Aca les dejo la nota completa del Pato que salio en la rolling stone, asi se ahorran unos pesos los que la querian leer, nada mas.

Pato Fontanet revista Rolling Stone
revista rolling stone
De vuelta al infierno

Era el año 2000 y el primer show de los Redondos en River era algo tan

grande, emotivo y peligroso que no podía ser otra cosa que el final de algo.

Había unas 70 mil personas en un raro estado de tensión y comunión, esa

mezcla única que se vivía en los recitales de los Redondos de esa época. Las

luces de bengala, desde el comienzo, ardían sobre las cabezas de los fans.

Pero en ese momento, las bengalas, instaladas desde hacía mucho tiempo

como parte del ritual, no eran símbolo de muerte en el rock. Los muertos

del rock los ponía la policía o los cuchilleros.



Esa noche, después de un bucle de pánico que se formó en el campo

de juego, la banda desapareció de escena, volvió al cabo de un rato y

la voz del Indio Solari sonó más severa que nunca al bajar un enunciado

que pasaría a la historia de la prédica masiva: “Ha pasado algo

muy grave acá… ¡Préstenme atención, carajo! Han entrado un par de

hijos de puta, no sé si mandados por alguien o qué, que se cagan en el

esfuerzo de la banda y de los 70, 80 mil pibes que vinieron a vernos.

Hay varios chicos lastimados... No estamos de ánimo y sólo vamos a

concluir este show por respeto, pero consideren ésta como una de las

últimas noches que tocamos”.

Lo que había pasado, aparentemente, es que Jorge Pelé Ríos, un lumpen

de 27 años armado con una trincheta, había empezado una pelea

entre barras de clubes del ascenso. Ríos, que según se dijo había salido

de la cárcel hacía unos meses, terminó acuchillado y murió nueve

días después en una cama del Pirovano. No vimos a nadie llorándolo

por televisión. No sabemos si tenía familia o si todo lo que se dijo de él

(más bien poco) era cierto. No hubo investigación por homicidio. Es

uno de esos muertos por los que el rock nunca reclamó. Uno de esos

muertos que se barren debajo de la alfombra. Como Marcelo Scalera,

el skinhead ajusticiado en Parque Rivadavia durante un festival por

Walter Bulacio (1996). Muertos de otro bando.

Pero el Indio Solari se acuerda de esas noches en River y, como casi

todos nosotros, tiene emociones cruzadas. Como le dijo a esta revista

después de Cromañón, él no quiso renegar de esa fosforescencia que lo

encandiló en River, aun en medio de la furia y con las luces del estadio

encendidas por orden judicial. “La cultura rock tiene eso, también: no

es una cultura progresista, de todo prolijito.”

En aquella época de auge ricotero, si bien casi todo era descontrol

(o más bien no había control, parafraseando a Juanse), sí existía una

suerte de autorregulación colectiva que incluía premios y castigos simbólicos.

Frente a un evento de violencia, toda la concurrencia coreaba

eso de “Qué boludos que son, no parecen Redondos la puta madre

que lo parió”. Y esa noche en River, después de los incidentes y de ese

cántico de sanción, uno podía ver a los chabones y a las minitas llorando

sobre una versión enclenque de “Juguetes perdidos”, cantando

como un ejército de fantasmas que aúlla el himno de una nación demolida.

Faltaban cuatro años para Cromañón, pero ahora uno repasa

la historia y entiende que de alguna manera ya estaba todo cocinado.

La temeridad, lo frágil y efímero de la conciencia general. Estaba todo

escrito, pero casi ninguno de nosotros sabía leer.

Todo esto es cansador –decirlo y escucharlo– porque parece la cinta

de Moebius de nuestras desgracias. Pero hay que hacer el esfuerzo de

volver a pensar el camino que nos llevó de República Cromañón a Miguel

Ramírez, pasando por Rubén Carballo y por todas esas noches

animadas por “el mejor público del mundo”, como vino a patentar la

publicidad del último Quilmes Rock. Más allá de lo irónico y triste

que suena hoy ese eslogan, ¿debemos condenar a la depresión a todo

el mundo? Por supuesto que no. Una cosa (la principal) es priorizar

el cuidado y la integridad, y otra es negar la conexión ceremonial que

existe entre los que pagan el ticket y los que se llevan la recaudación.

Se volvió a hablar mucho, en las últimas semanas, de cómo el público

quiso ganar cada vez más protagonismo en los espectáculos. Eso

es cierto, pero entre ese juego de seducción y la activación de un proyectil

naval hay un abismo. Es algo tan concreto que tal vez no resista

demasiado análisis. La culpa no es del público. Es la imbecilidad criminal

de un grupo de pibes (los que prenden bengalas) que tienen la edad

más que suficiente para recordar Cromañón, muchachos que deberían

haber llorado a esos muertos, porque eran sus compañeros de pogo.

¿Es la forma más estúpida de rebeldía a la que hayamos asistido? Ni siquiera.

“Era mi oportunidad”, dice en estas páginas Iván Fontán desde

un centro de detención de La Plata, desde donde nos respondió unas

preguntas por carta. “La Renga me hizo levantar muchas veces y yo

quería ofrendarles algo.” Hay una mezcla de misticismo, inconciencia

y deseo de hacerse visible en el modo en que este pibe intenta explicar

su decisión fatal, y es insólito –o estrategia de abogado– que en ningún

momento refiera a Cromañón como antecedente. Pero también

hay un contexto. Un consenso tácito entre artistas, público y medios

que empezaba a aceptar la utilización de pirotecnia en lugares abiertos.

