La lluvia caía precipitándose cada vez con más fuerza. Afuera todo se veía como en un gran cristal opacado por el agua y la neblina que se levantaba por el frío. Colores grises y azules, claros y oscuros acompañados de un aroma de humedad que se adueñaba de todo lugar. Sentía las manos y los pies entumecidos por el frío que igualmente disfrutaba mientras dedicaba unos minutos a mirar aquel paisaje desde la ventana de la sala. El agua no dejaba de caer a pesar de que ya habían pasado cerca de tres horas de continua y fuerte lluvia. Alrededor se escuchaba el choque de las grandes gotas de agua con las hojas de los árboles, las tejas del techo, el pavimento, los autos. Un ritmo caótico que solo me traía calma. Disfrutaba mucho los climas así. Sobre todo estando solo en mi casa, y que al ver hacia afuera, no ver a ninguna persona caminando por la calle. Ni perros deambulando. Una soledad completa, una verdadera paz.

Me sumergí aún más en mis pensamientos. Me sentí entonces como una sola persona habitando el mundo. Una sensación de satisfacción fue apoderándose poco a poco de mi mente. Como un animal viejo, refugiado en su cueva después de haber vivido años de supervivencia. De repente, el viento sopló mucho más fuerte que antes, colándose por las ventanas y puertas, provocando silbidos y azotando de vez en cuanto las puertas en su marco. La música clásica que tenía de fondo apenas se podía escuchar, por lo que decidí apagar el estéreo. El viento no cesaba y la lluvia golpeaba en chorros repentinos la ventana de la sala donde yo seguía observando el exterior. Junté las manos acercándolas a la boca y tratándolas de calentar con el vaho.
El teléfono sonó de repente, despertándome del letargo en el que me encontraba entonces. Dejé que sonara tres veces como era una ya muy arraigada costumbre y respondí.
-¿Darièn?-
-Efectivamente - Respondí fríamente - ¿Quién es? –
-Soy Bernard Gilbert, el dueño de la cafetería que se encuentra a la salida del pueblo, cerca de la interestatal, ¿Me recuerda? –
-Sí, si lo recuerdo. Pero dígame, ¿En qué puedo ayudarle?-
-Disculpa por haberte llamado, sucede que debido a la tormenta no he podido llevarte personalmente el libro que olvidaste aquí anoche. Solo quería decirte que cuando vengas por él me lo pidas a mí ya que lo guardé bajo llave y Cindy, la mesera salió algunos días fuera del pueblo-
-Le agradezco mucho su amabilidad. En cuanto la tormenta termine iré a verle a recuperar mi libro. Le agradezco de nuevo y buenas tardes-
¿Cómo fui al olvidar ese libro en la cafetería? Estaba a punto de terminarlo y me hubiera gustado disfrutar un rato de lectura aprovechando este ambiente. No importaba mucho sin embargo, el libro no era muy bueno de cualquier modo. Esperé entonces a que terminara de llover, sin embargo no cesaba y la necesidad de recuperar el libro se convirtió en una obsesión tonta. Decidí salir, arrancar el auto e ir al pequeño restaurante, que se encontraba a menos de 10 minutos de distancia. Apenas podía ver el camino con las ventanas opacadas. Tomé con el puño la manga de la chamarra y con ella limpié la ventana delantera. Manejé muy despacio para evitar cualquier percance. Pasé por la calle Wellington donde había que dar vuelta para tomar la salida a la interestatal. Al dar la vuelta cruzó la calle corriendo una mujer frente a mí, estuve a punto de golpearla a pesar de lo lento que iba, haciéndome pisar el freno hasta el fondo. ¿Cómo podría esta mujer correr por la calle y con este diluvio?
Seguí mi camino unos cuantos metros, volteé hacia atrás y decidí detenerme, dándome cuenta de que ella caminaba por el mismo camino que yo. Abrí entonces la ventana del lado derecho y le grité.
