La Cegua

LA CEGUA Versión A

Muchas historias tiene, pero me atrajo la sencillez con que me contó Don Jesús Alvarado la suya, campesino de Quircot comunidad situada al este de la ciudad de Cartago, Costa Rica.

Dice así:

Los hombres trasnochadores y borrachos tenemos más probabilidad de topárnosla cuando venimos de la cantina pasando por trillos y cafetales.

Bella como el girasol, de curvas pronunciadas y grandes bustos, piernas torneadas como bizcocho de maíz, su cara por mi borrachera no se notaba muy bien.

Al pasar junto a ella en mi caballo a las 11 de la noche, me pidió fuego para encender un cigarro, de inmediato saqué mis fósforos y al encender, miré su cara de yegua, con sus grandes dientes y sus ojos rojos y endemoniados, caí desmayado sobre mi caballo y duré 4 días con la lengua trabada.

¡CLARO MUCHACHO ERA LA SEGUA!

LA CEGUA Versión B

Me acompañaba un hombre del campo, alma ingenua y sana que había logrado conservar, con toda su pureza, su nativa sencillez. Yo, que amo esas almas vírgenes de artificio, y me complazco en penetrar en ellas, escuchaba atento su conversación, y sólo de cuando en cuando le interrumpía para hacerle una pregunta que era algo como un buceo. Ni un aleteo de viento movía los árboles; nadie transitaba por el camino y remaba un silencio majestuoso en la plenitud de la noche soberbiamente constelada. Apenas si venía a turbar esa calma solemne, como un crujir de raso, el murmureo apagado de un riachuelo linfático que discurría, lamiendo las piedras, en el fondo de un próximo barranco. De pronto oírnos el golpe acompasado de un caballo que trota, bien opacado el golpear de sus cascos por el piso de tierra.

- "Alguien viene", dije a mi compañero.

Puso alerta el experto oído de hombre de campo y, con la seguridad del que está convencido de lo que afirma, contestó:

- "No viene por este camino, va por el otro de más arriba." - No había acabado de pronunciar esta frase cuando se apagó el ruido de las pisadas, como si el jinete se hubiera detenido de pronto. Unos momentos después debió seguir la marcha, pero en lugar de rítmico golpear del trote se dejó oír el repiquetear desatentado de un galope tendido.

Con voz ahuecada que parecía envolver un supersticioso respeto, el campesino murmuró:

- "Ese caminante se ha encontrado con la Cegua. Pero no tenga miedo, patrón, a nosotros no nos sale: somos dos, y para ajuste caminamos a pie".

-"¿La Cegua?" - prorrumpí con extrañeza. - "¿Qué animal es ese?"

Me pareció que una sonrisa había retozado en los labios de aquel buen hombre que repuso, como si no se animara a creer en mi ignorancia:

- "¡Pero, señor! ¿Cómo es posible que Ud., que lee tanto, no sepa qué es la Cegua? Es el mismísimo demonio, y Dios lo guarde de encontrarse con ella". "Te aseguro que no lo sé; explícamelo".

Estábamos ya muy cerca de la estancia y seguía oyéndose la vertiginosa carrera del caballo. Los perros que nos habían olfateado ladraban, no en son de alarma sino de gusto. La noche era fresca, las estrellas regaban siempre su oro pálido sobre el vasto paisaje, y el riachuelo linfático proseguía en su crujir de raso. El ambiente todo parecía convidar a los consejos y relatos misteriosos. Comenzamos a caminar más despacio, y el rústico, con un sabor de poesía que sólo es propio de la credulidad de las imaginaciones en bruto, se expresó asi:

No hay uno solo de los que han visto a la Cegua que se haya quedado como era antes. Hombres fuertes, sanos, colorados, que nunca se afligieron por el trabajo, después que se les apareció resultaron amarillos y flacos y flojos. Algunos también se murieron de puro susto - y citó a varios de los que habían perdido la vida a causa de la terrible aparición.

- "No es fácil verla" - prosiguió diciendo - "en todas partes; son ciertos lugares los que le cuadran. Por aquí anda siempre y por eso, fíjese que es raro ver un caminante a caballo solo. Casi siempre van dos juntos".

- "¿No es posible que la vean dos?" - le interrumpí.

- "Cuando va uno sólito es que se asoma," repuso hilvanando de nuevo su relato, con la satisfacción del que sabe que es escuchado con vivo interés.

- "En algún sitio lejos del poblado, sobre todo si hay arboleda y el camino es estrecho, es donde le gusta sorprender a los viajeros. En medio del camino se presenta y, con una voz muy dulce y muy débil, como si se estuviera muriendo, dice:

- "Señor, estoy muy cansada, y tengo que ir a ver a mi madre que está enferma, me quiere llevar al pueblo de ...?", y dice el nombre del pueblo que está más cerca porque, como es el mismo enemigo, todo lo sabe.

