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Genocidio Católico-Japones

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Los pasados días 6 y 9 de agosto se cumplieron 60 años del crimen horrendo y la atomización de las dos únicas ciudades japonesas que albergaban importantes comunidades cristianas, Hiroshima y Nagasaki. Las víctimas japonesas por los bombardeos terroristas norteamericanos ascienden a 300.000, y las víctimas japonesas causadas por la atomización de Hiroshima y Nagasaki fueron de 125.000 (70.000 muertos en Hiroshima y 55.000 en Nagasaki). Por lo tanto, el total de víctimas japonesas del terrorismo aéreo sería de 425.000 muertes causadas por crímenes de guerra en violación de las Convenciones de Ginebra y la Haya.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el 6 de agosto de 1945, se lanzó la primera bomba atómica con fines militares sobre Hiroshima, en Japón. La bomba atómica de Hiroshima, conocida como “Little boy”, fue arrojada por un bombardero llamado “Enola Gay”. Esta bomba produjo la muerte instantánea de 70.000 personas y la destrucción total de 6.5 km. cuadrados de la ciudad. En los cuatro meses siguientes murieron 19.000 personas más. La estimación final es de más de 200.000 víctimas inocentes. Todos los embarazos en un radio de más de 3.2 kilómetros no finalizaron con éxito. Se incrementó escandalosamente el número de casos de leucemia y otros cánceres.

Anteriormente a esto, en 1939, Otto Hahn, físico alemán de renombre mundial, que recibió el Premio Nobel de Física en 1945 por sus trabajos sobre la fisión del uranio, descubrió que mediante el bombardeo de núcleos de uranio por neutrones se producía el fenómeno llamado “kernspaltung” o desintegración nuclear. El 6 de enero de 1939, la revista alemana “Ciencias Naturales” publicó el feliz resultado de las experiencias realizadas a este respecto en el “Kaiser Wilhelm Institute”. Dice Salvador Borrego en “Derrota mundial” que en dicho Instituto trabajaba una hebrea, Lisa Meitner, quien se trasladó a Suecia y comunicó a New York todo lo que sabía acerca de los experimentos atómicos alemanes. Según Louis Marschalsko en “World conquerors” la tal Lisa Meitner informó a New York a través de un físico danés, correligionario suyo.

Pronto se formó en New York un clan de científicos que, basándose en los descubrimientos de Otto Hahn y sus colaboradores del “Kaiser Wilhelm Institute” y en sus propios conocimientos, se dispuso a producir la bomba atómica para Norteamérica. O, más exactamente, para la Norteamérica de Roosevelt, puesto que ni el Congreso, ni el Senado, ni el propio Gobierno fueron informados.

Formaban este equipo los judíos Albert Einstein, emigrado de Austria; Robert Oppenheimer, graduado en la Universidad de Gottingen; Léo Szilárd, de Budapest; Klaus Fuchs, de Alemania, que tras haber traicionado a Alemania, traicionó a su patria adoptiva, USA, y se fue a vivir a la Alemania del Este; y una “rara avis”, un “gentil”, el italiano Fermi, cuyas ideas comunistoides nunca fueron un secreto para nadie.

La financiación del “Proyecto Mannhattan” – nombre clave que fue dado a la producción de la bomba atómica – corrió a cargo, exclusivamente, de judíos. Lewis Strauss, uno de los managers de la fabulosa banca “Kuhn, Loeb & Co.” y antiguo consejero financiero de otro atomista hebreo, David Lilienthal, aseguraba la coordinación entre científicos y banqueros judíos.

En 1942 todavía llevaban los alemanes una gran ventaja en el campo de la investigación nuclear. Pero los sabotajes sufridos en las investigaciones de la planta atómica de Peenemünde por escrúpulos humanitarios, así como los bombardeos de la RAF, hicieron demorar la producción de la bomba. Cuando la guerra terminó, el 9 de mayo de 1945, Alemania poseía el secreto de la bomba atómica, mientras que los sabios que trabajaban en el “Proyecto Mannhattan” aún no habían llegado a encontrar el sistema del detonador. Fue, precisamente, la incautación de los secretos atómicos alemanes lo que permitió a los yanquis ultimar la construcción de su primera bomba “A” que sería arrojada en Hiroshima.

De haber dispuesto, asimismo, de unos meses más, la Luftwaffe hubiera podido contar con nuevos carburantes sintéticos cuya puesta a punto había pasado ya del plano experimental.

Si Italia, España, y la mayoría de sus aliados, no la hubieran abandonado y traicionado en pleno combate, no cabe duda de que Alemania hubiera dispuesto de esos preciosos cuatro meses que separaron su derrota de su triunfo. Cuatro meses que significaron el triunfo de la democracia y, paralelamente, quiérase o no admitir, la derrota de Europa.

Volviendo al tema que nos ocupa, y tras este paréntesis necesario para explicar el desarrollo de la bomba atómica, a pesar de los espectaculares éxitos japoneses de 1942 y 1943, que llevaron a Japón a Nueva Guinea y Birmania, las tres cuartas partes de las fuerzas japonesas estaban entretenidas en la lucha contra el coloso chino, y no pudo hacer frente a la superioridad numérica y material de sus enemigos.

