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fuhrer141
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Todas las notas de J P Feinmann en Pagina 12 (1º entrega)


1º entrega de todas las notas publicadas por el escritor, filosofo y periodista José Pablo Feinmann

Sábado, 09 de Marzo de 2002-contratapa
La Universidad según Rozitchner

Entre tantas melancolías que definen el rostro actual de la Argentina, entre tantas causas que podrían contribuir a explicar tantos fracasos no ocupa un lugar menor el destino que se le impuso a la Universidad durante los últimos años. O, para ser más precisos, durante los años que corren desde el regreso de la democracia hasta el presente, ya que si hay algo que ha entrado en un cono de desaliento en los meses que corren ha sido la esperanza del país democrático que se inauguró en 1984, esperanza que implicaba no sólo el sencillo “bienestar general” (que promete el Preámbulo del texto constitucional tan recitado por un omnipresente político en los días preambulares de la democracia) sino también el compromiso del saber con la realidad social, con su transformación, lo que requería un saber comprometido con los destinos del país, de sus habitantes, de la justicia y los derechos humanos. Un saber, en fin, que no se aislara en particularismos asépticos, en saberes aislados, en formalismos lujosos y herméticos, en saberes que remiten a sí mismos y visualizan la unión con todo tipo de totalidad que los exceda como una contaminación vulgar, irracional, totalitaria o populista.
El terror al populismo marcó a la Universidad alfonsinista, la fóbica diferenciación con todo aquello que tuviera relación con sistemas de pensamiento que habían fracasado en el pasado. La fe de los conversos es implacable, y, por haber participado muchos de los protagonistas de esa Universidad de experiencias populistas, se consagraron a aborrecerlas como quien abjura de un pasado que no desea incorporar bajo ninguna modalidad a su rostro presente. Esta actitud siguió prolijamente los sistemas de pensamiento hegemónicos en los países centrales de producción de conocimientos. Básicamente hubo una rendición no sólo incondicional sino gozosa ante las teorías de desagregación de saberes, teorías que reclamaban la insularidad del conocimiento, neokantismos como el giro lingüístico, olas “vanguardistas” que proclamaban el fin de los grandes relatos, de las ideologías (lo que implicaba, siempre, separar el conocimiento de su compromiso con la realidad social), de la historia (lo que le restaba materialidad al conocimiento) y, por fin, el ataque más torpe pero más brutal: la globalización que se presentaba para arrasar las identidades nacionales; de aquí que la Universidad haya perdido su condición de “Nacional”, ya que –para estos protagonistas– lo nacional remite a la nación, la nación al Estado y el Estado a la totalidad y el totalitarismo. Sería muy sencillo exhibir las relaciones entre estas categorías y la exaltación del capitalismo privatista, mercadista, multinacional y financiero que ha arruinado, sin más, nuestro país. Con su saber vuelto sobre sí mismo, con su rechazo de la idea de totalidad para reemplazarla por el vértigo de los particularismos (que generaron un movimiento irracionalista de particularismos absolutos que sólo se refieren a sí mismos y jamás pueden ser totalizados en una totalización congnoscitiva), con su desdén por lo social, lo político, por el “barro de la historia”, por su formalismo exasperado (“no hay más allá del texto”), por su exaltación de lo capillista, y hasta por su cholula admiración de escritores ligados a la historia oligárquica del país (Victoria Ocampo y el absolutamente glorificado Borges, quien, más allá de merecer o no la gloria, fue incorporado por esta Universidad como campeón del antipopulismo, como adalid de esa literatura-Sur que encarna junto a Victoria y Bioy, de quien muchos admiraban más su elegancia clasista que su literatura, que desconocían), esta Universidad acompañó al país en su caída sin generar un sistema de pensamiento que, comprometiéndola con la realidad, pudiera amenguar en algo el desastre.