El nuevo umbral de nuestra tolerancia.

El crimen, por supuesto, no tendría la resonancia ni la densidad que

tiene si no fuera por lo que pasó el 30 de diciembre de 2004 en Once. En

esa causa que ya tiene condenados políticos, policiales y empresariales,

resalta la historia de Pato Santos Fontanet, un cantante de rock sobre el

que pesa una condena de cinco años de cárcel. Más allá de lo inédito de la

situación, la vida actual de Pato pinta casi como ninguna otra este momento

de confusión y tragedias circulares del rock argentino, que desde ya es

parte de un estado de las cosas mucho más amplio. Como somos un poco

insistentes, volvemos a creer en la posibilidad de un nuevo comienzo, de

un futuro en el que la diversión y el cuidado, la pasión y el respeto por la

vida puedan ocupar el mismo espacio.

Durante una semana, un periodista de Rolling Stone

siguió la gira de Pato Fontanet por el sur del país.

Psicólogas fanatizadas, cenas en la habitación

y la mirada perdida de un cantante de rock frente

a la posibilidad de la cárcel. por juan morr is


Pasajero en trance

Lo que sale de su boca es un

vómito de desesperación, un

grito primitivo y desconsolado

que crece hasta estallar

con furia sobre la melodía.

Patricio Santos Fontanet

está parado al borde del escenario,

con el micrófono a

cinco centímetros de la boca

y los ojos en blanco. Es el final de “Imposible”, una

canción que Callejeros grabó en 2003, un rock que

habla de fantasías deformes que involucran a Gardel

y los Beatles tocando juntos en la plaza del barrio,

que habla del hambre, que critica a la televisión.

Nada nuevo, nada del otro mundo, una combinación

habilidosa de ciertos clichés. Pero lo importante

es lo que viene después, un grito que termina

convirtiéndose en un intento rabioso de decir algo

para lo que no existen palabras.

Y ése es el gran momento del show una de las

cosas más brutales y trastornadas que engendró

nuestro rock en los últimos tiempos. Una canción de

cuatro minutos que parece encerrar el aullido desamparado

de una época. Un grito lleno de impotencia,

angustia, rabia, arrepentimiento, incomprensión y

desconsuelo que te pone la piel de gallina.

Pato tiene un buzo negro, un pantalón negro y

unas Topper negras de lona: siempre se viste igual.

El último tema de la noche es “Suerte”, una canción

inédita que Callejeros había colgado en su web el

año pasado antes de separarse, que arranca con un

riff de guitarra de una épica melancólica y ricotera.

Una de las mejores canciones que escribió Pato en

su vida, en la que abandona esos paisajes rocambolescos

y grises del sistema y explora una narrativa

más íntima y poética, cantándolo en un tono más

bajo que resulta conmovedor.

ahora debe estar durmiendo. pato volvio a su

habitación hace media hora. Son las cuatro y media

de la mañana. Hace un rato escuché los pasos en el

pasillo, el ruido de la llave en la cerradura, la puerta

que se abría, la puerta que se cerraba, algo de barullo

en el cuarto, unas toses y ahora ya nada. El hotel

está en silencio y la habitación de Patricio Santos

Fontanet está exactamente debajo de la mía.

Todo está sucio en este hotel de Madryn, pero

sucio desde hace mucho tiempo. El piso de mi habitación

tiene una moqueta de un color indefinido,

como si fuera toda una gran mancha. Hay una tele

de 14 pulgadas empotrada muy alto en la pared y

no tiene control remoto. En el baño no te podés

duchar más de tres minutos porque se inunda.

La habitación de Pato es exactamente igual, sólo

que hay otra cama más en la que duerme Christian

“Dios” Torrejón, bajista de la banda y el único callejero

original que queda, además de él.

Hace un rato terminó el primer show de la gira de

una semana por Puerto Madryn, Santa Rosa, Cipolletti

y Bahía Blanca de Casi Justicia Social, la banda

que Patricio Santos Fontanet armó tras la separación

de Callejeros en septiembre del año pasado. Es

un domingo de mayo. CJS tocó en Metropoli’s, un

boliche para 400 personas en el centro de Madryn

que normalmente funciona como bailanta. Estuvo

lleno. En la barra sólo vendían speed, agua y gaseosas,

porque la mayoría de los que habían comprado

las entradas eran menores de edad.

Siete días antes, el Tribunal Oral en lo Criminal

Nº 24 había condenado a Santos Fontanet a cinco

años de prisión como “autor penalmente responsable

del delito de incendio culposo seguido de muerte

en concurso real con cohecho activo en calidad de

partícipe necesario. En la misma sentencia, Omar

Chabán recibió ocho años, Raúl Villarreal seis, el

ex manager Diego Argañaraz seis, Edu Vázquez

cuatro y el resto de los músicos, penas excarcelables

de dos y tres. La novedad del fallo fue la pena

con prisión efectiva para Pato, el modo en el que

se licuó la condena de Chabán y, además, la pena a

los funcionarios públicos y el comisario encargados

de las habilitaciones del lugar.

