Tal vez la comparación esté un poco inflada, pero
vale: desde que la Biblioteca de Alejandría fue destruida
por órdenes del califa Amrou en el siglo VII, no existe un proyecto tan titánico y grandilocuente para reunir en un lugar el conocimiento del mundo. Acorde con las tendencias actuales,
todo parecería indicar que las estanterías se diluyen para multiplicarse después en el espacio infinito de internet. El nuevo mandamiento, se sabe, dice que si algo no está en la web no existe. Y muchos hacen lo imposible para obedecerlo. Así se entiende el salto que están dando paulatinamente
a la red los 55 millones de títulos de libros que existen
en el planeta desde la época de los sumerios.
Los proyectos de digitalización se reproducen como conejos y
marcan un camino: algunos se agotan y se esfuman. Otros, en
cambio, sobreviven y crecen, como el iniciado en mayo de 2004
por el oráculo de internet,
Google, que por tercera vez consecutiva se codea en la Feria del Libro con las
editoriales, como si su negocio también fuera el de vender literatura. Es una señal del cambio. “No nos detendremos hasta haber digitalizado hasta el último libro del planeta”, apuesta el brasileño Rodrigo Paranhos Velloso, director
regional de
Google Book Search.
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