Mas allá de la cumbre (Increíble pero Real)

Subieron al Everest, tocaron el techo del mundo con la mano y, cuando iban por el segundo de los tres picos que buscaban alcanzar, salieron al rescate de un grupo de españoles. Una historia increíble, pero real


Mas allá de la cumbre (Increíble pero Real)



Un paso. Luego otro. Respira. La máscara de oxígeno nubla la visión. Sopla y sopla. Pasa un chorro de aire seco por la membrana. Sus pulmones vuelven a inflarse. Frío. Viento. El Everest. La gran cima. La montaña sagrada. Sagrada. "¡Lolo, Lolo...!", grita al espacio. A unos 20 metros, el cuerpo enrollado como un bebe sobre una isla de roca parece inerte. Congelado. Tumbado. Sin vida. Pero no. Se mueve. "¡Está vivo, está vivo!", avisa por la radio. Damián Benegas no podía creerlo. No sabía si alegrarse o deprimirse. Matías Erroz, Matoco, que venía un poco más atrás, a casi 8000 metros, permanecía callado. Pensaba lo mismo que Damián: "¿Y ahora qué hacemos, hermano?"
Millones de pasos atrás. Es decir, dos meses antes, Matoco, de 36 años, llegaba al aeropuerto Internacional Tribhuvan de Katmandú, en Nepal. Los engranajes de Una expedición, tres montañas, que incluía la cima del Everest (8848 metros), el Lhotse (8516) y el Nuptse (7861) comenzaban a girar. Los mellizos maravillosos de la montaña, los hermanos Benegas, Willie y Damián, lo aguardaban en el hotel Yak & Yeti. El equipaje: tres toneladas de comida entre salames, yerba, jabalí y ciervo en aceite, tallarines, etcétera. Ah, y también, dos bolsos de 120 litros con el equipo personal de escalada y ropa.



everest



Ojos inyectados en sangre. Roberto Rodrigo, ciego y con visibles síntomas de edema cerebral, balbucea cosas que Damián y Matoco comprenden poco. Su mujer, Isabel García, grita que no quiere recibir oxígeno. Los españoles cayeron literalmente de la cumbre del Lhotse al campamento cuatro en la madrugada del 22 de mayo. Eran ocho alpinistas expertos. Por alguna razón, Roberto e Isabel quedaron en el camino; derrumbados en medio de un descenso difícil. "¡Si no dejás que te ayudemos tu marido se muere!", le grita Damián. Intenta colocarle la máscara de oxígeno. Isabel no la acepta. "Así la cumbre no vale", evalúa ella entre insultos. Matoco observa el cuadro. Acaba de dejar a la expedición argentina que iba de bajada después de la cumbre del Everest en manos del sherpa Tendi Die. Decidió seguir a su amigo y líder sin mochila ni oxígeno. "Falta uno, falta uno... Looo...", dice Isabel que no acepta que le rompan el pantalón para inyectarle dexametasona. Los dedos de las manos de su marido, Rodrigo, son uvas violáceas del congelamiento. Está muy mal. Ocho mil metros. "¿Y el otro? ¿Qué pasa? ¡¿Damián, falta uno, falta uno?!", repite Matoco entre la duda y el deseo de irse.