Su abogado defensor ya apeló la sentencia para

pedir su absolución y la nulidad del fallo. Los abogados

querellantes de los padres de las víctimas ya

apelaron para pedir que Pato pase el mayor tiempo

posible en la cárcel junto a sus ex compañeros de

Callejeros. En el show Pato no hizo ningún tipo de

comentario sobre su condena. En vivo, nunca hace

ninguna alusión a esas cosas aunque el asunto contamine

todo lo que haga: sus discos, sus canciones,

sus shows. Este podría ser el último. Muchos de

los que vinieron lo saben. Pero Pato no dijo nada.

Nunca dice nada.

Cuando se prenden las luces, en medio de toda

la gente que ya se empieza a ir del lugar, alguien

me toca el hombro. Cuando me doy vuelta, es una

señora de mediana edad, el pelo rojo y enrulado y

callejeros.

Me pregunta qué estoy haciendo y señala

mi anotador. Le digo que soy periodista, que estoy

cubriendo la gira de la banda. “Ah, está bien”, me

dice. Y después de quedarse un segundo pensando,

mientras se le ablanda el gesto en la cara, agrega:

“Vos me tenés que entrevistar a mí. Yo soy psicóloga

y sigo a la banda a todos lados”.

Dos cosas. La primera es que, al parecer, que haya

alguien tomando notas en un show de la banda de

Pato Fontanet es algo que se vive con cierto nerviosismo

entre los fans y la crew de CJS. Esta noche,

más tarde, me voy a enterar de que, mientras estaba

en medio del pogo con mi anotador, los encargados

de seguridad de la banda se enloquecieron pensando

que era algún tipo de “informante” de quién sabe

qué y, sin que yo me diera cuenta, se desplegaron a

mi alrededor para sacarme de las pelos. Por suerte,

a último momento, uno de los productores les

avisó que era un periodista de Rolling Stone y

abortaron la maniobra a tiempo. Este fue mi primer

contacto real con la paranoia que rodea al entorno

de Pato como una muralla de protección.

Y la segunda es que entre el público de CJS uno

puede encontrar de todo: una psicóloga de 52 años

que viaja sola siguiendo a CJS por toda la patria, tres

pibes de Quilmes de unos treinta y pico que van a

seguir toda la gira por el sur en un auto, un padre

y un hijo que –según dicen– lo único que comparten

es seguir a CJS. Y mis preferidos: Juan y Mauricio,

dos pibes que me encontré esta mañana en

el avión y van a ir a todos los shows pero volviendo

a Cañuelas entre ciudad y ciudad para trabajar

unas horas y volver a salir. Con ellos aterrizamos

en Trelew a las 8 de la mañana, en un vuelo vacío

de Austral, y de ahí nos tomamos una combi a Madryn

y nos alojamos en el mismo hotel que la banda.

Los músicos habían llegado el sábado a la tarde, en

un micro azul de larga distancia acondicionado con

doce camas, una sala de estar y unas mesas.

El lunes, al día siguiente del primer show, mientras

los músicos van a un campo cerca de Puerto

Pirámides a comer, me encuentro en el bar del hotel

donde está alojada Silvia, la psicóloga fan. “Callejeros

pasó de ser una banda a una causa para mí”,

me dice cuando nos sentamos en una de las mesas

del bar. Silvia tiene 52 años, vive en Merlo y el sábado

que viene va a viajar a Bahía para ver el final

de la gira.

La primera vez que vio a Callejeros fue en Excursionistas,

el 18 de diciembre de 2004. Dos semanas

más tarde no fue a Cromañón porque los lugares

cerrados le daban miedo. Su pareja de ese momento

sí fue, y sobrevivió. “Después se terminó la relación

pero yo sigo viniendo”, aclara. A partir de

entonces, empezó a ir a las marchas de Villa Celina,

atendió a algunos sobrevivientes y llegó a involucrarse

bastante con el entorno más cercano de la

banda, como la madre de Pato o el padre de Diego

Argañaraz, ex manager de la banda.

Mientras hablamos, la televisión está puesta en

TN, con la noticia de la agonía de Miguel Ramírez,

el chico herido por una bengala en el recital de La

Renga. “Yo pensaba ayer, comparando Cromañón

con el show de La Renga, que enseguida la banda

sacó un comunicado diciendo que lo sentían mucho

y cancelaron un show: psicológicamente vos podés

actuar cuando no estás implicado. Pero cuando vos

sos víctima de una tragedia, no podés tener esa distancia

de saber qué es lo que corresponde. Y todos

los chicos de Callejeros eran víctimas. Después del

incendio, Pato estaba viendo a su novia internada

en un lugar, a su madre en otro y encima lo perseguían

los medios. ¿Con qué cabeza, con qué frialdad

salís a dar un comunicado de prensa?”

Hay algo en los fanáticos de CJS de sostener al

ídolo y de protegerlo. Por eso, no sólo Pato y su círculo

íntimo son herméticos con respecto al misterio

de su vida privada: dónde vive, con quién vive

y demás cosas. Todos son rumores, nadie lo tiene

muy claro. Y sus fanáticos también se cuidan de

ver con quién abren la boca. Y si están frente a un

periodista, el cuidado es mucho mayor.

Por eso, esta noche, cuando vuelva a encontrarme

a Silvia en Metrópoli’s, en el segundo show de

la banda en Madryn, después de saludarme me va a

dar la espalda como para que ninguno vaya a creer

que está conmigo. Por eso, cuando le pregunto por

Pato, la charla no llega demasiado lejos. “A mí me

llama la atención, porque todos los demás, mal o

bien, han armado su vida. Pato no. Pato es el único

que no se casó, los demás estaban en pareja, mal o

bien. Pero de alguna manera algo pudieron armar.

