Es la villa mas peligrosa del pais

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El dueño narco de la favella argentina

edición impresa | domingo
sociedad
Marcos, el capo narco
El jefe prófugo mantiene el control y hace ejecutar a los que lo traicionan
Marcos Antonio Estrada González escapó del megaoperativo que la Gendarmería Nacional realizó el 6 de mayo en la Villa 1-11-14. Se cree que está fuera del país, que desde allí continúa manteniendo el control de su organización y que ordenó la ejecución de un matrimonio de peruanos, asesinado en Villa Urquiza. El hombre habría sido su sicario y luego lo traicionó. Los asesinos son profesionales y se entrenaron en Colombia. Un ataque a un estudio de abogados de La Plata también habría sido ordenado por Marcos. El misterioso cargamento de cocaína que quedó intacto.
Rafael Saralegui
2007-06-10 03:42:57
Fiambre. El almacén de Villa Urquiza donde mataron al matrimonio.


El hombre anda lejos, pero sigue manejando su negocio con el rigor de un capanga. Y así decide sobre la vida y la muerte de los suyos. El doble homicidio de un matrimonio de peruanos, en un almacén de Villa Urquiza, en la noche del lunes 4, fue consecuencia de una orden dictada por Marco Antonio Estrada González, alias Marcos, el capo prófugo, jefe de la banda ganadora en la narcoguerra que comenzó a librarse hace años en la Villa 1-11-14, en el Bajo Flores, y que luego se fue extendiendo a otras zonas de la Ciudad como Palermo, Once, Abasto y Balvanera. PERFIL pudo reconstruir la historia de las últimas muertes gracias al relato de fuentes policiales y judiciales, y de miembros de la comunidad peruana, cansados de salir en los diarios asociados con crímenes, ajustes de cuentas y venta de drogas.

El muerto se hacía llamar Marcos también, como su jefe. Su nombre completo era Marcos Ramón Ruiz Mendoza, nacido en Perú, hacía 47 años. En su país había estado preso por robo a mano armada y secuestro extorsivo, entre otros delitos, por lo que pasó nueve años en prisión. Y allá se lo conocía con otras tres identidades: Juan Fernández

Raffo, Fidel Eleuterio Ramírez Sarmiento y Hugo Gabriel Soriano. La muerta también tenía varios nombres, aunque el verdadero era Luz Irma Ruiz Guardapuclla. La pareja tenía un bebé, que dormía entre los dos cuando llegaron a matarlos. Los killers dispararon tres veces: dos tiros para él y uno para ella. El niño no se despertó. Habían usado silenciador.

Ruiz Mendoza fue a buscar a la pareja de asesinos al aeropuerto de Ezeiza, el sábado 2. Desde allí, lo llamaron por teléfono. Los tres se conocían, porque los tres orbitaban alrededor del planeta Marcos. Los dos homicidas eran guardaespaldas de Jorge Armando Calderón Mayhua, alias Ñaña, lugarteniente de Marcos, asesinado el 6 de mayo en el barrio de Once. Marcos también habría ordenado la muerte de Ñaña. “Por una pequeña traición.” Y el ejecutor de la orden fue Ruiz Mendoza. Cerca de su cama, la Policía encontró una pistola Browning 9 milímetros, sin el seguro puesto, lista para disparar. Los peritajes demostrarían que con esa arma fue asesinado Ñaña. La mujer de Ruiz Mendoza sabía que su hombre no se ganaba la vida cortando fiambre en el negocio familiar. Por eso la habrían matado, para que no hablara.

El jefe Marcos se habría reunido con los asesinos del otro Marcos, en Bolivia o Paraguay, para ordenar la muerte de su sicario, porque se habría quedado con drogas y con plata. En su casa se encontró una pequeña cantidad de marihuana. Cuando en la noche del lunes los dos hombres llegaron a la fiambrería situada en Quesada y Constituyentes, nadie sospechó nada. ¿Por qué sospechar? Si ese fin de semana ya los habían visto a los tres juntos. Los testigos describen a los homicidas como hombres morochos, robustos, de unos 25 y 50 años. En el lugar se pudieron levantar rastros que permitirían identificarlos, según los pesquisas. Uno de los dos homicidas habría realizado prácticas en Colombia. Tras la faena, los dos se fueron en un Fiat Palio blanco.

Al muerto Ñaña se le adjudican también otras dos muertes: la de los hermanos Rojas Palacios, narcos peruanos, de mediano porte, que se habían empezado a hacer fuertes en una zona de Palermo. Segundo Rojas Palacios fue asesinado en la noche del 13 de septiembre de 2006, cuando se paró a hacer pis cerca de un árbol. Su hermano, Angel Rojas Palacios, fue asesinado dos meses después, el 9 de noviembre, en Cabrera y Salguero. Los testigos dijeron que el asesino le disparó desde una moto. Los hermanos comandaban el negocio desde el edificio de un sanatorio abandonado, en Córdoba al 3600.

Otro hecho violento se produjo en el atardecer del martes, en La Plata. El frente de un bufete de abogados y los autos de los letrados fueron baleados. Los abogados, que habían representado a Marcos en varias causas judiciales, hablaron de la narcoguerra en un informe de una agencia de esa ciudad. El ataque también lo habría ordenado Marcos. “El mensaje es clarito. Los balearon por hablar”, dijo un conocedor de la interna narcoperuana. “Es una llamada de atención. Marcos desde afuera sigue manejando el territorio.” Otros dicen que los abogados buscaban publicidad. Y al menos durante unas horas tuvieron la esperada propaganda.