Durante estos años hubo, sin embargo, pensadores marginales, irreverentes y, por supuesto, solitarios. León Rozitchner fue uno de losmás destacados y por eso, hoy, una serie de intelectuales que desean unir la cultura con el destino de la nación (Rozitchner habla, en efecto, de “nación”, palabra demonizada por la Universidad neoliberal) apoya su candidatura al Rectorado de la Universidad. Algunos de esos intelectuales son Osvaldo Bayer, Nicolás Rosa, Ricardo Piglia, Eduardo Grüner, Horacio González, Enrique Oteyza, Christian Ferrer, María Pía López, Rubén Dri, Jorge Panesi y muchos otros igualmente valiosos y representativos de un saber que busca contaminarse con la pestilencia de la historia antes que reposar en el sosiego de los formalismos autocomplacientes y serviles, ya que no hacer nada por transformar una realidad aborrecible no es ser indiferente, sino cómplice, algo que sabemos desde hace mucho tiempo y conviene volver a recordar.
Durante estos días circula un texto –un valioso texto– que expresa una concepción de la Universidad que comparte el pensamiento de Rozitchner con los profesores, escritores, intelectuales que lo respaldan para el rectorado. Son cinco puntos y voy a resumir sus principales temáticas.
1) “Es necesario recuperar la voz. La Universidad fue acentuando su compromiso con la lógica del neoliberalismo. Sus estamentos visibles se callaron mientras el país era destruido”. 2) “El saber debe vincularse al destino colectivo. Por eso queremos devolverle a la Universidad de Buenos Aires la denominación de nacional que le fue escamoteada. La nación, como comunidad de personas,debe ser el “objeto” fundamental del cual reciben su sentido todos los horizontes de la actividad universitaria. Queremos construir con todos sus integrantes un destino colectivo y solidario”. 3) “La Universidad es una filosofía de la relación entre saberes. La globalización científica, con su falacia de un conocimiento objetivo y neutral, acentuó la particularidad de los ámbitos especializados excluyéndolos de las relaciones que mantienen con los otros”. 4) “El objeto de la ciencia y del pensamiento es una actividad social y política en su fundamento mismo. Saber que debería unificar, en cada sujeto pensante, su conexión con la totalidad social a la que todos los saberes se refieren”. 5) “No hay conocimiento sin voluntad de transformación. A la Universidad se le ha succionado y adormecido la voluntad de transformar la realidad. Hay que preparar a la Universidad para esta nueva lucha histórica contra la barbarie disfrazada de globalización y de tecnociencia”. El texto termina con una propuesta: “Proponemos para rector de la Universidad de Buenos Aires al profesor y doctor en Filosofía León Rozitchner”. Propuesta a la que, desde estas líneas, adherimos con fervor, con alegría y con un deseo necesariamente agresivo y desafiante: que esta postulación de Rozitchner no sea, como no lo es para él, una lucha por un cargo, sino una lucha ideológica que estamos dispuestos a librar con quienes creyeron –cómodamente– que las ideas habían huido de la realidad, que los conflictos ya no existían, que la Universidad era ajena a las contradicciones de clases, a los antagonismos entre opresores y oprimidos, entre asesinos y no-asesinos, a la miseria planificada, al dolor.

Suplemento Cash|Domingo, 10 de Marzo de 2002
La batalla del verde

La cotización del dólar avanza sin pausa, tocando el viernes los 2,30, sin una intervención firme del Banco Central. ¿No hay reservas suficientes o es una estrategia para castigar a especuladores?
Si fuera cierto que el Gobierno quiere clavar el dólar en 1,60/1,70 peso por unidad, como afirmó en su momento Eduardo Duhalde, las cosas no le estarían saliendo como pensaban. Si también fuera verdad que el Banco Central aspiraba a darle una lección a los especuladores dejando subir el dólar para luego bajarlo violentamente vendiendo reservas, como amenazó hace un par de semanas el presidente del Banco Central, Mario Blejer, esa estrategia no tuvo éxito o todavía no fue implementada. En concreto, el Gobierno está perdiendo la batalla verde con el mercado, con una indiferencia que no deja de ser preocupante.
