Megapost - Edad Media 3ª parte

INQUISICION

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No se sabe con exactitud dónde, cuándo, cómo y las razones que originaron, durante la Edad Media, el nacimiento de la institución llamada Inquisición.
Las única fechas concretas que se encuentran en la enciclopedias y libros de historia son las de 1233, año en el que se asegura que el Papa Inocencio III autorizó a ciertos dominicos para que investigaran el comportamiento de unos herejes conocidos como albigenses. Se atribuye también esta medida al Papa Gregorio IX.

Fue en España, sin embargo, donde la Inquisición adquirió mayor preponderancia y así llegó a conocimiento de los países de habla hispana, donde también tuvo activa participación.

Los orígenes

Muchos antecedentes recogidos hacen suponer que la Inquisición medieval se desarrolló en el sur de Francia, norte de Italia, Alemania y en los llamados Estados Pontificios.

Los primeros indicios surgieron, al parecer, en Renania y después se prolongaron a Francia . En estos territorios nacieron grupos religiosos conocidos como albigenses o cátaros. Sus enseñanzas eran cristianas, pero diferían de las orientaciones católicas. Por eso se les llamó herejes y fueron perseguidos hasta su aniquilación. En 1017, en el condado de Orleans, fue descubierto un grupo cátaro entre los canónigos. Un concilio celebrado en presencia del rey Roberto el Piadoso y la reina Constanza los condenó a ser quemados vivos. En 1022 se hace lo mismo en Tolosa. En 1030, en Monteforte, otra comunidad de cátaros es masacrada, y así, en los años siguientes, siempre en los condados del sur de Francia, se descubren otros herejes que corren la misma suerte. Sucesivamente se actúa contra los heréticos en Colonia y después en Bonn, en Alemania. Milán, al norte de Italia, es considerado en núcleo principal de la herejía, y en el centro de Francia surgen los albigenses, en 1181.

La lucha contra los herejes cátaros y albigenses sirve de antecedente para establecimiento de la Inquisición . Oficialmente fue el conde Raimundo VII, de Tolosa, quien había sufrido los efectos de continuas guerras entre los señores feudales, quien autorizó, en un tratado firmado en 1233 en la ciudad de Meaux, el establecimiento de la Inquisición. En este tratado, entre otras cosas, se obliga a este noble a permanecer fiel al rey y a la iglesia hasta su muerte y a purgar a su país de la herejía; a pagar dos marcos de plata a quienes, por denuncias o de otra manera, permitieran capturar a un hereje.

El Papa Inocencio III, al comenzar el siglo VIII, dio atribuciones especiales a sus representantes en diversas provincias, las que sobrepasan las del clero local, aunque solamente en lo relativo a la lucha contra la herejía

Poderes similares se confirió a los hermanos dominicos, y así se funda la institución conocida con el nombre de Inquisición.

La Inquisición española se desarrolló indistintamente en diversos períodos. En 1478 fue establecida por los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, y estaba encargada principalmente de espiar a los judíos y moros convertidos que no eran sinceros. El primer Gran Inquisidor fue Tomás de Torquemada. (en la imagen) Bajo su mando, la institución llegó a ser una especie de policía de pensamiento, de la que ningún español estaba libre. Mucho mejor organizada que la Inquisición medieval, era más dura y tenía más libertad para emplear la sentencia de muerte.

En 1512, el Papa Julio II asignó al Inquisición a la Congregación de Santo Oficio, la cual decidía cuestiones de fe, moral, herejías y algunos asuntos conyugales. También manejaba el Index, índice de libros prohibidos.

TORTURAS

La cara oculta de la historia es la tortura.
Varios de los elementos utilizados durante la Edad Media para realizar estas salvajadas fueron:

EL POTRO: La víctima era atada a los extremos y después se tiraba de las cuerdas hasta que los miembros se descoyuntaban. Fue utilizado sobre todo en Francia y Alemania, durante los tiempos de la Inquisición

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EL APLASTACABEZAS: Destinado a comprimir y reventar los huesos del cráneo. La barbilla de la víctima se colocaba en barra inferior, y el casquete era empujado hacia abajo por el tornillo. Los efectos de este artilugio son, en primer lugar, la ruptura de los alveólos dentarios, después las mandíbulas y por último el cerebro se escurre por la cavidad de los ojos y entre los fragmentos del cráneo.

