Roberto Fontanarrosa

4 años sin el negro fontanarrosa {Homenaje}

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Roberto El Negro Fontanarrosa (Rosario, 26 de noviembre de 1944 – Ibídem, 19 de julio de 2007), fue un humorista gráfico y escritor argentino.

De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nóbel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: «Me cagué de risa con tu libro».



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Biografía

Roberto Fontanarrosa nació en la ciudad de Rosario (Argentina), en 1944. Su carrera comenzó como dibujante humorístico, destacándose rápidamente por su calidad y por la rapidez y seguridad con que ejecutaba sus dibujos. Estas cualidades hicieron que su producción gráfica fuera copiosa. Entre sus personajes más conocidos están el matón Boogie El Aceitoso y el gaucho Inodoro Pereyra (con su perro Mendieta). Su fama trascendió las fronteras de Argentina. Por ejemplo, Boogie, el aceitoso empezó a publicarse en un diario de Colombia, y luego fue publicado muchos años por el semanario mexicano Proceso.1
Se le conocía su gusto por el fútbol, deporte al cual le dedicó varias de sus obras. El cuento 19 de diciembre de 1971 es un clásico de la literatura futbolística argentina. Como buen «futbolero» siempre mostró su simpatía por el equipo al que seguía desde pequeño, Rosario Central.2
En los años setenta y ochenta, se lo podía encontrar tomándose un café en sus ratos libres en el bar El Cairo (esquina de calles Santa Fe y Sarmiento), sentado a la metafórica «mesa de los galanes», escenario de muchos de sus mejores cuentos. Desde los años noventa, la mesa se mudó al bar La Sede hasta la reapertura de El Cairo.
Fue expositor en el III Congreso de la Lengua Española que se desarrolló en Rosario (Argentina), el 20 de noviembre de 2004. En el mismo dio la charla titulada «Sobre las malas palabras».En 2003 se le diagnosticó esclerosis lateral amiotrófica,4 por lo que desde 2006 utilizó frecuentemente una silla de ruedas.
En toda su vida se casó dos veces. Con su primera esposa tuvo a su único hijo, Franco. Su segunda esposa, Gabriela Mahy, lo conoció en 2002 y contrajeron matrimonio en noviembre de 2006, previo divorcio.
El 18 de enero de 2007 anunció que dejaría de dibujar sus historietas, debido a que había perdido el completo control de su mano derecha a causa de la enfermedad. Sin embargo aclaró que continuaría escribiendo guiones para sus personajes.5 Desde entonces, Crist se encargó de ilustrar sus chistes sueltos, mientras que Oscar Salas hacía lo mismo con sus historietas de Inodoro Pereyra.
Falleció el 19 de julio de 2007, a la edad de 62 años, víctima de un paro cardiorrespiratorio una hora después de ingresar en un hospital con un cuadro de insuficiencia respiratoria aguda.6
Su entierro al día siguiente de su muerte fue acompañado por cientos de ciudadanos comunes, escritores, actores y autoridades de la política nacional. La marcha hizo una parada por espacio de unos minutos en cercanías al Estadio Gigante de Arroyito (estadio de Rosario Central; club del cual Fontanarrosa era un reconocido hincha), y luego continuó hacia el norte, hacia el cementerio Parque de la Eternidad en la vecina localidad de Granadero Baigorria, donde fue enterrado.7
En noviembre de 2008 la segunda esposa, Gabriela, decidió radicar una denuncia demandando a Franco, el hijo del escritor, por los derechos intelectuales de la obra. La mujer lo acusa de quedarse con las regalías por los libros y otros escritos.


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EL DÍA DE SU MERTE...
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Así lo recordó clarín.

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Todavía es difícil saber por cuál de todos sus enormes méritos se recordará a Roberto Fontanarrosa, que murió hoy en su Rosario a los 62 años. Algunos recordarán los chistes de la página 2 de Clarín, los de "Inodoro Pereyra" y "Boogie el aceitoso", otros la extraña profundidad de algunos de sus cuentos y quizás alguno hable de su fanatismo por Rosario Central. Pero él ya había dado una pista certera de cuál era su deseo para la posteridad. "A mí lo que me gusta -le contó alguna vez a un periodista- es que un tipo me diga que se cagó de risa con mi cuento. Con eso estoy bien".

