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Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) orgullo arg

Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) orgullo arg

El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) es una organización no gubernamental y sin fines de lucro argentina de carácter científico creada en 1984 a iniciativa de las organizaciones de derechos humanos de la Argentina con el fin de desarrollar técnicas de antropología legal (antropología forense) que ayudaran a descubrir qué había sucedido con las personas desaparecidas durante la dictadura militar (1976-1983). Desde el año 1998 ha trabajado en 30 países de Latinoamérica, África, Europa y Asia; en lugares como Bosnia, Angola, Timor Oriental, Polinesia francesa, Croacia, Kurdistán iraquí, Kosovo y Sudáfrica.

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Son antropólogos. Saben leer el mensaje de los huesos para identificar víctimas de masacres y violencia política. Por su experiencia pionera, los convocan en distintos puntos del globo. Cómo trabajan día a día.

(La Nación) Hay un gringo que quiere hacer exhumaciones y necesita ayuda”, escuchó Luis Fondebrider mientras participaba en una marcha durante el incipiente gobierno de Raúl Alfonsín. La democracia se ponía de pie lentamente y, con la esperanza, subsistían atisbos de miedo, desconfianza y desinformación. Los familiares de los desaparecidos por el terrorismo de Estado estaban sumidos en el dolor y tenían una pregunta desesperada: “¿Dónde están?”.

Transcurría 1984. Luis y otros estudiantes de antropología se juntaron por primera vez cuando supieron de la presencia de Clyde Snow en la Argentina, el antropólogo “gringo” que, conociendo la realidad política del país, había viajado desde Estados Unidos para realizar exhumaciones con nuevas técnicas que permitían la correcta conservación de los restos para el análisis. Sólo contaban con sus estudios de antropología en curso y con su no menos importante vocación humanitaria.

Fue allí cuando se conformó equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), ONG de carácter científico que se dedica a recuperar los cuerpos de desaparecidos durante la última dictadura militar, con objeto de restablecer su identidad y, si es posible, restituirlos a sus familias.

Sus 55 integrantes actúan como peritos de la Justicia argentina, aportan pruebas en los juicios por delitos de lesa humanidad y se dedican a reconstruir la historia detrás de cada desaparición forzada, a través de la averiguación del paradero de los restos, su exhumación y el posterior análisis en el laboratorio.

Hasta el momento, llevan realizadas más de mil exhumaciones, determinaron 446 identidades y restituyeron a sus padres los cuerpos de 247 personas que, así, dejaron de ser desaparecidas.

Las primeras respuestas que el EAAF dio en nuestro país hicieron que, a través de las conexiones que los organismos de derechos humanos tienen con sus pares en el exterior, se enteraran de su existencia entidades como Amnesty International y la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Fedefam). La experiencia argentina era precursora y estos organismos no tardaron en pensar que el trabajo de estos forenses podría aplicarse a más de un país con situaciones políticas similares.

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Primero fue en América del Sur, a fines de los 80, cuando comenzaron a buscar víctimas de las últimas dictaduras militares en Chile y Brasil. Luego se extendieron hacia América Central, donde investigaron en Guatemala y El Salvador.

Pero la violación de derechos humanos no era patrimonio exclusivo de este continente y pronto los forenses conocieron realidades más distantes. A comienzos de los 90 viajaron a Kurdistán para buscar a la población kurda que fue vícitima de los ataques del gobierno de Irak. Poco después realizaron uno de sus trabajos más trascendentes cuando fueron convocados por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia para investigar las masacres ocurridas en Bosnia, Croacia y Kosovo.

Uno de los casos que tuvo mayor repercusión fue la búsqueda, exhumación e identificación del cuerpo del Che Guevara en Bolivia. En 1995 había trascendido que sus restos estaban en el aeródromo de Vallegrande. El rumor motivó la creación de una comisión especial para su búsqueda, que convocó al EAAF por su experiencia. Tras dos años de arduo trabajo al que se sumaron expertos cubanos, en julio de 1997 el equipo halló la fosa del guerrillero y pudo identificar sus restos.
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Las repercusiones y el éxito de sus hallazgos hicieron que en estos años los convocaran de todos los continentes. Hoy trabajan en casi 40 países, financiados por organizaciones y fundaciones internacionales. Actualmente, entre otras misiones, buscan a desaparecidos durante la dictadura de Stroessner en Paraguay, y realizan entrenamientos para antropólogos en Chipre y Timor Oriental.

