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Todas las notas de J P Feinmann en Pagina 12 (9º entrega)

Contratapa|Sábado, 05 de Abril de 2003
UNA GUERRA SIN POSGUERRA

No habrá posguerra de Irak. Por la CNN se lo puede ver a Colin Powell llegando a Alemania para iniciar la diagramación de la posguerra. Mentira. Su llegada es parte de la guerra. Una periodista del New York Times dialoga con colegas de la CNN: “Claro, esas imágenes de niños muertos en las calles o de tanta gente muriendo en hospitales. O los que se quedaron sin hogares. O los mutilados. Todo eso genera en el mundo un sentimiento ‘antiamericano’. Pero nosotros creemos que la gente odia tanto a Saddam que acepta pagar esos precios con tal de sacarlo del poder”. Mentira. Los que están dispuestos a pagar esos precios son ellos. No les importa que los odien. Han aprendido una verdad fundamental de los imperios: un imperio, para serlo, no requiere ser amado, requiere ser temido.
La doctrina de la guerra preventiva es la doctrina de la guerra permanente. Como –hasta el momento– el país que impulsa esta doctrina es Estados Unidos debemos concluir que es él el que está decidido a vivir en guerra. Hay una vieja máxima del mariscal Colmar Von der Goltz, gran teórico prusiano de la guerra, no en el nivel de Clausewitz pero importante, muy leído aún. La máxima dice: “Los pueblos que anhelan la paz deben prepararse para la guerra”. De aquí sacó el concepto de “nación en armas” que tuvo difusión entre las batallas ideológicas argentinas de cierto fragoroso pasado. En un libro que publiqué en 1998 –La sangre derramada– me atreví a refutar, desde un utopismo pacifista, la frase de Von der Goltz y escribí: “Los pueblos que anhelan la paz deben prepararse para la paz”. Sigo pensando lo mismo, pero me siento un poco idiota. Posiblemente Von der Goltz conociera mejor la naturaleza de los pueblos y de los guerreros. Quien apuesta al Mal en el hombre raramente se equivoca, desdichadamente. El Estado Mayor de Bush incorpora la frase de Von der Goltz como lema del imperio. Estados Unidos se prepara ininterrumpidamente para la guerra porque quiere imponer una paz, su paz, a todo el mundo. El coloso del Norte está en armas. La guerra preventiva consiste en declararle potencialmente la guerra a todo el planeta. Todo lugar es una hipótesis de conflicto. No hay tratados diplomáticos que puedan amainar esto. Ahí donde Estados Unidos disponga que reposa un peligro para su seguridad interior habrá un frente de conflicto, un frente de guerra.
No habrá posguerra de Irak porque el imperio ha elegido la guerra y no la política. Revisemos –bajo este punto de vista– la célebre frase de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. En lo esencial, simplificando, decía: “Hasta un punto la política como arte del entendimiento, de la negociación. Incluso como espacio de la diplomacia. Fracasado este aspecto político de la política, se pasa al aspecto bélico que resolverá en el campo de batalla lo que no se pudo resolver en el campo de las negociaciones”. Pero si Estados Unidos se constituye en un imperio bélico, si hace de la guerra su modus operandi, su arte de sometimiento y atemorización, ¿eso es política o es guerra? ¿Es aquí la guerra una continuación de la política o es su verdadera esencia? Hoy, para el imperio, la guerra no es la continuación de la política por otros medios, sino que es, sin más, la política, la única política. La política es el arte del diálogo, que instrumenta siempre el lenguaje, creación suprema de los hombres para comunicarse y comprenderse. Un imperio no quiere dialogar, quiere someter. No quiere comunicarse, quiere ser obedecido. No quiere que lo comprendan, quiere que le tengan miedo. Maquiavelo sabía aconsejar estas cosas. Una opción de hierro asedia a todo príncipe: la de ser amado o ser temido. Estados Unidos la solucionó: ser poderoso es ser temido. La administración Bush le dio la respuesta a esa pregunta absorta de los norteamericanos: ¿Por qué no nos quieren? “Es cierto –les dice–, no nos quieren. Entonces... que nos tengan miedo.” Se conquista por el amor o por el miedo. Hace tiempo que ya nadie conquistapor el amor y quienes lo intentaron fueron derrotados, como Jesús, como Gandhi. Es la hora del miedo.
Escribo estas líneas y están rodeando el aeropuerto de Bagdad. Están a pocos kilómetros de la victoria. Ese relato de unos campesinos bajando un helicóptero ultrasofisticado con una precaria escopeta nos deleitó un día, o dos. ¡Otra vez David y Goliath! Al helicóptero lo bajaron de un hondazo. El sentimiento popular está con el débil. ¡Qué hermoso sería que la maquinaria bélica del imperio fuera derrotada por campesinos con escopetas! Que los iraquíes no fueran humillados. Pero no. No estamos en el siglo XIII. Irak no es el centro de la civilización del Islam, el deslumbramiento del mundo con sus mezquitas, jardines, palacios, universidades, facultades de derecho, bibliotecas infinitas. No despierta el deseo de una Europa atrasada, feudal, sometida al tomismo y la Inquisición, que imagina sus calles con pavimentos de oro y dice, creyéndolo, que los científicos árabes han inventado alfombras mágicas y elixires de la eternidad. No, Europa se olvidó del Oriente y con los Reyes Católicos, Colón y la explotación de los nuevos territorios inicia su despegue capitalista. Oriente queda atrás, sumido en la leyenda. Luego, hoy, el capitalismo lo encarna Estados Unidos y es el capitalismo –el viejo capitalismo convertido ahora en imperio totalitario– el que arrasa la ciudad de los sueños. No alcanza con un par de escopetas. Goliath, ahora, en su terreno, el de la guerra y el de la muerte, es invencible.
Hay, sin embargo, otros terrenos. Que no haya posguerra significa que Estados Unidos no podrá reconstituir el mundo anterior a esta guerra. Que deberá continuarla, ya que los adversarios le surgirán por todas partes. Y en todas esas partes ha sido derrotado. Ha sido una derrota cultural. La ola de aversión que recorre el mundo jamás fue más intensa, ni con Vietnam. Destruyó el orden internacional. La OTAN no existe o, para existir, deberá existir sin Estados Unidos, ya que no resulta coherente que forme parte de ella quien tanto la ha desoído. El terrorismo logrará una dinamización fenomenal. El terrorismo es viento y arena del desierto, es inasible, es inhallable. Estallará en mil lugares y el imperio se largará a perseguirlo por todo el mundo, logrando lo que quiere pero lo que implica su derrota política: convertir en sospechosos a todos los países del planeta. Quedarse sin aliados. Gobernar el mundo en soledad. O con aliados patéticos. Una posguerra –una verdadera posguerra– significó siempre el retorno de la política. Se establecen límites. Se firman tratados. Cesan las hostilidades. La guerra de Irak no es la guerra de Irak. Hoy es en Irak y mañana será en Corea del Norte o en Venezuela o donde haga falta. La guerra de Irak es una declaración de guerra que el imperio le ha hecho al mundo. Su guerra preventiva es permanente. Van a vivir para la guerra. La industria de armamentos será prioritaria y todos los dólares irán a ella, ninguno a saciar el hambre y las injusticias. O muy pocos. Ahí donde los hambrientos se tornen peligrosos se descubrirán terroristas entre ellos y hasta armas de destrucción masiva (total, si hay que mentir mentirán sin límites) y se los misileará. El imperio quiere ser lo Uno. Y no quiere serlo por la palabra, por la política, por la cultura ni por la persuasión. Quiere serlo por la devastación y por el miedo. El siglo XXI tenía dos posibilidades ante el desalentador siglo XX: ser mejor o ser peor. Será peor, pero distinto. Un imperio dispuesto a crear un gran Orden Internacional del Miedo basado en una tecnología bélica jamás vista. No hay que dejar de enfrentarlo. Hay que reducirle espacios a la Muerte. Adorno –desde Estados Unidos– le pedía a Walter Benjamin que se exiliara sin dilación posible, que huyera del nazismo. Benjamin le respondió una frase inolvidable: “Aún hay posiciones que defender en Europa”. Esa frase le costó la vida, pero tenía razón.