Muchos de sus cuentos -en los que el fútbol tuvo una presencia fundamental- seguramente quedarán en lo mejor de la historia de la literatura argentina. Por ejemplo "19 de diciembre de 1971", sobre el día de la victoria de Central sobre Newell's en la semifinal de un recordado torneo Nacional, o "El ocho era Moacyr", donde queda claro lo que pesa en un grupo de amigos el conocimiento sobre fútbol.

Entre sus textos de fútbol se destacan también las historias que publicaba Clarín sobre "La hermana Rosa", una mentalista excéntrica de su creación y a la que hacía protagonizar diversas historias vinculadas a los eventos en los que jugaba la Selección Nacional.

Hombre que se fue perfeccionando con el tiempo, Fontanarrosa pasó de ser un escritor que fundamentalmente hacía reír a un creador que, con técnica pulida, podía tratar en clave de parodia al argentino presuntamente anti-sistema ("Medieval Times", el funcionamiento de una familia ("Tío Enrique" o los viajes científicos de Jacques Cousteau ("Viaje al país de los Naninga". Y que también se daba un espacio para bromear sobre el proceso de construcción de sus textos ("Palabras iniciales".

Fontanarrosa escribió además tres novelas. La primera, "Best Seller", tenía como protagonista a un mercenario con ese nombre que vivía extrañas aventuras y entraba en conflicto con una red internacional de traficantes de armas. En la segunda, "El área 18", Seller participa de un partido de fútbol demencial que se juega, literalmente, en un volcán. Y la tercera es "La gansada", otra historia excéntrica de una familia de alta sociedad.

Hace dos años y medio, el Negro se reveló también para el gran público como un brillante declarante, con su presentación en el Congreso Internacional de la Lengua en Rosario. Defendió a las "malas palabras" -presentes en buena parte de su obra- y pidió una amnistía para ellas, en una exposición de gran lucidez que generó risas en todos los que estuvieron ahí y los que pudieron verla por televisión.

Desde hace algunos años, una enfermedad neurológica degenerativa complicó severamente su motricidad, al punto que en los últimos meses le había impedido totalmente la posibilidad de dibujar. Contó que lo llevaba "mal pero acostumbrado", citando precisamente a su "hijo" Inodoro Pereyra. Lamentablemente, ninguno de los tratamientos que intentó para contrarrestar el avance de la enfermedad pudieron evitar su muerte hoy, por un paro cardíaco.

Habrá que asumir entonces que se fue Roberto Fontanarrosa. Demasiado pronto para quienes lo pudimos disfrutar y a los que, sólo por hoy, el Negro nos trajo una tristeza enorme.


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Así lo recordó El gráfico

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Comenzó a publicar en el año 1968 y está considerado como uno de los grandes de la historia del género. Muchos lo consideraban el mejor contador de historias que existiera. Creador de personajes de historieta como “Boogie, el Aceitoso”, e “Inodoro Pereyra”, que aparecieron por primera vez en la revista Hortensia, no pasó mucho tiempo para que Fontanarrosa publicara sus primeros libros, de éxito rotundo.

Su amor por Rosario Central era otra de sus marcas distintivas. “En Rosario, la oferta es mucho más acotada que en Buenos Aires. O sos de Central o sos de Ñuls. En mi caos, mi viejo era más apasionado del básquetbol que del fútbol. Jamás me regaló una camiseta de Central ni me llevó a la cancha. Mi amor por el club nació por influencia directa. Mi compañero del banco de la primaria, por ejemplo, era fanático de Central”. En 1988 comenzó a colaborar para El Gráfico, gracias al cual cubrió su primer River-Boca.

En febrero de 2006 fue homenajeado en Rosario con una fiesta en la calle. La organizó la Mesa de los Galanes (ese mítico grupo que integraba la mesa de charlas en el bar El Cairo), y participó el intendente y hubo mariachis que lo esperaban. Acababa de ser premiado en el festival literario de Colombia y su frase inmediata fue dedicárselo a Rosario, con una mezcla de ironía y realidad: “Seguro que en Rosario, la ciudad donde vivo, la gente debe estar festejando en las calles”. Al ver el recibimiento, dijo: “A esta altura ya puedo esperar cualquier cosa. Este fue un festejo a lo Nicolino Locche, con camión de bomberos y todo”.

Sus referencias al deporte eran permanentes. Fanático de Rosario Central y del fútbol, el Negro le dedicó a su equipo del alma su último dibujo. En marzo de este año, junto al Kily González y al Rifle Castellano, presentó a “Soy Canaya”, que fue incluido en la camiseta oficial de Rosario Central. Hace apenas un par de días, el presidente de Chacarita había viajado a Rosario para regalarle una camiseta de su club, con la que posó para una foto, su última foto.

