Burdeles colaboracionistas de París


Burdeles colaboracionistas de París

[font='Comic Sans MS', sans-serif, serif]La derrota del nazismo en Europa anunció el fin de la edad de oro de las maisons closes de Francia, conocida en ese entonces la ciudad sexualmente más ardiente de Europa

Burdeles colaboracionistas de París
Hermann Goering

Quitándose la gorra de visera, Hermann Goering aceptó una copa de champagne de su radiante anfitriona y la felicitó por su buen gusto. El comandante de la Luftwaffe conocía el buen arte cuando lo vio y quedó fuertemente impresionado por el Toulouse-Lautrec original que engalanaba las paredes de la elegante casa al lado del Museo del Louvre. Los instrumentos de cuerda alcanzaban los altos techos de la sala de recepción con las notas de un cuarteto de Mozart, mientras cuatro delicadas petits eran servidas en bandeja de plata. Podía haber una guerra en curso, pero una visita a Le Chabanais, el burdel más elegante de París, siempre restauraba la fe de un alto mando nazi en la civilidad gala.
Por humillante que pueda parecer, la aplastante derrota militar anunció el fin de la edad de oro de las maisons closes de la capital francesa, devotadas a los placeres sensuales.
El renombrado comentarista social francés Patrick Buisson ha denominado a la proliferación de dichos establecimientos uno de los ejemplos más flagrantes de “colaboracionismo horizontal” que avergonzó a su país durante la Segunda Guerra Mundial. En un nuevo libro, 1940-1945 Années Erotiques, Buisson efectivamente socava el mito popular de que la época de París como una guarnición alemana fue un sombrío periodo de privación, implacable persecución y resistencia.
En lugar de un personal de burdel sufriendo los horrores usualmente asociados con la Ocupación, las maisons eran frecuentadas por muchas de las figuras más importantes del Tercer Reich, así como por cientos de oficiales de menor rango. Esto significaba enormes inyecciones de dinero en efectivo, cantidades casi ilimitadas de productos del mercado negro e incluso donaciones de obras de arte extraídas de los tesoros apilados en los puestos de avanzada del imperio en expansión de Adolf Hitler.
La prostitución de clase alta floreció, con complacientes madames y mademoiselles contribuyendo a convertir París en la ciudad sexualmente más ardiente de Europa.

Todos los vicios, en oferta

burdeles

La mayoría de las chicas estaban tan enamoradas de los invasores arios que pusieron su mejor esfuerzo para que se sintieran como en casa, incluyendo el aprendizaje del alemán, la interpretación de su música clásica favorita e incluso el teñido negro del cabello para ofrecer un contraste exótico a sus clientes predominantemente rubios.
Casi todas las noches de la semana eran de fiesta, con alcohol como combustible de las orgías que dominaban la vida social en un momento en que la mayoría de la población tenía que obedecer el toque de queda de las 23:00 a las 5:00 horas. Incluso, aunque el Holocausto se fue extendiendo a la comunidad judía de Francia y las bombas aliadas llovían sobre las fábricas de los suburbios, el libertinaje continuó. “Fue una época dorada para los burdeles de Francia”, explica Buisson. “Muchos habían sido amenazados con ser clausurados en los días de libertad, pero bajo los nazis fueron completamente restablecidos”.
Tras la conquista de Francia en el verano de 1940, los invasores resultaron ser clientes insaciables. La Wermacht y las unidades de las SS comandaban no menos de 22 burdeles conocidos, convirtiéndolos en establecimientos para el uso exclusivo del personal militar y algunos funcionarios franceses complacientes.
Los comandos militares fijaron tarifas para los burdeles, con impuestos nominales que debían ser pagados a las autoridades colaboracionistas francesas. Los médicos alemanes examinaban a las prostitutas tres veces por semana para asegurarse de que no hubiera ningún brote de enfermedades venéreas, consideradas como “actos de sabotaje”. Esto continuó la tradición napoleónica, cuando el emperador francés ordenó el registro y la inspección sanitaria bisemanal de las prostitutas en el siglo XIX. Napoleón, que era admirado enormemente por Hitler, tuvo mucho que ver con la clausura de las maisons que comenzaron a aparecer en París y en otras ciudades importantes en la misma época.
Las maisons debían ser dirigidas por una mujer, generalmente una ex prostituta convertida en madame, y su apariencia exterior tenía que ser “discreta”. Los nazis publicaron una guía oficial de las casas, con guardias apostados fuera de los más importantes cuando las autoridades superiores nazis, como Goering, llegaban de visita. Algunos de los honorarios pagados a las madames al mando fueron de los más altos en la historia de la industria del sexo, con visitas individuales que a menudo costaban el equivalente del salario semanal de un oficial de alto rango. Más todavía, a los visitantes se les invitaba que trajeran champaña, chocolates y cigarrillos para sus chicas favoritas, para así mantener un sentido del decoro en los lugares que, en la superficie por lo menos, podían proyectar la imagen de un club de caballeros.