Contratapa|Sábado, 19 de Abril de 2003
EL IMAGINARIO INCONFESABLE

Estamos a punto de volvernos aún más impresentables de lo que somos. Es posible que Carlos Menem llegue por tercera vez a la presidencia de la Argentina. Cuando uno dice que estamos a punto de volvernos aún más impresentables, no piensa en presentarse ante la mirada de los otros. Aquí estamos: somos el pueblo que eligió tres veces a Menem, somos un pueblo moral y políticamente impresentable. No, vamos a ser todavía más impresentables ante nosotros mismos. Ante nuestra propia mirada. Una sociedad es responsable de los males que provoca. Y es también responsable de los que no puede impedir. En suma, todos vamos a ser responsables del regreso de quien no debía regresar. De modo que será imprescindible sugerir que nadie se disponga a elaborar frases como “este pueblo tiene lo que se merece” o, sin más, “este pueblo es una mierda”. Si nos hemos deslizado hacia la tercera puerta del Infierno, la culpa será de todos. De los que elegirán a Terminator y de los que no pudieron frenarlo construyendo una alternativa a su regreso. Estos –que se dinamizaron bajo la consigna Que se vayan todos– olvidaron algo. Cuando se lanzó esa consigna, Menem no estaba. No podía irse porque ya se había ido. De aquí que –pesadillescamente– acaso sea él quien verdaderamente se quede.
Menem es un político que participa de lo espectacular y lo secreto. Que es un político del espectáculo, de la farandulización de la política y hasta de la existencia no hace falta demostrarlo. ¿Por qué es, además, secreto? Menem es un político que es votado en las sombras y no votado en el ámbito de la enunciación. El votante menemista tiene vedada la enunciación. No confiesa su acto. Lo comete y no lo dice. Vota a Menem en el “cuarto oscuro”, en las sombras, y no confiesa ese acto. Menem es su vicio secreto. Es como la masturbación. El votante menemista se encierra, se masturba y luego silencio y culpa. “Yo no lo voté. ¿Vos lo votaste? Yo tampoco.” Menem es el político más y menos votado de la Argentina. Nadie lo vota, pero gana. No es un misterio. Ocurre que Menem forma parte del imaginario inconfesable de los argentinos, y ese imaginario no sale en las encuestas. De aquí la imprevisibilidad del factor Menem. Lo no dicho no forma parte de las encuestas, esos ejercicios de lo explícito, de la palabra dicha, de lo enunciativo.
¿Qué le ven —-secretamente, hoy– quienes van a votarlo? El poder de la urna menemista radica en su dinámica inercial: tiene cinco años a su favor y esos años todavía le rinden. Al peronismo, los primeros seis años de Perón le dieron una imbatibilidad electoral que duró hasta 1983. Discépolo –cuando en 1951, desde la radio que manejaba Apold, hacía la campaña electoral del peronismo– creó a “Mordisquito”, un obstinado antiperonista a quien el arlequín del tango buscaba convencer de las virtudes del gobierno. Tenía muchos elementos para apabullarlo. Sobre todo uno: “Mordisquito” no podía responderle porque la radio les estaba vedada a los “contreras”. Esto –que le costó la soledad y la muerte a Discépolo– no fue advertido por el arlequín, tanto creía en lo que estaba defendiendo. De pronto, en una charla, lanza una frase digna de su genio: “Estamos viviendo el tecnicolor de los días gloriosos”. Eso quedó así, jamás cambió esa percepción en la conciencia del votante peronista. Siempre que metió en la urna la papeleta de su partido lo hizo recordando el tecnicolor de los días gloriosos. Así, siempre que votó al peronismo lo hizo bajo el imaginario del regreso de esos breves, intensos años de los cincuenta, los del tecnicolor. Hoy, el votante menemista quiere otro regreso, otro tecnicolor, no el de los cincuenta sino el de los noventa. No lo confiesa, pero lo desea. Entre 1990 y 1995 tuvo cosas que le dieron sentido a su vida porque su vida agota en ellas su sentido. De un modo acaso mágico, el votante menemista cree (o quiere creer) que con Menem retornarán esosaños. Que Menem es el único que podrá traerlos otra vez. Su frase es: “Carlitos nos metió en esto, Carlitos nos va a sacar”. Es una frase irracional, fácilmente refutable. “Oiga, señor, si Carlitos nos metió en esto, la culpa es de Carlitos.” Esto no le importa al votante menemista. Aceptará que Carlitos extravió el rumbo a partir del ‘96, cuando “nos metió en esto”. Pero el hecho de habernos metido le otorga una sabiduría que los otros han demostrado no tener: la de salir de esto. Si yo me metí en un laberinto, es posible que recuerde cómo salir. Si nací en un laberinto, estoy perdido. Esto se traduce en una certeza que se pretende más racional: Menem sabe cómo gobernar. Será también inútil recordarle al votante menemista todo lo que hizo Carlitos para lograr sus cinco años de glorioso tecnicolor: la enajenación completa del patrimonio nacional, la destrucción de la soberanía del país, la identidad entre mafia y política. La exclusión social, el aumento de la pobreza, la corrupción. Vano intento. Al votante menemista no le interesan el país ni la sociedad ni, mucho menos, los derechos humanos. Quiere que le den –hoy, ahora– lo que necesita para ser feliz. Es heredero del argentino mundialista. Del argentino malvinense. Quiere que el país sea una fiesta y no le importa el costo. Si a quinientos metros del estadio mundialista estaba la ESMA y allí se torturaba, eso no le impedía festejar los goles del gran equipo nacional que nos llevaba a las cimas de la gloria. Si a la guerra iba una generación de pibes que sería sacrificada, al diablo con eso: era hermoso sentirse un país potencia que recuperaba su soberanía. Si la economía menemista hundía a miles y a cientos de miles en la miseria, si rifaba el país y se lo apropiaba, al diablo con eso, también daba otras cosas y muchas. Permitía participar de la fiesta. “Vea, nos quedamos sin país, pero usted se compra un cero kilómetro y veranea en Miami.” Respuesta del votante menemista: “Yo nunca tuve un país. Ahora tampoco lo tengo, pero a cambio me puedo comprar un cero kilómetro, veranear en Miami, sentir que un peso vale un dólar y que yo valgo, al fin, lo mismo que un yanki o un europeo”.
El votante menemista no lo quiere a Menem. Preferiría algo mejor. Fue el votante menemista (que, como vemos, se nos identifica cada vez más con el votante argentino) el que votó a la Alianza. Estaba harto de Carlitos y su pandilla. Quería algo más presentable. Que no le hiciera sentir su adhesión como un vicio. Masturbarse con más elegancia, con menos vergüenza y culpa, eso quería. ¡Miren lo que resultó! La catástrofe de la Alianza. Ahora, entonces, regresa al hogar. Con Menem, otra vez, vamos a ser yankis. Es el único que la tiene clara: hoy hay que ser yanki. O sos yanki o sos boleta, es decir, sos Irak. O Cuba, con la que Menem siempre supo qué hacer. Menem tiene los mejores contactos. Fue amigo de Bush padre, ¡miren si el hijo no lo va a querer! Lo va a querer más todavía, porque Bush hijo hace todo lo que hizo su papá pero más grande, el doble. Menem sabe dónde está la guita. Si él se la llevó, él la va a traer para sacarnos de esto. Menem termina con la delincuencia. Con la libertad también, es cierto. (Pero el votante argentino, entre la seguridad y la libertad, elige la seguridad.) ¿Milicos en la calle? ¿Y qué hay? Con los militares no había delincuencia. Y al que no estaba en nada, no le pasaba nada. Lo mismo ahora: si Menem pone a los milicos en la calle, que se preocupen los chorros, no la gente decente, salís con los documentos en regla y se acabó. Con Menem vuelve el crédito. Vuelve el uno a uno. Vuelve la década del noventa. Esos cinco años de tecnicolor que él nos dio y sólo él sabe cómo reponernos. Claro, yo esto no se lo digo a nadie. Decís esto y todos te miran como un gusano, un inmoral. Pero ellos también piensan lo mismo. Lo piensan y no lo dicen. Es que no se puede decir. Es inconfesable. Pero uno no tiene obligación de andar diciendo lo que piensa. Al fin y al cabo, el voto es secreto, ¿no? Tal vez no gane. Ojalá no gane. Pero el solo hecho de que pueda hacerlo es –para todos nosotros– una derrota y una humillación.

