LOS CONVENTILLOS EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

INTRODUCCIÓN:

La historia argentina, llena de mitos y frases hechas no puede racionalmente explicar cómo French y Berutti repartían escarapelas celeste y blanca cuando aún no se había creado la bandera, que aún no ha igualmente explicado por qué cuando Urquiza derrota a Bartolomé Mitre en Pavón retira sus fuerzas dejándole a éste el triunfo, acalló una parte esencial para muchos cuales la historia social de la Argentina. Otros aspectos ya no explicados; directamente excluidos del acervo histórico son los conventillos. Diseminados hacia el sur capitalino; vivienda -otra no quedaba- para los excluidos sociales a partir de 1860, fue el habitáculo permanente donde se hacinaban las misérrimas almas que caerían por ser pobres en las sucesivas epidemias de tifus, cólera y la peor de todas, la de fiebre amarilla de 1871. Precisamente, otro de los mitos tejidos por historia oficiosa es que las familias pudientes se trasladaron al norte de la ciudad y ésta es una 'verdad' a medias. Don Fermín Chávez, uno de los maestros del revisionismo histórico testimoniaba que hacia finales de siglo la ciudad llegaba hasta la actual calle Viamonte al norte. Lo que no dicen los cultores del cuento de hadas y madrinas es el fenomenal negoción de las patricias familias que refaccionaron las viejas casonas coloniales construyendo piezas de cuatro metros por costado -cuanto más mejor- sin ningún otro miramiento que sacar más provecho al capital empleado. Estas piezas irían a alojar a la inmigración de ultramar ávida de un lugar donde dormir y pasar sus días. Y con la fortuna que amasaron construyeron no menos fabulosos y fastuosos caserones ésta vez sí, lejos del pobrerío y mucho más distante del guacho matrero y del indio malón. Esta es otra de las historias que algunos historiadores no han dicho o prefirieron callar.

De ningún modo es una casualidad que iniciáramos este punto entrelazándolo con la vida y obra de Don Fermín Bereterbide, el arquitecto de los desposeídos.

Su pensamiento y su obra están íntimamente ligados con la temática. Podríamos decir más, si este noble profesional, con una orientación muy marcada hacia lo social, hubiera vivido en otras condiciones sociales por seguro que adquiriría dimensiones muy distintas.

Pero el hecho es que vivió en una época determinada y bajo las condiciones regidas por la misma. Don Fermín Bereterbide, al igual que muchos otros -podríamos citar a Williams Morris en la docencia o Eduardo Wilde en la salud- marcaron en sus distintas maneras la protesta por un urbanismo, en el más amplio sentido de la expresión, que no tenía en cuenta las necesidades generales y priorizaba los intereses de una élite porteña que se había apropiado de la ciudad y del país.

Recordemos sino a Domingo Faustino Sarmiento quien quería regalar la Patagonia a los chilenos o su antisemitismo, racismo a ultranza que llegó a decir que los judíos eran ciudadanos del mundo y que querían adueñase de éste y que lo emparentan al texto antisemita por excelencia (El Protocolo de los Sabios del Sion).

Los momentos históricos que llevaron a Eduardo Wilde, Fermín Bereterbide y Williams Morris, a realizar su aporte es producto de la situación que vivía el país después de 1860 con el advenimiento de las corrientes inmigratorias de ultramar.

Buenos Aires y Rosario se llenaron de personas que hablaban distintos idiomas: italiano, idish, francés entre otros. Incluso los italianos impusieron el cocoliche, un dialecto entremezclado con voces del sur de Italia y un esforzado castellano.

Para desgracia de quienes se sentían europeos obligados a vivir en América no llegaron como ellos deseaban sangre anglosajona de países nórdicos. Los que vinieron eran primero las personas corridas por la persecución social o política en sus respectivos países de origen. Llegaban desde los más recónditos lugares y había que alojarlos en alguna parte.

Asi surgió el "Hotel del Inmigrante", un caserón inmenso donde por las noches recibía la visita de roedores y alimañas que hacían del lugar el propio y la despensa en donde se almacenaba el alimento -porotos o alguna otra legumbre- que harían las veces de alimento para el aguado e inspído guiso que comerían los infortunados habitantes al día siguiente.