En caso de que esa escasa ansiedad por el avance del dólar, que el viernes tocó los 2,30, sea motivada por la política amarreta de cuidar las reservas, muestra una debilidad de intervención del Central mayor a la pensada. Reflejaría que no hay tantas reservas como se publicitaba para mantener cierto control sobre la cotización del billete. Si así fuera, la situación económico-financiera entraría en una espiral de deterioro con consecuencias imprevisibles.
En cambio, si la política fuera dejar deslizar el dólar al alza para luego dar un golpe aleccionador, fijando el precio por debajo de los 2 para castigar a los especuladores, al tiempo de obtener una importante ganancia financiera, la demora en aplicar ese contraataque puede derivar en una catástrofe para el Plan Remes. A medida que se va consolidando el dólar bastante por encima del listón de los 2 pesos resultará cada vez más difícil bajarlo a ese nivel. Y no sólo por la necesidad de invertir muchísimas reservas para lograr ese objetivo, cuya concreción no está garantizada, sino porque la economía habría asumido esos valores altos para fijar sus precios.
El riesgo de un desborde de la inflación provocado por ese dólar elevado pone en jaque al Gobierno. La demora en intervenir en la plaza cambiaria puede terminar por convalidar precios que luego no retrocederían, aunque baje el dólar por el accionar del Banco Central. En ese caso sería inútil ese golpe a los especuladores, colocando a la economía en un escalón superior en sus niveles de precios por la inoperancia o ineficiencia en el timing de regulación de un mercado imperfecto como el cambiario.
Apostar a un acuerdo con el Fondo Monetario para recibir dólares que engrosen las reservas, y así disuadir la compra de billetes, es de una ingenuidad inmensa. Sin una convincente participación del Estado en la plaza cambiaria, no sólo regulando la cotización en operaciones de compraventa de dólares, sino controlando que los exportadores liquiden divisas, el panorama se ensombrece. Y también con una activa política monetaria de regulación de la cantidad de dinero, Blejer quedará en la historia como presidente del Banco Central del desmadre de la economía, destino que dice quiere eludir.

Contratapa|Sábado, 23 de Marzo de 2002
El ataúd y los clavos

Ya mismo, hoy, ahora, mientras en Monterrey los ricos dicen que no ayudarán a los pobres, mientras dicen que ellos no tienen nada que ver con los conflictos económicos de los países endeudados, mientras, es sólo un ejemplo, hay en el mundo 2400 millones de personas que no disponen de servicios sanitarios elementales, mientras el discurso neoliberal se ha tornado más agresivo y soberbio que nunca, hay que des-armar el nuevo relato que el FMI, los banqueros del mundo y su potencia militar protectora, Estados Unidos, han armado para “explicar”, restándose toda posible culpabilidad, esta coyuntura de la historia. ¿Qué dice ese relato? Retoma, invirtiéndolo, el viejo relato que la izquierda nacional, en los ‘60 y los ‘70, había estructurado sobre el “pérfido” imperialismo, origen explicativo de todos los males de los países subdesarrollados. Durante años, los liberales se rieron del simplismo de ese relato: depositaba ingenuamente, decían, todos los males en el “monstruo de afuera”, el imperialismo, al cual resultaba cómodo echarle encima todas las culpas y negarse a analizar las propias. Los liberales de hoy (y los líderes mundiales como el corto de luces George Bush y el inteligente militar Colin Powell, secretario de Estado de EE.UU.) recuperan –invirtiéndolo, dándolo vuelta– el esquema del “imperialismo pérfido” y la “nación inocente”, y, desde luego, “víctima”. No, dicen ellos, hoy los países pobres son extremadamente pobres (como la Argentina, por ejemplo) a causa del “monstruo de adentro”. Ninguna culpa ni responsabilidad tiene el FMI en la catastrófica pobreza del mundo sino las élites de líderes de los países deudores, que se