacional fue el que protagonizó en el encuentro disputado frente a los locales: Rattin fue expulsado, pero, debido a la diferencia de idioma con el referí alemán, las protestas hicieron que el partido estuviera suspendido varios minutos. Luego, el “Rata” salió del campo de juego, estrujó la bandera inglesa que se encontraba en el corner y se sentó en la alfombra de la Reina.

En 1970, tras haber sido protagonista en 370 encuentros en los que marcó 28 tantos, se quitó los botines y dijo “basta”. El sabor amargo por la rotunda decisión se disolvió rápidamente cuando el cariño de los hinchas siguió llegando con tanto entusiasmo como en sus épocas de pantalones cortos. Desde aquel momento hasta hoy algo ha quedado bien claro: la imagen del “Rata”, con su 5 grabado en la espalda, estará siempre en el recuerdo xeneize.


RUBÉN SUÑÉ, EL GRAN CAPITÁN
En aquel glorioso equipo de Lorenzo, el “Chapa” Suñé se lució portando la cinta de capitán y logró ganar todo: el Metropolitano, el Nacional, la Libertadores y la Intercontinental. En las siguientes líneas conozca en detalle a uno de los mayores héroes de la historia de Boca Juniors.
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En la memoria colectiva del pueblo boquense existe un recuerdo tan feliz como imborrable. La noche del 22 de diciembre de 1976 Boca debía enfrentar a River por la final del Campeonato Nacional y, por primera vez en la historia, se definiría quién daría la vuelta olímpica en un superclásico. El match, cerrado y deslucido, amagaba con morir con un lánguido 0 a 0, pero Rubén Suñé se encargó de darle un giro radical al curso del encuentro. En un tiro libre a unos treinta metros del arco, se paró frente al balón y sin tomar carrera sacó un shot que se clavó en un ángulo ante la inerte mirada del “Pato” Fillol. Golazo. Algunos minutos más tarde llegó el final y se desastó la locura. Boca Campeón… y frente a River. Aquel día, el “Chapa” se recibió de héroe.

Esta historia fraterna entre Suñé y Boca, empero, tenía larga data. A mediados de la década del 60 comenzó a formarse en las inferiores del club de la ribera y, en 1967, tuvo su gran oportunidad cuando debutó en primera división. A partir de aquel momento se desempeñó como lateral derecho, alternando con el “Cholo” Simeone, otro gran defensor de aquellos años.

Su primera experiencia con la gloria llegó en 1969, cuando Boca se adjudicó el Campeonato Nacional. El partido decisivo de aquel torneo -el que decidió la suerte de los xeneizes- fue disputado frente a River en el Monumental y, con dos goles del “Muñeco” Madurga, el partido finalizó igualado, lo que garantizó el primer puesto para los hombres boquenses.

Un año más tarde, Suñé volvió a dar la vuelta olímpica en el Nacional de 1970. El joven marcador de punta se encontraba en el cenit de su carrera y las predicciones auguraban viento en popa. Sin embargo, el “Chapa” no imaginaba que se encontraría con frentes de tormenta: a fines de 1973 Rogelio Domínguez lo declaró prescindible para la formación de Boca, lo que trajo como consecuencia el alejamiento del jugador. Durante algunas temporadas Suñé se refugió en Huracán y, luego, pasó a Unión de Santa Fe.

En 1976 la marea cambió en el club de la ribera. El “Toto” Lorenzo asumió la dirección técnica del primer equipo y, de inmediato, gestionó la vuelta del “Chapa”. Junto con él, llegaron del equipo santafecino otros dos hombres que pronto se transformarían en sólidos elementos de aquel plantel: Ernesto Mastrángelo y Hugo Orlando Gatti.

De esta manera se comenzó a armar un conjunto que quedaría en la historia. Suñé ya no era el incisivo marcador lateral que la tribuna boquense conocía de memoria, sino un caudillo que lucía con firmeza un cinco bordado en su espalda. Además de movilizar el balón en el centro del campo de juego, ganó con total justicia la banda de capitán.

