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Crímenes sin resolver argentinos

Dos primas desnudas, muertas y ningún asesino[/size]

Cuando la Policía entró al departamento, el olor que los vecinos habían denunciado se hizo más espeso. Recorrieron la sala tapándose las narices con pañuelos hasta que llegaron al baño. Allí encontraron a las dos primas, desnudas y muertas en la bañera.
La noticia no tardó en llegar a los diarios y rápidamente el caso fue bautizado como "el crimen de la bañera". ¿Fue realmente un crimen? Hoy, el caso sigue en el misterio.
Aquella mañana calurosa del 16 de abril de 1989 se dispararon las preguntas: si las mataron ¿quién y por qué lo hizo? Y, sobre todo, ¿cómo?
Además, sembró más misterio que en el momento del hallazgo sus cuerpos estaban tan descompuestos que parecía que hubieran muerto hacía dos meses, cuando había testigos que aseguraban haberlas visto con vida apenas tres días antes.
Irma Girón, de 22 años, y Claudia Fernández, de 15, eran primas. Fueron halladas en la bañera del departamento de Girón, en un edificio de Florida, partido de Vicente López.
A Girón todos la llamaban Betina y hacía pocos meses que había sido despedida de su trabajo. Su prima Claudia vivía con sus padres en José C. Paz.
Lo último que se supo de ellas fue que ese día a la noche Betina fue hasta el departamento de una vecina y le pidió prestado el teléfono. Llamó al Hospital de Vicente López y pidió que le enviaran un médico porque su prima tenía mucha fiebre. A las pocas horas llegó el médico, le recetó un analgésico y se fue.
Cuando los investigadores policiales vieron el cuadro, en lo primero que pensaron fue en un pacto suicida. Pero eso fue descartado rápidamente. En las semanas siguientes también se fueron eliminando otras hipótesis como que habían muerto electrocutadas, por botulismo, por ingerir arsénico, o por una sobredosis de psicofármacos.
Entonces un grupo de investigadores se inclinó por la hipótesis más escalofriante: que les habían inyectado veneno. Se consultó a forenses de Canadá y EE.UU., hasta que uno de ellos dijo que el veneno de una serpiente sudafricana producía esa descomposición en el cuerpo de manera casi inmediata.
El juez ordenó una pericia a los corazones de ambas víctimas, que estaban guardados en formol en la morgue de La Plata. Pero cuando fueron a buscarlos habían desaparecido.
Un año después, el juez dio por concluida la investigación. Para él, las mujeres habían muerto por inhalar monóxido de carbono. Los peritos sostuvieron que el calefón del departamento estaba en buen estado y que en caso de que hubiera tenido una pérdida el gas no habría llegado al baño, ya que —por el calor que había hecho aquel día— las ventanas estaban abiertas de par en par.







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La Dr. Giubileo

La doctora Cecilia Enriqueta Giubileo, una psiquiatra de 39 años que trabajaba en la Colonia Open Door, situada en Torres, cerca de Luján, Provincia de Buenos Aires, fue vista por última vez la medianoche del domingo 16 de junio de 1985, cuando un enfermero y un paciente cruzaron algunas palabras con ella.
Luego, el único que la vio fue su asesino.
La desaparición de la doctora Giubileo, más allá de especulaciones e hipótesis, cosechó un espeso e impenetrable misterio.

La Colonia Open Door

A comienzos del siglo XX, un precursor de la psiquiatría argentina, el doctor Domingo Cabred, tuvo un sueño humanista, propio de aquel país que apostaba al futuro y donde se levantaban, casi de un día para otro, grandes edificios públicos, estaciones ferroviarias, puentes, teatros. Cabred fundó un asilo para albergar y curar a enfermos mentales pobres, que se hacinaban en hospitales que no estaban preparados para atenderlos o, a veces, en cárceles. El proyecto del doctor Cabred comenzó a hacerse realidad en 1906 y se inauguró oficialmente en 1915.
Cuando sucedieron los hechos, el manicomio –cuyo nombre oficial era Instituto Neuropsiquiátrico Dr. Domingo Cabred, pero al que se conocía como Colonia Montes de Oca o Colonia Open Door– ocupaba 600 hectáreas en las cercanías de un pueblo llamado Torres, en las inmediaciones de Luján, 80 kilómetros al oeste de la ciudad de Buenos Aires.
No mucho tiempo atrás, Torres había sido un apeadero en el que se detenían algunos trenes para cargar y descargar tarros de leche y correspondencia. En 1985, tenía 1500 habitantes, varios centenares de los cuales prestaban servicios en Open Door. Familias enteras trabajaban en la colonia o realizaban tareas externas para esa institución. Algunos habían heredado el puesto del padre y hasta del abuelo.
Open Door era un mundo autosuficiente. Erigido en terrenos altos y fértiles, contaba con granjas, criaderos de aves, talleres. Por lo demás, a Torres, un típico pueblo de la llanura, lo rodeaban estancias y haras donde se criaban esos caballos argentinos de polo que son célebres en el mundo entero.
Open Door, que quiere decir "puerta abierta", albergaba a 1200 deficientes mentales, distribuidos en 12 pabellones alrededor de un gran edificio central, especie de castillo normando. Los pabellones estaban separados por caminos y arboledas que sombreaban casi un tercio del predio. Hasta había una laguna.
Open Door fue concebido como un asilo abierto, en el que la paz de la naturaleza atenuara el dolor. Pero no era eso.
Era una sucursal del infierno.