rescate


Leonardo McLean, de 51 años, arribó dos días después que Matoco a Katmandú para sumarse a Una expedición, tres montañas. Es el montañista aficionado de la aventura. Si es que puede llamarse aficionado a alguien que ya por esos días, el 26 de marzo último, había alcanzado las cumbres más altas de seis de los siete continentes. Faltaba el Everest. El Everest de Reinhold Messner, de Edmund Hillary, de Jon Krakauer, de las leyendas más increíbles, peligrosas y fatales. McLean iba por la hazaña de convertirse en el primer montañista no profesional de América latina en lograr las Seven Summit (Siete Cumbres). Restaba mucho todavía.
"¡Damián, ponete la máscara, ponete la máscara!" Willie en el campamento base, a 5400 metros, intenta comandar por radio el inesperado acontecimiento en las alturas. Es el jefe de la expedición, el hermano, el amigo y el responsable de lo que pudiera ocurrir con su gente. Son cerca de las 10 de la mañana. Sabe que mucho tiempo arriba es una trampa mortal para cualquier ser humano. Damián y Matoco iban a buscar a el otro. Vendaron los ojos en sangre de Rodrigo, inyectaron a la fuerza dexa a Isabel y los prepararon para el descenso con la ayuda de dos sherpas que alcanzaron el lugar. Rodrigo pide que le cambien la máscara de oxígeno porque la que tiene le molesta el rostro estropeado. "No hay otra, es lo que hay, amigo", le responde enérgico Matoco. Damián ya ni escucha las indicaciones del campamento base. Actúa por experiencia y reflejos. "Al andinista perdido le llaman Lolo", le apunta Willie, que sigue todo el rescate junto con un médico y la experimentada montañista española Edurne Pasaban. En el campamento base, los nervios enroscan las venas; arriba, por lo pronto, no cuentan con más dexa, oxígeno ni agua. Damián ubica un refugio con tubos de la empresa Himex y carga unos cuantos. "Vamos", le dice a Matoco. Y salen a buscar al supuesto muerto.
El camino a la cima del Everest resulta muy largo. Incluso para cualquier alma motivada cuesta. No sólo hay que clavar la bandera o sacarse una foto ahí arriba, sino también prestarse a un trabajo de aclimatación previo muy duro. De Katmandú, el grupo argentino (Damián, Matoco, Willie, McLean y Miguel Reca) inició el ascenso en avión. Desde el frenesí de esa ciudad espiritual y de tránsito caótico, un bimotor los colocó en Luckla, la boca del valle del Khumbu. La caminata, el trekking, empieza a los 2840 metros hasta el base a 5400. Durante una semana recorrieron el sinuoso sendero por el valle hacia la cordillera del Himalaya. Las toneladas de equipo que incluyen 40 carpas, 200 mosquetones, 80 tornillos de escalada, 350 metros de cuerda, entre muchas otras cosas, viajan en las espaldas de los sherpas, una etnia de nepaleses nacidos y criados en esas tierras hostiles y bellas. También los yaks, unos animales un poco más pequeños que los bueyes, con mucho pelaje y tremendamente fuertes.
Damián y Matoco ajustan la presión de las botellas de oxígeno a cuatro litros por minuto y caminan una hora y veinte hacia arriba desde el campamento cuatro del Lhotse. Damián abandona las cuerdas fijas de la ruta normal hacia la derecha abriendo una huella en la nieve. "Creo que está por la derecha; conozco el lugar", le dice a Matoco. A 200 metros, en una caparazón de piedra con nieve, sobre una pendiente de unos 45°, hay un cuerpo a punto de caerse. "Ves: acá está, acá está", confirma Damián. Matoco saca unas fotos de la ubicación como si fuera un peritaje a las 13.30. Se acercan. Damián grita el nombre. El cuerpo se mueve. Matoco se asusta. El rostro de Lolo es fantasmagórico. Una máscara de piel blanca. "No se saquen el oxígeno; ponete al costado, nunca abajo de él; Matoco fijá las cuerdas, pero no usés las de él", grita Willie desesperado. "Quiero vivir, quiero vivir", repite Lolo. Damián y Matoco, en su pico de adrenalina más elevado, saben que las probabilidades de que salga con vida son muy bajas. Lolo no puede usar las piernas ni los brazos. Reflexionan. No queda mucho tiempo. Meditan sobre el hecho de que resultaría más fácil subir dos veces a la cumbre del Everest que sacar a una persona de ese lugar. La pendiente de hielo de 45° y unos 1000 metros de caída los observa como una garganta sedienta. "A las cuatro se termina, a las cuatro se termina; si quiere vivir que se arrastre", ordena Willie por radio.
Las expediciones al Everest son relativamente comunes. En el campamento base suelen formarse numerosos grupos de montañistas del mundo. Cada uno tiene su plan. Algunos intentan subir por una ruta diferente o nueva; otros sin la ayuda de oxígeno, y la mayoría permanece en estado de aclimatación durante casi un mes y medio para evitar el temido mal de altura. El cuerpo humano no está preparado para sobrevivir a más de 8000 metros. Por eso, los equipos realizan dos aproximaciones a los campamentos de altura y regresan al base. Así durante días. Ese ir y venir suele resultar muy desgastante. En una de esas subidas, Willie sufrió un problema ocular que le impidió luego intentar su decimoprimer ataque a la cumbre del Everest junto con el resto. Miguel Reca, otro de los montañistas argentinos, también quedó abajo por un dolor de espaldas insoportable. McLean, en su segundo intento al Everest, fue para arriba junto con Damián, Matoco y el sherpa amigo Tendi Die. El 21 de mayo, a las 0.45 de Nepal, el costoso acecho a la gran cima terminaba en un éxito absoluto para los argentinos. Quince minutos en el techo del mundo, fotos, risas, mucho llanto y a bajar rápido. Los montañistas saben que la cima es apenas la mitad de camino.


