Soldados elites kaibil

Hasta la fecha son reconocidos mudialmente por el nivel de entrenamiento arduo y riguroso que tienen estos soldados, tambien son reconocidos a nivel global por sus tácticas en combate, a tal punto en que países extranjeros como Alemania, Australia, Reino Unido, Brazil, Estados Unidos y Rusia son apodados como "Máquinas de Matar", debido a que en 1991 los soldados alemanes, franceses y canadienses pelearon junto con los kaibiles contra el ejército iraki en el operativo llamado Tormenta del Desierto. Y pronto los ejercitos de otros paises adoptaron este apodo para los kaibiles, por su forma de combatir







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Los kaibiles, las "máquinas de matar" del Ejército guatemalteco -una mezcla de "rangers" estadunidenses, gurkas británicos y comandos peruanos-, son entrenados en "El Infierno", una Escuela Militar del norte de Guatemala.

Al "Infierno", un Centro de Adiestramiento y Operaciones Especiales kaibil ubicado en la región de Poptún, a 415 kilómetros al norte de la capital de Guatemala, sólo se ingresa por invitación del Ejército y allí estuvo hace unos años este corresponsal

Los miembros de esa fuerza de élite son sometidos durante ocho semanas en ese centro a un entrenamiento de sobrevivencia en condiciones extremas y ellos siempre tienen presente el lema:

"Kaibil, si avanzo, sígueme; si me detengo, aprémiame. Si retrocedo, mátame!".

El tableteo de las ametralladoras, una densa columna de polvo y humo y jóvenes kaibiles carapintadas con el fusil M-16 al pecho y la bayoneta calada, reciben al visitante en una zona sembrada de minas y plantas de "pica-pica", que causan un escozor interminable.

Los estridentes cañonazos y el olor a pólvora ahuyentan a las aves, que vuelan despavoridas, mientras los hombres con traje de "fatiga" se desplazan pecho a tierra por entre el espeso follaje selvático, la tierra y el lodo.

Se trata de una demostración de la destreza que estos soldados -indígenas en su mayoría- han adquirido como resultado de un procedimiento desgastante y de privaciones que los ha convertido en implacables soldados de fortaleza inaudita.

Estos hombres cuya arma fundamental es la sorpresa, saben resistir y han sido instruidos como "máquinas de matar" que reaccionan ante "fuerzas o doctrinas extrañas que atenten contra la Patria", según fuentes militares consultadas

El curso para ser kaibil comprende tres etapas: la primera tiene una duración de 21 días de instrucción teórica y entrenamiento práctico en la que se mide el grado de espíritu militar y el nivel moral del aspirante.

La segunda fase se desarrolla en la selva por 28 días y al final del severo entrenamiento, el kaibil debe saber actuar con destreza en una guerra irregular y ser capaz de cruzar corrientes de agua, pantanos, riscos, hacer demoliciones, detectar y desactivar minas.

En la ultima etapa, el aspirante a kaibil, acostumbrado a comer culebras, hormigas y raíces, y a captar el agua del rocío en hojas, debe efectuar ataques de aniquilamiento, maniobras de inteligencia, penetraciones en territorio enemigo y reabastecimiento aéreo.

Le llaman "El Infierno" al centro de entrenamiento kaibil porque los 38 grados centígrados de temperatura y la intensa humedad del lugar han hecho a muchos desistir.

El visitante común se derrite en esa zona ubicada en plena selva del Petén guatemalteco, donde pocos ingresan, y en el caso de los militares, muchos caen rendidos ante el hostil entorno y el brutal entrenamiento.

Los que se rinden nunca podrán llevar sobre la cabeza la boina púrpura y los emblemas que distinguen a la fuerza elite creada en los años 70 para combatir a la insurgencia guatemalteca.

Como parte del curso, que sólo culmina una tercera parte de aspirantes, los futuros kaibiles tienen que pasar dos días sin dormir en un río con el agua hasta el cuello.

Los kaibiles son capaces de doblegar la voluntad del enemigo y su mística está presente en todos los Ejércitos de América Latina, dijo a Notimex el entonces teniente Julio Alberto Soto Bilbao, de la 42 Promoción "Kaibil Balam Internacional".