"Me llamo Cecilia Giubileo"

Nació en 1946. Estudió medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, en los trepidantes años sesenta. Militó en la izquierda, participó en huelgas y movilizaciones. El Cordobazo, en 1969, la vio entre los estudiantes que gritaban consignas en las calles de La Docta.
Cecilia se enamoró de un muchacho llamado Pablo Chabrol. En 1972 se casaron y se fueron a vivir a España; se radicaron en Gijón, donde Cecilia trató de revalidar sus estudios. Pero el intento duró poco. Menos de un año. El matrimonio fracasó. Ella volvió y, ya definitivamente separada, se concentró en la facultad.
En 1973, la Universidad Nacional de Córdoba le entregó su diploma de médica. Residió un tiempo en Campana, donde se empleó en una clínica metalúrgica, y en 1974, cuando entró a trabajar en Open Door, se afincó en Luján. Alquiló una casa en la calle Humberto I, y un consultorio en Torres. Aquí, una placa en la calle Calderón de la Barca 770 anunciaba su nombre y su especialidad: "Clínica médica".

Cecilia Giubileo vivía sola.

La doctora era querida tanto en Luján, una pujante ciudad del oeste bonaerense, capital del catolicismo argentino, como en Torres. Trabajar en Open Door, en estrecho contacto con el dolor, era una opción humana, además de profesional. No siempre cobraba las consultas a sus pacientes particulares, algunos de los cuales no tenían con qué pagarle. En su tiempo libre, la doctora investigaba sobre el mal de Chagas; quizá planeaba un doctorado.
Cecilia era una mujer hermosa. Había teñido de rubio su pelo oscuro. Delgada –pesaba 51 kilos–, de boca sensual y ojos intensos, su risa era luminosa. Cuando desapareció, el periodismo hurgó en su vida sentimental. No fue difícil: en Luján y en Torres, todos se conocían.
Cecilia había vivido varias relaciones intensas. Con un médico de Campana que le llevaba algunos años; con un contador público de la Capital con quien, al momento de desaparecer, había cortado. Con otro médico, un colega de Open Door; con él, trazó planes.
La doctora había hecho inversiones: compró dieciséis hectáreas en la Sección Primera del Tigre. Según versiones, con el colega abrieron un plazo fijo a orden conjunta. La investigación escudriñó incluso sus amistades femeninas: enfermeras, empleadas de la colonia. Algunos medios insinuaron que no estaba definida la orientación sexual de la doctora. Una de sus amigas se indignó: "Si la ven con un hombre, hablan. Si tiene una amiga, hablan. Entonces, ¿una qué tiene que hacer, andar sola?"
La única confidente de Cecilia Giubileo era su madre, María Lanzetti, entonces de 60 años, viuda, que vivía en Córdoba. Las cartas que Cecilia le enviaba eran como un diario personal. Un semanario de Buenos Aires publicó algunos fragmentos. En uno de ellos, la doctora Giubileo se confesaba: "Quiero tener un hijo, formar un hogar... esperar a mi marido cuando llega del trabajo. Quiero y no puedo. No sé qué me pasa. No aguanto. Siento que me despedazo".
La doctora Giubileo estaba de guardia el domingo 16 de junio de 1985, junto con otros dos profesionales. Llegó a la colonia desde Torres manejando su Renault 6 blanco. Firmó el libro de entradas a las 21.38. El tiempo era horrible: frío y húmedo. Al atardecer había bajado una neblina extraña, como un tul.
Los médicos de guardia permanecían en uno de los edificios del predio, llamado Casa Médica, y se trasladaban a los pabellones cuando algún interno lo requería. Aquella noche, la doctora Giubileo trató a un paciente con bronquitis y fiebre alta. Luego atendió el papeleo de unos familiares que vinieron a llevarse el cuerpo de una interna, fallecida por la tarde.
A las 0.15 –ya era lunes 17–, un enfermero de apellido Novello se cruzó con Cecilia Giubileo:
–¿Alguna novedad, doctora?
–Vengo del pabellón 7 –contestó Cecilia–. Atendí una urticaria gigante.
La doctora vestía un jogging azul, con vivos claros, campera celeste y zapatillas blancas. El pabellón 7 estaba a unos quinientos metros de la Casa Médica y la doctora había hecho el itinerario a pie. Pero Cecilia no fue y volvió sola: un paciente llamado Miguel Cano la había ido a buscar y la acompañó de regreso. Aquella noche, el conmutador telefónico de la colonia no funcionaba. Los senderos estaban bien iluminados, con luces de mercurio.

