EL fantasma de Canterville




Resumen del Fantasma De Canterville.




Cap.1


Cuando el señor Otis cónsul de Norte américa, compró Canterville Chase, todo el mundo le dijo que cometería una tontería pues allí había cosas que espantaban. El mismo Lord Canterville, creyó que era su deber decírselo, ya que ellos no querían vivir allí, desde que una tía abuela viuda sufrió un ataque del que nunca se había recuperado, debido al susto que le dieron dos manos de un esqueleto
que se posaron en sus hombros cuando se estaba vistiendo, y que además gente de su propia familia habían visto al fantasma.

Pero el Cónsul igual quedo con la casa, los muebles y el fantasma, y decía que en EEUU, su país si encontraran un fantasma lo tendrían en un museo como espectáculo.
Le cuentan que allí lo conocen muy bien ya que desde hace 300 años siempre aparece cada vez que muere un familiar.

La señora Otis era muy vital y a veces parecía una inglesa
Su hijo Washintong era rubio y apuesto, pertenecía al cuerpo diplomático y era buen bailarín.
La señorita Otis, tenía 15 años, ojos azules y montaba muy bien a caballo.
Luego venían los mellizos que de apodo tenían Estrellas y Bandas, (haciendo referencia a la bandera de los EEUU).
La casa de la estación del tren y cuando alguien llegaba había que ir a esperarlo.

Llegando a la casa comenzó a llover y en la puerta lo esperaba la señora Umney que era el ama de llaves, que había quedado con el trabajo porque la señora Canterville se lo pidió la señora Otis.

Mientras tomaban el té la señora Otis vio en el piso una mancha rojo oscuro al lado de la chimenea y preguntó al El ama si se había derramado algo a lo que esta contestó: Sangre; entonces pidió que la sacaran inmediatamente. EL ama explicò que era sangre de Eleanore, asesinada por su esposo Simón en ese lugar. El había vivido nada más que 9 años en el lugar y desapareció en circunstancias misteriosas y de repente. El cuerpo no se había encontrado pero su alma en pena espanta en el lugar. La mancha no sale y suelen admirarla los turistas y otras personas.
Washintong dijo que co el quitamanchas Pinkerton y el detergente Parangón, saldría bien rápido y se puso a limpiarla rápido hasta que desapareció.
el ama de llaves se desmayó; el señor Otis y su mujer trataron de convencerla que ellos no tenían miedo; la anciana pidió bendiciones para ellas y un aumento de sueldo.



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Cap. 2:

Hubo tormenta toda la noche y al otro día cuando bajaron a desayunar apareció la mancha. Washintong decía que no había sido culpa del detergente sino del fantasma. Frotó la mancha, la borró y al otro día otra vez apareció a pesar de haber pasado llave al cuarto.
El señor Otis pensó que no debía haber negado la existencia del fantasma y su señora quería hacerse socia de la Sociedad Psíquica y Washintong escribió una carta ala empresa sobre “las persistencias de las manchas sanguíneas de un crimen”
Todos ya pensaban en un fantasma.

La familia salió de paseo y el tema de conversación fue que todo lo que había en EEUU era mejor que lo inglés.
Al regreso se fueron a dormir y media hora después se oyó un ruido en el corredor, al lado del dormitorio que despertó al señor Otis. Era un golpeteo metálico que se acercaba, encendió un fósforo ahora, eran la una de la mañana y escuchó un ruido de pasos. Se puso las pantuflas, tomó un frasquito y abrió la puerta. Justo al frente vio con la luz de la luna, a un anciano de aspecto horrible, con los ojos rojos, cabello canoso y enredado que caía sobre sus hombros, vestiduras antiguas, sucias deshilachadas, y colgando de sus puños y muñecas, pesadas cadenas y oxidados grillos.

El señor Otis le ofrece aceitar las cadenas con lubricante Sol naciente diciéndole que era muy eficaz y se lo dejó sobre la mesa de mármol. El fantasma quedó petrificado, se enojó, arrojó el frasco contra el piso , rugió y huyó rápidamente por el corredor, emitiendo una luz verde.

Todavía no había llegado a la escalera que se abrió una puerta y dos figuritas vestidas de blanco reaparecieron y le tiraron con una almohada el fantasma desapareció a través de la pared y todo quedó en calma.
Llegó hasta un cuarto secreto y analizó la situación. En 300 años nadie le había hecho tal cosa. Todas sus hazañas volvieron a su mente, de tanto daño que había hecho, y ahora unos desgraciados norteamericanos le ofrecen lubricante y le tiran almohadas. No podía tolerarlo, ningún fantasma había sido tratado así, por lo tanto decidió vengarse y meditó.