Ese grupo de elite fue creado el 5 de diciembre de 1974 para enfrentar al ahora desactivado grupo rebelde Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), que durante cuatro décadas puso en jaque al gobierno de ese país centroamericano.

Los militares adoptaron el nombre de Kaibil Balam, un rey del imperio maya que nunca pudo ser capturado por los conquistadores españoles y, con ese espíritu, se organizó también en función de un objetivo político-militar: recuperar el territorio de Belice.

Algunos de los postulados kaibiles son contundentes lemas de guerra, como "Siempre atacar, siempre avanzar" y "El ataque de un kaibil será planeado con secreto, seguridad y astucia, porque el kaibil es una máquina de matar".

Como parte de su preparación los enseñan a cuidar perros cachorros a los que terminarán matando para comérselos, y son entrenados para arrancarle la cabeza de un mordisco a una gallina.

Se especula que en la época de la guerra contrainsurgente incluso comieron carne humana de sus enemigos caídos en combates.

Los militares de este grupo de elite exhiben orgullosos la insignia en forma de arco, con fondo negro y ribetes dorados con la palabra "KAIBIL" en letras mayúsculas de color amarillo.

El color negro significa operaciones nocturnas, el amarillo las diurnas. El ribete amarillo, la primera semana del curso, el fondo negro, la segunda y las letras los siguientes 42 días.

Al término del entrenamiento, los comandos se dan un banquete con carne de lagarto asada, iguana y venado y tienen el permiso de tomar por la fuerza al ministro de Defensa guatemalteco en turno y lanzarlo a un estanque donde hay cocodrilos.

Como parte del ritual de culminación del curso, cada uno de los militares toma la "Bomba", una mezcla de tequila, whisky, ron, cerveza, agua mineral y pólvora que es servida en un vaso de bambú en cuyo exterior y hacia el borde superior está atada una bayoneta.

El militar tiene que tomar con cuidado la bebida, porque con una "Bomba" se embriaga y puede cortarse la frente con la bayoneta que sobresale por la parte superior del vaso.

A partir de entonces, ellos pueden exhibir el escudo kaibil, que tiene un mosquetón de alpinismo, que significa unión y fuerza, y una daga que está al centro de la imagen y representa el honor, y su empuñadora con cinco muescas en referencia a los cinco sentidos.

Uno de los lemas que se lee en la entrada de la Zona Militar 23 de Poptún es "Bienvenidos al infierno" y las ocho semanas que los aspirantes a kaibiles pasan allí así lo confirman.






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pués de Guatemala, México tiene el mayor número de kaibiles en el mundo. De los extranjeros que se gradúan en El Infierno, el 30 por ciento son oficiales del Ejército Mexicano y de la Armada de México.

Según la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) de México, los primeros mexicanos convertidos en kaibiles se graduaron en 1996; sin embargo, de acuerdo con información de la Escuela de Adiestramiento Kaibil, desde 1987 oficiales de México, Argentina y Panamá reciben este entrenamiento.

De acuerdo con el diagnóstico interno de la Brigada de Guatemala, después de los guatemaltecos, los mexicanos son los que han obtenidos puntajes más altos en el curso kaibil. De estos últimos el de mayor puntaje a la fecha es Enrique Oyarbides, un oficial de la Armada, originario de Campeche, egresado con mil puntos, y Jesús Villar Peguero, del Ejército, ambos graduados en la promoción número 48 del curso Internacional Kaibil en 1997, que incluso en su momento fueron condecorados por el entonces Jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional de Guatemala, Sergio Arnoldo Camargo.

Desde su creación a la fecha, Guatemala ha formado a 4 mil kaibiles, de ellos 99 extranjeros. De los extranjeros graduados más del 30 por ciento son mexicanos. Los otros son de Venezuela (10), Honduras (ocho), Nicaragua (siete), Belice (uno), Estados Unidos (uno), Uruguay (dos), Costa Rica (uno), Colombia (12), Panamá (10) y Argentina (ocho).

