¿Por qué y para qué murió Jesús?

Muerte


¿Por qué murió Jesús?


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Como una muestra del infinito amor por los hombres, Jesús paga por nuestros pecados abriéndonos definitivamente las puertas del cielo.

Jesús muere crucificado por «nosotros los hombres y por nuestra salvación», así lo expresa el Credo. La causa de todos los sufrimientos humanos es el pecado. Con el pecado el hombre se enfrenta a Dios y destruye la armonía de su amistad con El. Consecuencias de ese pecado son la muerte, el dolor y tener que soportar la tiranía de Satanás. Jesucristo supera todas estas esclavitudes de la manera que expresa mejor el Amor divino: pagando El mismo por nuestros pecados. Sólo Dios podía redimir al hombre de su esclavitud, porque el hombre había rechazado por el pecado la vida divina, de la que Dios le había hecho partícipe.

Jesucristo pagará la deuda en cierto modo infinita, al ser Dios el ofendido. San Pablo resume así la Redención: «Dios probó su amor por nosotros en que siendo pecadores, murió Cristo por nosotros» (Rom. 5, 8) San Juan, a su vez dice: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito para que no perezca» (Jn. 3, 16)

Este amor se manifiesta además como obediencia, cosa lógica porque el pecado se produjo por desobediencia: «Así como por la desobediencia de un solo hombre, muchos se constituyeron pecadores, por la obediencia de uno muchos se constituirán en justos» (Rom. 5, 19)

En la pasión y muerte de Cristo -en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que lo «hizo pecado por nosotros»- se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad. Esto es incluso una «sobreabundancia» de la justicia, ya que los pecados del -hombre son «compensados» por el sacrificio del Hombre-Dios.
(Juan Pablo II, DM, 7)


LA MUERTE DE JESUS ES UN SACRIFICIO


Sacrificio es: una ofrenda hecha a Dios como señal de adoración, agradecimiento, expiación por los pecados, y petición de bendiciones. El sacrificio es completo cuando incluye la inmolación de la víctima ofrecida. Todo sacrificio requiere que haya un sacerdote y una víctima. Esto es común para todas las religiones que realizan de diversas maneras, estas acciones sagradas. Israel tenía prescritos en la Biblia de una manera muy detallada cómo debían ser sus sacrificios. Entre estos sacrificios era muy importante el del cordero pascual, que recordaba la salvación del pueblo elegido de la opresión de los egipcios; también existía un sacrificio de comunión en que se ofrecía pan a Dios; los sacrificios por los pecados del pueblo se realizaban fuera de la ciudad, y un sacrificio especialmente importante era el sacrificio llamado de holocausto, que consistía en una destrucción total de la víctima ofrecida a Dios.

Estos sacrificios tenían una parte exterior que incluía la ofrenda y la inmolacíón. Pero era necesario, para que resultaran agradables a Dios, que fuesen también un sacrificio interior, es decir, que las disposiciones interiores de los que ofrecían el sacrificio fuesen de amor y de sumisión a Dios.

Jesucristo en la Cruz realizó un sacrificio perfecto. Como Sacerdote intercedió por los hombres. Como Víctima se entregó por los pecados de los demás. Además, como hubo inmolación, pues llegó hasta la muerte, se puede decir que fue un auténtico holocausto.

Santo Tomás de Aquino dice: «la Pasión, considerada de parte de los que dieron muerte a Cristo es un crimen; pero considerada por parte de Cristo que la sufrió fue un sacrificio» (Suma Teológica III 9-48, a. 3 ad 3)

Cristo, en cuanto hombre que sufre realmente y de modo terrible en el Huerto de los Olivos y en el Calvario, se dirige al Padre, a aquel Padre, cuyo amor ha predicado a los hombres, cuya misericordia ha testimoniado con todas sus obras. Pero no le es ahorrado -precisamente a El- el tremendo sufrimiento de la muerte en cruz: «a quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros», escribía San Pablo resumiendo en pocas palabras toda la profundidad del misterio de la cruz y a la vez la dimensión divina de la realidad de la redención. (Juan Pablo II, DM, 7)


JESUCRISTO ES El REDENTOR DEL HOMBRE


El Credo del Pueblo de Dios dice: «Creemos que Nuestro Señor Jesucristo nos redimió por el sacrificio de la Cruz del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros de manera que sí, mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: donde abundó el delito, sobreabundó la gracia» (n. 17)

Redimir significa volver a comprar, devolver la libertad. Entre los hebreos significaba aún más, pues era tomar la deuda ajena como propia. Jesús realiza una redención perfecta de la esclavitud del pecado, causa de todas las esclavitudes. Por eso Jesús dice: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida para la redención de muchos» (Mc. 10, 45)