-Voy a la interestatal, si quieres puedo llevarte hasta ahí-
Sin decir una palabra, subió al auto con tal rapidez que salpicó mi chamarra y mi mejilla. Limpiando con cierta extrañeza y enojo mi cara con la mano, le pregunté:
-¿Hacia dónde vas? Yo solamente voy a la salida hacia la interestatal, al café Gilbert. ¿Lo conoces?-
- Si, lo conozco, puedes dejarme ahí. Esperaré a que termine de llover para tomar el autobús que me lleve al pueblo St. Agustine. -
-¿Eres de ahí? No te había visto en esta ciudad.-
-Solo vengo cada mes al banco de este pueblo para retirar la pensión de mi abuela. Nunca me había tocado una lluvia como esta, no es muy común.-
-Sí, es poco común que caiga una lluvia tan fuerte en esta zona y durante tanto tiempo. Será por el famoso cambio climático.-
-¿A todo esto, cómo te llamas?- Interrumpió la joven.
-Me llamo Darién, ¿el tuyo?-
-Puedes decirme Lucy- Dijo nerviosa mientras yo tomaba del asiento de atrás una camiseta ofreciéndosela para que se secara.
Llegamos por fin a la cafetería. Estacioné el auto justo en frente de la puerta para evitar mojarnos. Al entrar, el dueño del establecimiento me reconoció y se agachó para abrir un pequeño cajón mientras nos acercábamos mi acompañante y yo, sentándonos en la barra frente a él.
-Aquí tienes.- Dijo en tono jovial.
Tomé el libro con extrañeza, aquél no era mi libro. Mi libro era más pequeño, de portada azul y grabados en blanco, una novela que hace algunos años fue un Best Seller y que la semana pasada había adquirido en una tienda de libros viejos y antigüedades. El libro que tenía en mis manos era de portada de piel, muy viejo y maltratado. Los grabados en dorado ya no se distinguían y no pude ver el nombre del mismo. Ojeé entonces dándome cuenta que estaba escrito en un idioma que no podía distinguir.
-¿Algo anda mal?- Preguntó Lucy.
-Lamentablemente Sr. Gilbert, este libro no es mío. Estará en el cajón de donde sacó este tal vez.-
-No amigo mío- Replicó con ceño fruncido y extrañado por la situación. – Este es el único libro que tengo y el que olvidaste ayer-
Nos quedamos en silencio durante algunos segundos. Lucy se limitó a observar la cara que yo puse al ver aquel libro y el gesto de desaprobación de Gilbert.
-Mi libro es diferente, una simple novela. Pero este me parece interesante y…-
-Llévatelo- Dijo Gilbert decidido a acabar con el asunto- Y estoy completamente seguro de que este es el libro que dejaste. No hay ningún otro en toda la cafetería-
-Está bien Sr. Gilbert. Perdone la molestia y le agradezco que se haya molestado en llamarme-
-¿No me digas que se irán así con esta lluvia? Mejor quédense un momento más. Después de todo no hay nadie en el café más que nosotros tres y creo que me vendría bien saber que hay personas cerca. No me gusta la lluvia y tampoco estar solo-
-Lucy se quedará. Ella tiene que esperar el autobús que la lleve a St. Agustine. Yo preferiría estar en casa y examinar este libro-
-Muy bien. Pues Lucy, te traigo un café y mucho gusto en saludarte joven amigo-
Lucy me miró fijamente, en una muda petición de que no la dejara sola. Había cierta melancolía en su mirada. Yo no era una persona que cediera a los encantos femeninos con facilidad, ver una mujer débil, pidiendo ayuda a la gente me molestaba. Será por que mi madre siempre fue fuerte e independiente. Sin embargo, vi en su mirada algo que no era común. Una soledad penetrante en aquellos ojos muy oscuros. Mirándola fijamente no pude negar que aquel rostro tan sencillo, con una simplicidad que le hacía ver muy bello, me llenó de temor.
Cedí entonces a quedarme un momento con ella. Gilbert nos trajo un café retirándose a su oficina que se encontraba justo detrás de la barra comentándonos que debía terminar con la contabilidad de aquel mes.
Lucy estaba tranquila tomándose una taza de café mientras yo examinaba detenidamente el libro. No era un libro muy grande, solo tenía trescientas páginas. Lo curioso de la terrible condición en la que se encontraba, como si hubiera sido leído por muchas personas. Algunas páginas de hecho se encontraban rotas, algunas otras subrayadas y otras con las letras de un alfabeto desconocido casi borradas. El olor a viejo era perceptible, tanto que las yemas de los dedos se impregnaban. Lucy, tomando con ambas manos su taza me observaba divertida.