Con el avance de su enfermedad que lo paralizaba progresivamente, comenzó a trabajar junto a su amigo Crist para su chiste diario de Clarín. “El nunca te dice ‘mañana voy a hacer esto’. Te trae directamente el hecho consumado, cosa que no es frecuente en nuestro país. En el ambiente de la cultura se habla mucho de lo que vas a hacer, de los productos irrealizados o a realizar. El Negro, jamás. Te trae las cosas envasaditas”, le confiaba Crist al diario Perfil en febrero de este año.

El cordobés Oscar Salas había sido elegido por Fontanarrosa para continuar con los dibujos del mítico Inodoro Pereyra. “Me manda los guiones por email, yo me tomo una semana para devolvérselos y dibujo los globitos en blanco y negro. El los llena, los colorea y los manda”. El primer boceto de Salas generó una frase de las que sólo Fontanarrosa podía pronunciar. “Como mis personajes son medio petisones, me respondió: ‘Mirá que el Inodoro es un humanoide, no es tan chiquitito’.”

Sus músuculos ya estaban disminuidos, pero las ideas no se le desvanecieron nunca. “Una pérdida irreparable, que por más que fuera predecible no deja de provocar una congoja eterna”, dijo Rafael Bielsa.

Su legado quedará para siempre. Como el respeto y la admiración de todos.


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Así lo recordó Pagina 12

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“Cuando me explicaron de qué se trataba mi enfermedad, lo primero que pensé fue: ¿por qué a mí? Pero después entendí: ¿Y por qué no?”. Así anunció su enfermedad Roberto Fontanarrosa, dos años atrás, en el primer programa que tuvo a mano, el ciclo de entrevistas Tiene la palabra, por TN. Lo contó en público, explicó antes del aire, porque le parecía que ya era tiempo, restándole importancia por completo al asunto. Parecía mucho más preocupado por dejar en claro que sus dichos sobre Rosario Central (“con cada partido envejezco diez años”) no tenían nada de broma. En medio de la irrealidad que siempre supone un estudio de televisión, preparado para albergar palabras que se dicen con la liviandad del “estamos en el aire”, esta cronista recuerda haber vuelto a confirmar, junto a todos los presentes, una certeza colectiva, conmovedora, como fuera de lugar: qué grosso que es este tipo. Roberto Fontanarrosa falleció ayer, después de presentar batalla a una extraña afección neurológica que fue debilitando poco a poco sus músculos, una enfermedad que sabía irreversible y progresiva. Tenía 62 años, más amigos que penas y la lucidez suficiente para ejercer con maestría el más arduo de los oficios: el de decir lo más profundo de la forma más simple, haciendo reír con gusto al menos a dos generaciones.

Los cables de noticias indican que Fontanarrosa murió en una clínica de Rosario, la ciudad que amaba. Que no tuvo que permanecer mucho tiempo internado allí. Y que había pasado la noche anterior entre amigos, compartiendo un asado. Lo cual suena como una especie de consuelo imposible, una forma casi justa –ojalá tal cosa existiera– de muerte. La variante de esclerosis que padecía le fue tendiendo un cerco que afectó primero su brazo izquierdo, y luego dificultó su movilidad, por lo cual en sus últimas apariciones se lo vio en silla de ruedas. Sufría una extraña enfermedad neurológica, “esclerosis lateral amiotrófica”, sin cura conocida. No rechazó ningún tratamiento, desde acupuntura hasta ensayos con células madre, en fase experimental. La noticia de su muerte fue sorpresiva para todos: la arrolladora vitalidad que transmitía el rosarino marcaba un diagnóstico propio y diferente, siempre esperanzado.