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Cap. 3:

En el desayuno hablaron bastante sobre el fantasma. El señor Otis estaba molesto porque no le aceptó su regalo y pensó que fue una falta de cortesía haberle tirado con almohadas, y a los mellizos les vino un ataque de risa.
Tendremos que quitarle las cadenas sino usa el lubricante, no podremos dormir.
Por el resto de la semana no hubo ninguna perturbación, sólo la mancga que cambiaba de color de diferentes rojos hasta una vez verde esmeralda. Apostaban todos los días sobre el color. Recién el domingo por la noche apareció el fantasma otra vez. Bajaron corriendo por las escaleras y encontraron una armadura que había caído sobre el piso de piedra y sentado en un sillón de espaldar alto, el fantasma se frotaba las rodillas con signos de dolor. Los mellizos le tiraron balines, dando en el blanco, Otis le apuntaba con un revolver mientras le decía “manos arriba”. El fantasma se paró, gritó y pasó apagándole la vela Washington; al llegar a la escalera dio una risotada demoníaca.

Salió la señora Otis de su cuarto y dijo que parecía que no estaba nada bien y le dio un medicamento para la indigestión, el fantasma la miró furioso y pensó transformarse en un perro negro.
Al llegar el fantasma a su habitación se desmoronó del todo y estaba muy agitado. No los pudo asustar ni con su armadura.

Durante algunos días se sintió enfermo de gravedad y casi no salía, sólo lo hacía para mantener la mancha de sangre e intentó volver a asustarlos.
Eligió un gran sombrero, con una pluma roja, una mortaja y un puñal.

Vino una gran tormenta, todo se golpeaba, pensaba entrar en la habitación de Washington, le diría algunas palabras que no entendiera y se clavaría sí mismo el puñal tres veces en la garganta, al compás de una música suave. Le había tomado bronca a Washington porque era el que lavaba la mancha; después iría al cuarto de los Otis y le pondría la mano sobre la frente a la señora, susurrándole al señor los más espeluznantes secretos de ultratumba. Con Virginia no sentía nada, la despertaría con gemidos o quitándole el cubrecama. A los mellizos les daría la lección de sus vidas, se sentaría en el pecho de cada uno para que tuvieran una pesadilla. Tomaría la forma de cadáver verde y frío helado hasta paralizarlos de miedo, se sacaría la mortaja y andaría por todo el cuarto con los huesos blancos y un ojo que le daría vuelta.

A las diez y media oyó que la familia se acostaba, le molestaba la risa de los mellizos; cuando todo estaba en calma siendo las doce emprendió su marcha, el búho aleteaba contra los cristales, un cuervo graznaba y el viento silbaba, y los Otis dormían.

El fantasma salió de la pared enchapada, sonriendo maliciosamente; lleó cerca del cuarto de Washington y se vio obligado a retroceder, dio un grito de terror, tenía ante él un horrible espectro, inmóvil. La cabeza era pelada y brillante, la cara redonda, gorda y blanca; se reía a carcajadas, de los ojos le salían rayos de luz rojos, una vestimenta espantosa, parecida a la suya. En el pecho tenía una placa con una extraña inscripción y en su mano derecha una cimitarra de acero brillante. Nunca antes había visto un fantasma, se asustó y huyó de la habitación, se tiró sobre un pequeño catre y hundió la cara entre las sábanas, y decidió ir a hablar con el otro fantasma apenas saliera le sol. Pensó que entre los dos podrían luchar mejor contra los mellizos. No lo encontró tal como lo vio a la noche, se le desprendió la cabeza que rodó por el piso, el cuerpo se deshizo y se encontró agarrando una sábana, y una hachuela de cocina.
Tomó la placa y leyó: OTIS, EL FANTASMA
EL ÚNICO ESPECTRO ORIGINAL Y AUTÉNTICO
CUIDAOS DE LAS IMITACIONES
TODOS LOS DEMÁS SON FALSOS
Le habían frustrado sus planes, le habían ganado y juró que cuando Cantaclaro cantara dos veces sobrevendrían acontecimientos sangrientos y la Muerte se pasearía a sus anchas. Apenas acabó su terrible juramento escuchó el canto de un gallo. El fantasma dio una carcajada lenta y detestable, esperó pero cantó sólo una vez. Entonces se volvió a su cuarto. Consultó varios libros de caballería y leyó que cada vez que se juraba, el gallo cantaría dos veces. Se fue a un cómodo ataúd de plomo y allí pasó la noche.