- "¿Entonces es una persona, o tiene el aspecto de persona?" - me atreví a interrumpirle nuevamente.

- "Es una joven muy linda, blanca, con los ojos negros y grandes, el pelo rizado y la boca preciosa. Todos los que la miran así se encantan de ella y, sobre todo, les da lástima porque se le ve cansancio en la cara y se le siente en la voz".

Un céfiro fino comenzó a juguetear en aquel momento, estremeciéndose las hojas con un temblor suave, como si un ser misterioso e invisible se adelantara, abriéndose paso entre las ramas tupidas. La naturaleza ayudaba al narrador.

- "Ni los más cerrados se resisten a su ruego, y todos caen en su lazo. Hay quienes le ofrecen la delantera de la montura y otros que prefieren llevarla a la grupa. Para ella es lo mismo. Cuando comienza a caminar, si va adelante vuelve la cara, si va atrás hace que el jinete la vuelva. Aquí lo espantoso. Aquella mujer hermosa ya no es ella. Tiene la cara corno la calavera de un caballo: los ojos lanzan fuego, enseña con amenaza los dientes pelados y muy grandes, tiene la boca abierta y arroja un vaho por aliento que huele a podrido. Al mismo tiempo sus brazos, como fierro, se agarran del jinete. El mismo caballo, que parece que se da cuenta de lo que lleva encima, arranca a correr como loco sin que ninguno lo pueda contener".

- "¿Y qué pasa después?"

- Los que al hacer montar a la joven hermosa han tenido malas intenciones, esos mueren todos, y se les encuentra tendidos con los ojos abiertos y saltados. Los otros, ya se lo dije, para el resto de su vida quedan sin servir para nada".

Llegamos al portón de la estancia y los perros ladraban más fuerte. Yo, entre tanto, me internaba en una profunda meditación, ¿No tiene una enseñanza muy saludable esta fantasía? ¿Quién en el camino de la vida no se ha encontrado a la Cegua? ¿Quién no ha sentido la seducción de la belleza con todos sus hechizos físicos, y nada más? ¿Quién no se ha rendido a la piedad mal entendida? ¿Quién en un momento no ha tomado el abono por las hojas? Y después... la debilidad en el cuerpo o en el alma, la muerte acaso.

La Cegua, grande o pequeña, con huellas de arañazo o surco de arado, ¡todos la hemos encontrado en nuestro camino!.

Relato realizado por: Cándida Solano

El Mico Malo

Mono pequeño, blanco, ojos rojos, gran rabo terminado en flecha, uñas grandes y filosas, verdadero pariente del mal, decía doña Filomena Burgos vecina del alto de Santa Cruz de Turrialba.

Doña Filomena no muy afortunada en su matrimonio por sus discusiones, chismes y demás artificios de su parte llego a tener la peor vida conyugal imaginada.

"Lo manda el diablo", recalcaba para darle un escarmiento a los matrimonios que pelean mucho, llega por las noches y se le ve en el árbol alto cerca de la casa y al encontrase con los no muy afortunados cónyuges se lanza a ellos para terminar con sus vidas.

Eso nos pasó a nosotros, solo Dios con su gran amor pudo salvarnos.


El diablo de Puente de Piedra

Cuenta la leyenda que una madrugada un hombre y su carreta, tratando de cruzar un río, invocó al diablo y ofreció su alma a cambio de que le construyera un puente.

Apareció el diablo y le dijo: acepto... A lo que el hombre contestó: pero debera estar terminado antes de que cante el gallo.

Y con velocidad escalofriante el diablo comenzó a construir el puente... Y viendo el hombre que el diablo se apretaba para poner despaciosamente la última piedra con cara burlona, se fue a su carreta, rebuscó en ella y sacando unos gallos los tomó a puntapiés y justo en el límite del tiempo, uno de ellos cantó.

Con prisa cargó de nuevo la carreta y ya sobre el puente dijo adiós al diablo.

* El cantón de Grecia tiene un distrito llamado Puente de Piedra, su nombre se refiere a un puente de piedra que, visto por debajo, se ve que falta una piedra justo donde cierra el arco. De ahí nació esta leyenda.

El Cadejos

Vení temprano le decía Juan a su padre que por sus largas borracheras no paraba en su casa ni de día, ni de noche. A lo cual contestaba este "hijo de Dios en mi casa cuídame tu a mi familia, madre que te engendró y padre respeto por Dios quiero yo".

Aburrido de estas palabras que a diario escuchaba, decidió darle un escarmiento, consiguió un cuero negro, varias cadenas de perro y se escondió a su espera.

Como siempre y de madrugada apareció su padre con tremenda borrachera, aprovechó Juan y poniéndose el cuero y sonando las cadenas quiso darle una lección.

