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EPOCA DE LA ARGENTINA MODERNA

Las presidencias fundacionales pusieron las bases para la organización del Estado nacional. Las luchas políticas que todavía atravesaba el país contrastaban con el crecimiento económico alcanzado por las provincias del litoral atlántico y con la transformación social generada por la llegada de inmigrantes europeos. Estos cambios se profundizaron en la etapa de consolidación del Estado liberal, cuando se constituyó la Argentina Moderna.

La República posible

En sus Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, Juan B. Alberdi expuso sus ideas sobre la necesidad de establecer una república presidencialista, a la que llamó posible. Luego, en etapas sucesivas, se avanzaría hacia la edificación de la república verdadera. Este pensamiento fue volcado en la Constitución nacional de 1853. Se trataba de recurrir a los mecanismos de autoridad y de gobierno que subsistían desde la época precedente, es decir, al liderazgo de los caudillos (en particular, a Urquiza) para organizar un sistema democrático en el que participarían “los más capacitados”. El presidente era, en la práctica, la figura más fuerte y era elegido por ciudadanos mediante representantes en el colegio electoral. Ésta fue una práctica del régimen que se inició en 1880: derechos civiles para todos, derechos políticos para pocos.
Para evitar los enfrentamientos del pasado, el sistema se basaba en el control de la sucesión presidencial. Así, el presidente saliente designaba a su sucesor y lo mismo hacían los gobernadores de las provincias. Esto era posible porque, durante la mayor parte del período, existió una sola agrupación política importante. Se trataba del Partido Autonomista Nacional (PAN), que reunía a los dirigentes más destacados. El liberalismo y la creencia en que el país estaba destinado a un progreso sin límites eran ideas compartidas por todos los políticos, y esto contribuía a disminuir los conflictos.
Una vez decidido el sucesor, se ponía en marcha el mecanismo del fraude. El voto era universal masculino, voluntario y público. Esto hacía muy difícil que los opositores pudieran acceder a las urnas el día de las elecciones. Y, si lo hacían, era probable que no figuraran en el padrón de votantes confeccionado por funcionarios del gobierno. Todos los pasos que aseguraban el fraude estaban controlados. Así funcionaba la “máquina” electoral. El que la controlaba ganaba las elecciones.

* EL COLEGIO ELECTORAL: El colegio electoral era el cuerpo propio de la elección indirecta. Así, los votantes elegían representantes para que, a su vez, éstos votaran a los candidatos. El que obtenía mayor cantidad de votos era el elegido. Alberdi y la mayoría de sus contemporáneos consideraban que este sistema de elección indirecta debía perdurar hasta que el pueblo fuera capaz de ejercer un verdadero sistema democrático. La educación y la modernización económica harían posible ese cambio.

La presidencia de Roca

La guerra civil duró casi 70 años. Habían fracasado uno a uno los intentos de oponerse al poder de Buenos Aires. La Aduana, el puerto y los productos británicos contribuyeron tanto o más que las tropas a imponer el modelo agroexportador. El país estaba “pacificado”, los indios habían dejado de ser una amenaza. Los gauchos se habían transformado en peones de estancia. Y los últimos montoneros fueron derrotados.
El general Julio Argentino Roca asumió la presidencia en octubre de 1880. Había nacido en Tucumán y había ganado un importante prestigio entre la élite dirigente y los inversores extranjeros por haber comandado exitosamente, un año antes, la Conquista del Desierto. A pesar de su declamada actitud liberal, Roca y su gente no veían al Estado como un simple árbitro o guardián del orden público, sino que le asignaban un papel central en la formación de empresas privadas nacionales y en la instalación de compañías extranjeras.
El Estado nacional se constituyó en un verdadero “desarrollador” de la economía argentina porque, entre otras cosas, creó un sector de contratistas del Estado: la mayoría de las obras públicas se hicieron con contratistas privados pero financiadas por el Estado nacional.
Aumentaron notablemente las inversiones británicas en ferrocarriles, frigoríficos, bancos y tierras. Consecuentemente, a cuatro años de asumir Roca, la Argentina destinaba casi la mitad de sus ingresos al pago de las deudas contraídas con los bancos extranjeros.
En poco tiempo, una verdadera red de vías cubrió la Pampa húmida llevando los productos agropecuarios a los puertos. El 75% de la red ferroviaria quedó en manos británicas, unos pocos kilómetros a cargo de empresas francesas y el resto, los ramales que daban pérdidas, en manos del Estado.
Ese mismo Estado garantizaba a las compañías extranjeras ganancias sobre el capital invertido y les regaló miles de hectáreas adyacentes a las vías. La garantía de los ferrocarriles implicó el pago de una suma anual a la empresa del ferrocarril que llegó a representar, en algunos años, más del 20% del presupuesto nacional. Es decir que cuando el volumen de tránsito del ferrocarril no llegaba a cubrir la ganancia mínima que garantizaba la empresa, el Estado nacional tenía que hacerse cargo del pago de la indiferencia.
La enseñanza había sido casi exclusivamente, en manos del poder eclesiástico, una herramienta de difusión ideológica. La clase gobernante, consiente del valor y el alcance de este elemento unificador y como garantía de continuidad del sistema, asumió la responsabilidad de impartir educación a toda la población. En su afán centralizador, el gobierno de Roca no se detuvo ante el tradicional poder de la Iglesia Católica. Se creó, en 1884, el Registro Civil, que en su primer año de vida registró 11.780 nacimientos, 8.242 defunciones y 2.774 matrimonios.
El manejo del Registro Civil le reportaba a la Iglesia un doble beneficio, poder político, al confeccionar los únicos padrones electorales existentes, y poder económico por la recaudación obtenida a través de la inscripción de nacimientos, casamientos, casamientos y defunciones.
Por iniciativa de Sarmiento en su función de director general del Consejo Nacional de Educación, el gobierno de Roca sancionó en 1884 la ley 1420, que establece la enseñanza primaria gratuita, obligatoria y laica para todos los habitantes del país.
Se multiplicaron entonces las escuelas estatales que ocuparon en la mayoría de los casos el lugar de las escuelas parroquiales y de órdenes religiosas.