Este año dos mexicanos aspiraban graduarse como kaibiles, uno de ellos sufrió demencia y fue dado de baja; el otro aún sigue en El Infierno.

El Infierno del mexicano

“¡Esta es su noche Kaibil, esta es su noche!

¡La ambulancia llegó por usted kaibil, ya lo verá, ya lo verá…!”

Esta noche Rigoberto García se consumirá en la hoguera del Petén. La tradición militar en su familia lo anima convertirse en un soldado de elite.

Es la primera vez que Rigoberto sale de México. Cuando llegó al lugar de la tortura eterna le entregaron su uniforme, un rifle de asalto, su equipo y un casco con el número 14, conocido por la nomenclatura o con el mote de “Mexicano”, hasta que se gradúe y obtenga su número como soldado de elite. Si lo logra, será el kaibil mexicano número 38, el número 21 de la Armada de México.

“¡Corra kaibil, corra, que de todos modos se va a morir corriendo!”, le grita el coronel Hugo Marroquín al mexicano de 24 años de edad, quien recién cumplió los 18 se hizo militar.

Nativo de Lázaro Cárdenas, Michoacán, corre con su fusil en las manos; entre más avanza siente como si las gruesas botas con casquillo en las puntas se volvieran de plomo. Si se retirara el calzado, ni él mismo podría reconocer sus pies que en menos de dos semanas se volvieron una masa deforme que se tiñe de rojo cuando las ámpulas se revientan al más ligero movimiento.

“¡Le tengo una sorpresa tan grande como el mundo, que yo le juro que se va a arrepentir!”, arremete de nuevo el entrenador.

Ni con el cebo de res revuelto con pomada Capen que el subteniente se untó en las plantas de los pies durante más de dos meses, con la finalidad de que se le hiciera un caparazón, logró salvarse de las llagas que producen las horas corriendo y la humedad de la selva que se le cuela entre el hosco calzado militar.

Rigoberto se desliza paso a paso, a ratos veloz, a ratos a trote, intenta concluir los 19 kilómetros que esta madrugada son su misión. Piensa en la hija que recién cumplió un año y que si él se hace kaibil seguro tendrá un mejor puesto en la Marina y ganará más de los 10 mil pesos mensuales que recibe actualmente, con los que ayuda a sus padres y mantiene a su familia.

“¿Dónde está su cuas?... ¿Dónde lo dejó?... ¡Así lo va a dejar él cuando usted se esté muriendo en la montaña!”, gritan los hostigadores por el megáfono que rechina en los oídos de Rigoberto, harto ya del mismo sonido.

“¡Para el kaibil lo posible está hecho y lo imposible se hará. Siempre atacar, siempre avanzar….!”, responde a manera de defensa.

Rigoberto es hábil, busca motivación para seguir corriendo, le pesa el fusil, pero piensa en que sería peor regresar fracasado a su base naval y luego a la casa familiar, donde sus padres aún viven la pena de que el hijo mayor desertara de la milicia. Las deserciones no son para él, piensa el marino García y sigue corriendo.

La noche se presta para amenizar el tortuoso regaño, la azarosa persecución. Del megáfono que portan los hostigadores salen las notas musicales de una grabación en versión de órgano de la pequeña Serenata Nocturna, de Wolfgang Amadeus Mozart: ¿relajamiento y concentración? Ninguno de los aspirantes a kaibil atina a identificar al autor de aquellas notas, pero les refiere a los vendedores de helados en las colonias populares de México y Centroamérica.

Los hostigadores aprovechan el cansancio de sus pupilos y juegan con la mente de aquellos cuerpos que cargan fusiles de asalto y que están a punto del trastorno:

“¡Helados kaibiles, vengan, vengan por sus helados!”

“¡Usted mexicano, venga, venga que aquí le tengo su helado!”

Hostigamiento y música, Mozart vuelto tortura en las interminables noches en la calurosa selva, cuando los jejenes traspasan los uniformes verdi-negros y chupan la sangre de los militares de rostros en su mayoría morenos, hasta volverlos inmunes. A cada regaño, más música y se adereza el tormento.