El va, viene, va, viene…”

Hasta su domicilio es muy inestable. “Hasta

donde sé, estuvo en Quilmes, Córdoba, en lo de la

madre en Tapiales y en Palermo”, dice ella.

–Se comentó que el año pasado estuvo con una depresión

bastante fuerte…

–De eso no hablamos…

–¿Quiénes?

–Nadie.

el ultimo show de callejeros fue el 10 de julio

del 2010 en el estadio Orfeo Superdomo de Córdoba.

“Fue el peor recital lejos de la historia de Callejeros”,

dice Martín Bernasconi, un fan allegado a

la banda. Esa noche, Pato casi no cantó: se pasó la

mayor parte del show apuntando con el micrófono

hacia la gente, o colgado mirando las imágenes que

pasaban en las pantallas gigantes. Además, presentó

dieciocho veces a Juancho Carbone, se confundió

varias letras y se cayó dos veces en el escenario, tropezándose

con los parlantes del retorno.

“Después del Orfeo estuvo dos días sin aparecer,

perdido, con algunos grandes problemas, vaya

a saber de qué”, cuenta Martín. Pato reapareció un

día antes del show que Callejeros tenía agendado

en San Pedro, pero Carbone, que era una especie

de administrador del grupo, ya había resuelto dar

de baja el show. Ese fue el quiebre definitivo de la

banda, que terminó separándose a las piñas.

Según gente de su entorno, la última parte del

año Pato sufrió una depresión muy profunda. Se

pasaba semanas sin salir de su cuarto, en la casa de

la madre. Ponía la televisión, el equipo de música y

la computadora a todo volumen al mismo tiempo.

Algunos hablan de que llegó a sufrir alucinaciones

y aseguran que estuvo yendo a una granja de recuperación.

Otros dicen que una psicóloga lo atendió

en su casa en lo que fue una internación domiciliaria,

como para que no trascendiera.

En el libro Callejeros en primera persona (Planeta,

2008), la biografía desautorizada de la banda firmada

por la periodista Laura Cambra, Pato contaba

que todavía escuchaba los gritos de aquella noche.

“Uno se acuerda de todo. No hay día en que no se

acuerde”, decía. “Todavía tengo pesadillas. Todavía

escucho los gritos, despierto y dormido.”

de madryn a santa rosa hay cerca de 800 kilometros

de desierto. Unas diez horas de ruta a bordo

de un micro atravesando la nada: horas y horas de

Patagonia y de llanura pampeana, a menos que uno

viaje de noche, durmiendo o tratando de hacerlo.

A la mañana siguiente, el hotel Alejandría de

Santa Rosa resulta ser notoriamente mejor que el

de Madryn. En principio, es nuevo. Un tres estrellas

en las afueras de la ciudad, sobre la ruta, estrenado

hace poco, con paredes blancas impecables,

pisos de cerámica reluciente, mucha luz natural y

un comedor con una colección de nueve cabezas

de ciervos embalsamados que el dueño del hotel

cazó en sus viajes por Sudáfrica.

Cuando llego, mi habitación todavía no está lista,

así que espero que la terminen tomando un café.

En otra de las mesas están los productores locales

del show, cerrando números y tratando de conseguir

las firmas que les faltan en las habilitaciones.

Miguel Ramírez murió en el hospital por la herida

que le causó la bengala. Mientras termino mi café,

entran dos repartidores cargando lo que reconozco

como el pedido de la banda, porque veo las mismas

botellitas de Powerade de frutas tropicales,

una bebida energizante de color ciruela flúo que

toma Luis “Lulú" Lamas, el batero, unas botellas

de Gatorade de naranja que toma Torrejón y dos

cajas de cerveza Corona para Pedi, el guitarrista

(ex Jóvenes Pordioseros).

Hace tres días, el show tuvo que cambiar de sede

porque cuando los miembros del Consejo Directivo

del Club Estudiantes se enteraron de que la autorización

era para la banda del cantante de Callejeros

decidieron no firmar nada. Tenían miedo de que los

escracharan pintando la puerta del club.

A la tardecita, cuando llega el micro con los músicos

y se enteran de que ya estoy alojado ahí, estalla

una pequeña crisis. Los teléfonos de los productores

empiezan a arder y yo lo sé porque estoy con

ellos. Quieren ir a otro hotel. Empiezo a pensar si

el operativo para sacarme del boliche la primera

noche en Madryn no habrá surgido porque Pato

me vio desde el escenario anotando cosas (cosas

como que cuando está arriba del escenario tiene la

mirada perdida, no mira hacia ningún lugar), pero

tal vez sea ir demasiado lejos.

Finalmente, el productor de la gira, del equipo

de José Palazzo (responsable del Cosquín Rock),

logra apaciguar los ánimos y los convence de que

no soy tan peligroso, mientras resuelve un tema

más urgente: dónde comer esa noche. Aunque los

padres de víctimas de Cromañón más militantes

acusan a Fontanet de estar enriqueciéndose, esta

noche, el presupuesto que tiene la banda para cenar

es de 30 pesos por cabeza y en los restaurantes de

Santa Rosa, como en los del resto de la Argentina,

comer por menos de 60 es casi imposible. Así que

terminan pidiendo un delivery y comiendo cada

uno en su habitación, mirando la tele.

