Reflexión sobre la infidelidad

¿Es tan grave vivir una aventura? ¿Vale la pena hacerlo? ¿Hay que perdonar a la pareja encontrada in fraganti? Los interrogantes son muchos y variados, y la mayoría de las respuestas están condicionadas al caso en particular y sus circunstancias.

Comencemos el análisis:

En primer lugar, la infidelidad se puede dividir en dos grandes grupos: 1) Infidelidad puntual: es por ejemplo el tipo que una noche salió con sus amigos, se emborrachó de más, y cometió un desliz; 2) Infidelidad vivencial: es el caso del tipo que lleva abiertamente una doble vida y tiene dos (o más) relaciones a la vez, que son duraderas en el tiempo y en el espacio.

En el primer grupo, la persona que comete la infidelidad no está actuando con mala fe. Suele ser alguien sincero, honesto, enamorado de su pareja, que por esas cosas del destino se vio llevado a una situación que lo sobrepasó y no pudo controlar. Aquí el infiel tiene más para perder que para ganar. Por empezar, si como es de imaginar estaba en un lugar público –una disco, un bar, un restaurante– posiblemente casi no haya “disfrutado” de la aventura, por estar más pendiente de que no lo agarraran que de la mina que tenía enfrente: la paranoia y el miedo a ser descubierto son más fuertes que el goce en sí.

El segundo grupo, en cambio, está formado por personas que han hecho del engaño, la falsedad y la traición una forma de vida. Todo empezó como un juego, dijeron una primera mentira para salir con otra mujer, luego otra mentira para justificar la anterior, y así sucesivamente hasta llegar a un punto en que todos sus actos están regidos por el fraude. Sus vidas se han convertido en un cúmulo de falsedades que están unidas unas a otras como un frágil camino de fichas de dominó, donde la caída de una implica la caída de todo el resto.

Acá tampoco existe demasiado placer en la aventura, ya que el infiel vive más preocupado por no equivocarse de coartada, por no confundirse los nombres, las fechas y las salidas que se hicieron con cada una de sus amantes, que en el disfrute mismo. El traidor entra en un grado de estrés y nerviosismo por mantener una cierta coherencia en sus falsedades, que pierde cualquier tipo de placer en la aventura. Si encima a eso le sumamos el desgaste que implica cumplir con todas sus parejas –en lo sexual, en lo económico, y en lo que a tiempo se refiere (salidas, llamadas y demás compromisos)–, podemos concluir que la persona terminará con un agotamiento físico, mental y monetario más que importante.



Algunos dirán que de mis palabras se puede desprender que el infiel tiene más para perder que para ganar. Y en cierta forma es así. En la mayoría de los casos, para el que comete la traición, la aventura no tiene un gran significado. Simplemente es un poco de adrenalina, un poco de goce físico y un poco de placer por lo prohibido. Nada más. Ni es algo que le cambiará la vida, ni algo que recordará como uno de los mejores momentos de su existencia. Tampoco hay de por medio un gran amor ni nada que se le parezca.

En cambio, para la persona traicionada un simple beso puede ser el peor de los males. Y una vez rota la confianza, ya nada volverá a ser lo mismo. Puede que con el tiempo el infiel sea perdonado, pero la relación habrá cambiado para siempre. Al desaparecer la confianza, la sospecha rondará cada palabra y cada acción venidera, y ya no habrá tranquilidad posible. Cualquier gesto, cualquier retraso, cualquier llamado telefónico será motivo de duda y origen de una pelea.

Y eso en el mejor de los casos, cuando el infiel es perdonado. Muchas veces, por un beso de morondanga dado a una gorda estando borracho, podemos perder para siempre al amor de nuestras vidas...