Jóvenes colaboradores
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Pero, a pesar del reconocimiento que adquirieron a nivel mundial, es en Buenos Aires donde mantienen abiertas sus oficinas desde el primer día de manera permanente ya que, oficialmente, actúan como peritos a disposición de los jueces que investigan los delitos de lesa humanidad.

“La primera experiencia fue en un cementerio del norte de la provincia de Buenos Aires. Recuerdo que fuimos con padres y policías, la situación política era muy endeble todavía. La persona que encontramos no era la que estábamos buscando. Pero aprendimos a realizar una exhumación forense con metodología científica, la primera en la Argentina”, recuerda Fondebrider. Hasta ese entonces, esos procedimientos los realizaban sepultureros con palas mecánicas, destruyendo evidencia y perdiendo importante información.

“En ese momento los familiares de los de-saparecidos no confiaban en los forenses del sistema oficial. Por eso quisimos darles una alternativa independiente, aplicando diferentes disciplinas científicas como la antropología, la arqueología y la medicina para ese contexto tan especial”, explica Fondebrider. Fue entonces cuando decidieron conformar un equipo, que funcionaría como una organización sin fines de lucro, al que le darían dedicación exclusiva.

Silvana Turner ingresó al equipo a mediados de los ochenta. Asegura que no tuvo miedo de involucrarse en aquel momento, quizá por la inconsciencia que todavía tenía a sus 19 años. “Creo que lo que me acercó fue la curiosidad de pensar qué podía hacer con la disciplina que estaba estudiando, porque uno veía a la antropología más limitada al ámbito académico y no al científico. Veía que se podía aportar al tema de los derechos humanos desde algo concreto”, recuerda.

El primer gran hallazgo, como grupo ya constituido, fue en un cementerio bonaerense, donde se encontraron once cuerpos de desaparecidos, que pudieron ser identificados luego en el laboratorio. Años después, otros grandes acontecimientos marcaron la historia del equipo, como cuando exhumaron los cuerpos de las víctimas de lo que se conoció como la masacre de Fátima (la ejecución masiva de 30 detenidos en la ruta 8 a la altura de Pilar), o la identificación de los cuerpos de Azucena Villaflor y de la monja francesa Léonie Duquet, que habían aparecido en la costa atlántica en 1978, tras haber sido arrojadas al agua en los llamados vuelos de la muerte. Recientemente, encontraron restos óseos cremados en las afueras de la ciudad de La Plata, en lo que fue el centro de detención Pozo de Arana, que tuvo como detenidos a los adolescentes de La Noche de los Lápices y a Jorge Julio López.

“Lo que fuimos corroborando científicamente es que eran ciertos los testimonios de los detenidos. Las personas habían sido torturadas y estaban enterradas como NN, de manera clandestina, en distintos cementerios del país. La mayoría de las versiones oficiales indicaba que habían sido muertos en enfrentamientos, pero nosotros advertimos que tenían balazos en la nuca, lo que se corresponde más con un fusilamiento”, explica Fondebrider. El antropólogo agrega que en el último año han encontrado en Buenos Aires y Santa Fe cuerpos en fosas comunes, en descampados fuera de cementerios, que dan cuenta de otro modus operandi.

Tarea interdisciplinaria

Antropólogos, arqueólogos, detectives, científicos: las palabras esbozan aunque no llegan a definir completamente el trabajo que realiza este equipo de expertos. Ellos mismos entran en un largo relato cuando intentan explicar su labor, que tiene diferentes etapas aunque, en rigor, todas ellas ocurren en simultáneo.

En primer lugar, la investigación histórica. Los antropólogos deben dar con las coordenadas geográficas en donde se encuentran enterrados los restos óseos de las víctimas de la represión. Los huesos son, en esta historia, lo único que sobrevivió a la tortura y el tiempo: el único elemento tangible que los familiares pueden recuperar para realizar el duelo.

Para las identificaciones consultan a familiares que pueden aportar datos sobre las características físicas de la persona y las circunstancias de la desaparición. Por otro lado, resultan fundamentales los testimonios de los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención, que aportan pistas para dar con el paradero de los cuerpos.

En tanto, los documentos que quedaron de la burocracia estatal de aquel período, los libros de ingresos a los cementerios (fundamentalmente las entradas de cuerpos como NN) y los archivos, tanto gubernamentales como periodísticos, constituyen el corpus de fuentes escritas de las que se valen para definir los objetivos.