En verdad la Ciudad no estaba preparada de ninguna manera para recibir tamaño contingente de desheredados y sueltos de la mano de Dios. Muy distinta a la que observamos hoy, sus límites llegaban hasta la actual Avenida Callao hacia el Oeste, el Riachuelo hacia el Sur, siendo muy posiblemente la actual casa Rosada su límite norte.

Había que buscar una solución a tanta improvisación de aquellos que se reunían en el Club del Progreso ubicado donde hoy está la Legislatura porteña, ex Concejo Deliberante, y en donde los preclaros dirigentes de entonces, como ahora, decidían entre unos pocos lo que les convenía a todos repartiéndose diputaciones, senadurías o ministerios.

La solución fue la remodelación de las viejas casonas coloniales, inmensas en metros cuadrados. Su refacción en infames cuartuchos, algunas veces hasta de madera o chapa, de cuatro metros por costado -cuanto más mejor resultaba el rédito al capital empleado y arrendarlos a los infortunados inquilinos de aquel infame Hotel de Inmigrantes.

Aún hoy podemos observar en nuestro barrio de La Boca aquellos conventillos de madera y chapa y no por casualidad la primer dotación de Bomberos voluntarios nació en este barrio. Lo podemos apreciar si hacemos una visita turística por Caminito y que aún remodelados guardan la estructura de entonces.

La renta obtenida fue de tan magnitud que le permitieron a aquellas patricias familias construir fastuosas viviendas cerca de Retiro, Recoleta y otros lugares hacia el norte capitalino. Pero éste sería tan sólo una anécdota de no haberse construidos otros 'complejos habitacionales' simples viviendas colectivas, conventillos o casas para pobres sobre tierras anegadizas y que de alguna vez explican las permanentes inundaciones en La Boca.


Antes de dar una nuevo paso sobre nuestro tema acaso sea importante ubicarlo en un contexto histórico estricto.

Producida la derrota nacional de Caseros el 3 de febrero de 1852 se inicia en la Argentina una nueva etapa. Buenos Aires debería mirar de allí en más a Europa renegando de todo lo criollo ya sea negro, aborigen, gaucho o mestizo.

Desde 1860 se venían sucediendo distintas epidemias de cólera, fiebre amarilla, tifus y otras que denunciaban que una de mayor gravedad se avecinaba.

Incluso, médicos higienistas venían alertando sobre las condiciones de insalubridad extremas de la pequeña "Gran Aldea" y no era para menos.

El agua utilizada para el alimento estaba infectada por las miasmas de los pozos ciegos donde se defecaba; las calles de la ciudad eran alisadas aprisionando desperdicios varios y que hacía que en épocas de verano los olores se volvieran francamente nauseabundos. Debía agregarse que la ropa era lavada en el mismo río donde se lavaban los caballos y también defecaban por lo que debe suponerse que jamás estaban esas prendas limpias y siempre infectada por virus distintos.

Dada esta realidad resultaba incompatible con la razón buscar y traer inmigrantes. Pero más incompatible lo era desde la ética.

A nuestros abuelos y bisabuelos los trajeron con engaños. Les prometieron poco menos que el paraíso y acá se encontraron poco menos que con el infierno. ¡Otra cosa no eran esos infames cuartuchos que de tanto en tanto se incendiaban!

En éstos mismos se hacinaban no menos de cuatro o cinco personas, se cocinaba con braseros, se hacían las necesidades en horas de la noche y no faltaba la oportunidad donde se alojaba alguna mascota traída por solidaridad al verlo tirado por la calle.

Tampoco faltaba la ocasión que se alquilara la cama por horas conviviendo con la familia que había arrendado la habitación.

Habíamos dicho que ubicaríamos el conventillo en el contexto histórico que lo hizo posible. Una vez más debemos volver a la mentalidad de una clase dominante que se sentía europea obligada a vivir en América. Un sector que se adueñó del país y que le impidió ser Nación.

