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Mi Homenaje A Fontanarrosa

CUENTOS DE FONTANARROSA [MEGA POST]

Mi Homenaje A Fontanarrosa
homenaje
historia



te vamos a extrañar


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Pichon de Cristo


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Escena de la vida deportiva


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Viejo con arbol


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La observacion de los pajaros


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El sordo


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Asignatura pendiente


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Una mesa de tres patas


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Toda la verdad


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El 8 era Moacyr


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Uno nunca sabe


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Julito


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Comparacion entre canallas y leproso segun Fontanarrosa


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"Aldo Pedro: el jugador hincha"


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Homenaje Fontanarrosa (1944-2007)




bilografia


Cuentos relatados por Alejandro Apo

Pichon de Cristo



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La barrera



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Viejo con arbol



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Usted no me lo va a crrer



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19 de diciembre de 1971



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El mundo a vivido equivocado





Mi Homenaje A Fontanarrosa


homenaje





Roberto El Negro Fontanarrosa (Rosario, Argentina, 26 de noviembre de 1944 – ídem, 19 de julio de 2007), fue un humorista gráfico y escritor argentino. Algunas de sus obras se transmitieron por el Canal 7 de televisión pública.


dijo:
"De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nóbel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: «Me cagué de risa con tu libro".


Roberto Fontanarrosa







historia
Fontanarrosa dibujando en la exposición Leyendas (en mayo de 2000).
Nombre Roberto Alfredo Fontanarrosa
Nacimiento 26 de noviembre de 1944
Bandera de Argentina Rosario, Santa Fe, Argentina
Defunción 19 de julio de 2007 (62 años)
Bandera de Argentina Rosario, Santa Fe, Argentina
Seudónimo Negro
Ocupación Escritor y humorista gráfico
Nacionalidad Bandera de Argentina Argentina
Lengua de producción literaria Español




dijo:


Contenido

* 1 Biografía
* 2 Premios y distinciones
* 3 Publicaciones
o 3.1 Recopilaciones de chistes sueltos
o 3.2 Publicaciones de historietas
o 3.3 Novelas
o 3.4 Libros de cuentos
o 3.5 Películas
o 3.6 Otros






Biografía



Roberto Fontanarrosa nació en la ciudad de Rosario, Argentina, en 1944. Su carrera comenzó como dibujante humorístico, destacándose rápidamente por su calidad y por la rapidez y seguridad con que ejecutaba sus dibujos. Estas cualidades hicieron que su producción gráfica fuera copiosa. Entre sus personajes más conocidos están el matón Boogie El Aceitoso y el gaucho Inodoro Pereyra (con su perro Mendieta). Su fama trascendió las fronteras de Argentina. Por ejemplo, Boogie, el aceitoso empezó a publicarse en un diario de Colombia, y luego fue publicado muchos años por el semanario mexicano Proceso.

Se le conocía su gusto por el fútbol, deporte al cual le dedicó varias de sus obras. El cuento 19 de diciembre de 1971 es un clásico de la literatura futbolística argentina. Como buen «futbolero» siempre mostró su simpatía por el equipo al que seguía desde pequeño, Rosario Central.

En los años setenta y ochenta, se lo podía encontrar tomándose un café en sus ratos libres en el bar El Cairo (esquina de calles Santa Fe y Sarmiento), sentado a la metafórica «mesa de los galanes», escenario de muchos de sus mejores cuentos. Desde los años noventa, la mesa se mudó al bar La Sede hasta la reapertura de El Cairo.

Fue expositor en el III Congreso de la Lengua Española que se desarrolló en Rosario (Argentina), el 20 de noviembre de 2004. En el mismo dio la charla titulada «Sobre las malas palabras»

En 2003 se le diagnosticó esclerosis lateral amiotrófica,por lo que desde 2006 utilizó frecuentemente una silla de ruedas.

En toda su vida se casó dos veces. Con su primera esposa tuvo a su único hijo, Franco. Su segunda esposa, Gabriela Mahy, lo conoció en 2002 y contrajeron matrimonio en noviembre de 2006, previo divorcio.

El 18 de enero de 2007 anunció que dejaría de dibujar sus historietas, debido a que había perdido el completo control de su mano derecha a causa de la enfermedad. Sin embargo aclaró que continuaría escribiendo guiones para sus personajes.Desde entonces, Crist se encargó de ilustrar sus chistes sueltos, mientras que Oscar Salas hacía lo mismo con sus historietas de Inodoro Pereyra.

Falleció el 19 de julio de 2007, a la edad de 62 años, víctima de un paro cardiorrespiratorio una hora después de ingresar en un hospital con un cuadro de insuficiencia respiratoria aguda.