han apoderado de los dineros que el Fondo entregó para el desarrollo y los entregaron a la corrupción, es decir, se los robaron. El mal que aqueja a este mundo (dicen el Fondo y sus ideólogos) no es el del capital multinacional sino el de la corrupción indoblegable de los países deudores. Ya no es el “imperialismo” el culpable, la culpable es la “nación”. A nadie extrañará que el señor Paul O’Neill (secretario del Tesoro) haya dicho lo que dijo: “La Argentina está como está porque es una sociedad desarticulada”. O sea, la Argentina está como está por su culpa, por sus clases políticas y sindicales corruptas y hasta por la escasa vocación de ascetismo (léase templanza y aceptación de la pobreza) de sus habitantes. Se dibuja, así, un mundo polarizado entre países ricos y responsables, que saben manejar sus economías, y países pobres irresponsables, que viven en medio del caos organizativo y de la infinita corrupción. “No tiene sentido –dice Bush– dar dinero a países que son corruptos, porque eso no ayuda a la gente; ayuda a una élite de líderes, y eso no es justo para la gente de esos países ni para quienes pagan sus impuestos en Estados Unidos.” Cuánta ternura hay en estas palabras. Conmueve que Bush se preocupe tanto por la gente de nuestro país. No obstante, conjeturo que se preocupa más por los buenos norteamericanos que pagan sus impuestos. Como sea, el relato está armado: el gobierno de los Estados Unidos maneja el dinero de sus buenos contribuyentes, esa inmensa masa de norteamericanos que piensa que el resto del mundo no existe o que sólo existe para pedirles dinero a ellos y no amarlos como debiera. Es injusto con esos contribuyentes –argumenta Bush– entregar dinero a países corruptos, es injusto pedirles ese esfuerzo a los organismos multinacionales del dinero, siempre dispuestos a ayudar, pero no más, ya que su paciencia se ha agotado, y no desean financiar más la corrupción de los andrajosos deudores del mundo. En suma, si las cosas se hubieran hecho como el FMI dijo, todo sería distinto. La culpa no es del FMI ni de sus recetas, es de las élites corruptas. Este relato es poderoso (y por tal motivo nuestros liberales lo esgrimen con tanto entusiasmo) porque es verdadero en uno de sus puntos: la corrupción de los países deudores ha sido inapelable, y ha sido, también, devastadora. Pero no todo es tan simple. Ni la “nación” era el Bien ni elimperialismo era el “Mal”. Quienes pensaron las cosas de este modo, quienes las pensaron con inteligencia, siempre dijeron que el imperialismo se apoderaba de las naciones por medio de la complicidad de sus élites internas. Había una profunda interrelación entre el “monstruo de afuera” y el “monstruo de adentro”, no podían existir uno sin el otro. También ahora. El relato liberal incurre, en su inversión, en el mismo esquematismo del viejo relato que dice condenar. Ni el FMI es el Bien, ni la nación es el Mal. Por decirlo claro: el FMI ha sido cómplice de las élites corruptas. Y esa corrupción, en tanto duraron los buenos negocios, no le importó en absoluto. ¿O quieren que les mostremos fotos del papá de George Bush jugando al golf con el presidente Menem? ¿No sabían a quién le prestaban dinero? También eran argentinos quienes lo decían: “Se están robando todo. Están vaciando el país. Lo están vendiendo por moneditas”. Es mentira que las privatizaciones van a beneficiar a los usuarios rebajando las tarifas y aumentando la eficiencia. Es mentira que la convertibilidad hará crecer al país. ¡Oigan, se están robando todo! ¿No les informa eso el embajador James Cheek, tan amigo de Menem, tan amigo de Di Tella, con quien compartía su sentido del humor? Y si no les informa, ¿ustedes realmente no lo saben? Lo sabían, pero era rentable prestarles dinero a los corruptos de la Argentina, era rentable hacer negocios con ellos, era rentable mantenerlos en el poder. Colin Powell dijo, hace poco, una perfecta crueldad. Dijo algo como esto: “Antes, por nuestros conflictos con la Unión Soviética, mirábamos para otro lado. Ahora, no”. Es decir, antes toleraban la corrupción porque necesitaban aliados en la Guerra Fría. Terminada esa guerra, ya no mirarán para “otro lado”; ahora miran hacia adentro, hacia nosotros, y nos descubren corruptos, no confiables, débiles, desestructurados y hasta bastante salvajes e imprevisibles: los conflictos sociales, siempre, irritan en extremo modo al poder económico. La crueldad de la frase de Powell radica en su descarnada inexactitud, en su falsía absoluta. Nunca (y menos aún durante la Guerra Fría) los norteamericanos miraron para otro lado. Y por eso son cómplices y co-responsables de los desastres que la parte sana, honesta del pueblo argentino padece. Recordará, Colin Powell, que el golpe de marzo de 1976 (del que se cumple mañana otro oscuro, aborrecible aniversario) fue saludado por Estados Unidos y por el Fondo Monetario a pocas horas de haberse producido. ¿Miraban para otro lado? Ni bien se instalan los militares en la Casa Rosada, el FMI les ofrece un crédito stand by de 350 millones de dólares. Henry Kissinger, poco después, autoriza a un sanguinario vicealmirante, que se lo requiere, la eliminación, al margen de los derechos humanos y, ni qué hablar, de la democracia y la legalidad del Estado, de todos los elementos ligados a la “subversión”. ¿Miraban para otro lado? La deuda externa argentina llega, con el poder militar-financiero, a 45 mil millones de dólares. ¿No sabían los organismos financieros a quiénes les entregaban esos dineros? ¿No se hacían, con ese respaldo económico (siempre muy rentable para ellos), cómplices de un genocidio contra el que, desde el campo de los derechos humanos, decían oponerse? El capital multinacional financió la masacre de 30 mil argentinos para producir una deuda de 45 mil millones, que hoy nos esclaviza, y que nadie se atreve a, sencillamente, no pagar. (Al menos, desde el campo de los derechos humanos, la porción contraída por la dictadura: sería de una lógica irrefutable.) Esa deuda cristalizó en el sistema económico que nos maneja desde entonces, por medio de las “recetas” del Fondo.
Hemos retrocedido: en diciembre, la Argentina era el símbolo de los fracasos de la recetas del Fondo y una bandera para los movimientos antiglobalización. Hoy, con el discurso hegemónico de los liberales de aquí y del Fondo, la Argentina es un país irresponsable, corrupto, culpable en totalidad, que deberá sufrir por haber mal utilizado los generosos dinerosde los banqueros del mundo, todos buenos e inocentes, ya que nada sabían. Entretanto, otra vez rehecho y envalentonado, el Fondo Monetario, según dijera el filósofo griego Cornelius Castoriadis, sigue clavando “clavos adicionales en el ataúd de los países pobres”.

Suplemento Espectáculos|Martes, 26 de Marzo de 2002
Los negros ya no nos molestan más

Ella es bella, talentosa y acaba de pasar a la historia: es la primera mujer negra (en una industria de hombres y de hombres blancos) que ha ganado un Oscar por un papel protagónico. El mensaje político que Hollywood envía es: ya no hay puertas cerradas para nadie, nuestro reino es el de la tolerancia y el de la libertad. Sin embargo, veamos: Halle Berry empezó a hacerse notar en un film para televisión sobre una estrella y cantante negra que se destacó en los años cincuenta: Dorothy Dandridge. Dorothy tenía mucho talento, era muy hermosa y en 1953 hizo una versión “negra” de la ópera Carmen, que se llamó Carmen Jones. Dorothy estuvo magistral y la nominaron al Oscar. En suma, en 1954, por primera vez, una actriz negra lograba ser nominada al Oscar por un rol estelar y atravesó la alfombra roja con toda la esperanza de ganarlo. No lo ganó. Luego, bajo las órdenes del despótico Otto Preminger, hizo Porgy and Bess y luego, en 1965, sola, sin un dólar, sin amor, desesperada, la encontraron muerta por una mezcla de alcohol y pastillas, tal como a Marilyn.