Contratapa|Lunes, 28 de Abril de 2003
PUDO HABER SIDO MUCHO PEOR

Y bueno, seamos optimistas. Todo –que ya era malo– pudo haber sido peor. No se produjo el regreso de los muertos vivientes. Ese ex presidente con más de veinte ex funcionarios suyos procesados por la Justicia no ganó en la primera vuelta. El personaje tenía a su favor la fenomenal desmemoria de vastos, vastísimos sectores de la Argentina que habían elegido recordar los primeros y fáciles cinco años de su gestión, con cuotas, autos cero, viajes a Miami y créditos hipotecarios posibilitados por el sencillo y directo remate del país. Había pronosticado, a su favor, un 40 por ciento. El hombre es así, le fascina pelearse con la verdad. También con otras virtudes. En rigor, con casi todas ellas. Pero muchos lo votan por eso. “Es un zorro. Se las sabe todas. Nos metió en esto, nos va a sacar”. No sé si tiene sentido seguir hablando de él. Lamentablemente nuestro país nos obliga eternamente a hablar de personajes que nos desagradan profundamente, será porque se aferra a ellos. Tanto, que se les identifica.
Pero ahora habrá segunda vuelta y en la segunda vuelta Menem pierde. Es muy fácil. Supongamos que –ahora, en la primera– se acerque al 25 por ciento. Se acabó. Es todo lo que tiene. El votante-Carrió votará a Kirchner. El votante-Rodríguez Saá también. Y el votante-López Murphy es el votante esencialmente antiperonista. Es cierto que programáticamente está más cerca de Menem que de Kirchner. Pero –vía Lavagna– está más dispuesto a digerir al aparato duhaldista. No todos. Muchos retornarán a la alianza liberal-populista del ‘89. Pero confiarán más en reeditarla con Kirchner que con Menem, ya que esa alianza envejeció.
Como sea, esta elección expresa la vigencia del bipartidismo en la Argentina. Pareciera que el radicalismo desapareció. Pero los radicales están en López Murphy y en Carrió, que configurarían un radicalismo de derecha y uno de izquierda. Y los peronistas están en Menem, Kirchner y Saá. Atomizados, pero están. Lo que permite vaticinar abrazos hoy imprevisibles pero mañana absolutamente posibles en nombre de la unidad nacional, el proyecto de país o lo que sea, hay palabras para todo cuando cualquier cosa se quiere justificar.
El verdadero fracaso es el de los movimientos que intentaron surgir a partir de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. No echaron a nadie. No pusieron a nadie. No parecieran, por el momento, poder regresar. Nada va a regresar y nada se va a ir. Cualquier gobierno que surja lo hará en un marco internacional agresivo, decididamente bélico. Es posible que el próximo negociador del Fondo sea sin más Donald Rumsfeld, hasta tal punto la administración Bush ha decidido identificar los negocios con la guerra. La historia –que hace con sus misiles Estados Unidos– no se compadece de los Estados ni las identidades nacionales. Más bien desea borrarlas y, si es necesario, arrasarlas. El gran desafío entonces es que la Argentina siga siendo un país. Lo que implica que América latina siga siendo un continente autónomo. En suma, ya no se trata de un gobierno, ni de un país sino de un esfuerzo continental. Sólo eso podrá salvarnos de la iraquización mundial que se avecina.
Habría deseado escribir más. Pero son tan pocas las ideas que estas elecciones han provocado que las dos o tres escuálidas que me quedan –aprovechando que hay segunda vuelta y que el Anticristo no ganó en la primera– las voy a dejar para entonces.