La Redención cristiana consiste en la reconciliación con Dios, y en una liberación de las ataduras del diablo y del pecado. San Pedro exhorta a los cristianos a la santidad diciendo: «No habéis sido rescatados de vuestra vana conducta con oro y plata sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero inmaculado e incontaminado» (1 Pe. 1, 18)

En la Redención actúan tanto la misericordia divina como su justicia. Por la misericordia Dios se vuelca sobre las miserias humanas sanándolas y perdonándolas. Por la justicia satisface y recompone el orden roto por el pecado. Tras la Redención se recupera la armonía entre Dios y el hombre, aunque cada uno debe apropiarse de los méritos de Cristo con su correspondencia a la gracia.

La conducta de Nuestro Señor contrasta vivamente con la tendencia de los hombres al placer, a la comodidad. Esto es hoy especialmente agudo, como consecuencia del progreso material, tecnológico, que no es disfrutado con un criterio ético.

Los cristianos han de imitar a Jesucristo. En primer lugar para hacer penitencia de sus propios pecados y por los demás, haciéndose corredentores. También para dar ejemplo y ser luz y sal del mundo. Por último, porque el uso desmedido de las cosas de la tierra, lejos de dar la felicidad, hace insatisfechos y desgraciados.

Cuando se analiza la Sábana Santa -han comentado repetidas veces médicos forenses y cirujanos de la categoría de Cordíglia, Day Danton, John Kelly, Balma Bolione, Vignon, Barbet, Romanese y otros- aparece con claridad un constante paralelismo entre el examen del cadáver impreso en la Síndone y la descripción de la tortura inflingida a Jesús en los evangelios. Un paralelismo que, precisamente, hizo pensar algún tiempo en una falsificación. Hoy -y gracias sobre todo al gran experto en Palinología, Max Frei-, la falsificación ha sido rotundamente rechazada.

Quizás uno de los descubrimientos más escalofriantes, surgido en el análisis del lienzo de Turín, ha sido la penosa tortura a que fue sometido el Hombre de la Sábana cuando te clavaron en la Cruz.

Aunque la impronta, de la muñeca derecha no es visible, el veredicto pericial concluye asegurando que la -disposición de las manchas inequívocamente afirma y confirma que el hombre que ha dejado su huella en la Sábana fue crucificado. (doctor Cordiglia)
Pero no por las palmas -como se creía popularmente-, sino por las muñecas.

«Efectivamente -afirman los forenses-, un clavo que atraviesa la palma no habría podido sostener, colgado de él, un cuerpo de un peso de 80 kilos. Es decir, una fuerza de tracción de 95 kilos en cada brazo» En cambio, el ligamento llamado -volar» puede aguantar tracciones de quintales...

Los nervios medianos -según los médicos-, alcanzados aquí por el clavo, no son meramente motores, sino también sensitivos. Lacerados y estirados por los clavos en aquellos brazos como cuerdas de violín tensadas sobre el puente, han debido provocar un dolor de paroxismo...

Sin embargo, el Crucificado no perdió el sentido en ningún momento. Clavadas ambas manos sobre el «patibulum» o madero transversal, ha sido izado éste para encajarlo sobre el vástago del palo vertical o «stipes», previamente clavado en tierra. El peso del cuerpo -unos 80 kilos- tuvo que caer bruscamente, siendo violentamente frenado en su caída por el tirón de unos brazos colgados de las muñecas atravesadas por un hierro.

El crucificado tenía que respirar. Para ello debía arquear el diafragma, expeliendo así el aire viciado que llena los pulmones.

Esta operación era una agonía más. Cada bocanada de aire fresco tenía que ser conquistada por la víctima con una nueva tortura. Tenía que apoyarse en los pies -igualmente clavados- para levantar el cuerpo y forzar así fuera del pulmón el aire estancado. Ese mínimo ejercicio repercutiría en las muñecas clavadas: el antebrazo habría girado ligerísimamente sobre su eje -el clavo- y ese imperceptible movimiento -atroz para el crucificado- ha quedado registrado en la diferencia angular de los dos reguerillos anteriormente citados.

En cuanto a las huellas de los azotes, aparecen visibles por todo el cuerpo, especialmente en el torso. La flagelación fue metódica y controlada, evitando la región del corazón como medida preventiva de cara a un posible ataque cardíaco.

El cuerpo de la víctima se encontraba encorvado, mientras dos sayones -posiblemente romanos- se turnaban en los golpes. La víctima recibió más de ochenta golpes, superándose así más del doble del límite que imponía la ley judía (39 azotes)
Todos los estudiosos coinciden también en que la herida del costado fue la única que tuvo lugar post mortem.


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