Las pistas

Amaneció el 17 de junio. La colonia se despertó a la luz lechosa de ese lunes. Seguía el mal tiempo. En el estacionamiento, aún estaba el Renault de la doctora Giubileo. Fueron a buscarla, pero el dormitorio estaba vacío y la cama, sin tender. En la mesa de luz sólo encontraron un par de zapatos marrones con puntera beige. No estaba su bolso ni su maletín médico. ¿Salió del predio? ¿Alguien entró a visitarla?
Al cabo de unos días, los amigos y allegados de Cecilia, alarmados, hicieron la denuncia en la comisaría de Torres, donde quedó asentada como "búsqueda de paradero". La policía comenzó a reconstruir los movimientos de la doctora durante aquella noche. Pero todo terminaba cuando la doctora le había dicho al paciente que la había acompañado desde el pabellón 7 hasta la Casa Médica: "Andá tranquilo. Yo voy a descansar un rato".
Luego no se la vio más. No pasó nada extraño entre la noche del domingo 16 y el lunes 17 de junio de 1985 en la Colonia Open Door. Sin embargo, la doctora Giubileo se había esfumado.
Comenzó la lenta y penosa investigación sobre el paradero de Cecilia Giubileo, conducida por el juez federal doctor Héctor Heredia. De pronto, ante los ojos asombrados de los internos, la colonia fue invadida por inesperados visitantes. Jaurías de perros adiestrados husmearon los rincones. Un helicóptero sobrevoló el lugar buscando huellas. La policía se internó en túneles jamás explorados. Se revisaron sótanos y altillos con polvo de siglos. Las brigadas rastrillaron cada centímetro del predio. Se abrieron dos pabellones clausurados.
La familia de Cecilia, para activar la causa, contrató a un abogado, el doctor Marcelo Parrilli, quien señaló un dato extraño: la doctora había cargado el tanque del Renault el domingo por la tarde. Sin embargo, cuando lo revisaron frente a la Casa Médica, no tenía ni una gota de nafta. Otro dato llamativo: el paciente que fue a buscar a la doctora a la Casa Médica y la acompañó al pabellón 7 había visto salir un furgón funerario. Lógico: se llevaba el cuerpo de la paciente muerta. Pero también vio un coche negro con las ventanillas delanteras y traseras cerradas. Y la funeraria no sabía nada de ese coche.
El personal de la colonia fue interrogado minuciosamente. Pero los pacientes, esos mil doscientos pares de ojos, eran testigos mudos: muchos de ellos no podían expresarse. Y si lo hacían, ¿se podía confiar en la palabra de esos enfermos? El caso Giubileo encerró una paradoja: los que podían hablar, no sabían. Los que, quizá, supieran algo, no podían hablar.

La conexión política

Se hurgó en la vida sentimental de la médica, lógicamente agitada por tratarse de una mujer joven, hermosa y libre. Pero todos los involucrados soportaron la investigación sin que pudiera acusarse a nadie.
Cecilia Giubileo trabajaba, había empezado a practicar taekwondo, estudiaba canto y participaba en un coro de Luján. Tenía amistades en Torres, donde visitaba a una persona mayor conocida como "la abuela Bellido", una anciana muy querida en el pueblo y que era para Cecilia como una segunda madre. A veces visitaba a la doctora una ahijada de ocho años que solía quedarse a dormir. Esa noche debió haber ido la niña, pero Cecilia la hizo desistir. ¿Significaba algo todo esto?
¿Tenía que ver el pasado tormentoso del país con la desaparición de la doctora Giubileo? Se especuló con ello. Pablo Chabrol, su ex marido, no registraba antecedentes políticos, pero dos hermanos de él habían militado en el ERP y estaban en las listas de desaparecidos de la Conadep. El suegro, Pablo Pedro Chabrol, molestó a los militares con sus incansables gestiones para averiguar el paradero de sus dos hijos, por lo que también él fue detenido y castigado.
Pero la conexión política no avanzó porque no pudo hallarse una relación entre estos sucesos y la misteriosa desaparición de Giubileo.
Otras hipótesis tampoco prosperaron: se dijo que Cecilia pudo haber sido secuestrada para pedir un rescate. En su casa de la calle Humberto I, guardados en una caja de maicena, se encontraron 3.000 dólares, sus ahorros. Pero nadie pidió rescate. La posibilidad de que algún paciente de la colonia la hubiese atacado fue desinflándose: ¿era plausible que un deficiente mental planeara un crimen con tanta precisión? Los más insólitos rumores se desataron: se dijo que Cecilia había sido vista cuando entraba en un castillo en Lobos; también mientras caminaba por una calle de Tucumán o de Trelew...