Esta vez, mi habitación no está ni cerca de la de

Pato. El hotel tiene tres pisos y, como yo estaba

alojado en el primero, la banda decidió ocupar las

habitaciones del tercero.

A la mañana siguiente, cuando bajo a desayunar,

me choco con Torrejón. Lo saludo y me presento.

Christian me sonríe echando su cuerpo apenas hacia

atrás, como para alejarse de mí sin tener que dar un

paso, y me dice: “Todo bien”. Después se va.

En una de las mesas del comedor están los técnicos

de la banda y en otra, contra la ventana, está

Lolo Bussi, el encargado de seguridad del grupo (el

mismo que estaba a cargo en la noche de Cromañón),

desayunando con Pedi. Están viendo en TN

una entrevista a un especialista en bengalas, si es

que eso existe. “Ahora salen todos los técnicos a

hablar de las bengalas”, se queja Lolo en voz alta.

Pedi, por su parte, está colgado mirando los ciervos

embalsamados que hay en la pared al lado del

plasma y que, al parecer, le resultan mucho más

interesantes. De hecho, se termina parando para

mirarlos bien de cerca y está por acariciar a uno,

pero justo lee el cartel que dice “Prohibido tocar”

y se reprime a tiempo.

Después bajan Crispín, un ex plomo de Callejeros

que reemplazó al guitarrista Maxi Djerfy

cuando se fue del grupo, y Leopoldo Janín, el

saxofonista invitado, y se sientan en la mesa con

Lolo, en las sillas que acaban de dejar vacías Pedi

y Christian. Puede ser que me estén contagiando

un poco de su paranoia, pero al rato me empieza

a parecer que es una técnica para que no los moleste:

Lolo se pasa toda la mañana sentado en una

de las mesas y los músicos van bajando de a uno y

sentándose con él.

Hasta ahora llevan vendidas 465 entradas en

Santa Rosa. En la televisión informan que los productores

del show de La Renga también están procesados

por la muerte de Miguel Ramírez. Todos se

reúnen alrededor de la computadora del productor

para ver en internet el video de la bengala en el show.

El tema tiene bastante nerviosos a todos, porque

revive el fantasma Cromañón en una ciudad conservadora

como ésta, donde a ningún funcionario

le interesa jugarse el puesto firmando un permiso

para que toque la banda de Pato Fontanet. De hecho,

aunque esta misma noche es el show, por lo que escucho

todavía les falta conseguir una firma.

Al mediodía, vuelvo a bajar al bar para comer

algo y me siento en una de las mesas del fondo para

enchufar la computadora. Al rato veo que los músicos

también empiezan a bajar, pero cuando me ven,

deciden sentarse en las mesas de plástico que hay en

la vereda del hotel: a esta altura, la banda se mueve

de la forma exactamente contraria a la mía.

Un rato después, llega una moto con un pedido

para los chicos de la banda. Pidieron vacío con ensalada

y tortilla de papa. Ahí afuera están todos menos

Pato, que baja cuando la comida ya está servida.

Está vestido con una remera negra de La Caverna

que ya le vi usar en varios shows, un jogging negro

de Adidas y las Topper negras de siempre.

En este preciso momento, los stage de la banda

están terminando de armar el escenario en la cancha

de básquet del Club General Belgrano, el lugar

donde será el show esta noche. En la televisión, la

noticia de último momento es que la policía está detrás

del que tiró la bengala que mató a Miguel.

Cuando terminan de comer, van trayendo de a

uno los platos y los vasos que usaron hasta el bar

y los dejan sobre el mostrador. Pato es el último en

traer el suyo y, cuando entra en la cocina, los otros

músicos ya se están yendo, así que por unos segundos

quedamos él y yo en el comedor.

Estamos a cinco, seis metros de distancia. En el

medio hay algunas mesas vacías y, después de dejar

su plato en la barra, gira la cabeza hacia donde estoy

yo y me mira. Son dos, tres segundos; yo estoy en

la otra punta del bar, en una mesa atestada con los

restos de mi almuerzo, un par de libros, una coca,

una Rolling vieja y la computadora.

Este es el momento para el que viajé hasta acá, el

instante de la gira en el que las casualidades me lo

dejan delante, solo, la primera vez en estos cuatro

días de viaje por ciudades desoladas del sur en el que

quedamos frente a frente. Antes del show de Santa

Fe del 30 de abril, se rapó y se afeitó, y los pelos de

la cabeza y de la barba están volviendo a hacer sombra.

Está un poco más gordo que en su imagen más

icónica: con la barba y el pelo crecidos, la mirada

grave, los rasgos afilados. Su abogado ya pidió la

nulidad de la sentencia y quiere llevar la causa a la

Corte Suprema, pero lo cierto es que hoy, este mediodía

en Santa Rosa, Pato tiene sobre sus espaldas

una condena de cinco años de prisión.

Todas las personas de su entorno con las que

hablé hasta ahora me dijeron lo mismo: “Pato no

va a hablar”. Y eso fue antes de que sucediera lo

de la bengala. Unos días antes de viajar fui a Villa

Celina y estuve en la calle Barros Pazos, donde

empezó la historia de Pato y su banda. Fue unos

días después de la sentencia de Casación y, cuando

hablé con el padre de Christian Torrejón en la

puerta de su casa, una construcción de dos pisos

sin terminar, que tiene las ventanas del primero

tapiadas, me dijo: “Te doy el consejo de un boludo:

cuando te les acerques a Pato y al pibe mío no

les digás que sos de Rolling Stone, deciles que

te gusta su música, porque, si no, no te van a querer

decir nada”.