-¿De verdad, ese libro no es tuyo?- Preguntó sonriendo.
-No es mío, pero me gusta mucho descubrir este tipo de cosas.
-¿Coleccionas antigüedades? Perdona, Yo siempre he pensado que los que guardan cosas antiguas o que coleccionan cualquier cosa solo es una pérdida de tiempo. ¿Será por que yo no estoy atada a las cosas? Perdona – Dijo un tanto apenada pero sonriendo – Apenas te conozco y te critico.
La observé un instante como reprobando aquel comentario, sin embargo le respondí en tono suave, enmascarando la verdad.
-No colecciono antigüedades. Pienso lo mismo que tú.-
Lucy cambió el gesto y se puso seria y un tanto incómoda poniendo más atención a la taza de café. La luz entonces se fue en la cafetería. Instintivamente volteé para ver hacia fuera. La lluvia sin embargo no me permitió ver si la luz solamente se había ido en aquel lugar o si fue en todo el pueblo. Me levanté sin mirar a Lucy y me dirigí a la oficina de Gilbert. Abrí la puerta y lo vi en su escritorio encendiendo una vela. Sorprendido levantó la vista y solamente levanto el ceño preguntándome que necesitaba.
-Gilbert. ¿Tendrá alguna vela que pueda prestarnos?-
-Esta vela es la única que tengo, pero vamos con tu amiga para acompañarla. Si la lluvia no me agrada, aún menos con la oscuridad.
Salimos entonces de la oficina para darnos cuenta de que Lucy no estaba. La puerta de la entrada estaba cerrada.
-Seguramente fue al baño-Comentó Gilbert.
Nos sentamos entonces dejando pasar algunos minutos en silencio y ella no aparecía.
-Tu amiga ha de estar enferma, lleva ya mucho tiempo en el baño- Dijo levantándose en dirección al baño. Tocando la puerta del mismo y preguntando si todo estaba bien. No hubo respuesta. Me miró entonces y giró la perilla para darse cuenta que no tenía seguro.
-No está aquí-
Me levante dirigiéndome al final de la cafetería. Instintivamente miré hacia fuera logrando ver la silueta de aquella joven. Gilbert estaba ya entonces junto a mí tomándome del brazo.
-No deberías dejarla ir con este clima, teniendo en cuenta que se llevó tu libro.
Miré la mesa donde estábamos sentados y efectivamente el libro no estaba. Por un momento dudé en salir y casi me convencía de que no recuperaría el libro. A pesar de la duda, el orgullo pudo más en mí y decidí a salir a recuperarlo, ni siquiera pensaba en Lucy ni la razón por la cuál había salido de la cafetería ni el por qué me había robado. Gilbert me prestó un paraguas con el que salí corriendo. Ella había avanzado casi doscientos metros a través de la carretera la cual se encontraba desolada. La alcancé tomándola del brazo y cuando volteó por un momento aquellos ojos que me habían parecido muy bonitos, en un segundo estaban opacos, perdidos en la nada. Lucy tenía la boca medio abierta por donde respiraba. Temblaba incontrolablemente de frío, pero eso al parecer era un impulso corporal, algo que su mente distraída en ese instante no asimilaba. Cubriéndonos con el paraguas la miré fijamente a los ojos, pero ella definitivamente no me veía. La guié entonces de regreso al Café dándome cuenta que estaba ya empapado de las rodillas hacia abajo. ¿Pero que podía decir de Lucy que escurría de la cabeza a los pies?
Gilbert nos abrió la puerta apenas llegamos a dos pasos de la misma, la dirigí lentamente a la misma mesa donde estábamos anteriormente mientras el dueño de la cafetería la miraba detenidamente de arriba abajo.
-Voy a traer unas toallas y ropa seca, sé que no le quedará, pero es mejor a que siga empapada.- Dijo Gilbert caminando hacia la parte de atrás del restaurante.
Lucy no dejaba de temblar y seguir ausente. Mantenía tomado el libro con sus dos manos en el pecho. Lentamente, la tomé del hombro con una mano y con la otra tomé el libro. A diferencia de ella, el libro apenas si estaba mojado. De algún modo aquello no me causó extrañeza, al contrario, gracias al agua se podían distinguir las letras en dorado del nombre del libro.