Aquel equipo de Lorenzo arrasó con todo en 1976. Primero se adueñó del Metropolitano y, meses más tarde, obtuvo el Nacional gracias al certero disparo del “Chapa” en la gran final frente a River Plate. Al año siguiente continuaron las alegrías para el conjunto y su gran capitán cuando Boca obtuvo por primera vez en su historia la Copa Libertadores; fue el 14 de septiembre de 1977 frente a Cruzeiro con aquella recordada definición por penales en la que Gatti le detuvo el penal a Vanderley.

En 1978 el conjunto capitaneado por Suñé repitió la gloria de la Libertadores y fue en busca de la Intercontiental, que se adjudicó el 1º de agosto luego de un rotundo 3 a 0 frente al Borussia. De esta manera, Boca y el “Chapa” cerraban un ciclo perfecto: el cinco boquense había vuelto al club de sus amores para demostrar que tenía mucho fútbol para ofrecer.

La comunión entre Suñé y Boca llegó a su fin en 1980, cuando sus días dentro del campo de juego estaban llegando a un ocaso. Detrás quedaba un historial asombroso: siete títulos y 374 encuentros vistiendo la casaca auriazul en los que marcó 36 tantos.


CUIDAPALOS Y CANTANTE
Julio Elías Musimessi llegó al club de la ribera en 1953 y comenzó a ocupar la valla en un equipo que tenía sed de gloria. Al año siguiente Boca obtuvo el campeonato y el “arquero cantor” se consolidó como el guardameta más reconocido de los años 50.
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Los libros que narran la historia del fútbol nacional aseveran que una tarde de domingo Julio Elías Musimessi -por entonces arquero de Newell’s- salió al campo de juego sin rodilleras. Si bien este dato hoy en día parece irrelevante, en aquella época significó toda una revolución en la vestimenta futbolística. A partir de ese momento, Musimessi comenzó a ganar notoriedad y, con sus atajadas seguras y su estampa intachable, logró ganar la atención de los dirigentes de Boca.

En 1953 mudó su residencia de Rosario a La Boca y se integró al plantel profesional xeneize. Desde 1944 el club no daba una vuelta olímpica, y tanto hinchas como dirigentes y jugadores apostaban fuerte a que la mala racha tendría que llegar a su fin pronto. Al año siguiente de la llegada de Musimessi, con un equipo en el que también jugaban Colman, Edwards, Mouriño, Pescia y Borello, Boca logró el tan anhelado campeonato luego de diez años de sinsabores.

Julio Elías Musimessi nació en el Chaco el 29 de julio de 1924 y debutó en Newell’s Old Boys en 1942. Durante más de diez años defendió la valla del conjunto rosarino y, recién cuando ya era un arquero maduro y reconocido, la gente de Boca Juniors puso sus ojos sobre él.

Luego del título logrado en 1954, Musimessi se consolidó como el indiscutible arquero de Boca Juniors. Además, también fue convocado para formar parte de la Selección Nacional: en 1955 fue el golero titular del conjunto argentino que obtuvo el Campeonato Sudamericano.

Además de sus indiscutibles virtudes como goalkeeper, Musimessi tenía habilidades especiales para desenvolverse en el campo musical. Era costumbre verlo animar reuniones y fiestas con sus cantos. El más reconocido de ellos, quizás, sea el chamamé “Dale Boca, viva Boca, el cuadrito de mi amor”, en el que dejaba bien claro su agradecimiento y su pasión por el club ribereño.

Debido a sus dotes artísticos se ganó el mote del “arquero cantor”, sobrenombre con el que trascendió en la historia del fútbol argentino. Luego de 155 partidos vistiendo la auriazul abandonó las canchas. Sus grandes atajadas, sus rodillas sin rodilleras y -sin duda- sus llamativas melodías quedaron en el recuerdo de toda una generación de hinchas de Boca.


“FÚTBOL ESPECTÁCULO” MARCA VALENTIM
A principios de la década del 60, una oleada de jugadores brasileños llegó a la Argentina con el fin de enriquecer el alicaído juego local con su “fútbol espectáculo”. Sin embargo, poco hicieron estos atletas para darle brillo a los encuentros. Paulo Valentim, en cambio, fue la gran excepción.
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Corre 1960 y los fantasmas de la eliminación argentina en el Mundial de Suecia dos años antes todavía rondan los campos de juego locales. Los hinchas se sienten decepcionados ante la magnitud de semejante catástrofe deportiva y critican fecha tras fecha a aquellos que defendieron la casaca nacional. El clima es espeso y, dentro de las canchas, el juego se hace deslucido.