Contratapa|Sábado, 03 de Mayo de 2003
CUBA

¿Por qué comete Fidel Castro un gesto tan ostensiblemente torpe? No bien uno se entera de la noticia (la noticia dice: Castro hizo fusilar a tres disidentes políticos) piensa, casi mecánicamente piensa: “¡Qué bien le viene esto a Bush!”. A Bush y a todos los lamebotas (Estados Unidos, hoy, calza botas) de Estados Unidos. A los Menem, por ejemplo. O a López Murphy. O a Aznar. A todos los que piden entrar en la isla de los sueños infinitos con la excusa de la violación de los derechos humanos. A todos los que exigen ese voto contra Cuba que se digita desde el Pentágono o el Departamento de Estado, desde el corazón artillado del Imperio. Es tan simple pensar “¡Qué bien le viene esto a Bush!”, tan mecánico y elemental que uno, después, se pregunta cómo es posible que Fidel lo ignore, cómo no va a saber él, un viejo león de la política y hasta, a veces, un mago de la Historia (hace más de diez años que cayó la bipolaridad y sólo él la mantiene), que esto, estos tres fusilamientos, este ampuloso gesto jacobino, es lo que Bush necesita, o, sin más, lo que estaba esperando. De modo que –en favor de Fidel, de su lucidez política– esto nos aleja de interpretar el hecho como un error y hasta como un signo de una acaso inevitable decadencia. No, Castro no puede ignorar los hechos históricos que su decisión acelera, ayuda a convalidar. Le ha entregado al enemigo lo que el enemigo necesita. El enemigo es Estados Unidos. Que no lo es sólo de Cuba sino –a partir del concepto de “guerra preventiva” que la Administración Bush instaura– lo es del resto de los países del planeta. Ernesto Guevara, en el Mensaje a la Tricontinental de 1967, conceptualizaba a Estados Unidos como el gran enemigo de la Humanidad. Esta interpretación, hecha desde la selva boliviana, tramada por el odio y la soledad, tiene hoy una estremecedora cercanía con la verdad. Estados Unidos es el enemigo, si no de la Humanidad, de todos los países del mundo, a los cuales ha decidido constituir en tanto sus potenciales antagonistas. Hay, ahora, una nueva bipolaridad y en ella Cuba ya no ocupa uno de los polos o, sin duda, no lo ocupa en soledad sino desbordantemente acompañada. Un polo es Estados Unidos, un Imperio paranoico que se dice amenazado por el terrorismo internacional; el otro polo es el resto del mundo, amplio lugar en el que el terrorismo se ha desplegado, con el apoyo o la tolerancia o la indiferencia o la ineficacia de todas las naciones. Cuba es uno de esos lugares. Es, también, un país con el que Estados Unidos tiene viejas deudas, viejos rencores, odios largamente trabajados. Hoy, Bahía de Cochinos tiene un nuevo encuadre justificatorio: o los derechos humanos o el amparo al inasible enemigo terrorista. Ya no el comunismo, esa jerga del pasado.
En cuanto al terrorismo Castro se había movido bien, reflejos rápidos, declaraciones claras: el atentado a las Torres mereció su condena inmediata. Sabe que el otro flanco que Estados Unidos utilizará para agredirlo es el de los derechos humanos. ¿Por qué entonces fusila tres disidentes? Estas cosas debieran tener una explicación, debieran tener cierta transparencia, ser entendidas. Acabo de firmar una solicitada –a pedido de mi admirado y querido Andrés Rivera– en contra de una posible invasión de Estados Unidos a Cuba. La solicitada, creo, no menciona los fusilamientos. Habría preferido que los mencionara, pero no importa. La firmé con tanta convicción como firmé la que condenó la brutal represión en la fábrica Brukman. Pronto, Estados Unidos hará de Cuba una metáfora de lo que sucedió en Brukman: entrará en la isla desplegando una brutalidad policial similar a la que desplegó en Irak. Contra esto alerta la solicitada de Andrés y contra eso tenemos que estar. Si hay problemas en Cuba los tiene que arreglar Cuba. Estados Unidos no puede ser la policía del mundo. No puede iraquizar al planeta bajo el pretexto de protegerse de él. Por supuesto estamos contra eso. Pero –también por supuesto– estamos contra la pena de muerte. No importa por qué Fidel hizo fusilar a tresdisidentes. No importa si quiere apresurar los planes armados de Estados Unidos para desenmascararlos. No importa si la amenaza externa lo obliga a una mayor dureza interior. No importa si quiere afirmar su conducción o retornar a los paredones jacobinos de enero de 1959. Estamos contra la pena de muerte, se aplique en Texas o en La Habana. Uno de los motivos que tornan tan exasperadamente odiosa la