El factor Menguele

Poco a poco, el verdadero rostro de Open Door salió a relucir: había tráfico de órganos, se utilizaban enfermos como cobayos para experimentar nuevas drogas. La corrupción reinaba en un hospital en el que el 85% de los pacientes no habían sido visitados por nadie durante el último año, según reveló un estudio realizado por la socióloga Silvia Balzano, del Conicet, mucho después.
La desorganización, el caos administrativo y la desidia hacían de Open Door un depósito de cobayos. Las evidencias eran abrumadoras: cuando se renovó el mobiliario se sobrefacturó la compra. ¡El Estado pagó por 25.000 sábanas, pero sólo ingresaron unas pocas!
La encuesta judicial, pero sobre todo las investigaciones de la prensa, perforaron las complicidades oficiales y la opinión pública.
Miles de pacientes habían pasado por la colonia sin que se registrara su alta o defunción. En el sumario interno, el director de la colonia alegaba que los pacientes solían escaparse. Pero uno de los "huidos" era parapléjico. ¿Por qué la tasa de mortalidad era tan alta? ¿Se realizaban en Open Door extracciones de córneas? ¿Se traficaba con plasma, que en aquella época se vendía a 60 dólares el litro? ¿Eran los mil doscientos pacientes de Open Door donantes involuntarios? ¿Se vendían riñones, hígados, córneas, de pacientes (¡vivos!) por quienes nadie protestaría? Cuarenta años antes, el doctor Menguele había hecho eso... en Auschwitz.
La conexión de este infierno con la doctora Giubileo no tardó en instalarse en la opinión pública. Si en su vida privada no se encontraban motivos para su asesinato, sólo había que sumar dos más dos: Cecilia había metido la nariz en un turbio mundo ilegal.
Se abrió un sumario por las irregularidades de la colonia, que incluían maltrato sexual hacia las enfermas y sospechas de rufianismo. Pacientes de Open Door habían quedado embarazadas y hubo apropiación de los recién nacidos.
Algunos periodistas que investigaban el caso, como Enrique Sdrech, fueron amenazados. La BBC destacó un equipo encabezado por Bruce Harris, que realizaba una investigación sobre el tráfico mundial de órganos. Más de media hora de ese documental trataba sobre la siniestra realidad de la colonia. La repercusión de este programa de TV fue enorme. El Dr. Florencio Eliseo Sánchez, director del instituto, fue inculpado y detenido. Murió en la cárcel, sin haber revelado ningún dato que aclarara el misterio.
Una de las tantas preguntas sin respuesta es la siguiente: ¿por qué no se dragó el lecho de la laguna de Open Door? ¿Yacía en su fondo el cuerpo de la médica?
Noticias sobre el infame tráfico de órganos han aparecido muchas veces en estos últimos veinte años. Cecilia Enriqueta Giubileo permanece desaparecida. Nadie fue inculpado por su presunta muerte.

Fuentes: Artistas, locos y criminales, de Osvaldo Soriano; Enemigos públicos, de Osvaldo Aguirre; Crímenes argentinos, de Rolando Barbano, y otros.




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UN ASESINATO BRUTAL : ANTECEDENTES
El caso Nair Mostafá: un emblema de la impunidad


Uno de los casos emblemáticos de impunidad de la historia criminal argentina ocurrió hace 16 años, precisamente, en Tres Arroyos. Nair Mostafá, una nena de 9 años, desapareció de su casa el 31 de diciembre de 1989. Su familia hizo la denuncia enseguida, pero la Policía local recién comenzó la búsqueda después de los festejos de Año Nuevo.
El cadáver de Nair, que había sido violada y asesinada, fue encontrado al costado de una vía abandonada. El hallazgo desencadenó una pueblada contra la Policía, que terminó con 16 autos incendiados, 20 personas heridas, 16 policías relevados y una toma en el edificio de la Municipalidad.
Por aparentes desprolijidades en la investigación (se hicieron tres autopsias, en una de ellas se halló droga en el cuerpo, lo que dio lugar a la intervención de la Justicia Federal), no hubo involucrados por el crimen hasta mayo de 1991, cuando el barrendero Carmelo Piacquadío —un hombre con facultades mentales alteradas— confesó el asesinato. Pasó 18 meses en el penal de Melchor Romero, pero la Suprema Corte provincial anuló la declaración en la que se autoimputó el crimen.
En total hubo 10 detenidos, pero ninguno fue acusado. En 1999 un testigo volvió a involucrar al barrendero, pero en mayo de 2005 el juez José Luis Ares lo sobreseyó. "Piacquadío conoció a Nair por las fotos de los diarios", dijo su curador. Al haber pasado más de 15 años del crimen , la causa prescribió.