La organización del régimen de gobierno oligárquico en nuestro país

En 1880, después de la definitiva subordinación de Buenos Aires al Estado nacional, el general Julio A. Roca asumió como presidente de la República y proclamó como lema de su futuro gobierno “Paz y Administración”. Roca advirtió, además, que en cualquier punto del territorio argentino en que se levantara “un brazo fraticida” o en que estallara “un movimiento subversivo contra una autoridad constituida, allí estaría “todo el poder de la Nación para reprimirlo”.
Roca y el grupo de dirigentes políticos que lo acompañó en su gestión sabían que podían asegurar la obediencia a las autoridades constituidas, a través de la intervención del poderoso ejército que respondía a las órdenes del presidente de la República. Pero, al mismo tiempo, tenían como meta hacer de la las obediencia un hábito común entre los dispersos habitantes del territorio controlado por el Estado nacional. Y pensaban que esa meta podía ser alcanzada sólo a través de un “gobierno ordenado y estable”. Por estas razones, para los grupos dirigentes que asumieron la conducción del país a partir de 1880, el gobierno significaba algo más que asegurar a través de la fuerza armada la unidad política recién lograda. Se trataba, sobre todo, de fundar y establecer un régimen político; es decir, establecer quiénes serían los encargados de gobernar y en virtud de qué reglas unos, y no otros, tendrían el privilegio de mandar. Aspiraban, además, a que ese nuevo régimen fuera conocido como legítimo, para lo cual era necesario que entre los integrantes de la sociedad argentina se generalizara una creencia compartida acerca de la justicia de las reglas que establecían la organización y la distribución del poder político.

* OLIGÁRQUICO: Este calificativo deriva del concepto de “oligarquía”, palabra que proviene del griego y que la teoría política utiliza para designar al “gobierno de los ricos, que generalmente son pocos”. La limitación de la participación política de la mayoría de los habitantes de la República no generó conflictos sociales mientras se desarrolló una expansión económica sostenida. Efectivamente, las garantías para el ejercicio de la libertad civil económica permitieron que numerosos inmigrantes y nativos tuvieran oportunidad de mejorar sus condiciones de vida y lograr el ascenso social, aunque no ejercieran sus derechos políticos.

El fraude electoral

A partir de 1880, los gobernantes mantuvieron las reglas, de la democracia política y convocaron a elecciones en el orden nacional, provincial y municipal. Además, desde 1863, las sucesivas leyes electorales nunca restringieron el derecho de sufragio de los ciudadanos sobre la base de una determinada capacidad económica o cultura. Sin embargo, el gobierno impedía el acceso de los candidatos de la oposición a los cargos legislativos y se aseguraba la integración del Colegio Electoral (encargado de la elección indirecta del presidente y vicepresidente) con hombres de su confianza.
A través de los caudillos electorales, los líderes políticos del partido gobernante controlaban los comicios, interviniendo de diferentes formas en el momento de la emisión del voto por parte de los ciudadanos. Por un lado, intervenían en las comisiones empadronadoras que conformaban el registro electoral y, por otro, con las ventajas que les daba el hecho de que el voto era voluntario y no secreto, organizaban el “voto colectivo”, el “voto doble”, la repetición del voto y la compra de sufragios. Muy frecuentemente también utilizaban la violencia impidiendo que los miembros de las parcialidades opositoras se acercaran a las mesas electorales.