Angelous ael Sabastu.
Gilbert llegó entonces con una pequeña toalla anaranjada poniéndola en la mesa, así como un pantalón de mezclilla con algunas manchas de aceite y un suéter café oscuro que se veía que hacía mucho tiempo nadie había utilizado, a pesar de que no se encontraba roto ni despintado, el color era muy opaco y el olor a polvo era evidente.
-¿Por qué salió con este clima tu amiga?, ¿Está enferma acaso?-Preguntó con impaciencia Gilbert quien se encontraba de pie detrás de Lucy.
-La verdad no la conocía hasta el día de hoy. La encontré corriendo en la calle cerca de aquí- Le dije mientras pasaba la toalla en su cabeza. – De hecho cuando subió a mi auto ya estaba empapada, pero se había secado con una camiseta que traía en el auto. Me dijo que venía de otro pueblo cerca de aquí por la pensión de su abuela-
-¿Qué vas a hacer con ella? Esta lluvia no para y creo que lo mejor será que yo cierre el negocio. No veo caso que permanezca abierto. Nadie va a venir-
-No sé Gilbert. No me dijo donde vive y no reacciona. ¿Lucy, estás bien? ¿Tomas algún medicamento?-
-Busca en sus bolsillos alguna identificación o algún medicamento. No puede estar así, trata de despertarla.-
Busqué en los bolsillos de su pantalón y solamente pude encontrar unas cuantas monedas y unas llaves, pero no llevaba algún documento o algo parecido.
Gilbert de improvisto se levantó y comenzó a apagar las luces del lugar. Lo miré fijamente, preguntándole sin decir nada el motivo por el cual estaba reaccionando así a lo que solo respondió levantando un poco los hombros, alzando una ceja mientras miraba hacia abajo. Terminó entonces de apagar las luces y con voz baja pero decidida me dijo.
-Es hora de cerrar joven amigo. Creo que lo mejor será que la lleves al hospital, o con la policía. Yo la llevaría con la policía preferentemente. Recuerda amigo que salió con tu libro en sus manos-
Abrió la puerta de la cafetería sin quitarme la mirada. Dudé un poco pero finalmente tomé mis cosas y las de Lucy, dejando solamente la ropa que nos había prestado inicialmente. Salimos de ahí y la metí lentamente al auto. Corrí al otro lado para subir arrancando y dando la vuelta de regreso hacia el centro del pueblo.
Manejaba pensando aún a donde llevarla, si con la policía o al hospital. Regañándome finalmente por que sabía que debía ver a un médico, me decidí llevarla con el doctor Smith, el cual tenía su pequeño consultorio a solamente cinco cuadras de donde estábamos. Lucy comenzó a hablar sorprendiéndome, murmurando tan bajo que apenas la podía escuchar. Bajé aún más la velocidad del automóvil acercando el oído para escucharla.
-No vayas-
Fue lo único que entendí. Me acomodé de nuevo en mi asiento pensando seriamente que ella estaba en una especie de delirio. A lo que decidí no hacer caso a lo que balbuceaba. Llegamos por fin al consultorio del médico, bajé a Lucy llevándola a la puerta y toqué el timbre. Vi que el doctor Smith se asomó desde el segundo piso de su casa, metiéndose de nuevo y apagando la luz de la habitación donde se encontrara. Esperé un minuto más y no abrió la puerta. Decidí tocar de nuevo el timbre, fue entonces cuando por fin abrió la puerta.
-¿Qué pasa?- Preguntó con desánimo.
-Por favor doctor Smith, necesito que la revise, sinceramente no sé que le está sucediendo, apenas la conocí el día de hoy-
Me miró entonces esbozando una sonrisa sarcástica, tal vez pensó que estábamos tomando alcohol o alguna droga. Se hizo a un lado dejándonos pasar y señalando con la palma de la mano derecha hacia donde debía llevarla. Entramos entonces en su pequeño consultorio y la acosté en la camilla que rechinó al momento de subir a Lucy, moviéndose endeblemente de lo usada que se encontraba. Por un momento temí que se fuera a vencer. El doctor entonces se acercó empujando la camilla hacia la pared y dirigiéndose después hacia ella me preguntó.