Su entierro al día siguiente de su muerte fue acompañado por cientos de ciudadanos comunes, escritores, actores y autoridades de la política nacional. La marcha hizo una parada por espacio de unos minutos en cercanías al Estadio Gigante de Arroyito (estadio de Rosario Central; club del cual Fontanarrosa era un reconocido hincha), y luego continuó hacia el norte, hacia el cementerio Parque de la Eternidad en la vecina localidad de Granadero Baigorria, donde fue enterrado.

En noviembre de 2008 la segunda esposa, Gabriela, decidió radicar una denuncia demandando a Franco, el hijo del escritor, por los derechos intelectuales de la obra. La mujer lo acusa de quedarse con las regalías por los libros y otros escritos.


Premios y distinciones



El 26 de abril de 2006, el Senado le entregó la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento, en reconocimiento a su vasta trayectoria y aportes a la cultura argentina.

En diciembre de 2006 recibió en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara (México) el premio «La Catrina», reconocimiento que cada año se entrega en el Encuentro Internacional de Caricatura e Historieta.

Recibió además el Premio Konex de platino en 1994 y el Konex en 1992.

En 2009 su personaje Inodoro Pereyra forma parte de la muestra "Bicentenario: 200 años de Humor Gráfico" que el Museo del Dibujo y la Ilustración realiza en el Museo Eduardo Sívori de Buenos Aires, homenajeando a los más importantes creadores de la historia argentina.



Publicaciones



Recopilaciones de chistes sueltos

* ¿Quién es Fontanarrosa?
* Fontanarrisa
* Fontanarrosa y los médicos
* Fontanarrosa y la política
* Fontanarrosa y la pareja
* El sexo de Fontanarrosa
* El segundo sexo de Fontanarrosa
* Fontanarrosa contra la cultura
* El fútbol es sagrado
* Fontanarrosa de penal
* Fontanarrosa es Mundial (donde se recopilan las crónicas periodísticas que realiza en ocasión del mundial de fútbol de 1994)
* Fontanarrosa continuará.
Publicaciones de historietas

* Los clásicos según Fontanarrosa
* Semblanzas deportivas
* Sperman
* Inodoro Pereyra (tomos 1 a 32).
* Boogie, el aceitoso (tomos 1 a 12). Este último se publicó en diarios uruguayos, colombianos, y mexicanos. También se han publicado libros con recopilaciones del personaje en Brasil e Italia.

Novelas

* 1981: Best Seller (las aventuras del mercenario sirio homónimo)
* 1982: El área 18
* 1985: La gansada

Libros de cuentos

* El mundo ha vivido equivocado (1982)
* No sé si he sido claro (1986)
* Nada del otro mundo (1987)
* El mayor de mis defectos (1990)
* Uno nunca sabe (1993)
* La mesa de los galanes (1995)
* Los trenes matan a los autos (1997)
* Una lección de vida (1998)
* Puro fútbol (2000)
* Te digo más... (2001)
* Usted no me lo va a creer (2003)
* El rey de la milonga (2005)
* 19 de diciembre de 1971 (2006) (cuento incluído en el libro "Once contra once. Cuentos de fútbol para los fanáticos del fútbol" ISBN 978-84-3412-800-2)

Películas

* Martín Fierro: la película (2007)
* Cuestión de principios (2009)

Otros

* No te vayas campeón (2000)

Muchos de sus cuentos fueron dramatizados y convertidos en obras teatrales o televisivas. Se han escenificado más de cinco versiones de Inodoro Pereyra, la última de ellas por el elenco El Galpón (de Montevideo).






Algunos textos de Fontanarrosa

te vamos a extrañar

bilografia

Palabras Iniciales - Roberto Fontanarrosa

Mi Homenaje A Fontanarrosa



“Puto el que lee esto.”
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor –les contesto–, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. “Me voy, me muero, cagué la fruta –podría ser el postrer anhelo–. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.” Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros –le advierten–, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
“Puto el que lee esto.”
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: “Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. “Puto el que lee esto.” Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.