"Por asustarme y contradecirme "cadejos" quedarás y a todos los borrachos del mundo en sus necesidades ayudarás".


Espeluznante y fantástico animal que la gente supersticiosa lo señala como un enorme perro, de ojos encendidos, de pelo muy largo y enmarañado, que desde tempranas horas de la noche salía a asustar a las personas, en especial a los que andaban en malos pasos o niños desobedientes, o a espantar caballos, gallinas y hacer otras diabluras más.

Según algunos vecinos del pueblo, era lo más tétrico y pavoroso que le podía haber sucedido a los que hubieran tenido ia mala suerte de ver a la más terrible de todas esas maléficas criaturas: el "Cadejos". Al perro negro y encantado que aparecía y desaparecía como obra de magia, arrastrando enormes e invisibles cadena? que se oían pero que no se veían, rechinando largos y puntiagudos colmillos y lanzando fuego por la boca, ojos y orejas. Las personas que tuvieron la mala suerte de verlo solían decir que era el verdadero Lucifer personificado en forma de perro.

Se cuenta también de que muchos hombres y muy valientes que se aventuraron a andar a deshoras de la noche, por las calles solitarias de San Juan del Murciélago de antaño, en más de una ocasión regresaron a sus casas "jadeando" de la carrera que les pegó el "espanto del Cadejos", con la vista casi torcida al revés, y además, todos "mojados" y "untados" por haber visto al maléfico perro negro.

Según los relatos que dan consistencia a la leyenda del Cadejos, este horrible perro negro es el resultado de una maldición. Transportándonos al pasado, veamos qué fue lo que sucedió:

Era una humilde familia; el marido solía con frecuencia emborracharse en las cantinas y, llegando a deshoras de la noche a su casa, hacía un escándalo tremendo. Sacaba la cruceta y amenazaba de muerte a todo aquel que se atreviera a ponerle la mano encima. Otras veces le pegaba salvajemente a su mujer por motivos realmente insignificantes. El hijo mayor de la familia decidió un día darle un buen susto cuando éste regresaba de sus andanzas nocturnas.

Se consiguió un cuero peludo y, cuando fue ya tarde de la noche, se dirigió hacia un punto oscuro y solitario del camino, por el cual tenía que pasar su padre de regreso a casa.

Y de veras, cuando distinguió la sombra del hombre que se acercaba, se puso el cuero peludo, luego avanzó de cuatro patas al encuentro de su padre, convertido en horrendo animal de ultratumba.

El resultado fue óptimo para el muchacho, pues su papá, al ver aquella aterradora aparición, casi le da un ataque del susto y corrió tan rápido alejándose de aquel lugar que parecía que los tantos años vividos ya no le pesaran.

La estremecedora aparición continuó sal iéndole al encuentro en el mismo paraje, cada vez que su papá regresaba de sus correrías nocturnas. Pero, a pesar de todos estos sustos, no lo hacía abandonar su mala conducta y mucho menos el vicio del licor.

Un buen día se le agotó la paciencia al hombre y dominado el miedo que aquella espeluznante aparición le producía, levantó la cruceta para disponerse a hacer un picadillo a cuchilladas al espanto, pero cuando ya iba a asestar el primer golpe mortal, escuchó !a voz de su hijo que muy temeroso le gritaba que todo había sido una broma, que lo perdonara y que no lo matara.

El padre, al constatar que aquel hijo lo había hecho objeto de burla y de tan horrenda broma, profirió una maldición al muchacho: "De cuatro patas andarás toda la vida". La maldición se cumplió y aquel hijo se convirtió en perro grande y negro, que la noche más oscura no lo es tanto con su negrura.

Esa fue la maldición por haber asustado a su padre: pasaría él a ser el Cadejos, para horror de la gente: ese perro de apariencia pavorosa, capaz de erizarle el pelo al más pintado.

Nunca se ha sabido que este espanto haya atacado a nadie. Al contrario, muchos supersticiosos aseguran que más bien suele acompañar a los solitarios caminantes para defenderlos del peligro. Aunque la tradición advierte, sin embargo , que si alguien intenta golpear a este perro en tinieblas, éste aumentará de tamaño, ligero se enfurecerá y el atrevido corre seno peligro de una agresión.

¿Será cierto o no la anterior versión?

Le será fácil a aquel que quisiera averiguarlo. Todo es encontrarse con el Cadejos, en las calles oscuras de San Juan del Murciélago.

Relato hecho por: Nelly Peña

La Piedra de Aserrí y la Bruja Zárate


Había una vez una pintoresca ciudad llamada Aserrí ubicada a 11 km al sur de San José y gobernada por un español ilustre y bien parecido, de quien la Bruja Zárate se enamoró perdidamente. El la despreció y entonces ella juró vengar aquel desaire que le hizo el español. Días después amanecía la aldea convertida en una enorme piedra, los habitantes en animales de la montaña y el orgulloso español Pérez Colma pasaba a la categorfa de pavo real.