Roberto Fontanarrosa nació en Rosario el 26 de noviembre de 1944 y, según decía, desde chiquito fue negro y canalla. A los veinticinco años comenzó a delinear sus dos personajes emblemáticos: Boogie el aceitoso e Inodoro Pereyra, que nacieron en las revistas Tinta y Hortensia. A partir de los ’70 empezó a poner su firma en revistas como Satiricón y Mengano, y pronto Ediciones de la Flor publicó las primeras compilaciones de Inodoro y Boogie. Sentencias como “mal pero acostumbra’o”, “Negociemos, don Inodoro”, o el lacónico “shit” que remataba las aventuras de el aceitoso, pasaron a formar parte del refranero popular. Boogie, precisamente, fue protagonista de las contratapas de domingo en Rosario/12, donde trabajó toda la década pasada y escribió sus “Noticias desde El Cairo”. Pero también brilló en novelas y compilaciones de cuentos –muchos de ellos dedicados, claro, al fútbol– como El área 18, No sé si he sido claro, Usted no me lo va a creer y El mayor de mis defectos. En el último tiempo, relatos como La mesa de los galanes fueron llevados al teatro por distintos elencos, y sus amigos Daniel Aráoz y Coco Silly hicieron que Los cuentos de Fontanarrosa cobraran vida por Canal 7 (ayer, justamente, grabaron un capítulo en medio de la noticia de la muerte). Su maestría lo llevó por las más diversas posibilidades de su oficio, desde cubrir un Mundial de Fútbol hasta ilustrar el Martín Fierro.

Siguió trabajando con el mismo entusiasmo hasta el final: mantuvo el chiste diario en Clarín. También siguió con Inodoro Pereyra, el renegáu en la revista dominical de ese medio, sin renunciar al desafío autoimpuesto: lograr que cada viñeta contuviera un chiste, con remate y todo, formando parte a la vez del relato global de la historieta. La enfermedad marcó cambios inevitables: primero, las letras de Inodoro comenzaron a salir con un programa de computadora que imitaba los caracteres del humorista. Finalmente, en enero de este año, anunció que dejaría de dibujar, y sólo seguiría escribiendo el contenido de sus tiras cómicas. “Fue casi un alivio llegar a esta determinación; me costaba mucho dibujar, y me salía mal. Por ahora mi mano claudicó, no responde como antaño a lo que dicta la mente”, explicó. La solución llegó con otra mano, la de un amigo de años, el cordobés Crist. Así, en el último tiempo, los chistes se pensaban en Rosario, se dibujaban en Córdoba y se imprimían en Buenos Aires, para todo el país.

En 2004, Fontanarrosa fue invitado al III Congreso de la Lengua, que se realizó con toda pompa y circunstancia en la ciudad de Rosario, con la presencia de catedráticos de la más alta alcurnia. Su exposición, que se suponía una suerte de adorno marginal en ese ámbito académico, las palabras de alguien “de otro palo”, terminó siendo lo más recordado del evento. No porque los medios hubieran ejercido su poder de caja amplificadora de lo pequeño, sino porque sus palabras, efectivamente, formaron parte de lo más profundo de la discusión sobre una materia viva como la lengua. “¿Por qué son malas las malas palabras? ¿Le pegan a las otras palabras? ¿Son de mala calidad, y cuando uno las pronuncia se deterioran?”, comenzó planteando el rosarino. En su ponencia abordó la cuestión de “la triste función de los puntos suspensivos” en el reemplzazo de términos soeces, y defendió la potencia expresiva de un carajo o un mierda bien colocados. Hablaba sin recurrir a un texto escrito, en lo que parecía un discurso improvisado, o al menos dicho con la tranquilidad de quien va pensando las palabras en el momento. Pero si logró hacer reír a carcajadas a cada maestra y biliotecaria, y hasta al director de la Real Academia (apellidado, casualmente, García de la Concha), era porque el Negro había trabajado mucho su ponencia. Lo que decía en cada oración, con el ritmo justo para que el auditorio estallara en risas en cada punto, era brillante. Lo mismo ocurría con sus chistes. Nadie se sentía un pelotudo mientras largaba la carcajada.

Una situación similar vivían todos los años los cientos de personas que llenaban la sala más grande de la Feria del Libro, donde Fontanarrosa cumplía con una suerte de ritual, la mesa de humoristas que organizaba De la Flor. El tema era siempre más o menos el mismo: el humor y sus implicancias. El rosarino siempre llegaba con algo preparado, y aunque las dijera como al pasar, sus palabras dejaban picando grandes reflexiones. Decía que disfrutaba muchísimo de esas ferias, aun entre los apretujones de los pasillos repletos, y era fácil creerle, viendo el empeño que ponía en firmar un autógrafo tras otro, frente a una fila de lectores ansiosos que parecía ser siempre igual de larga. “Yo firmo lo que venga”, aseguraba, y contaba que había estampado las cosas más insólitas: papelitos, revistas, camisetas, libros de otro autor. Se tomaba el tiempo para agregar un Mendieta, un Inodoro, lo que el lector pidiera. Era su forma de devolver el cariño que recibía de sus lectores, que lo trataban con respeto y familiaridad a la vez. Como a un amigo.