homenaje

El Sordo - Roberto Fontanarrosa

historia



El tipo apareció de improviso, ante la indiferencia general, por detrás de la columna. Se inclinó por sobre el hombro del Sordo, lo tocó en un brazo y le dijo "Quiero hablar con vos". El sordo levantó la vista, lo miró con el ceño fruncido como si no lo conociera, pegó una hojeada sobre los otros componentes de la mesa y amagó una evasiva.
- Vamos allá -dijo el otro, señalando las mesas del fondo. El Sordo se puso de pie, serio. Casi ninguno, ni Pochi, ni Roger, ni Gustavo, se habían percatado de la situación.
- Pagale al hombre, che -dijo en voz alta, Ricardo, el único que había caído en la cuenta.
- ¿ Siempre lo mismo, Sordo? -se anotó el Zorro, zumbón-. No lo cagués al muchacho.
Pero el tipo, muy serio, ya se alejaba hacia el fondo. Ahora sí, los demás hicieron un instante de silencio, prestándole una mínima atención al suceso.
- Parece que viene pesada la cosa -se rió el Zorro.
- ¿ Y no lo escuchaste al punto? -preguntó Ricardo- "Quiero hablar con vos" le dijo. Nada de "¿Podría hablar un momentito con vos?" o "¿ Tendrías un minuto para atenderme?". Nada. "Quiero hablar con vos" y a la lona.
- Será cana.
- Es un novio que se levantó el Sordo en las vacaciones -dijo Pochi.
- Se habrá puesto celoso el quía -supuso el Zorro.
- Lo ve con tantos machos.
- ¿Dónde "machos"? -se hizo el boludo, Guillermo. Y sin transición alguna volvieron al tema de las bailantas y de las tres negras que había traído el Flaco Campana del Brasil para bailar en los pueblos. "No le queda guita pero coge al costo" justificaba el Pochi.
El tipo se había sentado enfrete del Sordo y se quedó mirando hacia el lado del mostrador, los ojos entrecerrados, rebuscando algo con la lengua entre los dientes, tomada la mano que sostenía el pucho en el reborde de aluminio de la mesa. El Sordo pudo mirarlo un poco más. Sin ser muy alto, tenía cierta pinta de bestia. Algún pozo de viruela en la mejilla, sombra de barba, remera de marca desconocida abierta en sus tres botones. Prolijo, pese a todo. Por un momento bastante largo pareció que el tipo no iba a empezar a hablar nunca.
- Vos te encamaste con mi mujer -soltó de golpe mirándolo, ahora sí, al Sordo.
- ¿Cómo? -el Sordo adelantó la cabeza con un sobresalto elástico del cuello, como un tero al caminar.
- Que vos te encamaste con mi mujer.
- ¿Con tu mujer?
El otro había adelantado el maxilar inferior dejando un orificio circular entre sus labios, por donde el humo del cigarrillo escapaba y le nublaba los ojos. No dijo nada más, y, por el casi imperceptible trepidar de la mesa, era notorio que oscilaba una pierna pivoteando sobre el pie flexionado como si cosiera a máquina.
- Espera un cachito... Esperá un cachito...-se rascó una ceja el Sordo amagando una sonrisa forzada-. Yo a vos...¿te conozco?
- Sí, me conocés...
- Porque, vos acá aparecés... -sobrevoló la información del Sordo- ... me venís a buscar a la mesa, me presionás para que venga a hablar con vos... Me hacés levantar de la mesa donde...
-Sí me conocés...
-... yo estoy con mis amigos conversando lo más tranquilo y, de rompe y raja, me salís con esto de que...
- No te hagas el turro que me conocés...
El Sordo paró. Se quedó con la mano izquierda cerrada con la punta de los dedos hacia arriba, interrogante, junto al pecho.
- ¿Que yo te conozco? ¿De dónde te conozco? A ver si nos volvimos todos locos.
- Me conocés de la puerta de la escuela Mariano Moreno, de Paraguay al 1200... Vos vas a buscar a tu piba ahí. Y yo también.
- ¿ Vos también?
- Sí señor... Y a veces voy yo y a veces va mi jermu. Y vos a veces chamuyás con mi jermu ahí y otras veces ... -el tipo inclinó la cabeza como si quisiera apoyar una oreja en el nerolite de la mesa en tanto golpeaba con el índice-..chamuyás con ella acá, en este mismo boliche.
-¿Acá?
- Sí señor -el tono del tipo tenía un atisbo de grosería y un siseo remarcado.
- Y... ¿Quién es tu mujer?
- No te hagás el boludo que vos sabés muy bien quién es mi mujer.