figura política y hasta humana del gobernador Bush es que fue un fanático partidario de la pena de muerte durante su gestión en el estado petrolero de Texas. Desde la izquierda no hay quien no se lo haya recordado. Se encontró ahí hasta una coherencia con lo que luego vino. ¿Cómo no iba a arrasar Irak con semejante frialdad, cómo no iba a masacrar a mujeres y niños quien no había vacilado en autorizar ejecuciones a granel durante su gestión como gobernador? La masacre había empezado en Texas. Ahí –en cada orden de ejecución a la que el áspero gobernador ponía su firma– se prefiguraba el carnicero de Irak. ¡Ah, pero Castro fusila desde en un pequeño país bloqueado y en nombre del socialismo! No perdamos el tiempo: siempre el que mata crea un valor absoluto que lo autoriza a matar. No hubo nadie en la Historia que no matara desde un absoluto que lo legitimaba. Se mata por el Orden, por la Diosa Razón, por los designios imperiales de su Graciosa Majestad, por el Partido de Vanguardia, por la raza de señores, por el pueblo elegido, por el Hombre Nuevo, por el Ser Nacional o –preventivamente, hoy– por la lucha contra el Terrorismo Internacional. Se mata, siempre, desde lo absoluto, desde lo incuestionable. En suma, desde Dios en cualquiera de sus formas. Se trata entonces de estar o no estar a favor de la Muerte. Hoy, Estados Unidos (con el respaldo de gran parte de su población y con el rechazo de muchos de sus más brillantes intelectuales y artistas) está a favor de la Muerte. Matar es entonces ser Estados Unidos. Lo único que no puedo hacer para estar contra la Muerte es matar. Si lo hago, soy mi enemigo. Me identifico con él. Formo parte de su propia ética. El error trágico del jacobinismo revolucionario –en todas sus formas– fue creer que la Muerte era un medio. No lo es. Siempre se transforma en un fin y termina por devorar a sus propios hijos, a la propia Revolución. Uno quiere cambiar el mundo y termina organizando una policía, amontonando las cárceles y hasta olvidando por qué era que se mataba.
Estas ideas –que son las únicas que nos van quedando para luchar por cierta dignificación de la condición humana– suelen recordarlas esos incómodos personajes a los que se llama, con frecuente aire desdeñoso, “intelectuales”. Así, José Saramago escribió contra los fusilamientos de Castro. Fue notable el título de su texto: “Hasta aquí he llegado”. Es harto frecuente que los intelectuales adhieran a procesos de cambio. También los han impulsado desde sus libros. Algo tuvieron que ver con las revoluciones intelectuales como Rousseau, Voltaire, Hegel, Marx o Gramsci. No eran idiotas útiles ni se miraban el ombligo, según se le ha espetado sin piedad a Saramago. También lo trataron malamente a Galeano. Caramba, cómo son las cosas: mientras Galeano les regala a los revolucionarios de los e-mails pequeños textos ingeniosos contra Bush o los yanquis, lo idolatran. Cuando escribe un texto denso, dolorido, lúcido como “Cuba duele”, lo lapidan. No importa que Saramago haya sido uno de los más combativos e insolentes Premios Nobel de la Historia, no importa que use su formidable tribuna para ser un antiVargas Llosa y denunciar al neoliberalismo que hambrea y devasta este mundo. No, alcanza con que se fatigue del paredón cubano para que lo transformen en un traidor, un idiota útil o un intelectual más (¡otro más, qué asco!) que se mira el ombligo desde su envidiable exterioridad. Pero no es así. A Galeano le duele Cuba porque le duele que Fidel se obstine en un jacobinismo a destiempo que sólo puede agregar sangre a la sangrienta historia de nuestros sangrientos días. Y Saramago dice “Hasta aquí llegué” porque un intelectual es, ante todo, una conciencia crítica, un pensador crítico. Untipo que adhiere a los procesos de cambio, que adhiere a las revoluciones, forma parte de ellas, se exalta, les entrega lo mejor que tiene, su creatividad, su imaginación, su prosa, su inteligencia. Pero una revolución deja de serlo cuando en lugar de nuestra creatividad exige nuestra obediciencia, una obediciencia que se traduce en el arte infinito de la justificación. Y Saramago, con todo derecho, hoy, se cansó de justificarlo a Castro. El y otros también. Más aún si lo que exige esa justificación es la justificación de la Muerte. “Hasta aquí he llegado”, dice. Un intelectual que justifica se transforma en un burócrata, ese ser mezquino y gris que es el símbolo impecable de las revoluciones congeladas. Que es, también, la antítesis del intelectual.