Una vez autorizados por la Justicia, proceden a exhumar los cuerpos, la otra etapa fundamental del proceso. Todas las lecciones que aprendieron de Snow las ponen en práctica en cada excavación. Mediante la aplicación de técnicas de la arqueología, los antropólogos descubren los restos ocultos en las profundidades de la tierra. Con palas, cepillos y pinceles trabajan uno a uno los huesos y los disponen en contenedores para su posterior análisis.

“Son restos que pertenecieron a personas que fueron torturadas, asesinadas, pero, además, enterradas de la peor manera, a veces en fosas comunes, a veces en precarios cajones”, describe Turner. Esas jornadas funcionan como bisagras en el proceso. Ese es el momento en que los que están desaparecidos aparecen.

Devolver la identidad

La siguiente etapa es la identificación en el laboratorio. Durante los primeros años, los antropólogos se basaban en la determinación del perfil biológico de la persona: sexo, edad, lateralidad y todos aquellos rasgos individualizantes, como lesiones óseas, patologías y particularidades odontológicas que pudieran ser cotejados con la información provista por los familiares y las historias clínicas.

Pero el EAAF siempre estuvo a la vanguardia de la ciencia en materia de estudios, y los avances que permitieron determinar el ADN a partir de restos óseos a finales de los años 90 (una técnica mucho más compleja de la que se realiza con sangre) les abrió un abanico de posibilidades en el laboratorio. “Antes dependíamos de que la persona tuviera algún rasgo característico o que hubiera alguna ficha médica”, explica Turner.

De allí la importancia de que los familiares de desaparecidos se sigan acercando a estos profesionales para dejar su sangre en un banco de datos: permite acotar los tiempos y aumentar exponencialmente las identificaciones. En este sentido, en 2007 el EAAF lanzó una campaña denominada Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Desaparecidos, que tiene como objetivo la recolección masiva de muestras de sangre para poder compararla genéticamente con los restos que aún no pudieron identificarse. Mediante la firma de un convenio con la Secretaría de Derechos Humanos y el Ministerio de Salud de la Nación, se establecieron 63 hospitales y centros de salud de todo el país para la extracción de muestras. La presentación es voluntaria, confidencial y gratuita.

La culminación

Una vez confirmada la identidad de la persona encontrada, llega la instancia de comunicación a las familias, algo que los antropólogos hacen con la misma delicadeza con la que realizaron la labor científica, ya que implica contener a los padres de las víctimas en el momento en el que reciben la noticia. “Es un vínculo de confianza, de confidencialidad e, inevitablemente, de involucramiento”, describe Turner.

Luego del momento del entierro, al que los forenses suelen asistir, suele proseguir un intercambio de llamadas y visitas con los familiares, en un lazo que ya no podrán romper con quienes recibieron un poco de alivio, después del dolor por la muerte.

“Para los familiares es, por un lado, un momento muy terrible, porque tienen la certeza de que esa persona fue asesinada. Pero, por el otro, sienten cierta paz después de tantos años de incertidumbre. Ahora saben qué pasó, dónde estuvieron, tienen los restos, pueden enterrarlos, tener una sepultura y visitarlos, además de reinsertar en la sociedad a ese ser querido que había perdido su identidad”, expresa Fondebrider.

“Son momentos muy difíciles, de una carga emocional muy fuerte. Pero sabemos que es algo importante para las familias, que influye en su proceso de duelo. En general los familiares se muestran muy agradecidos con nosotros y eso nos da aliento para seguir. Más allá de que somos peritos ante la Justicia, son momentos en los que uno entiende por qué está haciendo esto”, agrega Turner.

En septiembre, el EAAF realizó un envío de evidencia a dos laboratorios, Lidmo, en Córdoba y The Bode Technology, en los Estados Unidos, que son unos de los pocos lugares con capacidad de hacer cruces masivos de datos genéticos. Ahora, espera cotejar el ADN de los 925 restos óseos cuya identidad aún no pudieron establecer con las nuevas muestras de sangre del banco de datos.

Afirman que, por estos días, la genética les permite hacer estudios que hace 20 años eran impensables.

Haydeé saca del horno medialunas con jamón y queso. Se lamenta de que Vera, su entrañable amiga, no pueda comerlas por una reciente visita al dentista. Con ella se inició en el doloroso camino de la búsqueda y desde ese momento no volvieron a separarse. Juntas, se acercaron al EAAF cuando se enteraron de su formación.

Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) orgullo arg

El hijo de Haydeé Gastelú, Horacio, desapareció a los 21 años el 7 de agosto de 1976, cuando estaba en la conscripción militar. "Desde un principio lo registraron en calidad de observado. Que yo sepa no militaba en ninguna organización, pero era egresado del Colegio Nacional Buenos Aires, que estaba muy politizado, y se ve que con eso alcanzaba", reflexiona.

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Como tantos otros padres, nunca supo por qué su hijo estaba marcado. El y su novia, Dodó, fueron secuestrados juntos en la casa de la joven, en Banfield. Haydée fue una de las madres de Plaza de Mayo del primer día, de la famosa ronda obligada. Su familia no estaba de acuerdo con su participación y tenía miedo, pero ella necesitaba juntarse con pares, dar y recibir apoyo. "Fueron años muy difíciles, de una soledad tremenda, porque nadie te quería escuchar", describe.

En 2001 le confirmaron la identificación de su hijo. Fue tan grande el impacto que no preguntó por los restos ni por cómo había sido la muerte; debió volver al día siguiente.

Los antropólogos habían empezado a utilizar las técnicas de ADN para reconocer cuerpos y habían exhumado restos de las decenas de víctimas de la masacre de Fátima (ver nota). "Me dijeron que Horacio fue una de esas víctimas y que sus restos habían sido exhumados hacía tiempo, pero todavía no tenían los adelantos necesarios para hacer la identificación porque estaba muy dañado", explica con precisión.

También supo que estuvo detenido a pocas cuadras de donde ella trabajaba, durante dos semanas. "Los antropólogos me dijeron que el cadáver tenía medias, y yo enseguida pensé que era una suerte, con el frío que debía tener en agosto", indica.

Rodeada de fotos y artículos de diarios, Haydeé señala un ramillete de flores disecadas que extrajo del lugar donde fue hallado el cuerpo de Horacio. Allí vuelve cada invierno. "¡También espero que encuentren a Dodó!", exclama
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campaña de Identificacion de desaparecidos


link: http://www.youtube.com/watch?v=F-yN_-kD060


Aurora Morea asegura que, cuando se sumerge en el agua, vuelve a vivir. En la pileta de natación recarga energías para seguir trabajando como tesorera de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, para disfrutar de sus dos nietas e incluso para subir, sin agitarse, las largas escaleras que la llevan a su departamento de Villa Urquiza. Sólo una fortaleza semejante le permitió sobrevivir al vacío que le dejó la última dictadura militar: su hija Susana, así como sus dos yernos y su consuegra fueron desaparecidos. A tres de ellos volvió a encontrarlos gracias al EAAF.

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Susana y José Bronzel se habían casado hacía poco. Eran arquitectos, profesores en la Facultad, tenían proyectos. En la madrugada del 27 de julio de 1976, ocho autos Ford Falcon llegaron a su departamento, guiados por su consuegra, que estaba encapuchada y aterrada, en uno de los autos. Desbarataron la casa, robaron objetos de valor y, sin explicaciones, los llevaron al terror y la muerte.

"No sabíamos qué hacer ni adónde ir. La familia de José estaba asustadísima", recuerda Aurora. Desorientada como estaba, supo que debía hacerle caso a las recomendaciones que le llegaban: presentó un hábeas corpus, tiró todos los libros vinculados a la Facultad al lado de un árbol, no dio nombres. Con coraje, fue en persona al Regimiento de los Patricios para preguntar por su hija y recibió risas. "No tenía miedo, no me importaba nada, sólo quería encontrarla", asegura.

Aurora también estuvo entre las primeras 20 madres que, obligadas a movilizarse por no poder mantener una reunión en la vía publica, comenzaron a caminar en círculos en la Plaza de Mayo. Una de esas tardes discutió con un militar: "Me agarraron del brazo y me subieron a un Falcon. Yo me puse contenta, pensé que quizá me llevarían junto a Susana", relata hoy.

Años después, cuando se enteró de la formación del equipo de antropólogos forenses, fue a verlos para ofrecer su colaboración. "Me dijeron que si quería darme un pinchacito podía servirles para el banco de datos." Así se encendió una pequeña luz de esperanza. "Sentía que Susana me pedía que la busque, y yo quería encontrarla", dice.