La guerra de la Triple Infamia comandada por los sicarios del imperio dejarían una consecuencia letal para Buenos Aires; los primeros casos de la epidemia de fiebre amarilla comenzó en el frente y luego apareció en la ciudad puerto. Acá hizo estragos por lo que detallamos en este tercer capítulo, pero más fuerte pegó en donde habitaban los negros y los pobres, quienes fueron los que cayeron en masa. Esto es decir que no sólo se murieron porque se contagiaron: se murieron porque no tenían los medios para sobrevivir. Y porque para esos sectores les caía como anillo al dedo que se descomprimiera demográficamente la ciudad.

También dejó la guerra infame la lección de un hombre que dio su vida junto a sus soldados convirtiéndose por tal razón en un emblema para nuestra Patria Grande.

Nos referimos al Sr. Mariscal Don Francisco Solano López, un héroe de América, y que alguna vez deberá ser reconocido como un precursor a la altura de otros auténticamente grande como Artigas, el General San Martín, Simón Bolívar quienes dieron ejemplo de unidad indisoluble entre pueblo y fuerzas armadas.

Según cifras oficiosas murieron 14.000 personas. Nos parece escueta la cifra, pero, de todos modos no es la cantidad sino lo que hizo posible que la fiebre amarilla se instalara con tanta vehemencia entre nosotros.

Y en este aspecto, el conventillo y la fiebre amarilla de 1871 conformaron un acompañamiento y de necesidad mutua.


Terminada la guerra de la Triple Infamia contra nuestros hermanos paraguayos quienes dieron su sangre desde el Gran Mariscal Solano López hasta el último que podía guerrear, quizás como un castigo divino las consecuencias del frente se sufrirían en la Ciudad de Buenos Aires.

Pero más aún, hacia donde habitaban los sectores más desprotegidos de esa sociedad colonial que, como siempre, muy poco le importó los que sufren y padecen necesidades.

La fiebre amarilla pegó con mayor virulencia donde habitaban los negros, según la denuncia de don Lucas Fernández un periodista que cuestionó con singular virulencia la discriminación que sufrían los afroargentinos; golpeó sin pudor en los conventillos más cercanos al riachuelo en los actuales barrios de La Boca, Barracas y sector vecino a la actual Plaza Lezama. Y no fue casualidad.

Habitaban esos conventillos los más pobres entre los pobres, los más excluidos entre los excluidos en una ciudad sin la más mínima medida higiénica en las calles. Si bien en la zona céntrica las calles se alisaban con desperdicios y basura, en las cercanías del Riachuelo directamente no se alisaba y era común que la basura se amontonara en las esquinas para delicia de perros, gatos y ratas tan abandonados a su suerte como aquellos que habitaban esos tugurios de la impiedad social.

Sus habitaciones, como ya hemos dicho, de cuatro metros por costado sin ventilación alguna despertó pronto el cuestionamiento de médicos higienistas como el Dr. Wilde y Guillermo Rawson quienes, luego de la fatídica epidemia de fiebre amarilla, dijeron que dadas las condiciones sanitarias e higiénicas de la ciudad, las epidemias que se venían sucediendo desde 1860 no eran otra cosa que su consecuencia.

El matutino La Prensa inició una campaña para forzar a la municipalidad a realizar un mayor seguimiento y control de las viviendas colectivas que estaban al antojo de los propietarios de la casona y al arbitrio de sus regentes que, por unas monedas menos, toleraban un estado de cosas francamente intolerables.

Una de ellas, denunció el Dr. Eduardo Wilde, era la realización de tareas anexas de los mataderos allí mismo, en esos antros, y en esos infames cuartuchos de madera y chapa: el cocido de chorizos y fabricación de morcillas eran esos menesteres.

Dadas estas condiciones en ese Buenos Aires para jolgorio de unos pocos y el sufrimiento de los más, los conventillos fueron el acompañamiento ideal de cuanta epidemia hubiera en nuestra ciudad.


http://www.lachacritaonline.com.ar/Los%20conventillos.htm