Varios dirigentes de los clubes más importantes deciden renovar sus planteles y buscan en jugadores extranjeros la solución a sus problemas. La mira se pone en los brasileños, aquellos que habían dado cátedra en suelos suecos. En pocos meses una legión de hombres morenos cruza la frontera y estos atletas comienzan a participar del campeonato local. A Boca Juniors llegan entre 1960 y 1961 Edson Dos Santos, Almir Moraes, Orlando Pecanha (campeón del mundo en 1958), Mauro Raphael Maurinho, Dino Sani y Paulo Valentim.

De esta larga lista, la gran mayoría pasará al olvido. Paulo Valentim, sin embargo, logrará meterse de lleno en la memoria del club gracias a su juego y a sus goles, especialmente debido a los que le marcó a River Plate. Entre 1960 y 1964 el moreno delantero venció la valla de los hombres de la banda roja en diez oportunidades, lo que lo convierte en el mayor verdugo de los riverplatenses. De esos diez tantos, ocho se los hizo, nada más ni nada menos, a Amadeo Carrizo, con quien mantuvo un duelo constante a lo largo de sus años en el club boquense.

Los años sesenta, además, coincidieron con épocas en las que Boca demostró reiteradas veces su supremacía sobre el eterno rival: mientras los de Núñez sufrían debido a que el campeonato se les escapaba de las manos constantemente, los xeneizes, no sólo daban vueltas olímpicas, sino que se quedaban con estrepitosos triunfos en los superclásicos.

Uno de los artífices de aquellas victorias, tanto en suelo local como en el Monumental, era Valentim. La “número 12”, agradecida hasta el cansancio, no cesaba de aclamar a su ídolo con un cántico que ya es parte de la historia sonora de Boca: “Tim, Tim, Tim… gol de Valentim”, rezaban los feligreses auriazules ante la presencia en el templo de su salvador.

Gracias a las aventuras en el área del centrodelantero brasileño, la Bombonera rugió de júbilo una y otra vez. El moreno logró dar la vuelta en 1962 (luego de aquel recordado cotejo frente a River en el cual Valentim marcó el gol boquense y Roma le atajó el penal a Delem). Repitió los festejos en 1964, cuando Boca Juniors obtuvo el campeonato de ese año.

Pese al buen momento del plantel, Valentim, ya de 32 años, decidió que sus felices días en la ribera habían llegado a su fin. Luego de 109 partidos y 67 goles, se fue por la puerta grande para quedar en el recuerdo de millones de hinchas.


LA BOINA DE VARELA
A principios de 1943 Severino Varela dejó su Uruguay natal para formar parte de la delantera de Boca Juniors. En tan sólo tres temporadas este hombre de boina blanca se transformó en uno de los mayores ídolos de la década del 40.
Boca Juniors. Historia
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A lo largo de estos 100 años de historia, Boca tuvo incontables tardes de gloria. Una de ellas tuvo lugar el 26 de septiembre de 1943 cuando venció a River Plate en la Bombonera por 2 a 1. Aquel cotejo, si embargo, quedó en el recuerdo de miles de hinchas por un hecho puntual… mejor dicho por un gol en particular: la palomita de Severino Varela.

En una llamativa jugada, Carlos Sosa desbordó por la derecha y, antes de que llegara a la línea de cal, lanzó un largo centro que no pudo ser conectado por Pío Corcuera ni por su marcador, Ricardo Vaghi. Cuando el balón amenazaba con perderse en la nada -y ante la dubitativa salida del arquero riverplatense-, Varela apareció sorpresivamente y se lanzó hacia el balón de palomita. El cabezazo de su boina blanca fue implacable y mandó el esférico al fondo de la red. ¡Gooooooool…! El grito de la tribuna fue interminable. El abrazo de los jugadores con el verdugo uruguayo también.

Severino Varela había tomado renombre a fines de los años 30 por pertenecer a la línea ofensiva de Peñarol, al otro lado del Río de la Plata, donde había nacido. Allí, logró gran cantidad de títulos, pero en 1942 tuvo una recaída en su rendimiento y el club montevideano decidió venderlo. Por 38.000 pesos, más los pases de Emeal y Laferrera, pasó a formar parte del club boquense.