- No, mi viejo... -se enojó el Sordo-. No sé quién es tu mujer y tampoco tengo la más puta idea de quién sos vos... Vos me venís con eso de que vas a buscar a tus pibes a la escuela Mariano Moreno y yo también voy de vez en cuando a buscar a mi piba a esa escuela; pero te puedo asegurar que no me acuerdo ni en pedo de vos ni de tu cara ni de un carajo...
- No levantés la voz, no levantés la voz -pidió el otro, lo que en parte tranquilizó al Sordo.
Al parecer, el inquisidor no buscaba un escándalo aunque su tono estaba más cerca de la amenaza que del paternalismo-. Y no te hagas el boludito -al decir "boludito" sacudió hacia ambos costados la cabeza acompañando cada sílaba-. No te hagas el boludito -repitió- porque la semana pasada yo fuí con mi mujer a buscar los pibes al colegio y vos estabas ahí, y justo estabas al lado nuestro, y estuvimos hablando, así que no me vengas con que no sabés quién mierda es el que tenés sentado enfrente.
El Sordo se tiró hacia atrás en su silla, en parte como asombrado, en parte para alejarse de ese par de ojos que amartillaban el reproche demasiado cerca suyo. Unió las manos en una palmada y se mordió el labio inferior.
- Esto es increíble -dijo como para sí-. Pero mirá las cosas que uno se tiene que bancar -observó hacia todos lados como buscando una explicación y, de paso, constató si los muchachos de la mesa seguían las alternativas del episodio y si llegado el momento, se hallaban dispuestos a entrar en acción en caso de que volara el primer tortazo.
- El que me la tendría que bancar soy yo -se señaló el pecho el otro-. Y no me la banco. Así que no me vengas con que no me conocés y tampoco conocés a mi mujer porque está muy claro que no es así. Y tampoco andés mirando para tu mesa porque ninguno de esos pelotudos va a venir a ayudarte. Esos son muy buenos para hablar al pedo pero a la hora de los bifes se borran todos.
- Pero ¿Qué decís? ¡Pero escucháme! -quedó cortado el Sordo, enojado, no tanto por el análisis social que el intruso había esgrimido impunemente sobre sus amigos sino más bien porque aquel tipo se había dado cuenta de su mirada de auxilio hacia la base- ¡Me pongo así para escucharte con el oído sano! ¿O por qué te pensás que me dicen el Sordo?
- Sí señor...-siguió el otro-. Porque en este boliche son muy de pajearse en charlas intelectuales, son muy del franeleo pajero todos ustedes y de hacerse los nórdicos, los suecos, en la cuestión de las minas. Pero en donde yo me crié, toda esa histeria, no corre, mi querido. Allá estas cosas se resuelven sin tanto psicoanálisis, estas cosas se resuelven como se resuelven en el barrio. Y yo sabía, estaba seguro, que esto iba a pasar cuando mi mujer me dijo que venía a este boliche de mierda, lleno de trolos, de pichicateros y de pajeros.
- Pará un cacho... pará un cacho... -buscó aire el Sordo, sin saber muy bien cómo seguir.
- Y por eso vos me vas a explicar bien explicado cómo fue todo este fato con mi mujer, con la hija de puta de mi mujer...
- Pará un cacho... -continuó haciendo tiempo el Sordo-. Te digo una cosa... Te digo una cosa... Yo te estoy respondiendo, te estoy contestando por una elemental regla de cortesía. Por una... digamos... elemental norma de respeto -el otro lo miraba sin entender-. Pero la verdad es que no debería darte ni cinco de pelota, ni cinco de bola debería darte... Vos no sos mi viejo, ni sos cana, ni sos el fiscal de la Nación para venir a apurarme con este asunto de ...
- ¿Sabés quién soy yo? ¿Sabés quién soy yo? -el otro volvió a echar el torso sobre la mesa-. Yo soy el esposo de Marcela. El marido de Marcela. Ése soy yo. El esposo de la mina con la que vos te encamaste. O te encamás. Eso lo tengo que averiguar todavía...
El Sordo lo miró un momentito.
- ¿Quién es Marcela? ¿De qué Marcela me estás hablando?
- Marcela Tessone... ¿La ubicás ahora? -podía decirse que una sonrisa cínica merodeaba la boca del tipo.
- ¿Tessone? Mirá... -El Sordo adoptó un tono condescendiente, como si tuviese que explicarle a un niño un tema muy distante de su capacidad de razonamiento-. Acá todo el mundo se conoce por el nombre o por el apodo. Yo, hay muchachos de la mesa esos que vos decís que son todos putos, que se borran todos - a los que conozco nada más que por el apodo ¡ y los conozco desde hace años! Pero que no tengo ni la más puta idea de cómo se llaman, del nombre, del apellido, de nada. Por eso vos me decís Tessone y yo te digo ... que sí... que puede ser... que por ahí la...