En 1999, Halle Berry hace su papel en la TV movie mencionada, se gana un Globo de Oro, y ahora, en el 2002, Halle Berry venga a Dandridge y a todas las actrices negras y se gana un Oscar, el Oscar que casi gana Dorothy en 1954. Entre 1954, en que “casi” gana Dorothy, y 2002, en que sí gana Halle, pasaron... ¡cuarenta y ocho años! Son muchos, tal vez demasiados. Hay puertas que se abren demasiado tarde, hay sociedades que evolucionan con una lentitud alarmante, hay estructuras de un conservadurismo tal que la opción de abandonarlas, ya que triunfar en ellas es demasiado costoso y no parece valer tanta pena, pareciera la más adecuada. Así, la descomedida ceremonia 2002 del Oscar bien pudo llamarse Introducing Halle Berry o Vean cómo avanzamos o Qué progres que somos o Los negros ya no nos molestan más. Tanto no molestan, que les regalaron la noche.
Fue la gran fiesta del Tío Tom, ese negro que es el símbolo de lo políticamente correcto o, mejor aún, ya que esa expresión me tiene un poco harto, de lo políticamente aceptable, digerible, integrable. Sidney Poitier es un excelente actor pero acaso toda su carrera apenas si ha servido para abrirle el camino a Denzel Washington, quien, desde las luces del escenario, con su Oscar en la mano, le grita: “¡Soy tu sucesor!”. Claro que sí: lo eres, Denzel. El nuevo Poitier, el nuevo negro hermoso elegido para convalidar una estructura que seguirá siendo racista, machista (aunque lo dejen a Ian McKellen juguetear con la entrepierna de su joven amigo, aunque lo dejen creer que está revolucionando la historia de la sexualidad humana) y, sobre todo, que seguirá sin plantearse ninguno de los problemas que aquejan –entre atrocidades– al mundo, especialmente el hambre, la miseria, la guerra, el militarismo. Acaso Berry crea que ha llegado para vengar a todas sus hermanas, pero sólo ha llegado para consolidar un sistema que necesita, de tanto en tanto, abrirse un poco para seguir cerrado. Hoy, en ese sistema, se introdujo Halle Berry, una bella muchacha, una talentosa actriz. Pero entre 1954, con Dorothy, y 2002, con Halle, pasó demasiado tiempo como para creer en la capacidad de transformación de esa rígida, manipulada, pomposa y hueca ceremonia que es el Oscar, por donde raramente se deslizó la grandeza del cine norteamericano.
Por eso, desde esta alejada latitud del mundo, desde este país al que Estados Unidos ha abandonado por completo (acaso para nuestra inesperada dicha), desde la Argentina, cuyo film en competencia no fue premiado y lo lamento porque Juan José Campanella es un director que merece que todo le salga bien porque es talentoso y filma como muy pocos lo saben hacer, desde aquí, digo, desde el país al que la Administración Bush escupió en Monterrey, saludamos al piantado, al talentoso, al solitario y valiente Sean Penn, que ni apareció por la alfombra roja, que dijo, muysimplemente, señores, dijo, el Oscar es una farsa, un circo, un casino rumboso, una mesa de apuestas, y nada tiene que ver con el cine, ni con los derechos humanos ni con el arte ni con la vida en general. Y se quedó en su casa, tranquilo, tomando cerveza y disfrutando de la sonrisa de Robin Wright, que es bellísima.

