Cómo se filmó el documental del director serbio Emir Kusturica sobre Diego. Entretelones de un periplo en el que no faltaron plantones ni devoción por el Diez.


Si yo fuera Maradona
Ese abrazo de corazón. Primer encuentro Diego-Emir, en el departamento donde viven Claudia y las hijas de Maradona. Ese día era el cumpleaños de Dalma. De esa charla surge la Idea de ir a rodar a Belgrado para recrear un gol que Diego le había hecho a la selección de la ex Yugoslavia: “Se la tiré por encima al arquero”, recordó el Diez

Cuánto más se puede hablar y contar sobre Diego Maradona? Casi nada. O mucho, si se tiene en cuenta que fue, es y será figura principal de un anecdotario labrado con magia, triunfos y derrotas. Así en la vida como en la cancha, ahí, donde no hubo otro soberano por quien uno debiera rendirse a sus pies. Y hacia ese mundo donde conviven la piel de la idolatría, el sentir contestatario y el hombre de carne y hueso, apuntó el director serbio Emir Kusturica para rodar su documental Maradona por Kusturica .

Una aproximación hacia ese pequeño dios que tuvo el planeta fútbol y que cada día se levanta con la insoportable levedad de estar ungido por la pasión irrefrenable de millones que corean su nombre. Maradó... Maradó... Diez ciudades (Nápoles, Barcelona, Buenos Aires, Belgrado, entre otras), tres entrevistas fundamentales a Diego y algunos actos fallidos (en Cuba, Fidel Castro no respondió al llamado de Kusturica para que hable del Diez) fueron el escenario y guión que delineó esta travesía por la tumultuosa vida de Maradona.

Unas 180 horas filmadas; pero sólo 90 minutos reproducidos en pantalla. El Diego gordo a reventar, con sus propias batallas a cuestas, de ésas que siempre fueron a todo o nada, hasta quedar cara a cara con la muerte, en 2004: "El de arriba me dijo: 'No, todavía no, tenés que seguir luchando. Y aquí estoy". El Diego que resucita de sus propias cenizas, flaco, estilizado, by pass gástrico mediante. El Diego íntimo, que va y viene, con la misma intransigencia, pero ya sin todo aquello que lo depositaba en las puertas del infierno. Viva habló con Emir Kusturica acerca del documental que acababa de estrenar en el Festival de Cannes.

La vida de Maradona es tan intensa que debe haber sido difícil hacer foco en algún período particular. ¿Qué parte de su vida elegiste?

Me concentré en varias partes porque creo que es un personaje único. Cuanto más se metía en problemas, más popular se volvía. Cuando estuvimos en Cannes, nadie lo pudo igualar en popularidad. Creo que no hay otra figura que genere la popularidad y la excitación que él provoca.

¿Cuál fue el desafío más grande a la hora de hacer el documental?

Todo fue muy excitante. Muchas veces no pude ni siquiera verlo porque él estaba en otro lugar. Eso me dio la idea de introducirme a mí mismo en el filme y experimentar lo que es estar cerca de una leyenda. Comparando sus raíces con las mías fue el mejor modo de reconocerme a mí mismo. Estar donde él nació fue un gran desafío.

¿Y cómo fue transitar por el lado oscuro de Diego, por su pasado de adicciones?

Fui muy afortunado porque nos abrió su corazón. El sabía que yo no haría nada en su contra. Muestro todas las facetas de su personalidad, lo que hizo en el pasado con las drogas y su relación de hoy con su familia. Muy pocos saben cómo es Maradona en realidad. Se lo conoce como un excéntrico jugador de fútbol pero yo lo muestro como un ser humano.

¿Qué es lo que más te gusta del documental?

La libertad con la que él dice lo que piensa. Es inusual tener a una estrella del fútbol hablando de política, de los capítulos más controvertidos de su vida y terminar en una discoteca, como lo hicimos, en Cocodrilo. Nunca vi nada igual. Bucear por los espacios de Diego, ésa fue la cuestión. Aun cuando la leyenda se iba agigantando por alguna agenda incontrolable o los destiempos que manejan la vida de Maradona, que hoy está y mañana, quizás.


maradona
Horas difíciles en Mardel. Diego se subió al Expreso del Alba, rumbo a Mar del Plata, junto a políticos, músicos y dirigentes sociales que protestaron contra la Cumbre de las Américas con George Bush de invitado, en 2005.

Pero siempre bajo el signo de lo inconmensurable. Por caso, volver a Nápoles, ciudad donde gobierna sin otro cetro que la pasión de sus tifosi , fue un punto alto. Diego regresaba para el partido despedida de su amigo, Ciro Ferrara. Pero la ciudad, el estadio San Paolo, escenario de sus más hermosas proezas con la número cinco, se eclipsaron con su sola presencia. Todos querían tocarlo, abrazarlo... El estadio hervía a fuego lento. "Ho visto Maradona..." fue el canto sin fin por las calles bendecidas por la sangre de San Genaro. "Al contrario de lo que se pueda pensar, las escenas multitudinarias como en Nápoles o la Bombonera fueron las más fáciles de filmar.