Claro que también se dice que si uno está bien con su pareja no tiene necesidad de ser infiel. Por ende, podemos inferir que la infidelidad sólo se da en casos en que la pareja anda mal o tiene problemas. Sin embargo hay que reconocer que el cuerpo es débil y, más allá del amor verdadero y sincero que se pueden profesar los amantes, un desliz lo puede tener cualquiera. De vez en cuando todos nos cansamos de comer siempre sopa y queremos un poco de carne nueva.

Recurriendo a la ciencia, los sociólogos afirman que la infidelidad masculina se desarrolla principalmente por la vía del apetito o el deseo sexual, mientras que la femenina se da más por la vía emocional y sentimental. De todos modos, yo creo que esta teoría está un poco obsoleta. Ahora las mujeres también buscan en una aventura un poco de lujuria y salir de la monotonía.

Otro tema para analizar es el de la autoestima, que muchas veces puede confundirse con la arrogancia. No son pocos los casos en que la traición aparece por una necesidad de demostrarnos a nosotros mismos que todavía somos capaces de conquistar a alguien, de ser deseados por otra persona, etcétera, etcétera. Después están los que son infieles por venganza, por aburrimiento o por la búsqueda de nuevas experiencias. En este último caso aparece la famosa excusa de los descubiertos in fraganti, que no sólo se deslindan de toda responsabilidad en el asunto, sino que encima le echan la culpa a su pareja: “si vos no me hubieras descuidado, yo no habría ido a buscar alguien que me diera cariño afuera”, “si vos me hubieses dejado practicar mis fantasías sexuales, no lo hubiera ido a hacer con otra persona”, y otras frases por el estilo.



¿Pero qué conclusión podemos sacar de esta acumulación de ideas incoherentes? ¿Acaso que ser infiel no es conveniente y que hay mucho más para perder que para ganar? Bueno, yo diría que si decidimos serlo, por lo menos que el riesgo valga la pena, es decir, que la aventura sea con una diosa infernal. Para comer pan duro, mejor comamos el que está en casa. Si vamos a hacer macanas, que sea por un premio mayor al que ya tenemos. Y en todo caso, si el premio es mayor y el amor es correspondido, lo ideal es dejar de ser infiel: simplemente hay que cambiar de pareja y listo.

Ahora, si vamos a vivir una aventura con lo primero que se nos cruza en el camino por el solo hecho de ser infieles, lo mejor que podemos hacer es mirar para otro lado, dejar pasar la tentación y volver a casa con la cabeza gacha.



En síntesis:

–si uno está bien con su pareja, ser infiel no vale la pena

–si uno está mal con su pareja y quiere vivir una aventura, que lo haga con un minón infernal

–y, si en este caso la amante es mejor que la pareja, entonces cambiémosla y se acabó la infidelidad.



Acotación final:

Siguiendo con el mismo rubro pero con otras ascendencias, para evitar todo tipo de trastornos e inconvenientes –amantes celosas y demandantes, posibilidad de ser descubiertos–, lo más recomendable es ir al cabaret y asunto resuelto. Ya lo dice el viejo refrán: “ir de putas no es ser infiel; simplemente es la consumación de una necesidad física, como dormir, comer o ir al baño”. En el cabaret no hay conquista ni amor de por medio, así que no hay traición alguna. Sólo se va, se descargan las tensiones y se vuelve al hogar relajado y con el amor por la pareja intacto.

Además otra ventaja es que aquí no hay posibilidad de ser atrapado. Si algún hombre conocido de nuestra pareja nos ve en el cabaret es porque él también estaba allí O peor todavía, si es una mujer, es porque era una de las putas Así que el pacto de silencio está garantizado.

Fuente:http://bombom.foros.ijijiji.com/tema-233-bombom.html

2 comentarios - Reflexión sobre la infidelidad

@dioxsirramza
tu teoria tiene un error, el alcohol no te hace hacer cosas que no queres, te afloja nada mas, te deshinibe, el que cuernea borracho es igual de hijo de puta que cualquiera, nada mas que lo tenia mas escondido en el inconciente
@HOMEROROCK
nunca tuviste una amante entonces.... jejejejeje