-Cuéntame desde cuando está así. Mientras le abría los párpados para ver las pupilas de la joven-
-Como quince minutos. No me responde, y hace un momento estaba balbuceando. Tal vez está delirando, la cuestión es que está completamente ausente.-
-Y la marca que tiene en el cuello, ¿Es reciente?-
No me había dado cuenta. Efectivamente Lucy tenía un moretón en el lado izquierdo de su cuello. A lo que solamente moví la cabeza negando saber el por qué. El doctor Smith me miro detenidamente quitándose los lentes y acercándose a mí. Pude notar el mal olor de su aliento al momento que me habló. Era un hombre ya viejo, cerca de los setenta años, muy delgado, con las facciones afiladas, daba la impresión de tener cara de algún tipo de ave.
-Tu amiga no está en buenas condiciones, lo mejor será cambiarla de ropa y dejar que descanse. Mañana por la mañana tendré que llamar a la policía- Dijo mirándome aún más detenidamente, como esperando alguna reacción de mi parte.
-Creo que es lo mejor- Respondí murmurando nerviosamente a lo que el sonrió mirando de nuevo a Lucy.
-Tráele ropa seca. Yo no tengo en mi casa. Ah, y una cobija para cubrirla. Mientras tanto seguiré examinándola-
Poniéndose de nuevo los lentes y tomando la muñeca de Lucy para tomarle el pulso, me ignoro totalmente, dando por concluido que haría lo que me pidió.
Salí y me metí al auto. Me quedé un momento meditando sobre todo el asunto. A mi mente regresó en un momento la escena en que ella había salido de la cafetería. Yo solamente la había dejado unos momentos cuando fui a buscar a Bernard Gilbert. No pudo haber pasado más de dos minutos, la cuestión es que cuando regresamos con ella, se encontraba a una distancia considerablemente lejos a pesar del poco tiempo de ausencia. Esta situación me estaba incomodando. ¿Por qué salí por el maldito libro? Me preguntaba golpeando con los dedos el volante. Tal vez sería mejor volver a casa, ella está con el médico y seguramente cuidará de ella. Pero si no regreso, podría decir que yo la golpeé y la dejé en ese estado de trauma. Miré entonces a través de la lluvia hacia la ventana del consultorio del doctor dándome cuenta que había apagado la luz. Tal vez la dejó descansar.
Me dirigí a mi casa. Entré en dirección a mi cuarto caminando a toda prisa. Solo tardé cinco minutos en llegar. Tomé una toalla, una camisa y un pantalón. Sacando después de un cajón una cobija. Todo lo metí en una bolsa negra que se utiliza para la basura. Dirigiéndome a toda prisa para llegar de nuevo al consultorio.
Cuando llegué toqué el timbre y de nuevo el doctor no abría. Estuve ahí alrededor de cinco minutos esperando que abriera y me acerqué a la ventada que daba al consultorio. Seguía sin luz, y solamente pude ver sombras que no distinguía, toqué el vidrio de la ventana con fuerza pudiendo ver como una sombra salía del cuarto rápidamente. Regresé a la puerta y por fin el doctor Smith abrió. Estaba agitado, sorprendido. Como preguntando en una mueca de furia el por que había regresado tan pronto. Al ver aquella extraña reacción el instinto me hizo entrar de inmediato al consultorio para darme cuenta que Lucy estaba completamente desnuda sobre la camilla, con los ojos cerrados, dormida. Las piernas estaban abiertas.
-¿Qué está pasando doctor?- Pregunté con seriedad mirando como miraba hacia arriba nervioso, evadiéndome la mirada.
-Le quité la ropa mojada. Pobre niña, estaba temblando y quise secarla-
-¿Y la toalla doctor? Ella sigue mojada- Le pregunté en voz baja apretando los puños imaginando con rabia lo que tal vez le estuvo haciendo.
-Apenas iba a ir por ella, que bueno que llegaste- Dijo con una sonrisa grande, fingida- Ponle ya la ropa seca que trajiste-
Saqué de la bolsa el pantalón y la camisa acercándome a ella tomé sus tobillos levantándolos un poco y comencé a ponerle el pantalón. La mirada del doctor Smith estaba perdida en lujuria. Su cara completamente roja mostraba la temperatura de la excitación que sentía al ver aquella escena mientras se acercaba su mano derecha a la nariz oliendo las yemas de los dedos.