- La morocha, alta, medio narigona... Que vos le prestaste el libro de Soljenitsyn...
El Sordo se quedó mirándolo. No había mayores posibilidades de evadir el tema. Y el tipo había pronunciado el nombre de Soljenitsyn bastante bien.
- ¿Un libro de Soljenitsyn? -caviló, sin embargo, frunciendo los labios-. Ah sí...
- Para iniciarla en lo intelectual...-de nuevo la sorna.
- Sí... Ya sé cuál es...
- Y la boluda se deslumbra con cualquier cosa. Hasta con un Patoruzito se deslumbra...
- Marcela...
Se quedaron un momento callados, observándose. Filoso el tipo. Más a la defensiva el Sordo.
- ¿Entonces? -sacudió el tipo.
- Entonces ... ¿Qué?
El otro mantuvo la mirada fija.
- Y sí -admitió el Sordo sin arriar demasiado sus banderas-. A veces hablamos con tu mujer. Si es ésa que vos decís, a veces hablamos. Acá, en el boliche. Cuando ella viene. Pero te digo que viene muy de vez en cuando. Pero nada más. Yo a ella casi no la conozco. La conozco a la amiga.
- A la Patri.
- A ésa. A la Patricia. A ella la conozco más.
- ¿Así que la conocés a la amiga? -de nuevo la ironía-. La conocés a la amiga pero le prestás un libro a mi mujer.
- A tu mujer la conozco pero... oíme... la conozco como uno puede conocer a tanta gente en esta ciudad. Que la conocés de verla mil veces por la calle. Como... como vos me decías que yo te conocía a vos, de la puerta de la escuela. Pero eso no quiere decir que te conozco. Sí por ahí te veo y digo "Qué cara conocida", pero nada más... Rosario es una ciudad chica... Y hablo con ella como puedo hablar con tanta gente que viene acá, somos todos amigos...
- Sí... Amigos... Amigos... Son todos muy amigos...
- Pero nada más...
El otro se pasó la mano por la cara como para modelarse de nuevo los pómulos.
- Mirá, mirá... -dijo-. No me vengas con versos, a mí ya no me caben los versos...
- Pero... -arremetió el Sordo-. ¿Y de dónde salió eso de que yo me encamo con tu mujer? ¿Quién te dijo eso de que yo me encamé con tu mujer? ¿Quién te fué con esa pelotudez?
- Ella. Ella me lo dijo.
El Sordo sintió el impacto. Se demudó. Miró hacia el techo, hacia la mampara de madera que separaba el salón del quiosquito que da a la calle Sarmiento. Vió a Pedro riéndose con una mina. A Cary y a Querol hablando con una pendejita rubia. El mundo seguía andando y él no podía creer todavía que estaba sentado allí, en el banquillo de los acusados, ante un inquisidor que manejaba más información de la tolerable.
- ¿Ella te dijo eso? ¿Marcela?
- Sí señor. Marcela me lo dijo.
El Sordo meneó la cabeza.
- ¿Ella te lo dijo?
- Ella.
- Mentira.
- Ah, claro... Aparte de cornudo, mentiroso... -se sonrió el tipo, inexplicablemente cordial.
- ¡No! Digo, mentiras de ella. Mentiras, bolazos. Te está macaneando...
- Ah... Me está macaneando...
- ¡Sí señor! Seguro, por supuesto.. Te está macaneando. Está hablando al pedo. No puede decir esa barbaridad, esa pelotudez...
- ¿Y para qué me lo dice? ¿A ver?
- Qué se yo. Te querrá joder. Te querrá cagar la vida. Andá a saber. Vos sabés cómo son las mujeres. Las mujeres suelen ser muy hijas de puta, muy...
- Cuidado con lo que decís...
- Bueno... -El Sordo ya no sabía de dónde podía venir el cachetazo, adónde podía pisar sin que estallase una mina-. Te lo digo en un sentido muy...
- Tenés razón, tenés razón... -acordó el otro, sin embargo-. Mi mujer es una hija de puta, pero no es boluda. No es ninguna boluda. Y no va a venir a decirme una cosa así gratuitamente, para que yo la cague a trompadas. No me vino a decir que se le habían pasado los fideos o que se había olvidado un paraguas, querido. Me vino a decir que se había encamado con un tipo...
- Sí... ¡Y justo me viene a elegir a mí! ¡A meterme en un quilombo a mí!
- ... y ella sabe que yo no soy un intelectual, mi viejo, ella sabe que yo la voy a cagar a trompadas, no se la va a llevar de arriba si me aparece con una cosa de ésas...
