El dia que Güemes tomó, a Caballo, un barco inglés.





1806: Cuando los gauchos a caballo abordaron un barco inglés



Invasiones inglesas. La Patria sangra y su pueblo naciente responde con bravía.


ingleses



“Buenos Aires había sido conquistada por una aventura de ladrones. Baird, Bersford y Popham se enteran que en Buenos Aires hay dos años de impuestos del Perú a la espera de su embarque. Y deciden largarse con solo 1.600 hombres cuando el plan original era hacerlo con 10.000. Es una aventura de piratas y hay que adelantarse a otros (ingleses también), que se quedarían con ese dinero. Saben que 1600 bastaban para el golpe de mano, pero no eran suficientes para mantenerse, pero ante el hecho consumado vendrían refuerzos.

El marino francés Santiago de Liniers está en Colonia con 1.000 hombres. Los ingleses, que tienen ojos y oídos por todos lados lo saben y sus buques de guerra lo esperan en el río. Liniers también espera... Espera un aliado, dice. Por fin llega, es la sudestada, temible tormenta en un río lleno de bajíos. Los ingleses ven pasar entre la lluvia las chalanas, las lanchas y las sumacas guiadas por marineros criollos.


caballo



Bersesford reúne su estado mayor. No podrán dar una batalla franca por la sudestada. Habría que defenderse en la ciudad donde los enemigos estarán por todos lados. Se hace fuerte en el retiro y en la plaza mayor. A la defensa del Retiro manda la sumaca Justina, recién capturada, armada con sus 26 cañones y con cien hombres además de la tripulación. El 11 y la mañana del 12 la Justina barre las calles con sus certeros disparos de artillería.

Sobremonte había iniciado el avance sobre Buenos Aires cuando se entera en la posta de “La Candelaria”, de la partida de Liniers. Manda a uno de sus mejores hombres, el cadete Martín Miguel de Güemes a pedirle que lo espere para hacer una acción conjunta.

El jóven oficial llega en 36 horas, al galope y sin dormir. Pero ya estaba todo terminado.

- ¿Está varado? ¡A ver el catalejo! Reclama Liniers. Usted que está bien montado pídale hombres a Pueyrredón e impidan su huída.

Y allí va Güemes con cincuenta jinetes entrando al agua desde la playa haciendo rendir al navío y capturando su bandera que hoy se exhibe entre las obtenidas ese glorioso día.

El lugar donde fue abordado el Justina sería según Martín Güemes, chozno del General, éste (Torre de Los Ingleses) por ironía o mala intención de sus constructores.

Güemes, como los gauchos de Malvinas sabían que no todo era cuestión de tecnología. Que bastaba decisión y coraje para utilizar las armas que se tenían.



Barco






Detalles del asalto a "Justine".





En las primeras horas de la mañana, a poco de iniciar los reconquistadores, en el Retiro, su marcha hacia la Plaza Mayor, algunos barcos ingleses cañonearon, desde el río inmediato, a la columna que avanzaba por el camino del Bajo y calle del Santo Cristo hacia las barbacanas del Fuerte. Pero, como está visto que Dios es criollo, a consecuencias del huracanado viento de días anteriores, sobrevino una bajante extraordinaria de las aguas del Plata, con lo que las naves de Popham, que no pudieron retirarse a tiempo río adentro, vinieron a quedar en seco y varias de ellas debieron ser apuntaladas para no volcar.

Pero, si bien los cañones enemigos ya no eran de temer, podía esperarse un desembarco de los de la escuadra inerme, para proteger o reforzar a los británicos que se defendían en tierra.

- Alférez: Tome veinte paisanos de los míos y patrulle la costa. Si nota algún amago de desembarco, corra a avisarme.

- ¡Está bien, señor comandante Pueyrredón!

El oficial elige su pelotón. Son gauchos de las quintas: pañuelos atando las crenchas, chiripás y botas de potro. Lanzas de tacuaras con cuchillos por moharras. Algunos tienen sables o tercerolas. Pero todos, lazos, boleadoras y facón al cinto. Son de los vencidos de Perdriel, de los milicianos de Arze. De los que lloraron de rabia cuando, sin llegar a distinguir el color de la bandera enemiga, fueron entregados por sus jefes, reumáticos de piernas y baldados de coraje.

Los jinetes, a su vez, examinan a quien los ha de conducir: ¡Hum!

Un oficial de infantes, de ese Regimiento Fijo de militarcitos de palacio. Un jovencito de unos veintiún años con tan brillante uniforme que parece ir a un baile del Fuerte. Pero es cierto que es un hermoso pueblero de piel blanca, ojos profundos y cabello renegrido que se muestra bien plantado en un tordillo de mi flor. Insolente en su gesto y ambicioso en su ademán. Dicen que es de una familia principal de tierra adentro: de Salta. Habrá que verse qué tal se porta este lechuguino...