-Mañana por la mañana le preguntaremos donde vive. No te preocupes, se le pasará. No tiene ningún golpe que pueda haber fracturado su cráneo. Solamente es el moretón en el cuello. Al parecer no quiso hacer lo que tú querías- Habló sonriendo y mojándose después los labios mientras la contemplaba. - ¿Te quedarás con ella a dormir? Aquí hay un sillón donde puedes acomodarte, aunque lo más recomendable sería que te vayas a tu casa y mañana vengas por la mañana. Yo la cuido con gusto –
Tomándome del brazo y con la intención de dirigirme a la puerta me dijo al oído, como si alrededor de nosotros hubiera alguien que escuchara.
-No diré nada si tú no dices nada –
Quité mi brazo haciéndome a un lado de él. Su cara roja y mirada lasciva solamente me producían un asco y un odio hacia aquel viejo. Tenía ganas de golpearlo, hacerle pagar por lo que le estaba haciendo a una mujer que no podía defenderse. Regresé los pocos pasos que el doctor logró hacerme alejar de ella, la levanté para sacarla de ahí. Caminé lo más rápido tropezando con un buró y casi cayendo de bruces, fue entonces cuando el doctor desesperado me dijo.
-Voy a llamar a la policía si la sacas de aquí. Tú la golpeaste y quisiste abusar de ella, eso les diré. Así que déjala aquí y vete-
Sin embargo, y a pesar del enojo, la impotencia y la cobardía para seguir enfrentándome pudo más que su sed de lujuria quedándose callado y azotando la puerta al momento en que salimos de ahí.
De nuevo la lluvia mojaba su cabello. Tal vez era una mejor idea llevarla a la policía después de todo. Finalmente yo no le había hecho nada, pero aquel anciano loco bien podría denunciarme y ella en su estado no podría aclarar nada. Sin embargo, Bernard Gilbert podría explicar en dado caso la situación. Aunque no estoy seguro de que si el se había dado cuenta del moretón de Lucy. No, pensé entonces que lo mejor sería llevarla a mi casa, esperar a que reaccionara y aclarar las cosas.
Eran ya cerca de las 9 de la noche para entonces. Decidí acostarla en mi cama y me recosté en el sofá de la sala, encendí solamente una lámpara revisando de nuevo el libro. Después de unos minutos sentía un agudo dolor de cabeza por lo que me levanté y me dirigí a la recámara para buscar un par de aspirinas de un cajón del buró cerca de mi cama. Lucy seguía inconsciente, al parecer aquel maldito médico le había dado algo muy fuerte. Pese a ello, abrí el cajón tratando de no hacer ningún ruido. Saqué la caja de aspirinas y tomé un par. Entonces tuve un presentimiento, como si alguien más aparte de Lucy y yo estuviera en el cuarto, sentí frío, pese a que tuve el cuidado de haber cerrado las ventanas. La lluvia era ya apenas una llovizna, en la esquina contraria de la cama había una especia de bruma flotando, pensé entonces que el dolor que sentía en la cabeza era la que me hacía ver borroso alrededor, pero aquello era muy real por así decirlo. Aquel humo comenzó a moverse lentamente flotando hasta llegar encima de Lucy. Introduciéndose lentamente por su nariz. De inmediato ella despertó en un grito ahogado, tomándose la garganta con las dos manos, con los ojos abiertos e inyectados de sangre mirando hacia arriba queriendo aspirar aire que se negaba a entrar en sus pulmones. Me quedé ahí sin poder hacer nada, de nuevo no comprendía lo que estaba sucediendo. La tez de Lucy se tornaba cada vez más roja, mientras ella emitía gemidos interrumpidos por su propia saliva que era lo único que entraba por su garganta. Se desvaneció en un instante y a continuación solo quedó el silencio y el frío. Estuve algunos minutos contemplándola, para luego tomar una de sus muñecas para ver si aún seguía con vida. ¿En qué lío me he metido? Era lo único que pensaba. Sentía la cabeza explotar y fui a la cocina para tomar el par de aspirinas con un vaso con agua. Me senté entonces en el sillón, con los codos apoyados en las piernas y mis manos cubriendo mi cara. A las dos horas me quedé dormido.