Contratapa|Sábado, 17 de Mayo de 2003
EL FACTOR ICEBERG

Cerca de casa hay un diariero. Es un buen hombre, flaco, simpático, los dedos y los dientes manchados de nicotina. Vende los diarios de la tarde. Los pone sobre una mesita y después los cubre con un par de cartones. No quiere que los demás le miren, de reojo o abiertamente, los títulos de esos diarios que (no) exhibe. Cierta tarde –una cualquiera, andaba con tiempo y hasta con ganas de hacerle un bien– me detengo y le explico que el arte de titular es uno de los más venerables en periodismo. Que lo ejercen tipos que han sido a veces geniales y a los que se da el nombre de “tituleros”. “Usted les arruina el trabajo”, insisto. “La primera plana de un diario está para ser exhibida. Se ha pensado para eso. Desde sus títulos los diarios atrapan a los lectores. Los cautivan de una y mil maneras.” Me dice que eso no le importa. Que a él le revienta que se le paren ahí, descaradamente, y le lean los diarios. “No le leen los diarios. Leen los titulares.” “Los titulares son los diarios. Si los quieren leer, que los paguen.” Me permito decirle que esa actitud responde a un hondo egoísmo de su parte. Que todo porteño gusta mironear los títulos de los diarios y que de ese mironeo surge luego la compra. Niega con la cabeza, certero. “Los que se paran aquí, miran y se van”, dice. “Al que quiere levantar el cartoncito le pego en la mano. Si quiere mirar, pague.” No, sigo insistiendo, usted se equivoca. Además le arruina el trabajo a gente que lo sabe hacer. Me esmero, ya es una misión la mía. Digo: “Un titulero roza lo sublime a veces. Imagínese: Garzón lo pone preso a Pinochet y el titulero en lugar de titular ‘Pinochet fue detenido en Londres’, titula: ‘Dios existe’. ¿Se da cuenta?” Me mira raro, medio mal. “Yo ya sé que Dios existe”, dice, “No necesito que lo pongan preso a Pinochet para eso. Además, permítame decirle, el general Pinochet, a diferencia de los nuestros, arregló la economía de su país y no humilló a su Ejército en guerras insensatas.” Le digo que, por el momento, dejaremos ese tema de lado, que no me interesa hablar de política. “Ya veo, de teología quiere hablar usted. Si Dios existe o no existe. Mire, si yo vendo un diario que en la tapa ya resuelve ese problema, ¿cómo no lo voy a ocultar? Oiga, ¿qué me propone? ¿Que la gente se entere gratis de que Dios existe? ¿No vale por lo menos un mango cincuenta esa noticia? Bueno, pague. En cambio, si usted pasa, mira y lee ‘Dios existe’, no compra el diario. La gente compra los diarios para disfrutar con las calamidades del mundo. Guerras, violaciones, asesinatos, inundaciones, atentados terroristas. Si Dios existe, eso no pasa. Y si eso no pasa yo no vendo diarios.” Me retiro, pero el último jueves me lo crucé otra vez. Los diarios como siempre: sobre la mesa y tapados por cartones. “¿No ve? Usted tapa la Historia. Usted hace que las cosas no ocurran.” Prende un pucho, se ríe con todos sus dientes amarillos y desparejos. “Hay alguien que me gana en eso. Le voy a mostrar el título de hoy.” Levanta, apenas, uno de los cartones y alcanzo a leer: “Menem se bajó del ballottage”. “¿No es genial el Turco? Ya no hay elecciones el domingo. A él se le canta que no y no hay. Es un mago. Inventa la realidad, la crea. Como si fuera Dios, ¿no? Ahora, el domingo, nos quedamos todos en casa, piolas, con mate amargo y medialunas.” Me mira lentamente, con un desdén victorioso. “Dios existe”, dice. Lo saludo con más confusión que frialdad y me voy.
Mañana vuelvo y le digo que tiene razón, que Dios existe pero no es Menem. Que hoy, le digo, Dios son las encuestas. Que las encuestas hacen la Historia, le digo. (Con lo cual Zuleta y Mora y Araujo vendrían a ser Dios, pero mantengamos esto en suspenso.) Que ya no hay Historia, hay encuestas. Que las encuestas terminaron con la Historia. Si la Historia es conflicto, antagonismo, enfrentamiento, pathos agónico, ya no hay Historia porque –como acaba de demostrarlo Menem– ya no habrá enfrentamientos. “¿Pierdo el domingo? No me presento.” Y se acabó, eso que iba a ocurrir,no ocurre: no hay elecciones. Si hasta hoy hubo Historia fue porque no había encuestas. Pongamos un ejemplo: Napoleón recibe en su tienda de campaña las encuestas sobre el resultado de la batalla de Waterloo. Lo dan perdedor. No se presenta. No hay batalla de Waterloo. Wellington no gana. Napoleón no pierde. La Historia se queda ahí. No hay Comuna de París. No hay Napoleón III. No hay unidad alemana. No hay Bismarck. No termina el siglo XIX. No empieza el siglo XX. Pongamos otro ejemplo: Rosas recibe las encuestas sobre la batalla de Caseros. Lo dan perdedor. No se presenta. Se desplaza hacia Cañuelas, ese lugar le gusta. Ahí se planta. Urquiza recibe las encuestas sobre una posible batalla de Cañuelas. Lo dan perdedor. No se presenta. Vuelve a Caseros y espera ahí a Rosas, quien, desde luego, pide las encuestas sobre una segunda batalla de Caseros, que, en los hechos, no sería “segunda”, ya que la primera no ocurrió, pero ocurrió en las encuestas que es donde ocurre la Historia. Otra vez lo dan perdedor. Rosas no se presenta. No hay –por segunda vez– batalla de Caseros. La Historia se queda ahí. No hay batalla de Cepeda. No hay de Pavón. No hay guerra con el Paraguay. No hay nada de todo lo que hubo después de la batalla de Caseros por un simple, simplísimo motivo: no hubo batalla de Caseros.
Hay un contraejemplo. Todas las encuestas lo daban por inundible al “Titanic”. Entendámonos: las encuestas en la modalidad que tenían en 1912, cuando era la Ciencia positivista la que asumía la arrogancia que hoy tienen las encuestas, que heredan su espíritu. No se puede, decía, hundir ese barco, nada puede con el “Titanic”. Aparece el Factor Iceberg. ¡Las encuestas lo habían ignorado! ¿A quién se le va a ocurrir que un maldito iceberg va a andar flotando por ahí y despanzurrará al “Titanic”? En suma, no todo es encuestable. El Factor Iceberg existe. La Historia sigue abierta. “No todo está escrito”, como decía Lawrence de Arabia. Desde este punto de vista la agachada de Menem es eso que Kirchner dijo: una cobardía. El Factor Iceberg siempre existe y existe para todos. También existía para Kirchner. Las batallas hay que darlas. Napoleón pudo haber ganado en Waterloo. Urquiza no podía perder en Caseros. Pero tampoco podía perder en Pavón y perdió porque él, traicionando a los suyos, decidió perder, entregarle a Mitre esa batalla. Ahí, Urquiza, el general de los federales, fue su propio Factor Iceberg, el Factor Iceberg de los federales que fueron llevados a la derrota por la libre decisión de su jefe. Porque si la Historia la hacen los hombres (en condiciones claramente determinadas), es cierto que la libertad de los sujetos juega en ella un papel decisivo: la libertad, la imaginación, el coraje, el riesgo, la grandeza o la infinita pequeñez a lo Menem. La Historia no es imprevisible, pero tampoco tiene la previsibilidad que los encuestadores pretenden darle. No hubo –por ejemplo– encuestas sobre qué haría Menem al saber que las encuestas lo daban perdedor. ¿Fue, entonces, la decisión de Menem un acto de genuina libertad, no previsto por las encuestas? No, el caso de Menem fue cualquier cosa antes que un acto libre. Fue el último acto de un vasallo obediente. Y esto era previsible, no desde las encuestas, sino desde el análisis político. “Bajesé”, le dijeron sus viejos patrones. “No nos deje un gobierno con el 70 por ciento de los votos. Déjenos un gobierno débil, al que podamos presionar fácilmente.” Y el viejo vasallo, más viejo que nunca, balbuceando una renuncia absurda, comparándose con Evita (con ella, que renunció a un triunfo seguro, no a una derrota aplastante), obedeció una vez más. Y una vez más creó la realidad: se murió el ballottage. Pero al crear esa realidad no pudo evitar otra: se murió, para siempre, Carlos Menem. Hoy se lo digo a mi diariero.