* EL FRAUDE ANTES DE 1880: La utilización de estos personajes y las prácticas fraudulentas habían sido comunes antes de 1880, como lo demuestra esta carta de Sarmiento a Domingo de Oro sobre las elecciones realizadas en Buenos Aires en 1857: “Nuestra base de operaciones ha consistido en la audacia y el terror, que empleados hábilmente han dado este resultado admirable […]. Establecimos en varios puntos depósitos de armas y municiones, pusimos en cada parroquia cantones con gente armada, encarcelamos como unos veinte extranjeros complicados en una supuesta conspiración; algunas bandas de soldados armados recorrían de noche las calles de la ciudad, acuchillando y persiguiendo a los mazorqueros; en fin, fue tal el terror que sembramos entre todas esa gente, con éstos y otros medios, que el día 29 triunfamos sin oposición […]”.
El mismo autor se quejaba de las prácticas fraudulentas quince años más tarde: “Habitan la ciudad [de Buenos Aires] cerca de doscientos mil habitantes, de los cuales la mitad son argentinos; pero aunque en la campaña haya más de trescientos mil habitantes, más de la mitad argentinos, y muchos pueblos, villas y ciudades, como los dueños del campo viven en la ciudad, ellos, sus hijos y allegados ejercen los derechos políticos mandando a la campaña por medio de los jueces de paz las listas de los que deben elegir sus capataces de las estancias. […] Los peones de sus estancias organizados en guardia nacional, como son más que los patrones, tienen mayor número de votos, a disposición no del patrón sino del juez de paz; de manera que los peones, los gauchos, los santiagueños de la campaña gobiernan, nombrando a la orgullosa capital del Río de la Plata”.

La Generación del 80

La clase dirigente que acompaño el proceso de “modernización” fue la llamada Generación del 80. Esta generación confió en que el progreso económico y la organización política posibilitarían el surgimiento de una nueva sociedad. Abarcó personalidades de distinta edad y formación, destacados escritores, políticos y también terratenientes. Algunos de sus integrantes más conocidos fueron: Paul Groussac, Miguel Cané, Eduardo Wilde, Carlos Pellegrini, Luis Sáenz Peña, Ramón Cárcano y Joaquín V. González.
Los hombres de esta generación se caracterizaron por heredar y compartir muchos de los pensamientos y aspiraciones de la generación del 37, como el de que solo la clase letrada es la poseedora del derecho a conducir el país, y la adhesión al pensamiento liberal. El liberalismo sostuvo la fe en el progreso y la creencia en que el desarrollo económico solo se alcanzaría mediante el juego libre de las fuerzas comerciales y con gobiernos limitados a respetar la libertad individual.
Para Alberdi (1818-1884), había que “civilizar” el país una vez consolidada su unidad a su juicio los dos pilares básicos del desarrollo eran la mano de obra y el capital extranjero. Los hombres del 80, esencialmente políticos y no teóricos, hicieron suyos estos postulados que, prácticamente, eran los que habían dominado los últimos veinte años.
El positivismo representó la vanguardia ideológica de una burguesía identificada con el avance sostenido de la ciencia y de la técnica como forma de desarrollar las fuerzas productivas y de terminar con las secuelas de la “barbarie”. Tanto en el orden material como el cultural tomaba fuerza la idea de suprimir la “política”, identificada con el caudillismo, con la confrontación violenta y, en general, con la aparición de tendencias orientadas a suplantar el sector que ejercía el poder. Se pensaba en su reemplazo por la “administración”, una actividad regular, con rasgos “científicos”, legitimada por la posesión de un saber sobre el bien de la sociedad nacional que consolidara un progreso lineal e indefinido, eran el modelo de “administradores” que debían reemplazar a los “políticos” de una época superada.
Buscaron nacionalizar la cultura del país. Preocupados por los posibles efectos desintegradores de la política inmigratoria, practicaron un liberalismo de corte laicista (promovían la separación de la Iglesia en las cuestiones referentes al Estado) que trajo como consecuencia el enfrentamiento con la Iglesia y los sectores católicos.

El liberalismo conservador de “la generación del 80”

El régimen oligárquico fue a la vez liberal y conservador. Desde 1880, la élite gobernante propuso leyes e impulsó obras que significaron la concreción de los ideales del liberalismo y su difusión en la sociedad Argentina. Las realizaciones más importantes en este sentido fueron la sanción de la Ley de Organización de la Justicia de la Capital Federal (1881), la Ley de Organización de la Municipalidad de Buenos Aires (1882), la reunión de un Congreso Pedagógico (1882), la Ley Universitaria (1883), la Ley de Matrimonio Civil (1883) y la Ley de Educación Común 1420 (1884). El avance de la secularización en las políticas del gobierno originó el enfrentamiento con la jerarquía de la Iglesia Católica y los grupos de católicos que asumieron su defensa.
Sin embargo, al mismo tiempo, la clase gobernante mantuvo la restricción de los derechos políticos de los ciudadanos. En este sentido, el sistema de gobierno impuesto por la oligarquía fue conservador, porque mantuvo cerrado los canales de participación política a sectores muy amplios de la población.