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Cap. 4:


Al día siguiente se levantó débil y cansado y el menor ruido lo hacía sobresaltar. Durante cinco días estuvo en su cuarto y renunció a la mancha de sangre, si la familia Otis no la quería entonces no la merecía.

Vivían en un plano puramente material y eran incapaces de apreciar el valor simbólico de los fenómenos sensoriales. Reconocía que su vida había sido una gran maldad, y durante tres sábados, atravesó como de costumbre, desde la media noche hasta las tres de la madrugada, tomando precauciones para no ser visto un oído. Comenzó a ponerle aceite Sol Naciente a sus cadenas. Al principio se sintió humillado. Encontraba cuerdas tendidas que lo hacían tropezar en la oscuridad instaladas por los mellizos; esto lo enojó tanto que decidió presentarse como el conde sin cabeza, que ya hacía 60 años que no lo hacía. Pasó tres horas para prepararse, al llegar al cuarto de los mellizos levantar del fuerte resfrío, manos mal que no llevaba su cabeza. encontró la puerta entreabierta, la abrió de golpe y un jarrón pesado se le vino encima y lo empapó, escucho las carcajadas. Huyó hacia su cuarto y al otro día no se pudo.

Ahora había renunciado a cualquier esperanza de asustar a esta inculta familia americana. Se desplazaba por los pasillos con pantuflas de tela, una gruesa bufanda alrededor descuello y un pequeño arcabuz por si los mellizos lo atacaban.
El 19 de septiembre, había bajado por las escaleras, pensando que allí no lo molestarían, se había vestido con una larga mortaja blanca, una linternita y un azadón de sepulturero. Eran las dos de la mañana y los mellizos le gritaban ¡Buuuu¡ al oído. Salió corriendo hacia la escalera y se encontró con Washington esperándolo con una enorme regadera; sus enemigos lo tenían acorralado. Se fue a su cuarto desgreñado, desordenado y desesperado, luego de esto no salió más por la noche.

Los mellizos lo acecharon todas las noches, le ponían cáscaras de nuez por los pasillos, y todo en vano.
El fantasma no salía porque estaba herido en su amor propio. Se corrió la voz de que había desaparecido y todos comenzaron su vida habitual. Lo que la familia no sabía era que este seguía en la casa, que ahora era casi un inválido, pero no estaba dispuesto a dejar sus asuntos, sobre todo que había escuchado que entre los invitados de la familia había un duque que había apostado que jugaría a los dados con el fantasma.
Al último minuto, el terror que sentía por los mellizos le impidió salir de su cuarto y el duque pudo dormir en paz y soñar con Virginia que era su novia.



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Cap. 5:


Días después Virginia y su novio salieron a cabalgar, a ella se le rompió el vestido, entonces entró por detrás de la casa para que no la viera.. Al pasar por la cámara de los tapetes, vio la puerta abierta, vio a alguien dentro y madre que le podría arreglar su vestido, pero se sorprendió al encontrar al fantasma sentado junto a la ventana , triste y depresivo. Virginia pensó en salir corriendo pero resolvió darle consuelo. Ël no se dio cuenta de su presencia, hasta que habló.

Le dijo que sus hermanos mellizos se irían al otro día, así que nadie lo molestará, A lo que el contestó que su deber es hacer sonar las cadenas y gemir, vagabundear pues esa era la razón de su existir. Ella le dice que saben que mató a su esposa y que eso no se debe hacer. El argumentó que era feísima, no sabía cocinar, no le almidonaba los puños y además sus cuñados lo dejaron morir de hambre. Ella le ofrece de comer, él le agradece pues ya no come nada y le dice que ella es la más buena de tan maleducada familia.

Virginia se enoja y le contesta que el maleducado es él, porque le robó sus pinturas de la caja para pintar la mancha de sangre y ella nunca lo delató. A lo que el fantasma le contesta que hoy en día es muy difícil conseguir sangre de verdad.

El fantasma le pide que no se vaya , que se siente solo e infeliz, que quiere dormir y no puede, Virginia le pide que se acueste y apague la vela.