Contratapa|Sábado, 31 de Mayo de 2003
UN FLACO COMO CUALQUIER OTRO

El Flaco se llama Néstor, como el Presidente. También podría decirse –sin faltar a la verdad– que el Flaco es el Presidente, porque el Flaco, desde el domingo 25 de mayo de 2003, es el Presidente de este país en que todos estamos y también él; nosotros como ciudadanos, él como Presidente. Pero cuando amaneció el 25 el Flaco todavía no era el Presidente. Le tenían que poner la banda, tenía que jurar, saludar a los granaderos, advertirles a los ministros que Dios y la Patria les iban a demandar algo que jamás le demandaron a nadie, así estamos. Entonces, volvemos: empieza el 25 y el Flaco todavía no es Presidente. Para colmo, le hicieron una trampa muy fea, tan fea como podía hacerla el Gran Tramposo, que se bajó del ballottage y lo bajó al Flaco del 70 por ciento al que, cómodo, llegaba. Porque el Flaco, además de Flaco, es alto, de modo que puede llegar al 70 por ciento y hubiera llegado si no fuera porque el Gran Tramposo, que, entre otras calamidades, es muy petiso, no se hubiera bajado, pero se bajó y no hay quién no sepa por qué, el Gran Tramposo se bajó porque cuando sus Amos le dicen “Suba”, él sube, y cuando le dicen “Baje”, él baja, y esta vez le tocó bajar. Tanto, que ya ni petiso es. Tanto, que lo enterraron. Porque de un petiso podrá decirse cualquier maldad menos una: que no ocupa algún espacio en la realidad, que un cacho del ser no le pertenece, por menguado que sea. Al Gran Tramposo, en cambio, nada, tanto lo bajaron que ya no se lo ve. Y creo que somos muchos los que queremos que siga así: ausente de la realidad durante algún tiempo. De aquí a la eternidad, digamos.
Volvemos al Flaco. Que, la sinceridad ante todo, no se había lucido durante la campaña electoral. Le decían mucho lo de Chirolita. Que Duhalde lo chiroleaba. Que era el Chirolita de Duhalde. Cosas así. Y el Flaco hablaba aquí, hablaba allá, hablaba donde podía, pero no lo escuchaban mucho. Para qué lo voy a escuchar al Flaco –pensaban todos–, si abre la boca y habla Duhalde, para eso lo escucho a Duhalde, que, por suerte, habla poco, ya que la juega de Prócer Prescindente o de Presidente en Tránsito. Y uno no escuchaba a nadie, ni a Duhalde ni al Flaco. Sin embargo, el Flaco lo necesitaba a Duhalde (y seguramente lo sigue necesitando, pero ésta es otra cuestión) porque el Gran Jefe Bonaerense tenía lo único que restaba de un país que se llamaba Argentina, tan hecho polvo, tan amainado que sólo le restaba un aparato, el duhaldista. Y ahí se montó el Flaco, ahí puso el pie, encontró un pedazo de la realidad. Lo menos que se le puede pedir a la realidad –se dijo– es que exista, y aquí ya no existe nada. Están los piqueteros y los asambleístas, de acuerdo. Pero los asambleístas existen porque les dejaron de existir los ahorros, no bien vuelvan los ahorros se van los asambleístas. Y los piqueteros existen pero como pura negación, existen como expulsión, marginación, desechos de un podrido sistema que no puede integrarlos. Hacen lo que pueden y lo hacen bien, pero yo, piensa el Flaco, quiero ser Presidente y ver si desde ahí puedo hacer algo por traerlos de nuevo a ese viejo y venerable circuito que ya no existe, el de la producción. De modo que el Flaco se pregunta qué tiene y tiene dos cosas: el frío patagónico y el aparato de Duhalde. Llega con esas dos cosas. Se banca lo de Chirolita y empuja. Por fin, gana. Pero por descarte. Gana porque el Otro, el Gran Embaucador, se va. O sea, el Flaco, que llegó como Chirolita, que llegó por medio de Otro, del Gran Caudillo Bonaerense, gana por defección de Otro, del Gran Embaucador. No soy yo, se dice. Soy un resultado. Llegué por Otro y gané por Otro. Llegué porque Otro me hizo llegar y gané porque Otro decidió huir. Entonces, en esta feroz encrucijada, el Flaco toma la decisión de su vida. Decide inventarse. Sabe, como el hombre sartreano, que es nada. Pero sabe que esa nada le abre el infinito, la tarea vertiginosa de ser sus posibilidades, de elegirse, de darse el ser. El Flaco, entonces, inventa al Flaco. (Que nadie crea, en este punto, que lareferencia a la ontología de Sartre es casual, que surgió porque sí. No, el Flaco es sartreano. Lo es, ante todo, porque tiene que inventarse, elegir, y, eligiéndose, darse el ser. Y también es, el Flaco, sartreano, porque como el Gran Virola francés, el Flaco es el Gran Virola argentino. Se le pianta un ojo. El mismo que al autor de la Crítica de la razón dialéctica, el derecho. Suele creerse que esto es un defecto, una carencia. Pero no, el Virola ve más que el pobre tipo que tiene los dos ojos para el mismo lado. El Virola, con un ojo, ve el Todo. Y con el Otro ve lo que el Todo tiene al Costado. O sea, ve el Todo y su Costado. Que alguien diga si puede ver tanto. Privilegio de pocos ver todo eso, ver el Todo y el Costado. Privilegio de grandes. Como Sartre. Como el Flaco.)