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EL TORMENTO DE LA RATA: Sobresalía por su refinamiento. También fue utilizado por la Inquisición, pero su existencia se conoce desde los tiempos de la antiguo China. Consistía en colocar una rata sobre el abdómen del torturado, encerrada en un jaula abierta por abajo, mientras los verdugos la hacían rabiar con palos ardiendo, de forma que el animal tenía que buscar una salida y a mordiscos abría un túnel en las tripas del condenado, llegando, a veces, a salir por otro lado del cuerpo.

LAS JAULAS COLGANTES: Hasta finales del Siglo XVIII, en los paisajes urbanos Europeos, era habitual encontrar jaulas de hierro y madera, adosadas al exterior de los edificios municipales, palacios ducales o de justicia, etc. Los reos, desnudos o semidesnudos, eran encerrados en las mismas. Morían de hambre y sed, por el mal tiempo y el frío en invierno; por el calor y las quemaduras solares en verano. A veces, las víctimas habían sido torturados o mutilados como escarmiento. No solo significaban una incomodidad tal que hacían imposible al preso dormir o relajarse, ya que estaban atados a los barrotes de las mismas. A veces se introducían en ellas gatos salvajes, a los que los verdugos azuzaban con varillas al rojo vivo, o se encendían fogatas debajo para abrasar al condenado.

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LA DONCELLA DE HIERRO: Aun había otros artilugios como la doncella de hierro, esos ataúdes que eran piezas de exquisita artesanía por fuera y por dentro. Por fuera por la gran cantidad de grabados y relieves que adornaban su superficie; por dentro, por la espectacular colección de pinchos, dirigidos a puntos concretos del cuerpo, que se iban clavando lentamente sobre el inquilino, a medida que se cerraba la puerta. Los clavos eran desmontables, con lo que se podían cambiar de lugar, con el fin de poseer un amplio abanico de posibles mutilaciones y heridas que daban lugar a una muerte más o menos lenta

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EL METODO DEL AGUA: Consistía en hacer tragar al torturado, un mínimo de 10 litros por sesión, ayudándose de un embudo. Además de producir una insoportable sensación de ahogo, el estómago podía llegar a reventar.

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LA CABRA: Este sistema se hizo muy popular en las mazmorras de la Edad Media. Una vez que al torturado se le habían fijado los pies a un cepo, se procedía a untar las plantas con sal o sebo. La cabra atraída por el condimento, comenzaba a lamerlas, y la aspereza de su lengua hacía que atravesara la piel y dejara los pies en carne viva, llegando en ocasiones hasta el hueso.

LA RUEDA: Era el más común en la Europa germánica. Convertía al preso, completamente inmovilizado, en verdadero material de trabajo, para que el verdugo fuera descoyuntándole o arrancándole miembros a voluntad. Era uno de los suplicios más horrendos de la Edad Media. El condenado, desnudo, era estirado boca arriba en el suelo, o en el patíbulo, con los miembros extendidos al máximo y atados a estacas o anillas de hierro. Bajo las muñecas, codos, rodillas y caderas se colocaban trozos de madera. El verdugo asestaba golpes violentos a la rueda, machacaba todos los huesos y articulaciones, intentando no dar golpes fatales. Despúes era desatado e introducido entre los radios de la gran rueda horizontal al extremo de un poste que después se alzaba. Los cuervos y otros animales arrancaban tiras de carne y vaciaban las cuencas de los ojos de la víctima, hasta que a ésta le llegaba la muerte.

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EL GARROTE: Método por el cual un punzón de hierro penetra y rompe las vértebras cervicales al mismo tiempo que empuja todo el cuello hacia delante aplastando la tráquea contra el collar fijo, matando así por asfixia o por lenta destrucción de la médula espinal. La presencia de la punta en la parte posterior no sólo no provoca una muerte rápida, sino que aumenta las posibilidades de una agonía prolongada. Fue usado hasta principios del siglo XX en Cataluña y en algunos países latinoamericanos. Se usa todavía en el Nuevo Mundo, sobre todo para la tortura policial, y también para ejecuciones.