El hijo de la reina Victoria, un visitante asiduo


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Las habitaciones privadas, por su parte, ofrecían todo tipo de vicios. “Las casas eran templos de erotismo aristocrático”, afirma Buisson. “Eran un descanso dentro el estancamiento económico y el aburrimiento de la existencia cotidiana –una distracción y una oportunidad para enaltecer los sentidos, un refugio de los problemas, un reposo festivo de las frustraciones de la vida diaria". Por el lujo que ofrecían, señala Buisson, “Eran islas de abundancia en un océano de austeridad, vastas cavernas llenas de todo tipo de cosas que no se podían encontrar afuera”. Curiosamente, una aldea en el departamento occidental de Charente, Le Chabanais, no sufrió durante la guerra ninguna de las carencias que llevaron a muchos de los que vivían en el campo al borde de la inanición.
A su vez, hombres como Goering se unieron a una serie de personajes históricos famosos que atravesaban con regularidad en tropel la puerta de entrada para pagar por sexo ilícito. El hijo de la reina Victoria, Bertie, príncipe de Gales y futuro rey Eduardo VII, visitó regularmente Chabanais en la década de 1890. Se decía que en particular disfrutaba de la cámara exótica hindú, junto con un baño de champán y un asiento diseñado a su medida para alcanzar el máximo placer sexual. El asiento se convirtió en el favorito de muchos nazis, quienes autorizaron conservar en su lugar el escudo de armas del príncipe por encima de un diván de terciopelo, “porque tenía una madre alemana”, de acuerdo con un articulista de la época.
El artista Henri de Toulouse-Lautrec también disfrutó todo lo que se ofrecía en Le Chabanais, garabateando sus cuadros en la pared como “agradecimiento” a sus madames favoritas por sus años de servicio. Guy de Maupassant, el escritor, construyó una copia de la “Sala de la Mora” del burdel en su mansión junto al mar, para que no lo extrañara mientras estuviera fuera de París. Otros establecimientos comandados por los alemanes incluyeron Le Sphinx, que se remontaba al siglo XVII; y el Uno Dos Dos, en el número 122 de la calle Provence. El fabuloso decorado del Uno Dos Dos se actualizaba con regularidad, con dos jardineros trabajando día y noche en su lujosa flor de grotto. Esta caverna artificial contenía pedestales sólidos de mármol, diseñados para las prostitutas voluptuosas que se vestían como diosas griegas ofreciendo sus productos. Opulentas, aunque kitsch, las habitaciones temáticas se diseñaron de modo que parecieran cabinas del Orient Express.