Caso Nair Mostafá:

Como fantasmas que aparecen y desaparecen, extraños personajes siguen cruzando la causa Nair Mostafá. Y la verdad que dicen portar se evapora tan pronto como aparecen. Primero, en 1991, fue la "confesión" del barrendero municipal Carmelo Piacquadío de que había sido el autor del crimen que conmocionó a Tres Arroyos en el Año Nuevo de 1990. La insólita imputación se sostuvo increíblemente durante varios años y tuvo que intervenir la Suprema Corte de Justicia de la Provincia para ¿terminar? con el despropósito. Luego en 1998 apareció Fernando Bayúgar Aispurúa haciéndose cargo de la violación y homicidio de la nena de 9 años que derivó en una inédita pueblada en la habitualmente tranquila capital provincial del trigo. Su protagonismo duró poco y una pericia psiquiátrica acabó pronto con sus quince minutos de fama en el expediente. Bayúgar terminó en un hospital neuropsiquiátrico. Ya en el nuevo siglo y al borde de la prescripción de la causa, otro extraño testimonio volvió a poner en la escena del crimen al pobre Piacquadío. Esta vez la acusación en su contra no se sostuvo tanto como la primera y el juez José Luis Ares, uno de los tantos que pasó por la investigación, ratificó su inocencia y envió la causa al archivo, con la impunidad consagrada: el caso Nair Mostafá se cerraba en 2005 sin imputados ni culpables. Pero había más.
En un día como tantos de setiembre de 2008, Marcelo Sancinetto se presentó en la estación comunal de Tres Arroyos y dijo saber quiènes mataron a Nair. Dio dos nombres: uno de los apellidos ya figuraba en el expediente y el otro no. Habló también de una grabación donde la esposa de este último confirmaría su autoría en el crimen y dio el nombre de la supuesta persona que poseía ese casette. Nada de esto pudo ser comprobado y la propia madre del denunciante lo descalificó. Dijo que tenía problemas mentales, que estaba bajo tratamiento y que solía fabular y delirar, cuando no tomaba los medicamentos. Esta descripción de su estado mental fue corroborada por los psiquiatras que lo atendieron. Y la mujer que Sancinetto dijo que tenía la grabación, negó su existencia. Así, con todos estos elementos y ante las dificultades para que el denunciante ratificara sus dichos ante la comisaría frente a un fiscal, el juez Ares, que en octubre pasado había pedido que desempolvaran el expediente para incorporar la novedad, decidió devolver la causa al archivo y ratificó su prescripción para las personas nombradas por Sancinetto en su delirio. La versión tuvo tan poco peso de entrada que el juez ni siquiera se molestó en notificar a los padres de Nair sobre la fugaz reapertura de las actuaciones. Así el último fantasma se evaporó. ¿Habrá sido el último?.


El desgarrador relato de la mamá de Nair Mostafá: 'me ganó la injusticia'

Liliana Fuentes, la mamá de Nair Mostafá, se mostró confiada hoy en que la reapertura de la causa judicial que investiga la muerte de su hija, símbolo de la impunidad, pueda permitir que se haga justicia por al violación y asesinato de Nair, y calificó la aparición de un testigo que podría ser ‘clave’ para ese fin, como un verdadero “milagro de la vida”.
En declaraciones periodísticas a LU24, de Tres Arroyos, la mujer recordó, desgarrador: “dejé la vida por mi hija, pero no pude contra la injusticia”.
“Esta causa me trajo muchas consecuencias y durante cinco años dejé la vida por mi hija, pero no pude seguir. Fui al cementerio, me senté frente a ella, y le dije: ‘mamá hasta acá llegó y no puede hacer nada más’. Estaba muy mal de salud y tenía que trabajar, vivir y luchar sola contra la injusticia. No pude”, relató la mujer que volvió a emocionarse frente a la posibilidad de que la aparición de este testigo, pueda ayudar a la condena de alguien que incluso fue sospechoso en la causa judicial abierta.
Como se viene informando, la aparición de un testigo que sindicó como uno de los autores del hecho a Jorge Meglía, permitiría que la causa vuelva a abrirse en búsqueda de Justicia. El testigo, se presentó el miércoles pasado en la comisaría de Tres Arroyos, y denunció que una ex pareja suya estaba vinculado con el hecho, por lo que la testimonial se remitió a los Tribunales de Bahía Blanca, donde se substancia la causa.
Consultada sobre esa denuncia, fuentes reconoció hoy que junto a Miguel Asad –el abogado de la causa, que además es su pareja- “siempre supimos que Meglía es el asesino de Nair”.
“Nueve meses después del hecho, esta persona levantó a dos hermanitos en Lanús, las llevó a su casa y las violó digitalmente”, aseguró la mujer. Y explicó: “La Policía me dijo que un asesino o violador, como en este caso, comete el hecho siempre de la misma manera”.
Para explicar su convicción acerca de la participación de ese sujeto en el asesinato de su hija, Fuentes recordó que “el chofer de un colectivo de la terminal lo vio con una campera en nuestra ciudad, que resultó ser la misma que tenía puesta cuando lo arrestaron”.
Fuentes, prometió además ir a fondo con la posibilidad de que la aparición de este nuevo testigo permita cerrar el caso con una sentencia: “Quiero una condena brillante por un país que pide Justicia a gritos”, aseguró.
Finalmente le pidió al juez que entienda en la causa “que no le tiemble el pulso a la hora de condenarlo a Meglia y que sea brillante porque deseo que muera en la cárcel -aclarando que nunca quiso la pena de muerte para él-, porque toda su vida fue violador digital. También abusó de la bebé de su concubina, su hermano también es violador, entones no se recupera más”, sentenció.
“Quiero una condena ejemplar no por mí, sino por un país que pide justicia a gritos”, concluyó.