A comienzos de 1943 Boca arrancó el campeonato local con la única intención de terminar en la primera posición cuando el año llegara a su fin. Además, no podía permitir que River lograra el tricampeonato (había obtenido los torneos de 1941 y 1942). En un equipo con ese espíritu renovador, el nuevo jugador charrúa, no sólo no desentonó, sino que se transformó en una pieza vital del equipo. ¿Cómo lo hizo? Con buen fútbol y muchos goles.

En la tercera fecha el conjunto auriazul enfrentó a Chacarita. En determinado momento el juez sancionó un penal a favor de Boca y, mientras algunos jugadores dudaban en ir a patear, Severino tomó el balón, lo puso en el punto de cal, shoteó con firmeza y marcó el tanto. A partir de ese momento se convirtió en el pateador oficial de penales. En sus tres años con la azul y oro ejecutó catorce tiros desde los doce pasos… ¡y no erró ninguno!

A fines de año, la contratación de “La boina fantasma” (como ya se conocía al jugador oriental) rindió sus frutos: Boca dio la tan esperada vuelta olímpica. Ese lauro no apaciguó la sed de victoria del plantel, que volvió a repetir el logro en 1944 gracias a los cabezazos de Severino.

Un párrafo aparte merecen las actuaciones de Varela frente a River Plate. Su boina blanca auguraba malas noticias para la defensa rojiblanca: marcó goles en cinco de los seis encuentros que disputó frente a la famosa “Máquina”. Aún hoy se lo sigue citando como a uno de los principales verdugos del club de Núñez.

Luego de la temporada de 1945, los años de Severino en la ribera llegaron a su fin. Si bien fue tentado por los dirigentes del club para que siguiera jugando con la casaca azul y oro (aparentemente le ofrecieron un cheque en blanco), el hombre de la boina blanca decidió volver a su patria para desempeñarse nuevamente en Peñarol de Montevideo. De esta manera le puso punto final a tres años de boinazos y quedó para siempre en la historia grande de Boca Juniors.


EL SUEÑO DE GARCÍA CAMBÓN
El 3 de febrero de 1974 Carlos María García Cambón fue protagonista de uno de los debuts más recordados de la historia del club: el conjunto xeneize derrotó a River por 5 a 2 y el número nueve boquense anotó cuatro tantos.
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Boca Juniors. Historia

Es posible que la noche anterior al encuentro frente a River por la primera fecha del Torneo Metropolitano, Carlos María García Cambón haya imaginado que podía cumplir una buena actuación en el clásico. Incluso que haya fantaseado con vencer el arco rival y llenarse la boca de gol mirando a la tribuna fuera de control. La realidad, sin embargo, superaría ampliamente las aspiraciones del goleador.

García Cambón había comenzado su carrera futbolística en Chacarita, donde se consagró campeón en 1969 y se consolidó como uno de los delanteros temidos por las defensas de los equipos nacionales. A principios de 1974, cuando el año todavía no había comenzado a respirar fútbol, el ex goleador del equipo de San Martín se preparó para jugar su primer encuentro vistiendo la azul y oro.

El Metro de aquel año comenzó con la particularidad de que el clásico de los clásicos se disputó en el primer episodio del torneo, una rareza entre las rarezas. La Bombonera, colmada como era de esperarse, recibió a los protagonistas del encuentro con euforia, papeles y cánticos ensordecedores. En medio de ese ritual carnavalesco, García Cambón, con su número nueve bien puesto en la espalda, pisó la verde gramilla, miró de reojo las tribunas intentando no conmoverse demasiado y conservó la concentración necesaria para enfrentar a los hombres de River.

El pitazo del juez dio inicio al match. Tan sólo dos minutos más tarde llegaría el primer grito de la tarde nublada. Luego de un largo pelotazo del Conejo Tarantini, nuestro héroe aprovechó un error de uno de los centrales riverplatenses y encaró de frente al Pato Fillol que nada pudo hacer ante el remate certero del debutante. El balón se hundió en el arco y la tribuna y el verdugo gritaron conjuntamente el primer grito del clásico.