Contratapa|Sábado, 20 de Abril de 2002
De un Centenario a otro

Estamos en 1910 y una nueva y gloriosa nación se levanta a la faz de la Tierra. Quiere exhibir sus brillos, sus conquistas, la solidez de su economía, la belleza de sus palacetes, de sus mujeres, su estilo europeo y ese teatro, el Colón, que sólo puede parangonarse con las grandes salas de la lírica del Viejo Mundo. Este mundo es el Nuevo, en la modalidad de la ostentación, la opulencia, el despilfarro. Hay que invitar a los grandes testigos. Que vengan, que vean. Viene la Infanta de España, viene Georges Clemenceau, viene Vicente Blasco Ibáñez. Se le encarga al “divino” Rubén Darío un poema para la ocasión. ¿Qué otra cosa sino un Himno urdirá el nicaragüense? ¿Qué otra cosa sino un Himno a la Argentina? Una clase social, la oligarquía, organiza esta fiesta inolvidable, este canto a sí misma. Ha derrotado todos los obstáculos que se le presentaron en el siglo XIX. Barrió a sangre y fuego con las resistencias federales de las provincias y con el obstinado Paraguay de López. Conquistó el desierto por medio de un prolijo genocidio que culminó en el reparto de tierras a los “héroes” de esa campaña, devenidos ahora terratenientes para la eternidad. Organizó la república en torno a Buenos Aires, centralizándola ahí, con el Puerto, con la Aduana, con el Poder. Es una clase capitalista, pero no es burguesa. Se diferencia, así, de los que hicieron el capitalismo norteamericano: los burgueses progresivos del industrialismo norteño. No, esta oligarquía se liga, por su espíritu, por su esencial ociosidad, por su explotación de la abundancia fácil, por su ajenidad a todo posible desarrollo industrial, a los caballeros del Sur, a los que perdieron la guerra, allá, en el Norte y, perdiéndola, le abrieron paso al capitalismo productor, agresivo, de los norteños, que querían un país, una industria productora y un mercado interno consumidor. Nuestra oligarquía porteña sólo quería exportar carnes y trigo; era una clase ultramarina, miraba hacia afuera en lo económico y en lo cultural. No quería crear un país, quería gozarlo.
Este goce (su propio goce) es el que decide festejar en el Centenario. 1910 es un largo año de festejos. Semeja lo que fue 1978 para la dictadura de Videla. Semeja el Mundial de los militares. Vengan, vean, he aquí el paraíso terrestre. Un país de ganadores, un país que dejó atrás sus contradicciones, que eliminó sus enemigos internos, que se ha unificado en torno a lo mejor de sí mismo. Ahora, la fiesta.
Sin embargo, la oligarquía del Centenario tenía zonas oscuras, tenía suburbios, arrabales que debía ocultar. Si para construir el país a su imagen se había esmerado en liquidar a negros, gauchos e indios, no pudo sino enfrentar el problema de poblarlo “otra vez”, ya que tan esmeradamente lo había despoblado. Convoca a la inmigración. Pero –por esos imprevistos de la historia– los inmigrantes vienen pobres, desnutridos, acaso hambrientos, pero habitados por las ideologías de sus países de origen. Los inmigrantes son ácratas, anarquistas, gente libertaria, gente que viene a, decididamente, portarse mal, a ejercer sus malas costumbres en este suelo que tan escasamente las permite. Se crea la FORA (Federación Obrera Regional Argentina). Y la FORA, el 1º de mayo de 1909, conmemora combativamente el Día de los Trabajadores. La policía del orgulloso patriciado, a cuyo frente está un duro de nombre Ramón Falcón, pierde la paciencia, decide no tolerar modales tan desleales a quienes han dado generoso asilo a esta “chusma ultramarina”. Resultado de la jornada: 8 muertos y 105 heridos. Así se hace, qué joder: el presidente Figueroa Alcorta felicita al policía Falcón; el país se encamina al Centenario y no se permitirá que estos intrusos, estos seres del “afuera”, vengan a deteriorar la exquisita fiesta de los caballeros del “adentro”. Transcurren apenas un par de meses y el héroe de la represión del 1º de mayo vuela por los aires impulsado por una bomba que un joven inmigrante ruso, de sólo 18 años y de nombre Simón Radowitzky, arroja contra su carruaje. Siguen los malos, muy malos modales de la “chusma ultramarina”, de los oscuros seres del “afuera”.
Ya unos años antes, en 1902, Miguel Cané (el amable autor de ese libro, Juvenilia, que todos hemos leído en nuestros años escolares) había redactado una impiadosa Ley de Residencia para mantener a raya a los ácratas. Cané, en verdad, vivía muy preocupado por los avances de los “guarangos democráticos” que venían a contaminar la sociedad argentina, a invadir el “círculo íntimo” que los caballeros debían custodiar para impedir, sobre todo, que los advenedizos entraran en los salones “tropezando con los muebles” y sedujeran a las exquisitas niñas de las clases poseedoras (ver: David Viñas, Literatura argentina y realidad política). “Cerremos el círculo y velemos sobre él”, sentenciaba Cané. (Siguieron así, siguieron cerrando el círculo, se reciclaron, cambiaron sin cambiar, mantuvieron el Poder y tanto cerraron el círculo que ya no hay país: sólo existe el círculo y un enorme “afuera” en el que, hoy, está eso que alguna vez intentó ser la Argentina.)