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El caso "Jimena Hernández"
por la Dra. Alicia G. Faletti
Toxicología y Química Legal


El día 12 de julio de 1988, a las 18 horas, el cuerpo sin vida de la alumna Jimena Hernández, es encontrado en el natatorio de un centenario colegio católico. Dos meses más tarde el Juez de Instrucción actuante, cierra la causa resolviendo que la niña murió ahogada a pesar de que los pulmones y el estómago de la pequeña víctima, no exhiben ni una sola gota de agua, además de la presencia acusadora de una mancha de semen en la malla con la que fue encontrada sin vida.
Algunos meses después, por la insistencia de la madre de la víctima, la intervención de los medios y gracias al accionar de un abogado que desafió al sistema, el caso se abre nuevamente. Las primeras pericias químico legales realizadas sobre la prenda de la niña se informaron en agosto de 1988 y daban como resultado la presencia de fluido seminal en la misma. A esta conclusión llega el Laboratorio Químico de la Policía Federal, en base a los resultados obtenidos en la determinación de fosfatasa ácida prostática y a la formación de cristales de ioduro de colina (cristales de Florence). Si bien no se hallaron espermatozoides en la muestra, esto no invalida la conclusión de la presencia de fluido seminal.
Normalmente en la investigación de delitos de violación y abuso sexual la búsqueda de semen es de gran importancia ya que éste puede utilizarse como elemento de identificación humana y para descartar sospechosos. Básicamente el espermatozoide es categórico, pero su ausencia no descarta la posibilidad de que el fluido en estudio sea semen. Esto se debe básicamente a que estos elementos figurados se destruyen con cierta facilidad o porque puede tratarse de semen de un individuo oligozoospérmico o azoospérmico (poca cantidad o ausencia de espermatozoides respectivamente). Cabe destacar también la posibilidad de individuos que se practicaron la vasectomía. Hoy se sabe que los espermatozoides proveen la mayoría del DNA en una muestra eyaculada por el hombre pero existe además una pequeña cantidad de DNA proveniente de leucocitos y células epiteliales. Por lo tanto un individuo azoospérmico tendrá en el semen tan sólo un 6% del DNA que tendría un individuo normal. Esta cantidad es suficiente para obtener resultados confiables y concluyentes para ser usados como prueba.
Es así que en Química Forense se han buscado otros marcadores seminales que hasta la fecha son mucho más confiables para la confirmación de la presencia de semen como la enzima "fosfatasa ácida prostática (FAP) y la proteína P-30. Nuestro país fue pionero en el uso de la FAP, y este marcador se viene usando desde los años 70.
Cuando en diciembre de 1988, se hace necesaria una ampliación de la pericia, los químicos legistas intervinientes, entre ellos el Dr. Fernando Cardini como perito de parte e integrante de la Cátedra de Toxicología y Química Legal de la FCEyN, se hallan frente a un rastro de alta complejidad. La cantidad de muestra era pequeña, de vieja data y habían sido sometidas además a variables de degradación como inmersión, lavado, manipuleo incorrecto, contaminación, etc. Por lo tanto los nuevos análisis debían hacerse con metodologías más confiables y acorde a las condiciones a que habían sido sometidas las muestras. Por lo tanto se sometieron muestras testigo (fluido seminal humano en tela similar a la de la víctima) a las mismas condiciones que había sufrido la muestra en cuestión. Esto permitió concluir que el marcador principal seminal aceptado hasta el momento (FAP) podía encontrarse en una malla de esas características, aún después de 45 minutos de inmersión en agua de pileta. Esto confirmó la presencia de fluido seminal en la prenda de la víctima.
La siguiente etapa consiste en la búsqueda de marcadores genéticos que permitan tipificar el fluido encontrado. Se trató de estudiar las isoenzimas polimórficas pero lamentablemente el tiempo transcurrido mostró la inactividad de estas sustancias. A fines de diciembre, se plantea la colaboración de profesionales del exterior para analizar el DNA de la muestra, sin precedentes en la justicia argentina, ya que tan sólo un par de años antes habían comenzado a dar su aporte a la Ciencia Forense primero en Europa y luego en EEUU.
Los antecedentes bibliográficos indicaban que en una mancha seca de origen seminal, preservada bajo determinadas condiciones y en concentración adecuada, las probabilidades de encontrar el patrón genético del emisor eran elevadas. En este caso, la evidencia física hallada en la malla de Jimena, mostraba una baja concentración de fluido, ausencia de espermatozoides, alta contaminación microbiana, exposición prolongada a agentes oxidantes (cloro de la pileta) y comprobada degradación de proteínas y enzimas. A pesar de ello, la Justicia Argentina consideró que bien valía la pena este intento y remitió el escaso material a un laboratorio especializado de EEUU. Lamentablemente ya habían pasado muchos meses desde el homicidio y esto era una importante ventaja para el victimario.
Cabe citar el último párrafo del informe escrito por el Dr. Fernando Cardini presentado en su oportunidad, al juzgado interviniente después de conocer los resultados de los análisis: "….. Es lógico suponer que un resultado positivo hubiera brindado información muy valiosa en la investigación. No olvidemos que el tiempo lo manejamos en un solo sentido y no nos permite hacer los análisis que se podrían haber realizado 6 meses atrás".
Algunos "expertos forenses" sostenían que si no se habían encontrado espermatozoides, esa mancha no era semen. Además aseguraban que el no haber podido obtener un resultado positivo en la búsqueda de un marcador genético, fundamentaba aún más su posición y que el caso no había sido asesinato sino un accidente fatal. A pesar de ellos, la evidencia física indiscutible de la presencia de la FAP y la demostración experimental de que este tipo de material biológico se mantenía a pesar de la inmersión por más de 45 minutos dio lugar a la verificación de la única hipótesis valedera e irrefutable, Jimena había sido asesinada y colocada en la pileta para simular un accidente.
Tal vez la historia hubiera sido otra si el primer Juez de Instrucción, en lugar de desestimar la primera pericia realizada de la prenda, se hubiera planteado otra hipótesis de investigación, además de la indemostrable hipótesis de accidente fatal.
En una investigación criminal deben formularse todas las hipótesis posibles y plantear en base al método científico todos los diseños de experimentos necesarios para validar o refutar cada una de ellas. En este caso, paradigmas como "no hay espermatozoides, no hay semen", el desconocimiento de un correcto manipuleo de las muestras, el desestimar un informe pericial en lugar de cuestionarlo, discutirlo o ampliarlo llevaron al Caso Jimena a quedar en los anales de la Justicia Argentina como un "crimen perfecto".