La sucesión de batallas se cobró más de 15 víctimas, suman los investigadores, que recitan los nombres de las muertos como quien pasa en voz baja las cuentas de un rosario. Aunque las víctimas llegarían hasta 27 si se incluyeran a los eviscerados: mulas que traían cápsulas de cocaína en sus estómagos y que fueron destripadas para recuperar las preciadas cargas.

fuente diario el perfil:http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0181/articulo.php?art=1577&ed=181

Marcos ya estaba lejos, cuando la Gendarmería Nacional invadió la Villa 1-11-14 el domingo 6 de mayo, para ejecutar una sucesión de allanamientos ordenados por el juez federal Jorge Ballestero, quien investiga a su banda. La redada fue pobre. La principal detenida fue Lily, la suegra de Marcos, considerada unas de las responsables de las finanzas del grupo. Cuando los gendarmes se fueron, hubo festejos en la villa. Comieron asado y escucharon cumbia hasta las 4 de la mañana. No sólo porque tres de los laderos de Marcos pudieron escapar. Cuentan que ese día había en la villa entre 150 y 200 kilos de cocaína. Una fortuna, si se calcula que cada kilo puede costar unos 5.000 dólares. Los paquetes estaban tan bien tabicados que los hombres de verde los pasaron de largo. La celebración no sólo era por la libertad salvada. El botín estaba intacto.

sigue


Cuando el Estado se ausenta, se aplica la ley de la Lily

En la Villa 1-11-14, escenario principal de la narcoguerra, hace tiempo ya que ha dejado de regir la ley. La presencia del Estado es casi nula y son los jefes narcos quienes resuelven los entuertos aplicando sus propios códigos. Pueden decidir quién recibe ladrillos para ampliar la casa, los bolsones de comida, los subsidios. Pueden comprar los medicamentos cuando hay un chico enfermo o regañar a alguno que se le haya ido la mano con la compañera. Pueden decidir quién vive en la villa y quién no. Quién vive y quién no.

Cuando Marco Antonio Estrada González, alias Marcos, ganador hasta ahora de la narcoguerra contra su enemigo Alionzo Rutillo Ramos Mariño (alias Ruti), se hizo prófugo, las riendas las tomó su suegra, Doña Lily, Lucila Enríquez Alarcón, detenida tras el megaoperativo ordenado por el juez federal Jorge Ballestero, el domingo 6 de mayo.

Haciendo uso de sus atribuciones de mando en el asentamiento, se presentó el 7 de abril en un comedor situado en la manzana 18, acompañada por otros lugartenientes armados, uno de los cuales era conocido como Poli. “Te dije que no te quería en la villa y que te iba a matar”, le dijo Lily a Rosario Andia Gutiérrez, quien estaba allí almorzando con su pareja, David Pacheco.

Mientras Lyli reiteraba la amenaza, Poli la emprendió a golpes con un caño contra la pobre mujer. El motivo de la expulsión se desconoce.

El juez de instrucción Horacio Azzolín procesó a Lyli por el delito de coacción agravada y ordenó que se trabara un embargo sobre sus bienes de hasta 5.000 pesos por el ataque y las amenazas contra Andia Gutiérrez. Además, le pidió a Ballestero que remitiera las fotografías de las personas identificadas en su causa con el objetivo de individualizar a los otros atacantes.

La Ufrido la mira de afuera

La fiscalía especial antidrogas creada por un convenio entre el Ministerio del Interior y la Procuración General de la Nación, conocida como Ufrido y actualmente a cargo de Alberto Adrián Gentili, no ha tenido hasta ahora ninguna participación en la megacausa a cargo del juez federal Jorge Ballestero, en la que se investiga la participación de las narcobandas en la guerra por el dominio territorial de la Villa 1-11-14, donde viven unas 30.000 personas.

Quizá por desconfianza, los jueces y fiscales que investigan diversos delitos en esa zona no invitaron a Gentili a participar en las

reuniones de coordinación. La Ufrido informó que el 19 de febrero se presentó un hombre para denunciar que entre las calles Camilo Torres y Bonorino, al lado de un locutorio, vivía un hombre llamado Alfredo Díaz y que se dedicaba a la venta de marihuana, en especial a menores de edad. El anónimo denunciante dijo que ese Díaz sería hijo de un ex policía. La denuncia dio origen a una causa, luego de que Ballestero rechazara incorporarla a su investigación. El 1º de junio el juez federal subrogante Marcelo Di Giorgi declaró la nulidad de todas las actuaciones, que incluían tareas de inteligencia realizadas por la Gendarmería. El argumento es que la “denuncia” no cumplía con un requisito básico: identificar al denunciante. La ley de drogas prevé la realización de denuncias en las que se resguarda el nombre del denunciante, pero su identidad siempre es conocida por el juez.

La ruta de la droga

- La cocaína que llega a la Villa 1-11-14 es de altísima calidad, según peritajes realizados en el Laboratorio de la Policía Federal. De allí se reparte en varios puntos de la ciudad.

- La droga llegaba en paquetes de encomienda que venían en ómnibus. Los colectivos salían desde Buenos Aires hasta Mendoza, cruzaban a Chile y luego iban a Bolivia. Desde aquí salían cargados de pasajeros, desde allá venían repletos de paquetes blancos.

- En los últimos años ha sido habitual el uso de “mulas humanas”, personas que llegan al país con “tizas” de cocaína en el estómago. Algunos vienen en avión y los menos pudientes viajan en ómnibus. Si el viaje se prolonga demasiado, el peligro es que se rompa una cápsula en el estómago o que la mula haga la evacuación antes de tiempo.