No le hice caso. El primer día de gira, cuando el

productor le dijo que quería hacer una nota de rock,

su respuesta fue: “Esa no es una revista de rock”.

Y ahora, mientras lo tengo ahí enfrente, no hay

violencia en su mirada, ni rechazo, hay una intensidad

vacía, lejana. No me termina de quedar claro si

me está mirando a mí o a algo mío que no soy exactamente

yo. Me pregunto qué estará pensando. En

el mundo que pinta en sus canciones, con paisajes

siniestros y metafísicos en los que hay buenos y

malos, mentiras y verdades, jueces que no cumplen

la ley, medios que desinforman y políticos coimeros,

yo claramente juego para los malos: su mirada me

lo hace saber aunque no sea acusatoria.

Cuando abro la boca para decirle algo, Pato se da

vuelta, se mete en el ascensor y desaparece.

ver a santos fontanet en vivo es una experiencia

de la que uno no puede salir sin embarrarse.

Sobre el escenario, es un líder con un carisma esquivo,

un frontman desabrido y a la vez fascinante

que casi no mira al público y camina de una forma

errática y nerviosa por el escenario. Cuando canta,

entrecierra los ojos y mira hacia un lugar que parece

estar mucho más lejos que el fondo del campo,

un lugar que ya dejó de existir.

Es como si algo entre él y el público se hubiera

roto, como si la grieta que se abrió esa noche horrible

hubiera seguido creciendo cada vez más y sólo por

momentos, en algunos pasajes de los shows, Pato

pudiera restituir apenas la conexión, fugazmente,

algo titilante que después vuelve a cortarse.

Esta noche, en la cancha de básquet del Club

General Belgrano, Pato sale al escenario con un

buzo negro con capucha y el jogging Adidas. El

show arranca con una ráfaga de clásicos: “Prohibido”,

“Creo” y “9 de Julio”.

La mayor parte del tiempo tiene un gesto de gravedad

en la cara, como si algo lo tuviera preocupado.

Algo que no tiene nada que ver con lo que está

pasando en el show, como si estuviera pendiente

de otra cosa, algo que está muy dentro de sí, en su

cabeza. Sólo de a ratos parece conectarse con el

show, con la gente. En Callejeros en primera persona,

Pato hablaba de cómo se sentía cuando subía

a un escenario después de Cromañón. “Empiezo a

transpirar, me pongo nervioso, me fijo por dónde

salir si pasa algo, los primeros quince o veinte minutos

me lo paso mirando el techo, no estoy en lo

78 rolling stone, junio de 2011 rolling stone, junio de 2011 79

que está pasando. Estoy pendiente

de lo que hay alrededor”,

contaba.

Para los fanáticos, la lejanía

de Pato, su desconexión, es un

detalle que intentan comprender

pero que no logran resolver

del todo. “Antes hacía chistes,

jorobaba más. Recién ayer

lo vi más suelto”, me dijo Silvia,

la psicóloga, después del show

de Madryn. “Pero muchas veces

no habla, no dice nada. Es más,

a veces hemos estado esperando

que diga algo…”

Acá en Santa Rosa, Martín

Bernasconi me lo dice así: “Antes

de Cromañón, tenía otra relación con el público,

había otro ambiente, tanto de parte de la banda

como de la gente. Pato hablaba mucho, hacía chistes,

caminaba de lado a lado, y creo que la onda

que le metía era un punto alto del crecimiento de

Callejeros. Después cambió muchísimo. Sólo en

algunos recitales se mostró activo, con ganas, alegre,

hablando con la gente y mirando al público.

En muchos otros, en la gran mayoría, se cuelga,

canta como pensando y preocupado en muchas

cosas, además de que cambió totalmente la forma

de cantar. Ya no se mueve tanto; te diría hasta que

canta con bronca y dolor”.

De pronto, en un momento que se hace un

bache entre tema y tema, un grupito empieza a

cantar: “Escuchenló, escuchenló, escuchenló, ni

las bengalas, ni el rocanrol, a esos pibes los mató

la corrupción”.

Más allá de la estupidez de que estén cantando

eso un día después de que Miguel Ramírez muriera

por una bengala, lo que llama la atención es esa

leve modificación sintáctica de la canción: ya no

es “a nuestros pibes” sino “a esos pibes”. Es algo

mínimo, pero explica algo que pasó con el público

de Callejeros. Para los adolescentes que empezaron

a escuchar y a seguir a la banda después de

Cromañón, para esos pibes que cuando la media

sombra se encendió tenían 12, 13, 14 años y no

tienen nada que los ligue con la tragedia, la noche

del 30 de diciembre no es mucho más que el mito

de origen de la popularidad de la banda, la noche

en que el crimen del Estado con la juventud de las

clases bajas se terminó de consumar de su forma

más brutal: algo a lo que Pato le cantaba desde los

primeros discos cuando hablaba sobre la corrupción,

los jueces, los buenos y los malos, los culpables

y los inocentes.