- Te querrá cagar la vida, viejo. Qué sé yo... Te sale con esas cosas porque te habrá dado la cana con alguna mina. Te conocerá alguna fulería y en esas cosas las mujeres son muy vengativas. Son capaces de inventar cualquier historia con tal de...
- ¿Inventar cualquier historia? - embistió el otro-. ¿Inventar también el día en que se encamó con vos? ¿Y la hora? ¿Y el telo al que fueron?
- ¿El telo? ¿ Te dijo el telo? Pero...
- Además, querido... ¡Yo no soy de engañar a mi mujer, mi viejo! -el otro estiró una mano hacia adelante mostrando al Sordo la palma como si lo hubiesen herido en lo más profundo-. Yo podré tener mil quilombos con mi mujer, pero eso no hace que yo ande haciéndome el pelotudo con cualquier mina que se me cruce. Que ella sea una guacha no quiere decir que...
- ¿También te dió el nombre de un telo? ¡Dios querido! Pero qué imaginación que tiene esta mina... -el Sordo volvió a estallar sus manos en una palmada.
- Nada de imaginación, mi viejo. Nada de imaginación -el tipo variaba el ángulo de sus ataques con una velocidad incontrolable.- No sigas haciéndote el boludo porque ella me lo dijo todo, me batió todo, me lo contó todo...
El Sordo lo observó, algo desarmado.
-... y ella será una guacha que podrá venir a joderme con muchas cosas, pero nunca con ese tema -siguió el tipo-. Y si me viene a contar una cosa así, es porque es cierto, es verdad. Eso que me dijo es cierto.
Otro silencio. El Sordo resopló, enarcó las cejas poblando su frente de arrugas paralelas y horizontales.
Luego se encogió de hombros.
- Y bueno... -suspiró- ¿Qué querés que te diga?... si ella te dijo eso... Si ella me manda al muere...
- El jueves pasado. A las siete de la tarde. En el Gato Negro. Con video porno y todos los chiches...
- Y dale, bueno... Agregale cama de agua también... Nunca hubiera imaginado que a Marcela se le podían ocurrir tantas cosas...
- Entonces, viejo... -pisó firme el otro- ... Yo quiero que arreglemos este asunto.
El Sordo lo miró, ceñudo, curioso.
- Afuera -señaló el tipo con el mentón.
- Pero... ¿Qué estás diciendo?
- Lo que te digo. En donde se te ocurra. Los dos, vamos y...
- Pero ... ¿de qué me hablás?
- Nos cagamos bien a trompadas.
- ¿A trompadas? -el Sordo lo miraba con una expresión de infinito asombro-. ¿Pero vos estás en pedo?
- Sí señor. A trompadas.
El Sordo se recostó, relajado, sobre el respaldo de su silla.
- Yo no me cago a trompadas ni por mi vieja -aclaró.
- No la metas a tu vieja en este asunto.
- Yo a mi vieja la meto donde se me cantan las bolas. Ahora lo único que falta es que venga cualquera a decirme lo que tengo que hacer con mi vieja.
- Lo que pasa es que acá -generalizó el otro- están muy acostumbrados a parlarla demasiado, querido. Acá, vos y todos estos pajeros están muy acostumbrados a charlarla lunga, de cualquier cosa. Resuelven el fato de la guita, de la política, de la Revolución, sin levantar el culo de la silla. Son revolucionarios de café ustedes. Idiotas útiles. Y vos te creés que conmigo va a ser lo mismo. Y que vas a poder explicarme cómo fue que te cogiste a la hija de puta de mi mujer en una charla, en una conferencia de prensa; que me vas a poder decir cómo que te la empomaste y yo te voy a decir "¡Pero mire qué bien, qué cosa más interesante! ¿Qué diría Soljenitsyn a todo esto?" O algún otro de esos escritores culorrotos que ustedes se pasan leyendo todo el día....
- Te equivocás, te equivocás... -dijo el Sordo, jugueteando con un tiquet viejo de consumición entre los dedos-. No nos pasamos leyendo. Vos estás confundido -más tranquilo al comprobar que, pese a esa encendida llamada a la acción directa, pese a esa invitación a la violencia, la cosa venía demasiado dialéctica como para derivar en un holocausto.
- Conmigo no corre ésa. Esa mano no corre conmigo...
- Tu mujer no se encamó conmigo -afirmó el Sordo- Y te voy a decir una cosa, te voy a decir una cosa... Vos podés creer lo que se te cantes las pelotas, después de todo es tu mujer. Pero te voy a decir una cosa, como para que vos entiendas...
- No hay nada que entender, mi viejo... Esto está muy claro... Acá lo ...