Expansión de la economía primaria exportadora

La expansión de las exportaciones de productos agropecuarios tuvo un fuerte impacto sobre la producción industrial del país. Por un lado, hizo posible la instalación de las primeras plantas fabriles modernas; pero, por otro, acentuó la decadencia de las industrias artesanales de las economías regionales del interior.
Hacia fines del siglo XIX, en los principales centros urbanos de Buenos Aires y la zona litoral se instalaron nuevas industrias que procesaban las materias primeras destinadas a la exportación: los molinos harineros y los frigoríficos se sumaron a las curtiembres y los saladeros. También se desarrollaron las industrias dedicadas a producir los insumos a las curtiembres y los saladeros. También se desarrollaron las industrias dedicadas a producir los insumos requeridos por la producción agropecuaria o los sistemas de transporte, como los talleres de reparación de material ferroviario y de maquinarias agrícolas. Además, la gran expansión agroexportadora produjo un aumento general en los ingresos de la población y esto se tradujo en un aumento de la demanda de diferentes bienes de consumo no durable y durable, como los alimentos preparados y envasados, la indumentaria y el calzado, los muebles, la vajilla y diversos enseres domésticos. Frente a la sostenida expansión de las exportaciones agropecuarias argentinas que se registró a partir de 1880, los terratenientes exportadores de la región pampeana y sus socios comerciales nacionales y extranjeros realizaron fuertes y crecientes inversiones en nuevas tecnologías y mejoras técnicas, y también en la modernización y extensión de los sistemas de transporte y comunicación indispensables para acercar la oferta a la demanda.
El volumen creciente de las exportaciones de carnes y cereales reportó a los grupos de capitalistas agrarios (terratenientes y comerciantes exportadores) ganancias también crecientes.
Los capitales extranjeros llegaron principalmente desde Gran Bretaña: en los primeros años del siglo XX, los capitales ingleses representaban el 81% del total de las inversiones extranjeras en el país. Entre 1885 y 1890, el período en el que se registró el ingreso de mayor flujo de capitales británicos, los principales destinos de las inversiones fueron préstamos al gobierno (35%), ferrocarriles (32%) y compañías colonizadoras de tierras (24%). Después de 1890 se notó una disminución sustancial del flujo de capitales hasta los primeros años del siglo XX. A partir de entonces y hasta 1914, entre las nuevas inversiones disminuyeron los préstamos al Estado, se mantuvieron las colocaciones en ferrocarriles y en compañías de tierras y se registró un notable incremento de las inversiones en el sector bancario y en frigoríficos.

La presidencia de Juárez Celman

Para las elecciones de 1886, Roca logró imponer la candidatura de su cuñado Miguel Juárez Celman, ex gobernador de Córdoba, quien, mediante elecciones fraudulentas, asumió la presidencia de la Nación.
El nuevo presidente asumió también la conducción del Partido Autonomista Nacional, de modo que se transformó en un jefe único. A este régimen se lo conoce como “el Unicato”. Por medio de él, Juárez Celman y sus socios controlaron todos los resortes del poder.
De esta forma, los negocios públicos y los privados se complementaban. Ricos empresarios incursionaban en la política; funcionarios y políticos lo hacían en los negocios.
Juárez Celman llevó adelante una política económica liberal, fomentando la privatización de todos los servicios públicos. Esto permitió grandes negociados y generalizo la corrupción en la administración estatal.
Es tal el afán de lucro del grupo del presidente que fue dejando fuera de sus negocios a los clásicos beneficiarios del sistema para privilegiar, casi exclusivamente, a sus allegados. La élite tradicional, representada por el roquismo y el mitrismo, sintiéndose excluida del manejo de los negocios públicos, comenzó a retirarle su apoyo. Pero la prensa juarista parecía vivir en otro mundo.
La alocada política privatista de Juárez Celman llegó hasta la sanción, por decreto, de una Ley de Bancos Garantidos que autorizaba a los bancos privados a emitir papel moneda de curso legal. Esto incrementó descontroladamente la circulación monetaria y generó una notable inflación. El Banco Nacional otorgaba préstamos con total liberalidad a los amigos del poder. Estos fondos se destinaban, fundamentalmente, a la especulación con tierras y las inversiones en la Bolsa, que vivía un período alcista. Toda esta euforia especulativa comenzó a desvanecerse a mediados de 1889 cuando bajaron los precios internacionales de nuestras exportaciones y fue necesario hacer frente a una deuda externa que comprometía el 60% de la producción nacional.
En junio de 1890 el gobierno anunció oficialmente que no podía pagar la deuda externa. Esto precipitó la crisis. La desocupación se generalizó y se agravó la situación de los trabajadores.