La relación entre Pato y su público es como mínimo

compleja. El Indio es un ídolo lejano, que

vive recluido en su mansión de Parque Leloir, alguien

al que nunca te vas a cruzar por la calle. Pato,

en cambio, es un ídolo que se mueve en las bases,

entre Villa Celina y Tapiales, que siempre usa las

mismas remeras, que tiene un Volkswagen Senda

bordó destartalado, que durante la gira se hospeda

en un hotel a veces peor que el de sus fans, que

cuando le piden una foto, frena y se la saca, pero

sin embargo parece estar a kilómetros de distancia

de donde está. Una especie de desfasaje entre el ser

y el estar. Antes del juicio, Pato lo decía así: “De lo

judicial hablamos muy por arriba y en estas fechas

las cosas se ponen peor: no sabés qué hacer. Ocupás

el tiempo pero no ocupás el espacio”.

despues de una nueva noche fria en un micro,

cruzando la ruta del desierto desde Santa Rosa

hasta Cipolletti, en Neuquén, lo que me espera es

el mejor show de la banda. Tocan en Meet, un boliche

en la entrada de la ciudad.

En vivo, esta nueva formación tiene su propio

equilibrio: la intensidad escénica de Pato contrasta

con el desparpajo y la soltura de Pedi, encargado

de ponerle frescura, diversión y virtuosismo a la

banda sobre el escenario. Casi los únicos momentos

en los que Pato sonríe es cuando cruza miradas

con él, que lo arenga con su estilo de guitar-hero barrial:

sobre el escenario, ésa es la dupla constitutiva,

desde donde nace toda la energía cinética que

transmite el grupo.

A la izquierda de Pato, como en la era callejera,

está Torrejón, que siempre parece habitar una realidad

paralela, tocando el bajo con los ojos cerrados y

una sonrisa fantasmal, hundido en sí mismo como si

nada de lo que pasa a su alrededor llegara a afectarlo,

llamarle la atención o siquiera despertarlo.

Después de comer algo en los camarines de Meet

cuando termina el show, el viernes a la noche los músicos

se suben al micro y duermen en la ruta, rumbo

a Bahía Blanca, el último punto de la gira.

A la mañana, cuando llegan al hotel Muñiz, lo

primero que hacen es preguntar en la recepción si

ya se alojó un periodista que los viene siguiendo

por todas las ciudades y averiguando, de alguna

forma, en qué hotel se van a quedar.

Yo había llegado esa madrugada y después de

hacer el check-in me había ido a dormir un rato a la

habitación. Y a media mañana, cuando bajo a desayunar

después de dormir un rato, me cruzo a los

músicos en el hall del hotel, esperando el

ascensor en el que yo estaba bajando.

Están todos menos Pato. Palazzo, el

productor cordobés, llegó esta mañana

para acompañar al grupo en su último

show y, no bien me ven bajar del ascensor,

Lulú, el batero, va hasta donde estaba

Palazzo sentado desayunando y le dice

algo al oído mientras me señala.

Los plomos y sonidistas de la banda

están tomando café y comiendo medialunas.

Yo voy hasta el bar, lo saludo a

Palazzo y me siento a desayunar. Palazzo

me dice que ayer a la noche habló con

Pato, le volvió a decir que me diera una

entrevista, pero no tuvo suerte. “Te tocó

la peor semana posible, flaco”, me dice.

“Pato está muy preocupado con el tema de la bengala

en el show de La Renga, no es nada personal

con la revista, eh.”

Después de tomar el café y escribir un rato, salgo

a dar una vuelta. Un rato después, cuando vuelvo,

me entero de que los músicos se cambiaron de hotel.

Pero no fue tan fácil: antes de alojarse finalmente en

el Land Park, el cinco estrellas de Manu Ginóbili,

pasaron por tres hoteles donde los rebotaron por

ser la banda del cantante de Callejeros.

el ultimo show es en un polideportivo rodeado

de bosques en las afueras de Bahía Blanca. Que

el detenido por la bengala en el show de La Renga

sea de Ingeniero White, un suburbio de Bahía,

multiplicó la paranoia de los funcionarios, la policía

y los bomberos con respecto a este recital de

Casi Justicia Social. Los productores consiguieron

la habilitación para hacer el show sólo porque los

encargados de firmar los papeles se dieron cuenta

demasiado tarde de que CJS era la banda residual

de Callejeros.

Cuando llego al lugar, lo primero que veo es una

especie de estación Retiro en medio de la nada. Al

costado de la ruta, en un pastizal, hay unos quince

micros de larga distancia estacionados erráticamente,

con sus choferes sentados al lado tomando

mate como gauchos con sus caballos.

El show arranca pasadas las diez de la noche con

“Un lugar perfecto”. En esta semana, vi a CJS desde

todos los ángulos: desde la valla, bien adelante, en

medio del pogo, a un costado, atrás, a la izquierda, a

la derecha y ahora lo miro desde arriba, desde unas

oficinas vacías que hay al fondo del gimnasio. Pero

bajo al campo: así es como mirarlo por la tele.

El gimnasio tiene techo de chapa y las paredes

de los costados son todas salidas de emergencia.

Cuando voy para delante, cerca de las vallas, veo

que al lado mío, un pibe en cuero llora desconso-

ladamente, apretando la cara contra una remera de

Viejas Locas, mientras canta la segunda canción

de la noche: “Ilusión”, el último tema de Presión,

el disco que sacaron en 2003 y los propulsó a la

masividad pre Cromañón.