cumbre


congelado


Mas allá de la cumbre (Increíble pero Real)


"Quiero agua, quiero agua", suplica Lolo completamente deshidratado. Damián y Matoco empezaron el trabajo de rescate con un sistema de poleas para subir el cuerpo asegurado de Lolo unos metros y luego bajarlo otra vez a la huella. La idea es avanzar en zigzag por el corredor. De lo contrario, el rescatado puede llevarse al abismo al resto del grupo. "Lolo, no hay agua", avisa Matoco. Para sus adentros piensa que Lolo parece bastante vivo después de 12 horas a la intemperie. "¡Lolo, estás bien!", le grita Damián para cerciorarse de que no carga con un cadáver. "Sí, sí, quiero vivir", responde Lolo. Bien. "Vamos a salir", alienta Damián.
Una expedición, tres montañas tenía como objetivo lograr las cumbres del Everest, Lhotse y Nuptse en un solo viaje. O sea que después de llegar a los 8848 metros del techo del mundo, Damián y Matoco pensaban bajar hasta alguno de los campamentos de altura, tomarían fuerzas y volverían a subir a las montañas vecinas del Everest. Nadie hasta ahora lo ha conseguido. Es una hazaña que Damián tiene planeada desde 2003. La sorpresiva emergencia en las alturas pulverizó ese sueño: demasiadas horas arriba no pueden subsanarse fácilmente. El cuerpo, por más preparado que esté, no lo resiste. Hubo que dejarlo para otro momento.
A las 16.30, Damián, Matoco y Lolo alcanzan el campamento cuatro. Justo en el punto donde había comenzado la pesadilla. Allí le inyectan otras dos ampollas de dexa a Lolo que se había orinado encima. Llegan dos sherpas. El dilema es quedarse a pasar la noche en esas carpas desvencijadas o continuar con el descenso arrastrando a Lolo, hasta el campamento dos a los 6500 metros. Los sherpas no quieren aguantar arriba por nada del mundo. Willie por radio sugiere dormir allí conectados al oxígeno.
"¡Vaaamonooos!", decide Damián.
Esta expedición de los argentinos al Everest incluyó además un verdadero desafío técnico. No sólo hicieron cumbre, sino que también lo contaron en un blog en lanacion.com ( http://blogs.lanacion.com.ar/everest ), donde pudo seguirse el paso a paso de la expedición en tiempo real con relatos, fotos y videos. Esto significó un esfuerzo extra para producir y publicar el material con baterías de los equipos que se congelaban, teléfonos satelitales y filmadoras de mano. Un testimonio en primera persona desde uno de los lugares más inhóspitos del mundo.
Hechos un puñado de ropa, piel, tubos, pelo y con dientes bien apretados, los tres alcanzan las alturas más bajas de la montaña a la medianoche de ese día con los bronquios estropeados y síntomas de edema. Sobre todo Matoco. Un helicóptero extrajo al día siguiente de los 6500 metros a Lolo y a Roberto Rodrigo, que sufrió gravísimos daños en los pies y las manos por el frío con seguras amputaciones. Isabel García ya estaba a salvo.
La entrega, el valor, la solidaridad y la bondad de Damián y Matoco, cuando nadie los veía, a solas ahí arriba, no merece demasiadas explicaciones. En la intimidad ninguno podrá olvidar nunca lo que ocurrió ese 22 de mayo de 2011 a los 8000 metros. Menos aún la esposa, las hijas y el corazón de Manuel González, Lolo.


