la historia triste de una madre

                              la historia triste de una madre

                          La historia triste de una madre

Eran las tres de la tarde, volvíamos de aquel valle llamado Tárbena y por el camino, bajo un sol abrasador, encontramos tres nómadas con rostros blancos. Bajamos la velocidad y la ventanilla derecha y las invitamos a subir al coche de alquiler. Asistieron sin demasiado convencimiento, iban dirección Dénia y nosotros también. Fue un viaje silencioso para conductor, copiloto, y tres acompañantes de ocho años de media. La madre de veinte, la hija mayor de cinco y el bebé de meses. La madre justificó su huida por aquella carretera sin arcén con una mentira: “somos de Dénia y volvemos a pie a casa porque hemos llegado al chalet y nos han robado hasta el coche”. Una historia increíble e incierta, además de triste. Las invitamos a un poco de agua que era lo único que nuestra escasa economía podía gastarse en un viaje fugaz de tales condiciones y agradecieron el gesto pero no tomaron la botella de plástico. El bebé dormido en los brazos de su madre, guapa como los chorros del oro, no percibió los huecos de la carretera; en cambio la mayor dijo con voz llorosa “tengo hambre”. Fueron las únicas palabras que pronunció porque la dulcura de su madre la tranquilizó y el biberón de leche de su hermana le vació la sed de mal.

Cruzamos Xaló, Parcent y Pedreguer en un silencio que dañaba los oídos. Nadie sabía que decir, hasta que el nokia rosa de última generación de la joven sonó. Una voz de hombre exigía localizarla, -“estamos en Ondara, la carretera que coges para ir a trabajar", silencio.
- "ahora pasamos por una rotonda dirección Alicante” y continuó hablando en voz baja para que nadie la escuchase, si es que alguien lo hacía. La sensación de intranquilidad inundó la parte delantera del auto y cuando llegamos a la siguiente rotonda escuchamos reprocharle a su interlocutor -“y tú debes estar en tu casa to’ tirao’” –acto seguido una mirada de compasión o de valentía en el retrovisor se cruzó con unos ojos dulces y duros a la vez. Ella no tenía fuerzas para sonreír aquel primer domingo de mayo. Por cierto, su día.

-“¿os va bien que os dejemos aquí?”, preguntamos.
- “perfecto”, respondió la madre con amabilidad.

Paramos el coche al lado de la acera y bajaron del coche, llevándose todo lo que habían subido, una bolsa de tela con pañales. Pusimos primera y arrancamos dirección Barcelona, llegamos a casa cinco horas después. Continuamos en silencio.
madre

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