El contesta que hace 300 años que no duerme y está cansado.
El le cuenta de un jardincito más allá de los pinares, se refería al Jardín de la Muerte, y el fantasma le dice que debe ser hermoso reposar en la tierra blanda, estar en paz. Le pregunta a Virginia si leyó la profecía que está detrás de la biblioteca a lo que ella contesta que no sabe lo que significa.

El fantasma le pide que llore por él, sus pecados que él no tiene lágrimas y tampoco fe. Ella le contesta que le pedirá al Ángel de la Muerte que se apiade de él.
El fantasma le besó la mano, le apretó fuerte la mano. Los animales de la chimenea le decían a ella: ten cuidado, los cazadores de los tapetes: regresa, pero ella no hizo caso. El fantasma iba cada vez más rápido, Llegaron frente de una caverna negra. El fantasma la apuraba. La cámara de los tapetes quedó vacía.



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Cap.6:


Iban a tomar el té y como Virginia no bajaba la mandaron a buscar, pero no la encontraron. Al principio no se pusieron nerviosos pues tenía la costumbre de cortar flores pero a las 6 ya estaban alarmados. No olvidemos que el té se toma a las 5). No la encontraban, el padre pensó en los gitanos que acampaban en su campo pero ya se habían ido. Mandó telegramas a la policía por rapto y el salió a caballo con el novio de ella.
El desconfiaba de los gitanos retornaron a las 11 a la casa.

Retumbaban los campanazos del reloj de la torre que daban las doce, se escuchó un ruido, un trueno que sacudió la casa, un tablón que estaba cerca de las escaleras se desprendió, y Virginia muy pálida salía de allí. Todo el mundo se emocionó.

Cuenta que estaba con el fantasma, que ya había fallecido y se había arrepentido de sus maldades y le había regalado un joyero.
Los guió a través de la abertura que tenía la pared enchapada; Washington llevaba una vela, llegaron a un portón negro con clavos herrumbrados. El pequeño cuarto era bajo y con techo abovedado con una sola ventanita enrejada. En la pared había un inmenso anillo de hierro y allí encadenado un esqueleto sobre el piso de piedra. Parecía que trataba de agarrar comida o tomar agua.
Virginia rezaba y el resto miraba atónito. Ella pensaba que Dios ya lo había perdonado.




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Cap.7:


Cuatro días después, cerca de las once de la noche, un cortejo fúnebre salía desde Canterville, arrastraban al carro 8 caballos negros. El ataúd de plomo estaba cubierto por un paño de color púrpura, con el escudo de armas de Canterville bordado en oro. A los costados caminaban los criados con antorchas encendidas. Cuando lo enterraron, las apagaron y Virginia colocó una cruz hecha con flores del almendro.
El señor Otis habló a la mañana con Lord Canterville sobre las joyas que había traído Virginia que tenían mucho valor. , este le dijo que pertenecen a ella por los servicios prestados y si se las quitaran, en 15 días el fantasma estaría afuera de su tumba haciendo la vida imposible, además nadie sabía de la existencia de las mismas.
El señor Canterville le dijo: usted compró todo, casa, muebles y el fantasma.
Virginia se casó, después fueron al cementerio y decidieron grabar las iniciales del viejo caballero y los versos que había en la ventana de la biblioteca; luego desparramó flores sobre la tumba. Su marido decía que era un ángel.
Su esposo le dijo que una mujer no debe tener secretos con su marido. Quería saber que había pasado cuando estuvo encerrada con el fantasma.
 
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Virginia, una mujer no debe tener secretos con su marido.
-Y no los tengo, querido Cecil.

-Sí los tienes -respondió sonriendo-. No me has dicho nunca lo que sucedió mientras estuviste encerrada con el fantasma.

-Ni se lo he dicho a nadie -replicó gravemente Virginia.

-Ya lo sé; pero bien me lo podrías decir a mí.

-Cecil, te ruego que no me lo preguntes. No puedo realmente decírtelo. ¡Pobre Simón! Le debo mucho. Sí; no te rías, Cecil; le debo mucho realmente. Me hizo ver lo que es la vida, lo que significa la muerte y por qué el amor es más fuerte que la muerte.

El duque se levantó para besar amorosamente a su mujer.

-Puedes guardar tu secreto mientras yo posea tu corazón -dijo a media voz.

-Siempre fue tuyo.

-Y se lo dirás algún día a nuestros hijos, ¿verdad?

Virginia se ruborizó.

FIN


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