A los 16 minutos River llegó al empate a través de Ghiso. La igualdad, sin embargo, duraría poco: antes del fin de la primera parte, el gran Carlos María volvió a amargarle la tarde a la parcialidad rojiblanca. Así se fueron al entretiempo: 2 a 1.

Los 15 minutos del descanso sólo serían una excusa para que la escalada de goles tuviera un alto momentáneo, ya que al minuto de la segunda parte Ferrero anotó el 3 a 1 con un penal bien ejecutado. Cuando Wolf achicó diferencias -también desde el tiro de los doce pasos- la gente de la banda roja cosechó esperanzas y soñó con un empate. Esas añoranzas fueron en vano. El encargado de abatir nuevamente al conjunto de River fue -como no podía ser de otra manera- García Cambón.

Pero el 4 a 2 no conformó ni a él ni al resto de los hombres xeneizes, que salieron a buscar el quinto como si fuera el primer minuto del encuentro. A los 26 del complemento Carlos María García Cambón venció a Fillol por cuarta vez en la tarde. Era el 5 a 2…y para el respiro de River, era el último tanto del cotejo.

De esta manera casi inverosímil (si bien el fútbol muchas veces es inverosímil) el antiguo jugador de Chacarita vistió la camiseta de Boca por primera vez. Ni en sus mejores sueños hubiera jugado mejor.


LAS AVENTURAS DE TARZÁN
Antonio Roma fue el mayor representante de la valla boquense a lo largo de toda la década del 60. Sus increíbles atajadas y su físico robusto y flexible lograron que obtuviera un sobrenombre que le hacía justicia: Tarzán.
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El famoso penal que Roma le atajó a Delem en 1962.
A principios de 1960 llegó a Boca un hombre que haría historia defendiendo los tres palos del equipo. Se trataba de Antonio Roma que, junto con Silvio Marzolini, llegó proveniente de Ferrocarril Oeste. Sus brillantes antecedentes en el conjunto de casaca verde y su participación en la Selección Nacional (viajó a Lima con el célebre equipo de Los Caras Sucias) daban que hablar y la hinchada xeneize esperaba con ansias ver en acción al nuevo encargado de tapar los remates de los rivales. Roma, partido tras partido, fue demostrando que venía para quedarse y para ser figura en un equipo de figuras.

Dos años más tarde de su llegada a la ribera, Antonio tuvo una inesperada prueba de fuego. Faltaban dos fechas para que finalizara el campeonato y Boca enfrentaba a River en la Bombonera. Ambos teams iban a la vanguardia en la tabla de posiciones y, debido a ello, el vencedor del clásico se aseguraría el primer puesto.

El encuentro comenzó mejor para Boca: en el primer cuarto de hora se puso en ventaja a través de un tiro desde el punto del penal anotado por el brasileño Paulo Valentim. Con ese resultado transcurrió la mayor parte del encuentro, pero cuando restaban cinco minutos para que finalizara el match, Artime cayó en el área y el juez señaló el punto del penal. El riverplatense Delem, otro jugador importado desde Brasil, tomó el balón y lo colocó a once metros del arco. Roma se paró sobre la raya y esperó con seguridad el remate. Delem sacó el zapatazo y Tarzán (sobrenombre propuesto por el gran relator Fioravanti) fue hacia su derecha y envió la pelota al corner. La euforia fue absoluta…y Roma se recibió de héroe. El cotejo estuvo once minutos suspendido por la invasión del público y, cuando se reanudó, llegó el final.

Muchos años después Roma recordó que en una jugada previa al penal, Silvero había cometido una fuerte infracción contra Artime que no había sido cobrada por el referí Nai Foino. Algunos minutos más tarde, Artime se tiró al piso ante la marca de Silvero y el juez, para compensar la jugada anterior, sancionó el penal. “Antes de que pateara el penal Delem, le hice una promesa a mi Virgen de Luján y algunos días después la cumplí, me fui caminando desde Liniers hasta la Basílica de Luján con la inmensa satisfacción de haber contribuido de manera decisiva en otro campeonato boquense”, señaló el guardameta.

Luego de haber logrado ese título, la carrera de Roma siguió en ascenso: logró los campeonatos de 1964, 1965, el Nacional de 1969 y el Nacional de 1970. Además, siguió representando a su país y viajó a los mundiales de Chile en 1962 e Inglaterra en 1966.