La crisis económica de 1890

Desde mediados de la década de 1880, los problemas financieros que afectaron el nivel de ingresos de todos los grupos sociales pusieron en crisis la estabilidad del gobierno y favorecieron la organización de la oposición política sobre nuevas bases.
Por un complejo conjunto de causas, desde 1885 comenzó un proceso de pérdida de valor del peso argentino frente al oro, que era el medio de pago internacional. Uno de los resultados de este proceso fue la inflación, que modificó los precios internos de la economía argentina; otro fue la pérdida del valor adquisitivo de los ingresos de los asalariados y productores que recibían sus ingresos en pesos, ya que cada vez eran necesarios más pesos para comprar la misma cantidad de unidades de un producto.
Esta inflación resultaba beneficiosa para los sectores de la población vinculados con el negocio de la exportación, particularmente par los terratenientes exportadores (que recibían oro como pago por sus exportaciones) y también para los colones, los comerciantes y los transportistas. Pero perjudicaba a los sectores que dependían de ingresos fijos, como los empleados en las empresas y comercios privados y en la administración pública, y los obreros, cuyos salarios no crecían con la misma rapidez con que se acentuaba la desvalorización del peso. Entre 1887 y 1889, en Buenos Aires y Rosario, tuvo lugar el primer movimiento huelguísticos de importancia en el país, protagonizado por obreros ferroviarios (extendido más tarde entre zapateros, albañiles y carpinteros) que exigían cobrar su salario en oro. Ante estas manifestaciones de descontento social, la oposición política ganó confianza e inició una revolución con el objetivo de derrocar al gobierno.

Partidos, facciones y prácticas electorales

Hacia 1890, surgieron grupos que se oponían a la sucesión fraudulenta en el gobierno. Diversas facciones (que seguían a políticos, como el ex presidente Bartolomé Mitre; a católicos, como José Manuel Estrada; y grupos que seguían a Leandro N. Alem) se unieron contra el gobierno y provocaron una revolución. Así se formo la Unión Cívica, cuyo objetivo era destituir al presidente Miguel Juárez Celman, ejemplo máximo del control político. Aunque la revolución no triunfó, el Presidente presentó su renuncia. Ante la crisis política, acompañada por una profunda crisis económica, los miembros del PAN y algunos opositores decidieron llegar a un acuerdo. Mitre, Roca y el nuevo presidente, Carlos Pellegrini, acordaron evitar la competencia electoral y designar un sucesor. Así quedaba neutralizada la oposición.
Sin embargo, un sector de la Unión Cívica decidió no pactar con un gobierno al que consideraban corrupto. Así, en 1891, nació la Unión Cívica Radical (UCR), cuyo principio básico era la lucha contra el fraude. Dirigida por Leandro N. Alem (y, más tarde, por Hipólito Yrigoyen), este movimiento inició una campaña contra los sucesivos gobiernos. Al comienzo, participó en las elecciones y, luego, declaró la intransigencia bajo dos lemas: revolución y abstención electoral. De este modo, Irigoyen y sus seguidores llevaron a cabo dos revoluciones, en 1893 y en 1905, para derrocar al gobierno de turno. Aunque ambas fracasaron, generaron preocupación entre los hombres del gobierno.
Ya en 1896 se había fundado el Partido Socialista, bajo la dirección de Juan B. Justo. Este partido, defensor de los trabajadores y la justicia social, tuvo una activa militancia que iba desde la participación electoral a la organización de gremios y cooperativas. En 1904, ganó las elecciones en el barrio porteño de La Boca. Gracias a eso, Alfredo Palacios se incorporó a la Cámara de Diputados como el primer diputado socialista de toda América.
Los partidos políticos tenían diferentes opiniones sobre los inmigrantes. La Unión Cívica Radical y los conservadores eran contrarios a la participación del inmigrante, mientras que el Partido Socialista y la Liga del Sur (luego Partido Demócrata Progresista) estaban formados por muchos extranjeros y apoyaban la naturalización y la participación del inmigrante en la vida política. Muchos de los que llegaron a la Argentina lo hicieron con formación política. Organizaban entonces los primeros sindicatos, publicaron periódicos para los trabajadores, ayudando a la propagación del socialismo y anarquismo.

Las inversiones extranjeras

Desde mediados del siglo XIX, el país atrajo capitales europeos, que buscaban invertir en lugares que permitieran hacer buenos negocios. Esto era propio de la expansión del capitalismo desde los países industrializados. Gran Bretaña fue el mayor inversor. Estas inversiones se distribuían en préstamos al Estado (para ampliar la administración, comprar tierras y realizar obras de infraestructura en las ciudades) e inversiones directas como los ferrocarriles.
Estos aportes de capital, sin embargo, tenían su parte negativa. Aunque la crisis económica afectaba a los países inversores, éstos recuperaban sus capitales. En cambio, la economía argentina declinaba. Esto ocurrió en 1890 en varias oportunidades antes de la Primera Guerra Mundial.