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LA HAZAÑA DEL HOMBRE COMUN


Un día cualquiera de 2007, Leonardo McLean llamó por teléfono a la redacción de La Nacion para contar que iba a subir a las cumbres más altas de los siete continentes (Seven Summit). Estaba por irse en ese momento al monte Vinzon, en la Antártida. Le faltaban cinco cumbres. Nadie creía, en verdad, que ese día llegaría. Y...
McLean es un tipo normal. Normal en el sentido estricto de la palabra: trabaja todos los días como ejecutivo de ESPN, tiene una familia, juega al golf, al tenis y come como todo el mundo. Nada sale de lo convencional a primera vista. Hay, de todos modos, en esa normalidad, algo distinto.
Siente que los desafíos planteados al ras de la tierra son demasiado desabridos, es de suponer. O mejor dicho: que en la vida uno puede abrir puertas hacia dimensiones paralelas de las cuales a muchos les resulta difícil regresar. El encontró su portal interno para ir y venir de ambos mundos.
Hay que aclarar que no se trata de un andinista profesional de esos que suelen salir en las revistas de aventura. Tampoco un hombre que vivió toda su vida cerca de la montaña y que, por mandato genético, dedicó su tiempo a subirlas. McLean no tiene ninguna de estas características y, sin embargo, subió a las montañas más altas del mundo.
Lo sobresaliente o ridículo; lo meritorio o estúpido de su historia es que simplemente hace algo que le gusta. Entroniza eso de que una persona con un afecto propio, por más insignificante que parezca, siempre resulta más interesante que otra independientemente de su posición económica, cultural o social. Alguien que colecciona objetos, realiza una actividad creativa, deportiva o se apasiona por un hobby, por el que no recibe ningún rédito material a cambio, parece más espiritual, profunda y misteriosa que el resto.
Más aún, cuando personas como Leo, que podrían disfrutar cómodamente de una vida sin sobresaltos, deciden sacudir el comfort. ¿Por qué, entonces, elije los sobresaltos, cuando, todo el mundo, en realidad, busca evitarlos? "Lo hago para encontrarme conmigo mismo, con mi propia naturaleza, para sentirme vivo", dijo al regresar de una de sus montañas a La Nación.
McLean atrapó a la montaña o la montaña a él por casualidad. Un día en un cruce a Chile en auto divisó el Aconcagua. "Voy a subirlo", recuerda que pensó en ese momento (2004). Al año siguiente estaba parado en la cumbre y nunca más paró. Tenía 44 años. Después ascendió al Elbrus, al Kilimanjaro, al Macizo Vinzon (volvió con un dedo congelado), al Monte Mckinley y a la Pirámide de Carstenz (de ahí regresó con un esguince incurable en un pie). El 21 de mayo último cumplió con su séptima cumbre, el Everest, nada menos que la montaña más alta del mundo. Lo había intentado en 2010 sin éxito. En marzo de este año estaba allí otra vez. Volvió con un dedo congelado que posiblemente pierda en parte. "No voy a hacer publicidades de ojotas", dijo con humor a La Nación. "Soy una persona de la calle con ganas de vivir", reiteró a su regreso.
Sus hijos (tres) y su mujer parecen entender este riesgoso capricho de su viejo. Y eso también llama la atención: porque todos saben que no sólo se trata de subir una montaña o cruzar el mar en balsa, sino también de transmitir esa necesidad muy íntima, incompatible, a las personas que se quieren y acompañan en la vida. Eso puede resultar más difícil que subir todas las montañas del mundo. Leo, a los 51 años, lo hizo.