Roma (que nació en Villa Lugano el 13 de julio de 1932) vistió la casaca boquense hasta 1972, cuando tenía 39 años. Se retiró instalado en el podio de los grandes y dejó una huella difícil de igualar para los futuros arqueros boqueases. Durante décadas conservó el récord impresionante: 782 minutos de valla invicta. Fue superado muchos años después por Carlos Navarro Montoya cuando logró estirar los minutos a 824 sin recibir goles.


MOUZO, EL OMNIPRESENTE
Por su garra, por su soberbia estampa en el campo de juego, por su técnica y por su voz de mando Roberto Mouzo logró transformarse en un símbolo xeneize En estas líneas homenajeamos a uno de los mayores stoppers que vistieron la casaca boquense.
Boca Juniors. Historia

Cuando se habla de la historia grande de Boca Juniors suelen surgir dos preguntas que se repiten constantemente: quién es el jugador que más goles marcó con la casaca azul y oro, y quién es el jugador que más encuentros disputó defendiendo los colores xeneizes. El gran Pancho Varallo, con 180 goles, es la respuesta para la primera interrogante. En la segunda aparece otro ídolo boquense: Roberto Mouzo, que con el increíble número de 396 encuentros oficiales entre 1971 y 1984 lleva con orgullo ese gran honor.

El 8 de enero de 1953 nació en Avellaneda y cuando decidió que el fútbol era su gran pasión no dudó en probarse en Boca Juniors, el club de sus amores. Luego de años de sacrificio, debutó en primera en 1971 ofreciéndole a Boca un atleta capaz y preparado pero, por sobre todas las cosas, un hombre que siempre jugaría con el corazón teñido de azul y oro, una máquina de entregar hasta lo que no tenía con tal de recuperar el balón, un titán del área. Disputó sus primeros partidos como número 2 y luego pasó a jugar de 6, su posición clásico. Por aquellos años tuvo la difícil tarea de pelear el puesto con un peso pesado como Roberto Rogel. Recordando esos momentos alguna vez declaró: “Nunca me desesperé. Sabía que tarde o temprano tendría mi oportunidad definitiva y cuando llegara tendría que aprovecharla al máximo para después no arrepentirme. Tenía confianza del técnico, quien me dijo que me tenía en cuenta para el equipo titular”.

Gracias a su perseverancia logró hacerse un lugar en la primera escuadra de Boca cuando, en la segunda rueda del Metropolitano de 1975, Rogel fue transferido a Méjico. Al año siguiente fue nombrado mejor defensor de la temporada y logró su primer título cuando Boca Juniors se coronó campeón del Torneo Nacional. Las alegrías para Mouzo continuarían al año siguiente con la obtención de la Copa Libertadores y en 1978 cuando Boca fue el mejor de América por segunda vez en forma consecutiva y el mejor del mundo, al derrotar al Borussia. Lamentablemente, debido a una lesión, no pudo viajar a Alemania para jugar la segunda final. “La verdad me moría de ganas por jugar, pero estaba lesionado. Ahí empezó una racha increíble de lesiones que me alejó del primer equipo”.

En 1981 volvió con todo luego de tener que estar intermitentemente parado debido a sus graves lesiones. Aquel año hizo notar otra vez su presencia y llevó la batuta del equipo que integraba Diego Armando Maradona y que se adjudicó el Campeonato Metropolitano. En 1984, luego de años de buen fútbol, de partidos memorables, de copas levantadas, de gritos de gol y de inmejorables recuerdos, Roberto Mouzo, un símbolo de su época, se alejó de las canchas y quedó para siempre en la feliz historia de Boca.

PARA CERRAR EL MAXIMO GOLEADOR, HASTA HOY, DE LA HISTORIA BOQUENSE.

Tengamos en cuenta que PALERMO está a punto de Alcanzarlo, yo no ví jugar a Varallo por mi Edad, pero por lo que cuentan y con todo el Amor que le tengo a MARTIN, son INCOMPARABLES.