No podría decir a ciencia cierta si lo que ocurrió después fue un sueño.
Escuché unos pasos lentos dirigiéndose hacia mí, pasos pesados, como si al pisar el caminante lo hiciera en un piso hueco. Yo estaba acostado de lado, con la cabeza apoyada en mis manos, abrí los ojos y era Lucy frente a mí, completamente desnuda y observándome fijamente. Sus ojos eran los que realmente me llamaron la atención, más que su desnudez. No parpadeaba, y debido a ello una lágrima corría en sus ojos, intentaba hablarme, pero de su repetitivo balbuceo, solamente logró decir una palabra, Nammah.
Se arrodilló poniendo su cara muy cerca de la mía, podía sentir su aliento pesado en todo mi rostro, tibio, sin aroma. Yo sentí que de mi paladar había una sensación dulce, como cuando hay algo que se antoja tanto que se comienza a salivar con abundancia Mi cuerpo temblaba reaccionando a la cercanía de aquel cuerpo pálido y delgado, con unos senos pequeños y bien formados, pero aún no podía dejar de temer a ese rostro fijo, sin expresión alguna y con las mejillas llenas de lágrimas. Entonces, se acercó tanto que sus labios tocaron los míos apenas rozándolos, el nivel de excitación en todo mi cuerpo era ya incontrolable. Tomé su cara con las manos y comencé a besarla sin control mordiendo sus labios con una desesperación que nunca había sentido. Lucy por su parte no abría la boca y continuaba sin moverse, pero no me importaba, solo quería sentime dentro ella, tocarla, saciarme de su cuerpo. Me levanté acostándola en el sofá y me quité la ropa torpemente, para después acostarme sobre ella. De inmediato comencé a sudar tanto que de mi frente y barbilla caían gotas en la cara de aquella joven que seguía sin emitir ningún sonido, sin tocarme, como si no sintiera nada, y sin dejar de mirarme con una enfermiza frialdad. Con todo ello no podía controlar la ansiedad de terminar escupir vorazmente el deseo que me había provocado. En un ritmo frenético exploté al fin, tomándola fuertemente de los hombros empujándola con mi vientre. Me sentí liberado, con una sensación de felicidad incierta. Con un sentimiento ambiguo de poder y arrepentimiento. Fuerte y decepcionado, como en la gloria de un ángel recién caído en el exceso.
La luz del día no me despertó, sino el ruido de los autos pasando por la calle y el agua que salía detrás se sus neumáticos. Estaba agotado, como si no hubiera dormido nada, la pesadez de mi cuerpo no dejaba que me levantara, así que decidí quedarme unos minutos acostado, mirando hacia el techo y preguntándome si aquello fue real, con la lucidez del día comencé a hacer cuenta del todo lo que sucedió el día anterior. Mirando hacia el techo buscando una respuesta, como cuando un niño después de una caída mira a su madre preguntándole el por que del dolor. Me levanté con el cuerpo adolorido. Después de todo tal vez si fue real lo que sucedió aquella noche, fui a la cocina para saciar la sed que tenía. Miré entonces hacia fuera, la lluvia había cedido, solamente el pavimento mojado y algunos charcos quedaban como huellas que se evaporaban lentamente. La luz del sol, aunque tenue por las nubes, traía un poco de calor al ambiente. Creo que nunca antes como en ese momento había disfrutado de que el Sol por fin haya salido. Fui al cuarto para ver a Lucy, con la esperanza de verla despierta y de ser posible, repetir aquella intimidad que si bien fantasmal, deseaba tanto que fuera realidad. Lucy estaba acostada, dormida, me quedé al pie de la cama para darme cuenta que tenía la misma ropa que le había puesto en el consultorio de aquel doctor. Tal vez se la volvió a poner por el frío que hacía, pensé tratando de engañarme pretendiendo como cierta algo que era poco probable que haya ocurrido. Despertó entonces, estremeciéndose de un frío que actualmente no había. Miró a su alrededor desorientada al verse en un lugar donde no había estado. Miró hacia la ventana la cual no le permitía ver el exterior. Fue entonces cuando volteó a verme parado en la puerta asustada. De inmediato se sentó en la cama tomándose la cabeza, como si padeciera de un fuerte dolor. Sus ojos estaban rojizos y los tallaba con los dedos sintiendo como si tuviera arenilla dentro de ellos.