OXIGENO: SI O NO
El uso de oxígeno por parte de los montañistas a más de 8000 metros provoca una fuerte polémica. El grupo de ocho alpinistas españoles, tres de los cuales, a punto de morirse, fueron rescatados por Damián Benegas y Matías Matoco Erroz, había subido al Lhotse sin oxígeno como parte del desafío.
"Oxígeno, sí o no" es una vieja discusión del alpinismo que toca la delgada línea entre vivir o morir. Hay quienes lo consideran doping deportivo, aunque está medicamente exigido para cualquiera que suba a más de 7000 metros. La Agencia Mundial Antidoping determinó que el uso de oxígeno no puede considerarse doping.
En algunos lugares, sobre todo en el País Vasco y otros sitios de España, donde los alpinistas cuentan con apoyo oficial y de grandes empresas, existe una carrera muy exigente para ver quién es capaz de ir más lejos sin oxígeno. Entre los españoles que sufrieron el percance el 22 de mayo último estaban Juanito Oiarzabal y Carlos Pauner, reconocidos montañistas que ya habían sobrevivido a varias situaciones de riesgo extremo. Oiarzabal había sufrido el año pasado amputaciones en los dedos y perdido a un compañero de escalada en el Annapurna. La incógnita ética es por qué estos deportistas experimentados decidieron bajar a pesar de que dos compañeros de escalada habían quedado maltrechos en el campamento cuatro y otro había desaparecido. Lo habían considerado muerto.
La falta de oxígeno y la altitud pueden provocar daño en los nervios ópticos, el cerebro, deshidratación y cambios en los parámetros sanguíneos (poca saturación en sangre). También se destaca una disminución importante de los niveles de potasio, al bajar el zinc, según un estudio realizado por un grupo de médicos del Departamento de Ciencia, Tecnología y Universidad del Gobierno de Aragón. "Nadie puede juzgar si se usa oxígeno o no; yo intento no usarlo porque no me cae bien, es muy seco, pero cuando se trata de seguir vivo hay que usarlo", opinó Matoco. Damián Benegas dijo lo suyo: "No voy a la montaña para seguir tendencias, sino para pasarlo bien; no necesito comprobar nada. El mejor montañista del mundo es el que se muere de viejo".

rescate


DAMIAN BENEGAS
Guía de montaña
42 años
Con su hermano mellizo Willy es uno de los montañistas más importantes del país. Cumplió con su tercera cumbre en el Everest. Recibió el Premio Climbing Golden Piton Award por su ascensión al Nuptse en 2003. Su lema: "Lo que cuenta es la aventura, no la cima"
MATIAS ERROZ
Guía de montaña
33 años
A los 16 años marcó el récord de ascenso al Aconcagua en 7,40 horas. Mendocino, por sus venas corren hielo y roca. Se define como un montañero, más escalador que guía, y representa el espíritu de los que aman la montaña por sobre todo
LEONARDO MCLEAN
Empresario
51 años
Vive en Buenos Aires y es ejecutivo de una empresa. Empezó a subir montañas a los 44 años para saldar un sueño de juventud. Con la cumbre del Everest se convirtió en el primer aficionado de América latina en lograr las cumbres más altas de los siete continentes (Seven Summit)



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