El día 12 de julio de 1988 a las 15:45 hs se largaron las competencias intercolegiales de natación en la pileta cubierta del colegio Santa Unión. Jimena Hernández, alumna del colegio, debía participar en una carrera. Una hora más tarde la empezaron a buscar porque no aparecía por ningún lado. Uno de los chicos que se metió en la pileta luego de finalizar el torneo, a las seis de la tarde, se dio cuenta de que en el fondo de la pileta había un cuerpo. Era el de Jimena.
Unos dijeron que fue un accidente. Otros sostuvieron que había sido violada y asesinada. Lo cierto es que hubo un expediente de más de diez tomos que pasó por media docena de jueces y que tiene más de cien testimonios, dos autopsias, peritajes químicos y hasta una reconstrucción.
El juez Mauricio Zamudio habló al principio de un pacto de silencio en el colegio. Después decidió cerrar la causa por falta de pruebas, pero fue reabierta por orden de la Cámara. Comenzaban a tomar fuerza algunos rumores de que Jimena había visto algo que no debía y que por eso la habían matado.
Los indicios que fueron apareciendo en el expediente judicial, jamás fueron profundizados por la Justicia y ello podría haber ayudado a resolver toda la trama. Por caso, se debería haber investigado a Oscar Bianchi, el profesor de educación física del colegio Santa Unión, de quien todas las evidencias señalan que podría ser el autor del crimen.
Lamentablemente, hubo en esos días un fuerte encubrimiento por parte del rector de esa misma institución, Jorge Sobrino, quien supo dominar a la justicia gracias a su amistad con el entonces vocero presidencial, José Ignacio López. El hijo de este último es el otro gran responsable de la muerte de Jimena.
¿Qué ocurrió con la pequeña? Todo apunta a creer que Jimena vio algo que no debía ver, presumiblemente estupefacientes, ya que innumerables denuncias en esos días apuntaban a que en el colegio circulaban drogas prohibidas de diversa índole.
Han reforzado esta sospecha los múltiples informes de inteligencia en los que se asegura que en el Colegio Santa Unión se preparaban autos “truchos” (con documentación adulterada) para ser intercambiados por cocaína en la provincia de Catamarca. Esta hipótesis fue reforzada por la DEA (Administración de lucha contra las drogas), que estaba muy interesada en investigar la conocida conexión del colegio con el tráfico de drogas. El padre de Jimena, Jorge Hernández, asegura que en la embajada de Estados Unidos le dijeron que habían abierto una investigación a este respecto.
Paradójicamente, el mismo día que apareció muerta Jimena, caía la banda de narcotraficantes de la “Operación Langostino”, en un procedimiento en el que se secuestró uno de los cargamentos de cocaína más grandes de la historia argentina.