Lo más complicado fue conseguir tener a Diego en la intimidad el tiempo que el director le pedía. Y, sobre todo, la última entrevista fue la más difícil y se hizo después de muchos intentos fallidos. Claudia nos ayudó mucho en todo este viaje", reconoce José Ibáñez, productor del documental. De hecho, Kusturica viajó tres veces a la Argentina hasta concretar ese último encuentro, en el que se iba a tocar al Diego íntimo. Y la siempre presente Claudia Villafañe acaso fue la organizadora de los compromisos en la vida de Maradona. "Tuvimos que adaptarnos a las circunstancias del momento. Era realmente difícil cumplir con cualquier plan de rodaje preestablecido.

documental
¡He visto a Maradona!. Los tifosi con los ojos llenos de fútbol. “Giannina miraba los Videos del Napoli y me decía: ‘Papá, ¿cuándo vas a volver a jugar como en los videos?’”.

Estos llegaron a cambiar tres veces en un mismo día. A pesar de eso tuvimos suerte de arrancar el rodaje en un momento muy interesante de Diego, justo después de su operación. La cámara de Emir fue testigo de ese cambio físico y anímico", remite Ibáñez. Y fue en medio de esa transformación, casi como una crisálida, donde Diego admitió a destajo: "Yo me equivoqué a lo largo de mi vida y lo que me queda es pensar qué jugador hubiera sido si no hubiera tomado cocaína. Me queda el mal sabor de que habría podido ser mucho más de lo que hoy".

El mismo que se lamenta haber perdido la niñez de sus hijas, Dalma y Giannina, en la somnolencia amarga y solitaria de la droga. "Hoy veo cómo crecían a través de los videos que me muestra Claudia y digo: 'Mirá lo que me perdí'. No haber podido verlas en un cumpleaños estando normal', porque en cuanto empezaba el cumpleaños yo iba y me drogaba... A Dalma le iba a dar un beso y me quitaba la cara." Villa Fiorito. Ahí está el comienzo encofrado en cuatro paredes.

Emir Kusturica
Nápoles, donde Diego es rey Con los hinchas del Napoli, en la ciudad que lo idolatra. “Nunca quise que la gente me quisiera, pero sí quise darle alegría jugando al fútbol.”

La casa donde crecieron él y sus hermanos. Calle de tierra, lugar casi desierto, apenas un par de vecinos creyeron estar alucinando cuando la gorda figura del Diego de entonces se baja de la camioneta y encara hacia la puerta. Enseguida se da cuenta de que no era la casa de su niñez sino la de al lado, ésa de chapas y dos cuartos para los diez Maradona. Golpea, pide permiso para entrar. Y ahí está Diego otra vez en las paredes de Fiorito. "Yo jugaba a la pelota acá, le daba contra esta pared", señala Diego un muro blanco.

La casa fue cedida por los Maradona cuando salieron de la villa para siempre. Pero está como antes. "Me acuerdo de mi papá cuando venía de trabajar, mi vieja le ponía unas ventosas en la espalda para sacarle el dolor." La entrevista se termina y Diego sale a la calle de tierra donde ya hay un montón de gente. Diego saluda y se va. Hacía tanto que no andaba por ahí, que hasta parece que nunca regresó... Que sólo fue un sueño más que se desvaneció entre las paredes estrechas y los pasillos interminables. Como los que le dio la cima y el desbarranco.

"Creo que la mayor decepción de mi papá fue cuando dejé el colegio para irme al Campeonato Sudamericano de 1977, en Venezuela, porque ya no podía coordinar el estudio con la pelota, y ahí fue el quiebre. Mi papá estuvo una semana sin hablarme porque él quería que yo estudiase. Me decía: Quiero que estudies por si te pasa algo con el fútbol'. Pero bueno, yo aposté al fútbol, insistí... y le gané mi papá", ríe Diego. Y vaya si ganó esa pulseada.

Acaso sin saber los ventarrones que debería soportar cuando llegara a la cima donde de pronto hay multitudes coreando el Diegooo, Diegooo y así, de repente, llega la soledad más inhóspita. Y él, que sabe lo que es ir y volver de la muerte, arremete: "No soy un ejemplo de nadie, pero tampoco quiero que me señalen con el dedo como si le hubiese hecho algo a alguien. Si me jodí, me jodí yo mismo". Belgrado fue, acaso, la escala del filme más relajada.

Diego llegó solo, en un vuelo privado, y fue recibido con honores de visita oficial de Estado. Lo cierto es que Maradona se mostró relajado. Mientras se trasladaba de un lugar a otro, saludaba a la gente por la ventanilla del auto, piropeaba a las mujeres. Todos tardaban varios segundos en caer, hasta que, incrédulos, atinaban a una sonrisa y un saludo con la mano. Fue la única locación del rodaje donde Diego no sintió el acoso de otros lugares. Parecía estar a salvo de la pasión ajena. "¿Qué actor te hubiera gustado ser?", pregunta Kusturica. "Robert de Niro –contesta Diego–. En Toro Salvaje . Me identifico con lo que piensa el tipo, con lo que quiere llevarse por delante. Lo que pasa es que él es boxeador y yo, jugador de fútbol. El quiere romper todo y yo quiero tirar caños."



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