- ¡En marcha!


patria





La patrulla pone sus cabalgaduras al paso y avanza escudriñando entre la espesa niebla que cubre la ribera. No se ve más allá de las narices. ¡Pero sí! ¡Hacia aquel rumbo que distingue la masa oscura de un buque!

Es cierto: a unas brazas de los juncales de la orilla se percibe un casco inmóvil: es el de la goleta “Justina”, que los ingleses arrimaran a la costa para hostilizar a los reconquistadores con los fuegos de sus veintiséis cañones, de sus cien fusileros de marina y de los veinte marineros de su dotación. La bajante la ha dejado en seco y ha quedado fuertemente escorada y por tanto, en imposibilidad de usar de su andanada.

Pero nada de eso saben los de la patrulla criolla. ¿Será una fragata? ¿O quizá un lanchón? ¿Tendrá muchos cañones? ¿Y cuántos soldados y tripulantes?

- ¡Qué importa todo esto, paisanos! Pero, por si a alguno le interesase saberlo, ¡lo iremos a averiguar sobre la cubierta misma del buque gringo!


Este razonamiento del alférez gusta a los gauchos. ¡Así hablan los hombres, qué caray!

El oficial desenvaina. Da una orden y traza un relámpago en el aire con su espada. Y el pelotón gaucho, sable o cuchillo en la diestra, se mete con sus caballos en el río.

Hostigados por los alaridos indios e improperios bien criollos, las bestias chapotean el agua que no les llega al encuentro. Los fusileros de la “Justina” rompen fuego graneado. Algunos asaltantes caen y sus pingos caracolean espumando el agua, pero sin abandonar al amo. Y el grupo continúa su avance a galope de carga.

Ya están junto al barco varado. Y entonces, aquellos paisanos que jamás han visto una nave de cerca, que se criaron en la pampa terrosa y seca, reciben la orden absurda, aunque esperada:

- Paisanos: ¡al abordaje!

Y la hazaña se cumple. Algunos de pie sobre el pingo. Otro, colgado de algún cable. Quien, gateando el casco y haciendo pie con el dedo gordo en los ojos de buey o en las junturas de la tablazón. Y todos trepando a la cubierta. Los ingleses deben dejar el fusil, por inútil, y tomar el hacha, el chuzo o el sable.

Los asaltantes están ya sobre la “Justina”. Se multiplican los duelos cuerpo a cuerpo en que los aceros se sacan chispas. Salen a relucir las boleadoras que machacan cráneos y manean defensores. Corre la sangre sajona que venciera en Trafalgar y la sangre nuestra, que rebulle por la hazaña primera.

Acosados por el ímpetu de aquellos locos, los ingleses pronuncian una palabra:


¡Rendición!

Marineros y fusileros son maniatados cuidadosamente con los lazos de los abordadores. El rojo pabellón arriado y reemplazado por el español. Los veintiséis cañones, clavados.

Y mientras algún criollo queda de guardia en la goleta apresada, el resto de la columna emprende gozoso su fluir hacia la Plaza, llevando en ancas a sus heridos y arreando en ristra, como salchichones, a sus ciento y tantos prisioneros, precedidos por el capitán inglés, su contramaestre y el condestable.

El alférez ha mostrado su pasta. Sus gauchos ahora le miran con respeto y algunos más indisciplinado y audaz le palmea y grita a sus compañeros:

- ¡Viva el salteñito! ¡Viva el rubilingo macho, paisanos!

Es que al gaucho siempre le han placido el valor desesperado, el ataque disparatado y la guapeada absurda.

Y en el día memorable, al caer el sol, cuando ya los marineros de Mordeille han recibido la espada de Beresford, el grupo de paisanos de Perdriel llega a la Plaza encharcada y jubilosa – en la que algunos gritan “¡Viva el Rey!” y muchos el entre amenazador y subversivo “¡Viva la Patria !” – con su alférez a la cabeza, llevando en el brazo el pabellón de la goleta cautiva y, detrás, la larga fila de prisioneros, confusos aún por aquel inconcebible abordaje a caballo de que han sido víctimas.

Liniers, radiante, bajo las arcadas del Cabildo, rodeado de sus jefes y de los graves regidores y miembros de la Audiencia, ve llegar a la extraña caravana. Y tras de escuchar el parte del alférez captor de la “ Justina”, le palmea diciéndole con tono entre ejemplarizador, justiciero y profético:

- Le felicito, “subteniente” Martín de Güemes: ¡usted llegará lejos!

Así fue el bautismo de fuego de un pueblo y de un hombre que habrían de obrar milagros.

Argüero, Luis Eduardo; Cielo al Tope; Historias Marineras




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