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EL TORO DE FALARIS: En este caso se quemaban a los herejes dentro de la efigie de un toro a Falaris, tirano de Agrakas, que murió en el año 554 a.C. Los alaridos y los gritos de las víctimas salían por la boca del toro, haciendo parecer que la figura mugía. El toro de Falaris estaba presente en numerosas salas de tortura de la Inquisición de los siglos XVI, XVII y XVIII.

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LA SIERRA: Este instrumento de tortura no necesita muchas explicaciones. Sus mártires son abundantes. A consecuencia de la posición invertida del condenado, se asegura suficiente oxigenación al cerebro y se impide la pérdida general de sangre, con lo que la víctima no pierde el conocimiento hasta que la sierra alcanza el ombligo, e incluso el pecho, según relatos del siglo XIX. La Biblia (II Samuel 12:31) hace mención a este tipo de tortura, en la época del Rey David. Este hecho contribuyo a la aceptación de la sierra, el hacha y la hoguera. La sierra se aplicaba a menudo a homosexuales (gays y lesbianas), aunque principalmente a hombres. En España la sierra era un medio de ejecución militar hasta el siglo XVIII. En Cataluña, durante la Guerra de la Independencia (1808-14), los guerrilleros catalanes sometieron a decenas de oficiales enemigos a la sierra. En la Alemania luterana la sierra esperaba a los cabecillas campesinos rebeldes, y en Francia a las brujas preñadas por Satanás.

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LA CUNA DE JUDAS: El reo era atado e izado y una vez estaba elevado se le soltaba dejándolo caer sobre una pirámide haciendo que, con su propio peso, se clavara la punta de la misma en el ano, la vagina, el escroto, etc. Esta maniobra se realizaba varias veces. Se utilizaba practicamente para hacer confesar al condenado.

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LA CIGUEÑA: El sistema de la cigueña, a parte de inmovilizar a la víctima, al poco rato ésta sufre unos fuertes calamabres en los músculos rectales y abdominales, y poco a poco se van extendiendo por el resto del cuerpo. Al cabo de las horas producen un dolor muy intenso sobre todo en el recto. Además el reo era pateado y golpeado, e incluso en ocasiones llegaba a ser quemado y mutilado.

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EL CEPO: No hacen falta muchas explicaciones para este método. La víctima era inmovilizada de pies y manos, expuesta, generalmente, en la plaza del pueblo, y sometida a todo tipo de vegaciones, como golpeada, escupida, insultada, e incluso en ocasiones la plebe orinaba y defecaba sobre ella.

EL PENDULO: Solía ser la antesala de posteriores torturas. Su función consistía básicamente en la dislocación de los hombros doblando los brazos hacía atrás y después hacia arriba. La víctima atada de manos en la espalda era izada por las mismas. Para provocar un mayor sufrimiento se le colocaban en los pies una pesas.

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LAS GARRAS DE GATO: Consistía en arrancar al prisionero la carne a tiras, llegándola a arrancar de los huesos. Eran utilizadas como un rastrillo.

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LA PERA: Estos instrumentos se usaban en formatos orales y rectales. Se colocaban en la boca, recto o vagina de la víctima, y allí se desplegaban por medio de un tornillo hasta su máxima apertura. El interior de la cavidad quedaba dañado irremediablemente.Las puntas que sobresalen del extremo de cada segmento servían para desgarrar mejor el fondo de la garganta, del recto o de la cerviz del útero. La pera oral normalmente se aplicaba a los predicadores heréticos, pero también a seglares reos de tendencia antiortodoxas. La pera vaginal, en cambio, estaba destinada a las mujeres culpables de tener relaciones con Satanás o con uno de sus familiares, y la rectal a los homosexuales.

Los medios mecánicos tampoco eran de despreciar. Algo tan simple como unas tenazas en las manos de un hábil torturador podía arrancar de cuajo muchos dientes e incluso, si se terciaba, la lengua.

Tampoco hay que olvidar las calzas colocadas en las piernas, que a martillazo limpio acababan destrozando los huesos del tobillo. O las astillas metálicas que se introducían bajo las uñas, y se clavaban poco a poco hasta que ya no quedaba uña donde clavar.

Fuente: http://www.edadantigua.com
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