El crecimiento del sector agroexportador

La Pampa húmeda, que contaba con condiciones ecológicas inigualables, fue el sector más beneficiado por las grandes inversiones de capital. Continuando el desarrollo de las décadas anteriores, la producción rural creció para satisfacer la demanda de los países europeos.
La cría de ovejas se trasladó hacia el sur y ocupó la Patagonia, de modo que dejó libres las tierras más ricas al ganado vacuno y el cultivo de cereales. Esta producción se desarrolló en las colonias agrícolas de Santa Fe, y en el norte y sudoeste de la provincia de Buenos Aires, donde se encontraban las mejores tierras para el cultivo de trigo, maíz y lino.
En las estancias y charcas de la zona bonaerense, los cultivos se combinan con la cría de ganado. Se trataba de bovinos refinados por la cruza con animales de raza importados de Gran Bretaña, principal consumidor de este tipo de carne.
Al principio, la tecnología no permitía más que la exportación de ganado en pie. Con el tiempo, se establecieron frigoríficos en las cercanías de los puertos de Buenos Aires y Rosario para la elaboración de carne congelada o enfriada. Buques especiales trasportaban esta mercancía en condiciones que garantizaban su conservación. La mayoría de los frigoríficos eran propiedad de empresas británicas y estadounidenses.
El azúcar producido en el Noroeste, los vinos y frutas secas de Cuyo, y el algodón de la zona chaqueña se destinaban al consumo de la población residente.
Las otras provincias quedaban al margen de la riqueza y se distanciaban cada vez más de las vinculadas a la economía agroexportadora. No obstante, ésa fue la época del gran progreso argentino, la que convirtió al país en granero del mundo. Entre 1880 y 1883, el beneficio por las exportaciones fue de 40 millones de pesos fuertes; la cifra aumentó diez veces en el período 1911-1913.
Aunque en forma complementaria se desarrolló una industria vinculada a la producción agrícola y el consumo de alimentos y vestidos, tanto las máquinas agrícolas como la mayoría de los artículos de consumo debían importarse. Ésa era una limitación que, junto con el pago de la deuda externa, amenazaba el progreso argentina.

La inmigración masiva

El crecimiento económico del período fue posible gracias a los miles de trabajadores que arribaron al puerto de Buenos Aires, atraídos por la posibilidad de mejorar sus vidas. Cerca de seis millones de inmigrantes llegaron al país entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Éstos eran, en su mayoría, varones solteros en edad de trabajar.
En la primera oleada masiva, iniciada en 1880, predominaron los italianos del norte de la península, mientras que, hacia 1905, los españoles fueron mayoritarios. A ellos se sumaron los franceses, los vascos, los daneses, los irlandeses y los alemanes. Más tarde, arribaron italianos del sur, europeos del este (rusos, polacos, checos, serbios) y también sirios y libaneses.
Una parte fue reclutada por empresarios que condujeron a familias enteras a las colonias del Litoral, desde Santa Fe hasta Misiones. Sin embargo, la mayoría de los inmigrantes fueron atraídos por parientes o paisanos que se habían asentado previamente. Formaron parte de cadenas migratorias, que los orientaron principalmente hacia destinos en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza, y los territorios de La Pampa y Río Negro. Al comienzo, familiares y amigos les brindaron ayuda: no sólo les pagaban el pasaje, sino que les conseguían un lugar donde vivir o un trabajo. Los jóvenes traían a sus novias o se casaban con paisanas del pueblo que también había migrado. En Buenos Aires y las ciudades de provincia que los inmigrantes contribuyeron a formar, se nuclearon parientes y conocidos del lugar de origen. Estas relaciones les facilitaron la adaptación a la nueva sociedad, ya que les permitieron mantener sus costumbres a la vez que incorporaban otras nuevas.
Con la inmigración masiva, cambió la fisonomía de buena parte del país. En las zonas de mayor asentamiento, se modificaron las costumbres criollas y la diversidad de idiomas, creencias y costumbres conformó un pluralismo cultural.
Esta diversidad social se manifestó de varias maneras. Las sociedades de Socorros Mutuos auxiliaban a los compatriotas de cada país en la enfermedad o la muerte. Además, había clubes y centros recreativos de varias nacionalidades y regiones.
Los inmigrantes más destacados por su riqueza o su preparación intelectual formaron una dirigencia étnica, que impulsó estas entidades y los numerosos periódicos escritos en italiano, alemán, yidish o gallego. Cada colectividad animaba sus fiestas, fundaba sus propios templos (sinagogas, iglesias luteranas, anglicanas, ortodoxas) y también tenía escuelas, teatros y bibliotecas que preservaban su cultura. Tanto en el campo como en la ciudad, el ámbito íntimo de la familia aseguraba la continuidad de las tradiciones a la vez que permitía incorporar las del nuevo país.
Los niños crecían cerca de sus primos, tíos y abuelos. La calle era un espacio para jugar y realizar diversos trabajos con que, desde pequeños, colaboraban con el sustento del hogar. Esto contribuía al intercambio con vecinos de otros orígenes. Sin embargo, para los hijos de los inmigrantes, el principal factor de integración fue la escuela primaria. Así lo vieron los intelectuales y políticos, preocupados por la consolidación de la nación. Además de combatir el elevado analfabetismo, la escuela fue vista como un espacio donde los hijos de inmigrantes aprendían a querer al país y a trasmitir ese sentimiento a los padres.