¿En qué momento empieza a inventarse, a crearse, a darse el ser el Flaco? Cuando el Gran Embaucador renuncia. Ahí se pone frente a un micrófono y dice: “Sólo este rostro nos faltaba conocerle: el de la cobardía”. Caramba, qué frase. Algo así no sale del aparato duhaldista. Los aparatos dan muchas cosas. Poder, por ejemplo. Pero no inteligencia, que es, siempre, más que el poder, ya que es su creación y no su mera acumulación burocrática. Después el Flaco va al programa de la Señora que Almuerza. Y la Señora que Almuerza le dice eso tan feo, lo del zurdaje que se viene. Y el Flaco le dice Señora, por esa frase, Señora, murieron treinta mil personas en este país. Y todos empiezan a decir El Flaco es Zurdo, qué Zurdo es el Flaco, qué Zurdaje se viene, cuánta razón tiene la Señora. Pero el Flaco sigue. Es posible conjeturar, aquí, que el Flaco está acostumbrado a que le digan zurdo.
Ahora es el 25. Y el Flaco hizo venir a cada gente, vea. Gente que, pongamos por caso, si ganaba López Murphy, no venía. Pero ganó el Flaco y vinieron. Fidel, Chávez, Lula, un horror. Una verdadera acumulación de zurdaje. Pero el Flaco los quería tener porque es afecto a los buenos recuerdos y dijo, después, en el discurso, que tenía algunos, algunos buenos recuerdos, el de la plaza del 25 de mayo de 1973, por ejemplo, la de Cámpora, Allende y Dorticós. Y dijo pertenezco a una generación diezmada. Y ahí –los que todavía no se habían dado cuenta, se dieron cuenta para siempre– ¡el Flaco es un Flaco de la Jotapé! El Flaco es un Flaco del setenta. Un Flaco de la izquierda peronista. Y si no, vean esa foto que aparece en los diarios: el Flaco, más flaco que ahora, como declinando en una silla, los brazos cruzados, escucha a dos o tres barbudos, circa 1972, en Río Gallegos, y los dos o tres barbudos son la imagen de la subversión, son perucas de izquierda de los más bravos, y por ahí el único que queda de esa foto es el Flaco, que los mira y aprende, y cree que del peronismo puede salir algo así como el socialismo, mirá vos las cosas en que creía el Flaco, si habrá sido joven, si habrá sido gil, creer eso, creer eso en lo que creyó la generación más revolucionaria de la historia de este país, la más castigada, la diezmada, como dijo el Flaco. Creer eso, creer que de un movimiento político con un general nazi a su frente podía salir la lucha de clases y la liberación nacional. Pero hay que comprender: el Flaco, en esos años, no leía a Uki Goñi sino a Fanon, a Cooke, a Jauretche, a Hernández Arregui. Y hasta, me juego, el Flaco leía la revista Envido, la única revista teórica que hizo la izquierda peronista, escrita, desde adentro, por flacos de la misma edad que el flaco, que eran, en ese entonces, tan flacos como él, y tan jóvenes y tan apasionados. Que eran, sin más, la izquierda peronista. Reducida después –por el canallismo ideológico de tantos canallas– a la mera historia de los Montoneros, y luego a la mera historia de Firmenich y Galimberti. Y luego al desprestigio y a la despolitización. Porque todos lloran por los desaparecidos pero olvidan en qué creyeron y por qué.
Y por fin, el domingo, el Flaco gana por goleada. Se come la cancha. Se mete a la gente en el bolsillo. Se hace querer. Se crea a sí mismo. Es un flaco como cualquier otro. Cruza hacia el Congreso. Jura. Juega con el bastón. Tiene el saco desabrochado. Y ahí está Lula. Y Castro. Y Chávez. Y el Flaco está feliz. Y con un ojo los mira a todos. Y con el otro, con el sartreano, de costadito la mira a Cristina.

4 comentarios - Todas las notas de J P Feinmann en Pagina 12 (9º entrega)

@TeTicBa
hola... che me di cuenta que no te ponen un puto comentario... lo que pasa es que, aunque es muy interesante lo que publicas, no le pones onda grafica(se entiende!) al post... ponete unas imagenes relacionadas entre medio y fijate de resaltar con negritas los titulos y subtitulos... ah! y si te sirve \"Viva Peron Carajo!\"
@epek10
Se puede leer en la última nota, \"Porque todos lloran por los desaparecidos pero olvidan en qué creyeron y por qué.\" Bueno, creo que este Gobierno ha sabido como nadie llorar por los desaparecidos ignorando las causas por las que luchaban. Creo que a ellos les interesaría más una redistribución de la riqueza, de la que los Gobiernos sucesivos del Matrimonio K han dado muestras de no tocar con demasiado ahínco, que un lindo Museo. Pero justamente, el Gobierno pretende ubicar aquéllas ideas en el Panteón de los Fósiles, en un Museo.



Seguramente no coincido con el autor del post, pero te dejo 10 porque al menos, con las cosas que posteás, ayudás a pensar que país queremos.
@karnactes
Muchas gracias por el aporte...
@turbomachobis
muchas gracias maestro
te dejo diez points