EL DIA QUE BOLIVIA PERDIO EL MAR
El dia que Bolivia perdio su mar lloro]
Empieza a clarear el viernes. Las olas de un mar sereno de pleno verano besan las playas blancas de Antofagasta. A una playa cercana al puerto llegan los pescadores con una buena cosecha de congrio. Al descargar las redes, los pescadores divisan en lontananza la silueta de dos navíos, pero siguen su labor antes de que despunte el día. Por lo demás, a la bahía de Antofagasta suelen llegar navíos de toda laya y, desde enero, permanece anclado el acorazado de bandera chilena “Blanco Encalada”.
Los primeros rayos del sol iluminaron los vetustos edificios públicos, casi en ruinas a pesar de los modestos arreglos que se hicieron tras el maremoto de mayo de 1877.

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El prefecto Severino Zapata apuraba el desayuno. Día 14, es el día fijado para el remate de los bienes de la “Compañía de Salitre y FFCC de Antofagasta”, que se negó a pagar una y otra vez un tributo destinado a la reconstrucción de los edificios públicos de Antofagasta.
Las salvas de artillería, que provenían de la bahía, espantaron a gaviotas y palomas y despertaron a la población. Eran casi las siete de la mañana y pronto se supo que el “Blanco Encalada” saludaba con siete cañonazos a su gemelo el barco blindado de guerra “Lord Cochrane”, de 3.650 toneladas, y a la corbeta “O'Higgins”, que se acercaban lentamente al puerto.
SOLDADO CHILENO Y BOLIVIANO
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Zapata convocó rápidamente a la gendarmería en la Prefectura, y los curiosos iban agolpándose en el puerto para ver de cerca a los pasajeros que se aproximaban en un bote que descendió del acorazado.
Ya en el puerto, el visitante, el capitán chileno José Borgoño, abriéndose paso entre sus compatriotas —que conformaban la mayoría de la población— preguntaba a modo de saludo: “El cónsul de Chile, el cónsul de Chile mis amigos, dónde está”.

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Ahí estaba, entre los curiosos. “Yo, soy yo, Nicolás Zenteno”. Se saludaron. “Vengo en calidad de parlamentario ante las autoridades bolivianas. Quiere guiarme?”.
En la Prefectura esperaba el coronel Zapata, a quien Borgoño entregó el mensaje. Chile consideraba que Bolivia había violado el Tratado de Paz y Amistad de 1874 y ordenaba “tomar posesión del territorio comprendido hasta el grado 23” a sus fuerzas militares. “A fin de evitar todo accidente desgraciado —dijo Borgoño—, espero que tome las medidas para una posesión pacífica”.

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Zapata, al mando de 60 gendarmes con fusiles de baqueta, apenas podía contar con el apoyo de los 500, o poco más, ciudadanos bolivianos afincados en Antofagasta. En realidad, no podía humanamente contrarrestar la acción que comandaba el general chileno Emilio Sotomayor.
“No hay fuerzas con qué poder contrarrestar a tres buques blindados de Chile, pero no abandonaremos este puerto sino cuando se consuma la invasión”, respondió la autoridad boliviana.


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Iban a dar las ocho y media de la mañana, cuando desembarcaron en el puerto unos 200 soldados, que llegaron en el acorazado. En medio de la algarabía de sus compatriotas tomaron la calle Bolívar hasta la Washington hasta la plaza de armas Colón. “Más de tres mil rotos de poncho, encabezados por otros de levita, se amotinaron y, entre la algazara más espantosa se dirigieron a la Prefectura. Allí arrancaron el escudo boliviano y lo rompieron para izar después el pabellón chileno y tomaron el cuartel”, escribía un cronista de El Comercio el día 15.



Fueron dos largos días de burlas y humillaciones para los bolivianos, de quienes se sentían dueños de casa, hasta que llegó el “Amazonas”, un vapor de pasajeros obligado a cambiar su pabellón por una bandera chilena. En fila, asediados por los emigrantes chilenos, esperaban abordar la nave. En los registros del muelle y las mismas turbas les despojaban lo poco que alcanzaron a recoger de sus bienes. En medio, iba Genoveva Ríos, la hija de 14 años del comisario de la Policía Marítima, que salvó la bandera del agravio enfurecido y la escondió en su cuerpo para subir al “Amazonas”.

El vapor se alejaba del muelle, con su clásica bocina del adiós, que sonaba amarga y triste a los desolados bolivianos que lo perdieron todo. Hasta el suelo patrio.
En Antofagasta se organizaba la autoridad chilena y en sus calles circulaba de mano en mano la proclama del prefecto Zapata, impresa clandestinamente por El Litoral, periódico antofagastino.


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“Hoy se ha realizado un atentado incalificable, un escándalo que jamás se presentará en pueblos civilizados. Sin fuerzas para combatir a los invasores que, alentados por nuestra debilidad, hacen gala de entereza usurpando derechos, hollando la dignidad de los bolivianos, aherrojando a las autoridades, consumando en fin, un hecho que no necesita definirse para ser conocido en toda su monstruosa deformidad e injusticia”, expresaba en párrafo sobresaliente la proclama que terminaba convocando a los bolivianos: “La primera autoridad, a nombre de la Patria abofeteada, os llama a que os reunáis en torno del desgarrado pabellón de Bolivia, para repetir nuestra protesta, único camino que nos deja la suerte”.

Día domingo, 16. El sol se ponía pintando de rojo el cielo en el verano, mientras se confundía en la línea del horizonte la silueta del “Amazonas”, y las olas volvían una y otra vez a besar las playas blancas cercanas al puerto de Antofagasta.





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