* INMIGRACIÓN, POBLAMIENTO, CRECIMIENTO: ¿Hemos de cerrar voluntariamente la puerta a la inmigración europea que llama con golpes repetidos para poblar nuestros desiertos? (…) Después de la Europa, ¿hay otro mundo cristiano civilizable y desierto que la América? ¿Hay en la América muchos pueblos que estén, como el argentino, llamados por lo pronto a recibir la población europea que desborda como el líquido de un vaso? (…) ¡Oh! ¡Este porvenir no se renuncia así nomás! (…) No se renuncia a un porvenir tan inmenso, a una misión tan elevada, por ese cúmulo de contradicciones y dificultades: ¡las dificultades se vencen, las contradicciones se acaban a fuerza de contradecirlas! Domingo Faustino Sarmiento (Facundo, 1845).

Los grupos étnicos

Fue idea de los gobernantes atraer inmigrantes originarios del norte de Europa, pero la captación de personas de ese origen pareció depender del cambio transcurrido en los flujos migratorios internacionales cuando se dan los mayores ingresos a la Argentina, están en decadencia las corrientes provenientes del norte europeo y en ascenso las del sur y del este. Los grupos étnicos más importantes que llegaron y se establecieron fueron los italianos, españoles, los que provenían de los imperios ruso (polaco, ruso) y turco (sirios, libaneses y armenios).
La inmigración inglesa, alemana o suiza, numéricamente la más débil, desempeñó un importante papel económico. Tuvieron generalmente calificación profesional, cierto grado de instrucción y medianos capitales que invirtieron en el campo y la industria.
Los italianos conformaron el grupo más numeroso. Hacia fines del siglo, la mayor colonia italiana en la Argentina y quizás en el mundo estaba sin duda en Buenos Aires. Por su número, sus industrias, sus comercios, sus capitales y sus profesionales, ésta ocupaba un lugar prominente en la vida económica y social de la ciudad. Era también muy importante la población italiana en la provincia de Santa Fe. En Rosario, sobre 120.000 habitantes, 35.000 eran italianos. Hasta 1894 vinieron fundamentalmente del norte de Italia (piamonteses, genoveses); luego llegan, en su mayoría, del sur (napolitanos, sicilianos).
Los españoles siguen en importancia a los italianos; este grupo llega más tardíamente pero es muy numeroso. En vísperas de la guerra los españoles tienen ingresos superiores a los de los italianos. Vienen fundamentalmente de Galicia (de allí la generalización de “gallegos”), Asturias, el País Vasco, Cataluña y Castilla.
Los grupos de rusos, sirios, libaneses y armenios se distinguen de los otros por su arribo tardío y por las diferencias de lengua (árabe, yidisch, ruso), de religión (judía, musulmana, ortodoxa) y sus costumbres.

* DECÍAN SARMIENTO Y ALBERDI: Sarmiento decía en su “Facundo”: “[…] el nuevo gobierno establecerá grandes asociaciones para introducir poblaciones y distribuirlas en territorios feraces a orillas de los inmensos ríos, y en veinte años sucederá lo que en Norteamérica ha sucedido en igual tiempo […]”
El modelo de los Estados Unidos era importante para sarmiento; la selectividad del origen de los inmigrantes no era tan pronunciada como la de Alberdi, que planteaba en sus escritos: “Con tres millos de indígenas, cristianos y católicos, no realizaréis la república ciertamente. No lo realizaréis tampoco, con cuatro millones de españoles peninsulares, porque el español puro es incapaz de realizarlo, allí o acá. Si hemos de componer nuestra población para nuestro sistema de gobierno, es necesario fomentar en nuestro suelo la población anglosajona. Ella está identificada al vapor, al comercio y a la libertad, y nos será imposible radicar estas cosas entre nosotros; sin la cooperación activa de esa raza de progreso y de civilización.