“¡Ya viene solo, otra vez! ¡El kaibil no abandona al cuas, ya lo verá, ya lo va a ver, ¡cuando usted esté agonizando en la montaña así él lo va a dejar!”

El salvadoreño, su cuas, quedó muy atrás, y por su retraso es que ahora el mexicano sufre el regaño, y la persecución de esos hostigadores que no cesan en su intento de que “voluntariamente” el “Mexicano” pida su baja del curso. Pero Rigoberto sigue sin doblarse aunque las palabras ya le taladran los oídos.

Durante cinco largos años, motivado por dos de sus oficiales, anheló ingresar al curso, y casi no lo creía cuando de entre 65 militares de la Armada de México fue electo para viajar al infierno, así que, piensa, su voluntad puede más que ese tormento.

En la oscuridad de la noche, cuando el camino en la selva es alumbrado con alguna antorcha encendida o con la lámpara de mano que portan los hostigadores para sorprender a alguno infraganti, el traje de camuflaje de Rigoberto delata su estrés y el esfuerzo, porque de tanto sudor la holgada tela que se le pega al cuerpo resalta más sus rígidos huesos.

“¡Si avanzo sígueme, si me detengo aprémiame, si retrocedo mátame!”, grita cuando de nuevo escucha a su lado el ligero ruido de la “pick up” azul marino que a cinco kilómetros por hora se desliza dando tumbos entre la espesa vegetación.

“¡Esta noche usted se muere Mexicano!”

“¡Kaibil!”, grita Rigoberto, el orgullo de su familia, mofándose ante el entrenador guatemalteco que goza al atormentarlo frente a la incómoda visita de la reportera que provocó que “el Mexicano” fuera escogido como blanco de burlas y presiones durante varios días.

A orillas del río Mopan las botas del soldado se hunden en el lodo hasta que su cuerpo queda hasta la cintura sumida en el fango. Esta noche su mente está en el grado máximo de alerta. Aunque la firmeza de su rostro no lo delata, las palpitaciones de su acelerado corazón rompen la aparente quietud de la selva.

A medida que avanza la madrugada en esta tierra hostil, la temperatura desciende súbitamente. El ambiente se torna helado y en las hojas de los árboles pequeñas escarchas casi transparentes comienzan a aparecer. La pesadilla del “Catorce” acaba de empezar. Cuando se hunde en el Mopan el moreno rostro se torna blancuzco, las mejillas se contraen y se le entornan los ojos. Con la mochila a la espalda, encima el fusil y en la cintura el equipo que a estas alturas le pesa como si cargara una tonelada, Rigoberto avanza entre el agua podrida, rocas, troncos muertos, helechos, lirios, cayucos y algunas fieras que camuflageadas pasan muy cerca de él.

Es buen nadador, su familia es porteña, pero aun con un cuarto de vida en la milicia no ha podido vencer a su peor enemigo: padece hipotermia, así que los entrenamientos en estos humedales de inframundo lo matan poco a poco.

“¡Hoy hay bajas, hay bajas!… ¡usted Mexicano se va a morir, ya le tenemos la tumba!” El mayor Marvin Ochoa y el capitán Marco Antonio Castillo, los hostigadores en turno, se ensañan con el “Catorce”, conocen sus debilidades, se aprovechan y quieren conducirlo al fracaso.

“¡Kaibil!”, se defiende

4 comentarios - Soldados elites kaibil

@jhon240sx -1
grandes!!! bien entrenados
@SNIPERDELTA
NO SE MUCHO EJERCITO MUCHO COMANDO PERO AL IGUAL QUE EN MEXICO LOS NARCOS Y LOS PANDILLEROS SIEMPRE LOS PASAN POR ARRIBA
@PensanteErrante
SNIPERDELTA dijo:NO SE MUCHO EJERCITO MUCHO COMANDO PERO AL IGUAL QUE EN MEXICO LOS NARCOS Y LOS PANDILLEROS SIEMPRE LOS PASAN POR ARRIBA

bue, eso por los politicos. allá, milicos sobran (y en argentina? pufff, ñoquis politicos a full! )


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