Y de pronto, aunque ahí afuera es una noche

totalmente despejada, acá adentro empieza a llover.

Son unas gotas aisladas de agua que pronto

se convierten en una llovizna. Sobre el escenario,

Pato se aferra al micrófono como si estuviera por

caerse y canta con los ojos cerrados. Edu Vázquez

está preso en el penal de Ezeiza. En el gimnasio

la transpiración de todos los que estamos acá se

condensa en el techo de chapa y vuelve a nuestros

cuerpos como una lluvia, como en los tiempos en

los que Callejeros tocaba en Cemento. Pato camina

nervioso por el escenario hundiendo su mirada

en medio de la gente. El ex guitarrista de Callejeros,

Maxi Djerfy, formó su propia banda y, hace

poco, declaró en Clarín que el único de la banda

que debería ir preso es Pato.

Este podría ser el último show de CJS. Pero

antes del final, Pato se despide anunciando que

pronto van a tocar en Mar del Plata, en Rosario,

en Córdoba. “Un saludo a los chicos de La Renga

y a los invisibles de siempre”, dice.

Después del recital, la banda se refugia en los

camarines, que están montados en la Intendencia

del polideportivo, una casita amarilla alejada unos

cincuenta metros del gimnasio, en medio del parque.

Mientras el público termina de salir del predio

y los stage empiezan a desarmar los equipos

y el escenario a toda velocidad, una caterva de

gente con cierto acceso se empieza a acumular en

la puerta de la casita. Las escenas que se producen

en las puertas de los camarines después de los

shows deben ser de lo más lamentables del rock:

un montón de gente implorando y humillándose

para que los dejen pasar a un cuartito donde hay

cinco o seis tipos que acaban de tocar comiendo

sanguchitos.

Las ventanas están tapadas con unas cortinas

blancas y el acceso a la zona está vallado y custodiado

por policías, así que los que estamos acá

afuera tenemos algún tipo de acceso, aunque no el

suficiente, tratando de traspasar el último umbral

de intimidad de la banda.

Todos estamos acá por Pato, que está ahí adentro

con Pedi, Palazzo y un par de amigos más. Se

escuchan risas. La policía hace una última barrida

de gente y yo zafo porque justo pasa uno de los productores

y les dice que no, que soy periodista, que

me dejen. Al rato se aburren y se van, y varios de

los expulsados vuelven a la carga. Ya son las 2 de la

mañana. Ya no sé bien qué hacer.

Estoy esperando que salga Pato

para que me diga cualquier cosa:

que me vaya, que no me quiere

ver más o por lo menos que me

empuje. Tendría que haberme

traído la campera. Lo llamo a

Palazzo y le digo que estoy acá

afuera cagándome de frío y que

ya que Pato no me va a hablar,

que él le pregunte por mí qué es

lo que mira cuando está arriba del

escenario. Palazzo me dice que le

pregunta y me llama.

Me acerco un poco más a la

casa y me siento en el bordecito

de un macetero con plantas que

hay frente a uno de los ventanales

a esperar. Escucho unas risas

que vienen de adentro. Escucho

que alguien que podría ser Pato

dice la palabra “culo”. Escucho

más risas. Me doy cuenta de que

si me acerco un poco más a la

ventana tal vez escuche de qué

carajo están hablando. “Mirá

que lo va a poner”, escucho que

dice una voz que se parece a la

de Palazzo. “Y que lo ponga…”,

dice otra que se parece a la de Pato. Están hablando

de la respuesta a mi pregunta. Escucho la voz

de una chica que dice: “Decile que mirás el agua”.

Ahí empieza un murmullo de voces más fuertes y

ya no entiendo qué dicen. Es una noche despejada.

La gira de Casi Justicia Social por el sur argentino

acaba de terminar oficialmente. Lo que les queda

es volver al hotel, dormir un rato, juntar las cosas

y mañana a las 6 y media subirse al micro para volver

a Buenos Aires. Me pego más a la ventana a ver

si distingo la voz de Pato entre el murmullo, pero

justo a mi derecha aparece el comisario Belagua, un

policía riojano que acompaña a la banda a todos los

recitales y me dice: “Dice José Palazzo que te diga

que mira a la gente”.

Esperaba más, eso no sirve para terminar la nota.

En eso, Lolo sale de la casa y le dice al de la combi

que la estacione frente a la puerta. Van a salir. Los

que quedamos ahí afuera nos paramos frente a la

puerta, en fila, parecemos granaderos custodiando

el paso de un jefe de Estado o algo así. Esos tres

metros que separan la puerta de la combi son mi última

oportunidad de encarar a Pato. Le voy a decir

que esperaba más de su respuesta o preguntarle

a qué gente mira cuando canta, porque a los que

están ahí en el show, a esos no los está mirando.

Se abre la puerta de la casa y salen todos y suben

a la camioneta. Todos menos Pato y Palazzo. Esperamos

un ratito más. Lolo cierra la puerta de la

casa, va hasta la combi, se sube adelante y le dice

al chofer que arranque. Los tres que quedamos ahí

afuera nos metemos apurados dentro de casa a ver

si están todavía ahí y nos encontramos a un tipo y

una mina limpiando los restos de lo que quedó en

una mesa ratona, frente a los sillones en los que,

hasta recién, estuvo sentado Pato, que ya no está,

se escapó por la otra puerta.[/align]