Hubo, aún, otra agresión que opacó el Centenario, su gloria, su desborde. Una bomba en el corazón de la clase dirigente, en el desbocado recinto donde el “círculo” se reunía para escuchar música y rendirse culto a sí mismo: el Teatro Colón. La bomba estalla el 26 de junio. Hay algunos destrozos, algunos heridos, pero el verdadero herido es el orgullo de la oligarquía del Centenario. ¡Qué dirá la Infanta o Clemenceau o Blasco Ibáñez! Se reúne la Cámara de Diputados y los discursos son –todos– obras maestras de la xenofobia y el odio represivo. Se elogia a Teodoro Roosevelt, su metodología expansiva: no buscó a los organizadores de una huelga, fusiló, sin más, a todos los huelguistas. “¡Así proceden los pueblos cuando quieren defender sus derechos sagrados y darse leyes de defensa social!”, exclama el diputado Eduardo Oliver (Horacio Salas, El Centenario, pág. 243). Luego habla otro diputado, el fogoso Manuel Carlés, que habría de crear el grupo de choque la Liga Patriótica, que cobijaba a niños bien entregados al compadraje represivo y racista, asesinos y torturadores de obreros y judíos. Carlés vocifera: “¡Si hay extranjeros que abusando de la condescendencia social ultrajan el hogar de la patria, hay caballeros patriotas capaces de presentar su vida en holocausto contra la barbarie, para salvar la civilización!”.
Pero, coherentemente, los caballeros del Centenario no habrán de llamar sólo a la policía; también, fineza obliga, llamarán a los poetas. Lo dijimos: llaman a Darío y a Lugones. Tal vez haya exagerado Rubén, pero (he aquí lo notable) lo que dijo de la Argentina podía ser dicho en 1910: “¡Hay en la Tierra una Argentina!/ He aquí la región del Dorado/ He aquí el Paraíso terrestre/ He aquí la ventura esperada/ He aquí el vellocino de oro/ He aquí Canaan, la preñada/ La Atlántida resucitada”. Repasemos, vale la pena: para el “divino” Rubén, la Argentina, en 1910, era: 1) la región del Dorado; 2) el Paraíso terrestre; 3) la ventura esperada; 4) el vellocino de oro; 5) Canaan, la preñada; 6) la Atlántida resucitada.
Un siglo después, en el Parque que se llama como el Centenario, en el Parque Centenario exactamente, se reúne (un domingo 17 de marzo de 2002) una Asamblea Interbarrial Nacional y propone no pagar la deuda externa, expulsar al FMI, nacionalizar la banca y el comercio exterior, reestatizar las empresas privatizadas, trabajo genuino con salario digno, devolución del 13 por ciento a jubilados, que se vayan todos, juicio y castigo a los genocidas de ayer y de hoy, libertad a todos los presos y muchas, muchas cosas más. ¿Qué pasó? ¿Qué pasó con la grande y gloriosa nación que se levantaba a la faz de la tierra? Pasó que lo único que hizo exhaustivamente esa oligarquía del Centenario y todos quienes fueron sus herederos (desde Pinedo a Martínez de Hoz y a Cavallo y a López Murphy) no fue el país de la ventura esperada, del vellocino de oro, el Paraísoterrestre que proclamaba Rubén Darío, sino “la Atlántida resucitada”, es decir, lo hundieron.
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5 Comentarios


#1 - Hace 2 años
algunas estan buenas... gracias!
#2 - El año pasado
Muchas gracias fuhrer141. Excelente el aporte...
#3 - El año pasado
Gran aporte, van 5 puntines
#4 - Hace 5 meses
Muy buenas las notas.........van mis 5
#5 - Hace 5 meses
estaria bueno que pongas los links a los otros post....
saludos y +5

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