FRANCISCO VARALLO, EL ETERNO GOLEADOR
Es el máximo artillero en la historia de Boca Juniors en la era profesional con 180 goles y el único sobreviviente de la primera final de un mundial, la de Uruguay de 1930. A los 94 años, don Pancho sigue viviendo el fútbol con la misma pasión que tenía en sus épocas de pantalón corto y camiseta ajustada.
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En la oscura noche del 2 de diciembre de 1939 la cancha de Chacarita Juniors fue testigo del ocaso de un grande: aquel día Boca enfrentó a Ferro Carril Oeste y Pancho Varallo, de tan sólo 29 años, se despidió como jugador del deporte que tantas alegrías le había dado a lo largo de su juventud. Una dolorosa lesión en los meniscos fue culpable de que la hinchada xeneize se quedara sin gritar las repetidas anotaciones del incansable centroforward. Ese día, sin embargo, se despedía el jugador pero nacía la leyenda, aquella que aseguraba que sus potentes remates eran el peor veneno para los arqueros de la década del 30.

Francisco Varallo nació en La Plata el 5 de febrero de 1910 y, desde muy joven, comenzó su romance con la pelota en un pequeño club llamado 12 de Octubre, el mismo en donde anteriormente se habían desempeñado su padre y sus tíos. Cuando aquella institución quedó demasiado pequeña para las aspiraciones del joven Varallo, Gimnasia y Esgrima de la Plata lo incluyó en sus filas y, a los 18 años, debutó en primera.

En 1929 fue campeón con el club platense de la Liga Amateur y, un año más tarde, viajó con la Selección Argentina a Uruguay para disputar el primer campeonato mundial. La escuadra nacional logró llegar hasta la final, que debía disputarse en el estadio Centenario contra los locales. El día previo al definitorio encuentro Pancho, de 19 años, fue revisado por un médico uruguayo, el doctor Campistegui -hijo del presidente oriental- debido a una fuerte dolencia. El médico aconsejó que Varallo no jugara el partido, pero la delegación argentina desconfió del diagnóstico de Campistegui y el centrodelantero ingresó entre los once titulares.

Sin embargo, a los quince minutos del primer tiempo Pancho apenas podía correr y tampoco podía ser reemplazado, ya que en aquella época no existían los cambios. Finalmente, la Argentina perdió por 4 a 2 y, 70 años más tarde, Varallo todavía conserva un amargo recuerdo: “Nos ganaron de guapos, porque nosotros éramos superiores y jugábamos mejor. Esa final la teníamos casi ganada y se nos escapó de las manos. Todavía tengo mucha bronca”, declaró hace pocos años.

Con la llegada del fútbol profesional en 1931, se concretó el pase de Varallo a Boca Juniors por una alta suma de dinero para los tiempos que corrían. La expectativa del pueblo boquense era inmensa y Varallo no decepcionó: al finalizar el año Boca se transformó en el primer campeón del profesionalismo y “Cañoncito” -como ya empezaba a conocerse a Varallo- fue el máximo goleador de la escuadra xeneize con 27 conquistas.

A partir de allí la carrera deportiva del delantero iría aumentando vertiginosamente. Su estampa de ídolo se afianzaría nuevamente en 1933 cuando resultó goleador del torneo, y en 1934 y 1935 cuando Boca Juniors, comandado por los goles de Varallo, logró convertirse en el campeón argentino en forma consecutiva.

El resto de la década del 30 siguió siendo testigo de los repetidos gritos de gol de Pancho, hasta que aquella noche de 1939 su físico le dijo “basta”. El saldo que dejó su carrera es uno de los más envidiados por cualquiera que haya vestido la casaca azul y oro: con 180 goles a lo largo del profesionalismo en 209 partidos es el máximo anotador en la historia de Boca Juniors, un héroe con todas las letras.


Fuente: http://www.museoboquense.com/recuerdos.php

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6 comentarios - Recuerdos Boquenses - Para Fanáticos

@darkt Hace más de 6 años
te falto poner la ultima vez que le ganaron a River, ese es un muy buen recuerdo también
@elmasajista1 Hace más de 6 años
GALLINAS MUERTOS, GANEN ALGO.....
@elcondor1982 Hace más de 6 años
Te falto Alphonse Tchami!
@elbarba Hace más de 6 años
Cerra los coments pq sino te cierran el post, pq seguro se arma forobardo
@elbarba Hace más de 6 años
Me olvidaba



Aguante Boca!!!
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