El inmigrante y la vida cotidiana

Entre los inmigrantes predominaban los grupos de edades aptos para el trabajo y existía neta mayoría de hombres sobre mujeres. La proporción de extranjeros era mayor (en cuanto a la población rural) en las provincias de producción agrícola. Pero en total era mucho más numeroso el porcentaje que residía en las zonas urbanas, fundamentalmente en el Litoral.
Todo trabajo implica mayores esfuerzos cuando hay, además, que adaptarse a una nueva sociedad, a nuevas costumbres, a nuevos espacios. Claro está que era diferente para el inmigrante que se radicaba en el campo ser colono o ser arrendatario o para aquel que se radicaba en la ciudad ser obrero o tener un comercio propio.
En el campo, a pesar de las grandes dificultades, los colonos pudieron activar la producción agrícola y ganadera; fundaron ciudades y crearon escuelas y hospitales. Los ejemplos de las colonias suizas y rusas en Entre Ríos, las galesas en Chubut y las alemanas en Misiones así lo demuestran.
En cambio, los arrendatarios vivieron en condiciones casi feudales, con contratos leoninos y abusos de los grandes propietarios. Una vez terminado el contrato, el inmigrante partía hacia las grandes ciudades o volvía a su patria.
En la ciudad, el inmigrante se dedicaba al comercio, trabajaba como obrero o funcionario, ocupaba un papel importante dentro de las profesiones liberales (médicos, abogados, etc.). Tuvieron así una participación fundamental en las actividades productivas de los ámbitos urbanos, sobre todo los del Litoral.
Los grupos nacionales, en la primera generación, conservaron su personalidad, mantuvieron sus pautas matrimoniales (tendieron a casarse entre ellos, es decir fueron endogámicos), defendieron sus intereses (cada grupo poseía, por ejemplo, su banco, su hospital).
También se nuclearon según su procedencia en diversas asociaciones que tenían múltiples objetivos: la enseñanza del idioma de origen, la beneficencia, las actividades deportivas y, fundamentalmente, l ayuda mutua (salud, educación) en aspectos esenciales que el Estado argentino no les brindaba.
A mediados de 1850 surgieron las primeras asociaciones de ayuda mutua en Buenos Aires: la Asociación Francesa (1854), la Sociedad Española de Socorros Mutuos (1875) y Unione Benevolenza (1858). Hacia 1890 existían en la capital más de 70 asociaciones de este tipo y alrededor de 150 en todo el país. Los hospitales étnicos también surgieron como respuesta a la ineficiencia política del Estado. El Hospital Británico, el Francés Italiano funcionaban desde la segunda mitad del siglo XIX.

* ¿DÓNDE HABITABAN LOS INMIGRANTES?: Una gran parte de los trabajadores (inmigrantes y argentinos) vivía en los conventillos del centro y sur de Buenos Aires y en otras grandes ciudades. Así lo describía A. Patroni en 1898: “El conjunto de piezas, más bien que asemejarse a habitaciones, cualquiera diría que son palomares, al lado de la puerta de cada cuarto (donde viven 4 o 5 personas), amontonados en completo desorden, cajones que hacen las veces de cocina, tinas de lavar, receptáculos de basuras, en fin, todos los enseres indispensables de una familia, que por lo reducido de la habitación forzosamente tienen que quedar a la intemperie”.
En Buenos Aires más de la cuarta parte de la población vivía hacinada en estas viviendas. La modernización del transporte con la aparición del tranvía y los ahorros del trabajo llevaron a algunos inmigrantes a instalarse en barrios menos céntricos de la ciudad, donde vivían en condiciones un poco más dignas que en el conventillo.

El Estado y los trabajadores

Entre los miles de inmigrantes que llegaron al país desde Europa, arribaron trabajadores experimentados en la lucha por la defensa de sus derechos sociales. Muchos habían actuado en el socialismo o en el anarquismo y, al llegar a América, formaron los primeros gremios en defensa de un sistema social que creían más justo. Así surgieron organizaciones como la anarquista Federación Obrera Regional Argentina (FORA) o la socialista Unión General de Trabajadores (UGT), que lucharon por mejores condiciones de trabajo y de vida en general. Las primeras grandes huelgas fueron realizadas por un gremio clave para la economía nacional: los portuarios. Este hecho preocupó al gobierno, que descubrió, así, la existencia de una cuestión social que era necesario resolver.
El gobierno implementó una política ambivalente. Por un lado, impuso el estado de sitio, que suspendía las garantías individuales, y en 1902 sancionó la Ley de Residencia, que disponía la salida del país de los extranjeros “perturbadores” del orden. Se vivieron dramáticos días de lucha: la Semana Roja, con motivo del 1 de mayo de 1905; la gran huelga de inquilinos de 1907 y la de trabajadores del campo (conocida como el grito de Alcorta) en 1912. Sin embargo, por otro lado, también se llevaron adelante medidas de reforma social: se creó el Departamento Nacional del Trabajo y se reglamentó el trabajo de las mujeres y los niños. No obstante, las condiciones laborales eran muy duras: las jornadas se extendían más de diez horas, no existía el descanso semanal y no se reconocían los días por enfermedad o los accidentes en el trabajo.

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