La llamada de los antropólogos llegó en 1999. Susana fue otra de las víctimas de la masacre de Fátima, supo Susana. Después se enteró de que su yerno y su consuegra habían corrido el mismo destino.

Cuando Aurora se enteró del hallazgo corrió al EAAF. "Quería verla. Ilusa, pensé que podría reconocerla por su pelo colorado." Los antropólogos, con cautela, le explicaron las circunstancias. Le dieron los restos en una urna. Junto a otros familiares veló a su hija durante una noche. Luego los restos de Susana fueron enterrados en una fosa con espacio para tres cajones que Aurora visita cada mes. Allí también fueron ubicados los cuerpos de José y su madre.

Cuando creyó saberlo todo, un nuevo cimbronazo golpeó su vida. Declaraba en los tribunales de Comodoro Py en uno de lus juicios por delitos de lesa humanidad, cuando se le acercó una mujer que había estado detenida con Susana. "Me contó que dos días antes de llevarla a Fátima, la llevaron a la picana. Cuando volvió de la tortura se sentía muy mal y esta mujer se levantó la venda y habló con ella. Había perdido un embarazo. Nunca habíamos llegado a saberlo", relata con mucho esfuerzo, pero sin quebrarse.


La verdad 35 años después

Hasta las autoridades oficiales dudaban. Norberto Morresi desapareció con 17 años el 23 de abril de 1976, un día antes de que se cumpliera un mes del golpe militar. Su padre, Julio, lo buscó incansablemente desde ese día. Lo encontró en abril de 1989, cuando él mismo presenció la exhumación que de sus restos hicieron los antropólogos del EAAF, en un cementerio de La Matanza. "Cuando llegaron a la parte ósea quise tirarme en la tierra, abrazar esos huesos", rememora.

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"Fue un momento durísimo, porque a pesar del paso de los años uno nunca pierde la esperanza de encontrarlo con vida. Pero a la vez fue liberador, porque si no era yo el que lo estaba dando por muerto, sentía que lo estaba matando. Con el informe de los forenses pude saber la verdad", reflexiona.

Julio fue uno de los pocos que pudo asistir a la exhumación de su hijo. En el laboratorio terminaron de corroborar la identidad y le dieron sus huesos en una pequeña urna. "Pensar que Norberto medía un metro setenta, era un chico joven lleno de ganas de vivir. Aún hoy no termino de creerlo", expresa.

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Lo que sucedió aquel día, Julio pudo leerlo en una carpeta que le proveyeron los forenses, 13 años después. En las oficinas del equipo dialogó con la esposa de quien fue ejecutado junto a su hijo, un hombre que ese día se trasladaba con Norberto en su camioneta. "Contó que en un operativo militar había visto a su marido y que al lado de él había un chico muy jovencito", relata. Accedió a documentación que detallaba que al día siguiente de ese operativo se había encontrado una camioneta incendiada con un hombre pelirrojo y otro mucho más joven, acribillados de varios balazos. En el momento de su desaparición, Norberto acababa de terminar el secundario y se debatía entre estudiar Abogacía o Sociología. Militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios. La última vez que sus padres lo vieron, les dijo que llegaría tarde, que tenía que hacer unas cosas y que después iría a un cumpleaños. Nunca volvió. "Pasaban los años y ya no sabía qué hacer. Una vez frené a un hombre sin techo en medio de la calle, todo barbudo y mugriento. Lo agarré de la cara, lo miré a los ojos para ver si era Norberto. Creí que me había vuelto loco", recuerda Julio


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que no suceda NUNCA MAS!

no la vivi tan de cerca a esa partevhistoria, (aunque se un poco de ella por medios mas que nada) ya que no conoci ningun amigo o familiar con casos similares, pero de casualidad me en contre con la nota de julo y me puse tan mal que senti que debia divulgarla a su historia y al la exelente labor de la EAAF.

saludos

sitio oficial http://www.eaaf.org/eaaf__sp/ muy buena informacion del trabajo que vienen realizando

u por dios iba cerrando las paginas de las diversas fuentes

alguna de elllas
youtube
wikipedia
lanacion
hijos-capital.org
http://arqueolab.wordpress.com (bastante info)
revista nueva (viene con el diario en entre rios)

3 comentarios - Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) orgullo arg

yamyl -1
desaparecidos
asi q andan saqueando momias