En cierta medida, el Negro fue un símbolo de un país que alguna vez fue posible, uno de esos seres cuya existencia indican que quizá todavía puede ser posible. Un hombre que manejaba una cultura vastísima, capaz de hacer poesía con Central, o de hacer que la sociedad argentina se reconozca en sus personajes. Un hombre que trabajaba con la sencilla convicción de que podía hablarles a sus lectores de igual a igual, como a seres capaces de reflexionar y reírse con las mismas cosas que él. Por eso sus chistes y textos hacían sentir bien tratado al lector mientras se reía, algo que en estos tiempos de zanahorias para bobos se agradecía como una caricia. No son tantos los que quedan, y un ejemplo pueden ser Les Luthiers, con quienes no por nada el rosarino trabajó durante más de veinte años como asesor creativo.

“¿Por qué a mí? ¿Y por qué no?”, les debe estar diciendo el Negro, desde algún lugar y de alguna forma, con la sonrisa torcida de siempre, a los muchos que hoy lo lloran. Decir que un artista sobrevive en su obra es el más horrible de los lugares comunes para una nota como ésta. Aun así, hay una certeza alrededor de esa posibilidad de reencarnación que solamente se ganan los grandes, que no son tantos. Fontanarrosa podrá haberse muerto, pero todos seguiremos repitiendo: qué grosso que es este tipo.


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Algunas de sus tiras

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Algunas de sus frases

Vi una estrella caer. Pedí un deseo. Y la estrella cayó en tu casa.

El ciego, al lavarse la cara, se reconoce.

Se aprende más en la derrota que en la victoria, pero… ¡Prefiero esa ignorancia!

El pájaro es libre. Lo sería aún más de ser soltero.

El loro plagia la palabra, pero quien está preso es el canario.

El pavo real abre su cola sin importarle si es día feriado.

Quien ríe último, de la desgracia ajena, ríe mejor.

Desgracia

Dios aprieta pero no ahorca ni cae en el sadismo.

Una palabra puede herir. Pero un martillazo es feroz.

La rosa tiene espinas, pero… ¿Tiene pétalos el atún?

Reprochas al sordo que no te escucha. ¡Grítale más fuerte!

Aun viéndote sucia y borracha, me arrodillo para nombrarte: ¡Madre!

El puntapié que me asestaste… ¿No será una opinión?

El que nada desea, es sospechoso.

El espíritu del virtuoso es como un espejo. Te miras en él y puedes peinarte.

El hombre sabio es pobre en apariencia, pues su tesoro está en Suiza.

En el mundo hay bondad y maldad. Justicia e injusticia. Árboles y tortugas. Hay muchas cosas.

Para el Sabio no existe la riqueza. Para el Virtuoso no existe el poder. Y para el Poderoso no existen ni el Sabio ni el Virtuoso.

Aquel que ha tocado el cielo con las manos… ¿Cuánto medía?

Reparad en ese pato que corre. Reparad en aquel cordero que trisca. Reparad esa cerca que huyen los animalitos.

Si dices que lo tienes en un puño... ¡Muy pequeño ha de ser tu enemigo!

Si quieres alcanzar la sabiduría… ¡empieza a correr ya!

¡Desdichado el mendigo que no conoce el placer de dar!

Morir… ¡Extraña costumbre!

La hiena ríe pues no piensa en el mañana.

Muy distinto es no decir lo que se piensa que no pensar lo que se dice.

Si no cantara el gallo igual amanecería.

Consulté con mi almohada y me dijo: "Consulta con tu médico".

No hay completa belleza. El tigre es hermoso, pero su orín es pestilente.

Lo llamaron científico, estadista y pensador. Pero nunca fue tan feliz como cuando lo llamaron "Bichi".

El humor no debe ser risa. Sí, sonrisa. Y, de ser posible, llanto amargo.

Si tropiezas dos veces con la misma piedra… ¡sácala de allí!

Cuando alcancé la sabiduría, ella me miró y dijo: "Ya me alcanza cualquiera".

El optimista ve la copa medio llena. El pesimista la ve medio vacía. El borracho la ve doble.

No juzgar a los hombres por sus actos. Condenarlos.


Entre muchas otras que quedaran siempre en la historia...

Un simple homenaje a un grande que se merece muchos más...