- ¿Sabés por qué no me encamé con tu mujer, ni me encamo, ni me encamaría nunca?
Ahí sí el tipo lo miró, atento.
- ¿Sabés por qué? -reafirmó el Sordo.
- ¿Por qué?
- Porque tu mujer no me gusta.
- ¿Cómo que... no te gusta?
- No me gusta. Muy simple. No me gusta.
- ¿Por qué no te gusta?
- Es jovata, viejo. Está muy achacada.
- ¿Jovata? ¡No tiene 40 años, querido! ¡No seas pelotudo!
- Mirá, si no tiene 40 años, los aparenta. Te digo más, yo le daba cerca de 45.
- 37 pirulos tiene. Recién cumplidos.
- ¡Y bueno!
- ¿Qué? ¿ Me vas a decir que alguna de estas pendejas que están por acá, aquella, por ejemplo, con esa pinta de muerta de hambre, están mejor que mi mujer? ¿Pero no ves la pinta de pichicateras que tienen todas, que parece que hace mil años que no toman sol, fumadas todas, sucias, los pelos roñosos? ¿Ésas son las pendejas que te gustan a vos? ¡Por favor! Dejame de joder. Además, no me vengas con versos, mi viejo. Si vos tampoco sos ningún pendejo ¿O me vas a venir con que a vos las pendejas todavía te dan pelota? No te dan ni cinco de pelota a vos, mi querido ¿O te pensas que yo no te veo? ¿O porqué te pasás, acaso todas las tardes, sentado en la mesa de todos esos viejos chotos como me dice Marcela que te pasás? Porque te dan mucha bola las pendejas, seguramente. Por eso. Viejos chotos haciéndose los galanes...
- A mí no me gusta...
- Además, mi mujer, será una hija de puta que se encama con el primer pelotudo que le cruza, pero se rompe el culo haciendo gimnasia para mantenerse en forma, querido ¡Las veces que me he tenido que hacer la comida cuando vuelvo del trabajo porque ella está haciendo la gimnasia, tirada enfrente del televisor con la mina esa y el grone de la ESPN, que hacen gimnasia arriba de un portaaviones! Y te va al gimnasio, y te sale a correr...
- No me gusta. No me digas porque no me gusta...
- Más de una de estas pendejas querría tener el culo que tiene mi mujer. Las gomas que tiene mi mujer, mirá lo que te digo...
- A vos te parece porque sos el marido. Tenés que convencerte porque...
- ¡No me tengo que convencer un carajo, querido! Yo no soy tan boludo, no me pongo ciego ante la realidad, yo no me engaño... Marcela será una guacha pero sigue estando buenísima... ¿O te creés que yo no veo cómo la miran los tipos por la calle?
- No me gusta.
- Tendrías que verla en bolas...Bueno... -saltó el tipo-. ¡Si vos la viste en bolas, hijo de puta! ¡Oíme, salgamos y...!
- No es eso, no es eso... Yo no te digo que no esté buena...
- ¿Qué no va a estar buena? ¿Y que me decís entonces?
- No sé... No es mi tipo de mujer... No... No... Qué se yo... Vos no lo tomés a mal, pero ... La nariz...
- ¿Qué pasa con la nariz? ¡Ahora no me vengas con que no te gustan las narigonas! Al contrario. Eso es lo que hace interesante a una mujer... ¡ Mirá la Barbara Streisand, por ejemplo, mirala a ella! Ahora no me vas a salir con que te gustan estas pendejas que se hacen la estética y que quedan todas con la misma napia. Ésas te gustan, seguro, esas narices de mierda que parecen caniches...
- No es eso...
- Además... A la Ley de Almada, mi viejo. Le tapás la cara con una almohada.
- No es eso...
- ¡Por favor, mi viejo! ¿ Que me venís?
- Es que a mi me gusta la mujer más... ¿ cómo decirte? Más...
- ¿Más qué?
- Más dulce, ¿me entendés?... Más modosita... Más manuable... Tu mujer, Marcela, es muy grandota, muy agresiva. Demasiado...
- ¿Agresiva? ¡Porque tiene personalidad, querido! Ella es así. Avasallante ¿O querés una boluda de ésas que se creen una muñequita de lujo?
- No te digo agresiva...
- ¡Porque te sabe llevar una conversación! Eso es lo que te jode. Están todos acostumbrados a estar con minas que se callan la boca y le dicen que sí a todo, y no se bancan una mina que tenga los ovarios bien puestos como para copar una mesa y opinar de las cosas igual que los tipos. Eso es lo que pasa. ¡Claro! Todos los piolas de tu mesa pueden decir mil pelotudeces de lo que se les cante pero si aparece una mina con ideas propias no se la aguantan...
- Será así... Será así... Por ahí tenés razón...
- Lo que pasa es que ella te sabe llevar una conversación y...