Las francesas los preferían nazis


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A pesar de los enormes beneficios involucrados, Buisson sugiere que no sólo era el incentivo financiero lo que hizo que las mujeres francesas dieran la bienvenida a los alemanes con tanta calidez. Estaban impresionadas por el encanto genuino y la caballerosidad de muchos de los oficiales teutónicos. Buisson escribe: “Todo indica que los nuevos clientes que llegaron en el verano de 1940 recibieron un trato favorable que el simple poder seductor de la Reichsmark no puede explicar del todo.
En resumen, las mujeres a menudo preferían a los invasores alemanes que a sus propios compatriotas. Aunque en su mayoría estuvieron relacionados con el sexo, los burdeles siempre mantenían un ambiente relajado en las llamadas “salas de club”. “Fueron el sustituto de la calidez de un hogar lejano”, apunta Buisson. “Eran lugares de convivencia donde ibas a tomar una copa, escuchar música, bailar con las mujeres sin necesidad de subir las escaleras con una de ellas al final de la noche”.
Fue Fabienne Jamet, un reconocida madame del París de la época que dirigía el Uno Dos Dos, quien insistió en que los oficiales de alto rango trajeran consigo regalos de lujo, como champagne y flores frescas, para sus chicas. Ella no tenía nada, salvo un buen recuerdo de los soldados galantes y bien parecidos, especialmente de los miembros de las unidades de elite nazis, como las SS. La actividad sexual a menudo alcanzaba el frenesí previo al comienzo de una ofensiva militar, como ocurrió en el verano de 1941 antes de la invasión de Rusia, cuando las tropas disfrutaron de una vida cómoda en París a sabiendas de que su próxima parada sería el Frente Oriental. Recordando algunos de sus clientes favoritos, Madame Jamet dijo: “Me acuerdo de aquellos SS, todos de negro, tan jóvenes, tan hermosos, generalmente de extraordinaria inteligencia, que hablaban perfectamente francés e inglés”.
Cuando se disponían a abordar los camiones que los sacarían de París, Madame Jamet les gritó: “¡Están locos, van a morir. Todo lo que tienen que hacer es enviar a Hitler a que tome su lugar en la primera línea”. A pesar de esas pinceladas dramáticas de conflicto militar, las noches hedonistas eran lo que más interesaba a los visitantes. “Casi me avergüenza decirlo, pero nunca me había divertido tanto en mi vida”, afirmó Madame Jamet. “Esas noches de la Ocupación fueron fantásticas. Los burdeles de Francia no se veían mejor después de que cuando los alemanes estuvieron aquí”.
Dormir con el enemigo por dinero en efectivo tampoco era patrimonio exclusivo de una elite decadente. Decenas de miles de mujeres hermosas, desde respetables amas de casa a maestras, entablaron relaciones con los “bárbaros arios rubios”, señala Buisson. Con más de 2 millones de esposos y novios encerrados en prisiones de guerra o en campos de concentración, muchas se vieron obligadas a ofrecer servicios sexuales para compensar su falta de dinero. Otras más terminaron en burdeles poco higiénicos. “En menos de una hora, una chica que vendía sus encantos al ocupante podía ganar hasta tres veces la cantidad diaria que se le daba a las esposas de los prisioneros de guerra franceses en 1941.

Noches fantásticas


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En total, se calcula que al menos 10 mil prostitutas trabajaban ocasionalmente en París, cerca de seis veces más que antes de la guerra. Después de la invasión nazi en el verano de 1940, la superioridad militar teutónica dejó a la humillada Francia en un estado de “shock erótico”, explica Buisson. Cualquiera que sea la verdadera razón del abandono promiscuo, se intensificó conforme se acercaba la liberación, ante lo que muchos de los cónyuges finalmente se convirtieron en víctimas de las persecuciones al estilo nazi sólo que ahora en manos de las turbas parisinas.
Las llamadas femmes tondues (“mujeres rapadas”) eran arrastradas a las plazas de la ciudad y ahí eran rapadas frente a las delirantes muchedumbres. Ya desnudas, a menudo se les grababa esvásticas en la frente antes de ser golpeadas. En cuanto a los prostíbulos, una reacción también comenzó. Yvonne de Gaulle, la esposa católica del líder de la guerra y después presidente de Francia, Charles de Gaulle, anunció públicamente su odio a las maisons y exigió que se clausuraran. Yvonne fue apoyada por Marthe Richard, un concejal de París y ex prostituta, quien dijo que los burdeles estaban estrechamente asociados con los nazis para permanecer activos.
La propuesta de Marthe Richard finalmente fue aprobada el 13 de abril de 1946, lo que oficialmente puso fin a las maisons y a los años de la guerra erótica. En pocos meses, los impresionantes interiores de los burdeles fueron hechos pedazos, ni siquiera los murales de Toulouse-Lautrec sobrevivieron. El Uno Dos Dos es ahora un edificio de oficinas, entre ellas, de contadores. El edificio de seis pisos que albergaba Le Chabanais, donde hombres como Goering pasaron parte de sus horas más felices durante la guerra, ahora alberga un conjunto de apartamentos exclusivos.
El asiento de amor del príncipe Eduardo ahora puede verse en el Museo Erótico cerca del Moulin Rouge, en el barrio rojo de Pigalle.

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1 comentario - Burdeles colaboracionistas de París

@fairfield
Asi terminaron los colaboracionistas

colaboracion