-¿Quién eres? – Preguntó con voz baja, tartamudeando un poco por el temor.
-Soy Darién, estuvimos en la cafetería de Bernard Gilbert cerca de la interestatal. Te vi corriendo en la calle bajo una tormenta. Me comentaste que habías venido al banco por un asunto de tu Abuela. ¿Recuerdas?
-Si, recuerdo, aunque muy poco. Recuerdo tu cara, pero no me acordaba de tu nombre. Si, también recuerdo al Señor Gilbert, y a otra persona.-
-No había otra persona en el restaurante más que nosotros tres- Le respondí haciendo una mueca sonriente, y frunciendo el ceño.
-Claro que sí, estaba sentado al fondo de la cafetería. Era un hombre muy delgado, no estaba comiendo nada. De hecho pensé que le había pedido al Sr. Gilbert quedarse ahí mientras aminoraba la lluvia, no es importante de cualquier modo. Lo que quiero saber es que hago aquí. ¿Es tu casa?-
-Lo que yo quiero saber Lucy es que fue todo lo que sucedió ayer. De repente te conozco, estamos en la cafetería, me levanto un momento y desapareces, para luego darnos cuenta de que estabas caminando por la carretera con mi libro, creí que estabas enferma y decidí llevarte al doctor. No reaccionabas, no decías nada. El doctor dijo que tenías algún tipo de trauma. Y decidí traerte aquí para que descansaras esperando que no tuvieras algo grave-
-¿Estás loco? – Me gritó enojada – Yo creí que te habías ido del restaurante, recuerdo que cerré los ojos un momento y cuando los abrí, ya no estabas. El hombre que estaba ahí se levantó y me dijo que habías salido, aunque ya no recuerdo más.
-No sé de quien estás hablando. Pero no había nadie más con nosotros.-
Se levantó entonces a toda prisa poniéndose sus zapatos. Me dí cuenta que eran unos zapatos muy usados, con los talones gastados. Tal vez por ello caminaba de una manera curiosa. Se acercó a un espejo arreglándose el cabello, fue cuando se dio cuenta del moretón en el cuello.
-¿Qué me hiciste?- Volvió a gritar angustiada y tartamudeando más que antes. Sus ojos desorbitados me recordaron el sueño que tuve con ella, pidiendo esta vez que no fuera realidad.
-Yo no te hice nada, cuando te traje de vuelta ayer al restaurante, ya lo tenías. Gilbert es testigo, si lo deseas vamos a preguntarle. Yo no deseo tener problemas.-
-¡Abusaste de mí!- Exclamó mucho más fuerte que antes mientras sentía la humedad en la entrepierna con su manos.- ¡Aléjate de mí!-
-Yo no hice nada sin tu consentimiento- Le respondí exaltado dando un par de pasos hacia atrás-
-¡Yo estaba dormida!
-¿No recuerdas lo que hicimos anoche? Tú te acercaste al sofá donde estaba durmiendo, estabas completamente desnuda.-
Se quedó callada tomándose la cabeza con ambas manos, gemía desesperada, con un nivel de estrés demasiado alto. Solamente murmuró.
-Por favor, déjame salir de aquí.-
No me atrevía a decirle nada, ni a insistirle a que se quedara. Pensé que lo mejor era que se fuera. Ella definitivamente no parecía recordar nada, y con el doctor en mi contra, podrían culparme de que había abusado de ella. Me alejé entonces de a puerta, dándole paso para que pudiera salir.
-¿Dónde está mi ropa?- Preguntó.
-Aún está mojada, la puse en la secadora, pero olvidé encenderla, si quieres esperar unos minutos.-
Caminó lentamente disimulando no haberme escuchado, poniendo sus brazos alrededor de su cuerpo cubriéndose y con la mirada viendo hacia el suelo. Vi que le temblaban las manos aún cuando cerró los puños con fuerza. Abrió la puerta y salió sin voltear hacia atrás. La seguí tomando mi distancia para no molestarla. El cabello negro cubría su rostro, pero pude sentir que de ella emanaba una gran tristeza, así como miedo. Cuando salió a la calle la miré tras la puerta entreabierta tomando dirección hacia la interestatal.