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María Soledad Morales, el crimen que marcó para siempre a Catamarca
Su asesinato en 1990 destapó una trama de intereses políticos vínculados a clanes familiares en una provincia feudal. El poder de las marchas del silencio.
El cuerpo de María Soledad Morales fue encontrado sin vida el lunes 10 de septiembre de 1990. Estaba desnuda, golpeada y con signos de haber sido violada. Tenía 17 años, una sonrisa encantadora, y estaba llamada a ser la reina de su colegio, hasta que la fatalidad la alcanzó en esa misma noche de sábado en la que iba a ser coronada. "Matan a una joven en Catamarca" , tituló el diario Clarín. Parecía un crimen más, pero no lo fue.
Su asesinato marcó un antes y después en el país y desentrañó los vínculos entre el poder político y la impunidad en una provincia semi-feudal como era Catamarca.
Hoy, a viente años de su muerte, Guillermo Luque, condenado junto a Luis Tula -ex novio de la joven- por el asesinato, recuperó su libertad tras cumplir dos tercios de su condena. No quiso hablar con los periodistas. "Fuí un preso inocente", soltó y cuando le consultaron su llamaría a la familia de María Soledad sólo atinó a preguntar "¿por qué?". Una pregunta se repite tras su liberación: ¿Descansa en paz María Soledad Morales?
El caso que cambió la historia. La muerte de María Soledad Morales revolucionó Catamarca. El reclamo de justicia generó una movilización social sin precedentes en la provincia, expresada a través de las marchas del silencio, que por primera vez se llevaron a cabo en el país. Encabezadas por la hermana Martha Pelloni, rectora del Colegio del Carmen y San José, y Elías y Ada, los padres de "Sole", como ellos la llamaban.
El crimen produjo la caída del gobernador peronista Ramón Saádi, a través de la intervención federal dispuesta por Carlos Menem (hoy ambos comparten el Senado), y desnudó el poder feudal que reinaba en una provincia, en la que estar vinculado a la política era sinónimo de impunidad.
También le costó su puesto al padre de Luque, el entonces diputado nacional Ángel Luque, que fue echado del Congreso por sus pares, por las declaraciones que realizaba sobre el tema. " Si mi hijo hubiera sido el asesino, el cadáver no habría aparecido, tengo todo el poder para eso", dijo frente a las cámaras de televisión, sin chistar.
En definitiva, el crimen de María Soledad demostró que el poder del silencio, ese que sostenían las miles de personas que marchaban en reclamo de Justicias, puede callar a la verborragia del poder.




Fuentes:

http://edant.clarin.com/diario/2005/06/06/policiales/g-04001.htm
http://www.bolinfodecarlos.com.ar/caso_giubileo.htm
http://edant.clarin.com/diario/2006/03/06/policiales/g-05302.htm
http://www.sololocal.info/noticias/1-de-bahia/241-caso-nair-mostafa-otro-fantasma-que-se-evapora-.html
http://www.infocielo.com.ar/index.php?ver_nota=1878
http://www.quimicaviva.qb.fcen.uba.ar/contratapa/jimena.htm
http://www.periodicotribuna.com.ar/6897-alguien-se-acuerda-de-jimena-hernandez.html
http://www.perfil.com/contenidos/2010/04/12/noticia_0036.html

10 comentarios - Crímenes sin resolver argentinos

@hernancaio +1
Es una boludez, si no leen para q comentan orgullosos q no lo hicieron?, me lei todo y esta muy bueno.
@qetuo13577
Buena info. Falta el caso Maria Marta belsunce y el caso Solange.
@aolli
el de poli armentano
@Ahriman95 -1
creo que este es un trabajo para...
Giubileo
@mickitah
No puedo creer que los crimenes habiendo tantas cosas como la ciencia forense no se puedieron esclareser,yo voy a estudiar para esto y algunos de estos crimenes LOS VOY A RESOLVER.