La Zárate era una mujer blanca, gorda, pequeña, de ojos grandes y negros, mirada maliciosa, usaba peinado con dos trenzas, dueña de sí misma, solía curar a sus enfermos y cuando le consultaban casos tristes, les obsequiaba frutas que al llegar a sus casas estas se convertían en piedras preciosas y monedas de oro.

Cierto día, un señor llamado Diógenes Olmedo fue a visitar a la famosa Zárate, para ver si le daba suerte y fortuna. Después de caminar cerca de seis horas, llegó al anochecer a la piedra y cansado de dar vueltas alrededor de ella sin encontrar un medio para poder hablar con la Bruja Zárate, resolvió recostarse en la piedra y esperar. Esperó tanto que el cansancio lo dominó y se quedó dormido. Horas después deliraba, mirando a su lado un árbol en cuyas ramas se posaron unas blancas palomas diciéndole con voz humana: "Si quieres hablar con la encantadora Zárate, da tres golpes a la piedra y dí las siguientes palabras: -Busco en vano mi ideal... años caminando y siempre en pie, linda Zárate escucha y ábreme por el amor al pavo real". Seguidamente las palomas retomaron el vuelo dejando caer pétalos blancos.

Diógenes despertó... Ya era medianoche, levantándose dió tres golpes a la piedra y al mismo tiempo repitió las palabras que le habían dicho las palomas. En ese instante la piedra se iluminó, apareció la Zárate con un chal tinto cruzado por los hombros, en sus dedos un cigarrillo encendido y en la otra sujetaba con una cadena un lindo pavo real. Se dirigió con amabilidad al pobre hombre que temblaba de pavor diciéndole: ¿Qué de mi, buen hombre. En que puedo complacerte? Diógenes, tomando valor se acercó, la saludó inclinándose y luego le contó su doliente historia, su viudez, sus hijos enfermos y hambrientos. La Bruja Zárate. como si recordara algo y pensativa le preguntó: ¿Cuánto tiempo hace que murió tu esposa y cómo se llamaba? El pobre hombre le respondió: -Ella no murió... hace dos años salieron ella y unas amigas a bañarse a un río en la montaña... nunca más se supo de ella ni de sus amigas, desaparecieron misteriosamente... su nombre era Lupita Olmedo. La Zárate movió sus cejas, aspiró el humo de su cigarrillo y con una carcajada estripitosa enfrió la sangre del pobre hombre y le dijo: "Conmovida por tu amargo sufrir y porque me has pedido por el amor de mi ave favorita, el pavo real, te voy a dar lo que necesitas". Caminaron una hora montaña arriba y por fin llegaron a una planicie en donde una hermosa laguna rodeada de bambues, toronjas y limones emergían de ese bello lugar, la bruja tomó varias toronjas y le dijo: Toma, aquí tienes el alimento de tus hijos". Diógenes llenó su alforja con los frutos, en ese instante doce palomas blancas se posaron sobre los bambues y la bruja Zárate le dijo: "Puedes marcharte ya, esas palomas te serán de guía".

Regresaba el pobre hombre pensativo y desilusionado, llevando en los hombros aquel cargamento de toronjas y en el alma la promesa de una mujer coqueta y repugnante. ¿Para qué tanta fruta y tantas palabras vanas?... Llegando a la mitad del camino y sintiendo aquella pesada carga decidió aliviarla, y arrojó seis toronjas por un precipicio hasta llegar a un río y desaparecer. Más aliviado prosiguió su camino, sus hijos lo divisaron y echaron a correr hacia el preguntándole que les había mandado la señora Zárate. Diógenes fingiendo alegría, les contó que ella les mandaba unas hermosas toronjas y que al día siguiente llegarían doce palomas blancas a darles una sorpresa. Los niños se durmieron esa noche, esperando el día siguiente para atrapar las palomitas y divertirse con las toronjas. Al día siguiente las toronjas amanecieron convertidas en oro puro, y más tarde Diógenes y los niños percibieron el ladrido de los perros y pisadas de caballos, cuál sería la sorpresa al ver que regresaban las doce paseantes que una mañana, felices fueron a la montaña y no regresaron. Lupita Olmedo venía adelante galopando para estrechar a sus hijos y su inconsolable esposo. Y contaban que la bruja Zárate, al verlas bañandose en el río tuvo la ocurrencia de convertirlas en palomas blancas y que formarían así su corte de honor. En cuanto al pavo real, le prometió que tan pronto consienta en ser su esposo, le devuelve su forma primitiva, pero el honorable español conservará su abolengo, es preciso resignarse a ser pavo real prisionero, antes que esposo de la hechicera en libertad.