- Y te aclaro que ella no viene a la mesa nuestra.
- Porque ha estudiado, mi viejo ¡Y quién te dice que no ha estudiado más que cualquiera de todos estos intelectuales...! ¡Intelectuales de la poronga!
- Seré chapado a la antigua. Lo admito -enarcó las cejas el Sordo, casi como apesadumbrado.
- Fijate que al final, yo... -no detuvo su arremetida el otro- que no soy lo que puede decirse un tipo de estudios, porque apenas si tengo el secundario, me banco una mina evolucionada. Pero ustedes no. Para ustedes una...
- ¿Sabés lo que pasa? ¿Sabés lo que pasa? Yo seré un antiguo, pero me jode que una mina te interrumpa cuando estás hablando ¿viste? No te digo que me joda que hable. Pero que sepa respetar cuando el que habla es otro. Que no se meta. Y eso es lo que hace Marcela. Se mete. En ese aspecto es... desubicada... grosera...
- ¡Por favor! ¡Mirá con lo que me salís!
- Te digo más... Más de una vez, pensé, te juro que pensé, sin conocerte, eh, sin conocerte... "Pobre tipo el marido de esta mina! ¡Lo que debe ser aguantar a esta mina!"
- Pero... ¡Por favor!... Ella... ¡Ella es una santa! Es incapaz de ...
- Porque una cosa es charlar un ratito acá, todo muy bien, muy lindo, muy entretenido. Pero otra cosa es tenerla todo el día en tu casa y...
- ¡No estás a su altura, querido! ¡No estás a su altura!... Es una señora...
- Te digo más... Ahora que te conozco, ahora que te conozco y veo que sos un tipo honesto, frontal, un tipo que va de frente, como viniste de frente conmigo, un tipo que tiene la grandeza de plantear una cosa delicada como ésta, cara a cara... merecerías otra mina. No sé... Más dulce, menos agresiva, menos jodida.
- Por favor... Ya quisieras vos encontrar una mina como Marcela. Ya quisieras vos...
- Puede ser... -caviló el Sordo. La conversación parecía haberse agotado-. Puede ser...
El otro miró el reloj.
- Me voy -dijo-. Ya debe haber llegado -se paró. El Sordo también, las manos en los bolsillos.
- ¿Tomamos algo? -frunció las cejas, mirando la mesa vacía y tratando de recordar. El tipo negó con la cabeza.
- Chau -dijo-. Pero la vamos a seguir -advirtió. Y se fué por la puerta de Sarmiento y Santa Fé. El Sordo se volvió para la Mesa de los Galanes. Cuando el tipo pasó junto a donde estaban Cary y Querol, hizo un gesto con el mentón señalándole al Sordo la adolescente flaquita que charlaba con ellos.
- ¡Seguro que una cosa así te gusta a vos! ¡Qué vas a comparar! -casi gritó, antes de continuar su retirada.
El Sordo admitió con un gesto ambiguo y siguió para su mesa. Ésta se había poblado bastante. Habían llegado el Pitufo, el Peruca, Belmondo y Hernán. El Sordo tuvo que buscarse una silla de otra mesa y ubicarse en segunda fila, en un ángulo poco favorable.
- Mirá vos -se rió el Zorro-. Tenías ringside y te lo cagaron.
El Sordo iba a contestar cuando volvió el tipo, por el mismo lado que la vez anterior, por detrás de la misma columna. Era obvio que había salido por la esquina y había vuelto a entrar por Santa Fé. Le tocó el hombre al Sordo y se agachó para hablarle al oído.
- ¿Sabés por qué vos decís eso? -le dijo. El Sordo esperó, fastidiado.- ¿ Sabés porqué vos decís eso?
- ¿Qué digo?
- Que no te gusta.
- ¿Por qué?
- Porque Marcela no te da pelota. Por eso -el Sordo giró para mirarlo -. No te da bola.
- Sí... Seguro...
- Claro, querido. Como eso de la zorra y las uvas... "Estaban verdes"
- Sí... Seguramente...
- Entonces decís que no te gusta, que es fea, que es un escracho... - El Sordo meneó, la cabeza con disgusto, resoplando.
- Sí, preguntale...
- Y... ¡No le va a dar bola a un tísico como vos, justamente!
- Claro... Preguntale... -repitió el Sordo, ya engranado.
El otro se irguió, siempre sonriendo y hasta se dio el lujo de palmearlo al Sordo en el hombro.
- Sí. Seguro. Preguntale que hizo el jueves a la tarde... A eso de las siete... Preguntale
El otro le dió la última palmada de despedida y se alejó, contento.
- ¡Preguntale! -alcanzó a gritar, airado, el Sordo-. ¡ Qué hizo! ¡Preguntale! Pero e

3 comentarios - Mi Homenaje A Fontanarrosa

Nirvanero89
Cómo me gustaba el Modern Times y el libro en general de la mesa de los Galanes.