En Extremo Oriente, el terrorismo aéreo de la aviación norteamericana contra Japón no presentó, en un principio, rasgos de tan excepcional crueldad como la desplegada en Alemania. No obstante, debe mencionarse el bombardeo de la ciudad de Toyama, de unos 125.000 habitantes, a finales de 1944. Según el historiador Martin Caidin en “A torch to the enemy”, los edificios de la ciudad fueron destruidos en un 98.6%. Tokyo sufrió varios bombardeos, el mayor de ellos a finales de mayo de 1945. En ese ataque, aunque se atacaron fábricas, se bombardeó también el núcleo urbano de la población. Se ha llegado a decir que se produjeron 500.000 víctimas en un sólo día, la cifra más baja dada por la literatura aliada es de 130.000. Es decir, más o menos Hiroshima y Nagasaki juntas, aunque no se han dado datos oficiales contrastables. Desde luego, y tal como reconoce la revista propagandística norteamericana, en español, “En Guardia”, núm. 9, año 4, “tan destructiva fue la campaña que las autoridades japonesas se vieron obligadas a retirar de Tokyo a la mayor parte de la población”. El padre espiritual de estos bombardeos contra Japón fue el General Curtis Emerson Le May, un hebreo que ya se había distinguido en los ataques aéreos contra las ciudades alemanas, desde 1942 hasta 1944. Se ha pretendido que ese ataque a Tokyo fue un simple bombardeo de un objetivo militar, pese a que, como ya se ha indicado, en ese bombardeo también se atacó al núcleo urbano de la población que, obviamente, no era un objetivo militar. Ahora bien, lo que en modo alguno pueden considerarse ataques a objetivos militares fueron las dos bombas atómicas lanzadas por los norteamericanos contra Hiroshima y Nagasaki. Se ha pretendido que el Presidente Truman ordenó personalmente ambos ataques atómicos contra esas ciudades para forzar a Japón a pedir la paz y ahorrar así derramamientos ingentes de sangre norteamericana. El argumento sería válido de no mediar dos hechos que lo invalidan por completo:

1) A principios de 1945, el Mikado hizo tanteos de paz, a través de la URSS, pues lejos de atacar a los soviéticos, como a ello se había comprometido Japón, firmó con Moscú un tratado de alianza en 1942, cediendo a la URSS sus reservas carboníferas de Sakhalin y absteniéndose de atacar a los mercantes norteamericanos que llevaban mercancías al puerto de Vladivostock. El signatario de ese pacto tan beneficioso para la URSS, fue el hebreo Salomón Lozovski. También tanteó la paz a través de Suecia, pero Roosevelt lo rechazó, exigiendo una rendición incondicional, como lo señala Georges Ollivier en “Franklin Roosevelt, l´homme de Yalta”. Japón debía ser aplastado y eliminado como gran potencia.

2) En mayo de 1945, unos días después de la capitulación de Alemania, Suzuki, el nuevo Presidente del Consejo de Ministros de Japón, ofreció retirar todas las tropas japonesas de Birmania, China, Malasia y todas las islas que aún conservaban en el Pacífico. Sólo pidió la no-ocupación de la metrópoli y que fuera respetada la Familia Imperial. El ofrecimiento se hizo a través de los servicios diplomáticos del Vaticano, especificando que es “una base de negociación”, lo que equivale a decir que se trata de un mínimo, y que otras exigencias norteamericanas podían ser discutidas y, consiguientemente aceptadas. Pero el nuevo Presidente Truman siguió los pasos de su predecesor Roosevelt, y rechazó la oferta japonesa. Así lo confirma Robert E. Theobald en “Last secret of Pearl Harbour”.

Incluso en Norteamérica era “Vox populi” que Tokyo quería la paz. El día 6 de agosto de 1945, un avión bombardero norteamericano, el “Enola Gay”, dejó caer la primera bomba atómica sobre Hiroshima, que no poseía ningún objetivo militar, ya que la ciudad estaba desprovista de objetivos militares y, lógicamente, de defensas antiaéreas. Setenta mil personas perecieron en el acto. Japón pidió oficialmente la paz. Washington preparó cuidadosa y laboriosamente su respuesta a la petición japonesa. Muy laboriosamente, para que Stalin tuviera tiempo de denunciar su tratado con Tokyo, declarar la guerra a Japón y poder así participar como “beligerante” en la Conferencia de paz. Lo hizo el día 8 de agosto. Veinticuatro horas después, otra bomba atómica fue arrojada sobre Nagasaki. Cincuenta y cinco mil muertos. El Imperio del sol naciente pidió la paz de nuevo, y por cuarta vez, anunció oficialmente su rendición incondicional y su capitulación. Esta vez, Truman, magnánimo, se la concedió, aunque, eso sí, incondicionalmente.

El caso es, no obstante, que esa “incondicionalidad” sería, en la práctica, mucho menos dura que la rendición incondicional impuesta a Alemania. De hecho, los norteamericanos aplicaron las condiciones que pedía Japón a Truman en el mes de mayo de 1945, pero la diferencia práctica es enorme: De haber aceptado la petición nipona de mayo de 1945 – que equivalía, a todos los efectos, a una rendición sin condiciones – la URSS no hubiera tenido tiempo de declarar la guerra a Japón (lo que fue insólitamente solicitado por Truman) y no se hubiera podido inmiscuir en los asuntos de Asia oriental. El rechazo de la petición del Presidente Suzuki en mayo de 1945 trajo como consecuencia que, al final de la guerra en Extremo Oriente, los soviéticos, que no dispararon un sólo tiro contra los japoneses, fueron los únicos que obtuvieron ganancias territoriales en Extremo Oriente, ocupando el sur de la gran isla de Sakhalin y Manchuria, lo que les fue revalidado en el tratado de paz, y apoderándose de las islas Kuriles que aún no han devuelto a Japón. En cambio, todos los que efectivamente lucharon contra Japón saldaron su participación en la “victoriosa” contienda con pérdidas territoriales: Los chinos, que lucharon contra Japón desde 1931 recibieron, como premio, la implantación del comunismo, posibilitada por Washington. Los norteamericanos, que son los que realmente vencieron en el campo de batalla, perdieron las Filipinas. Los ingleses y los holandeses, que encajaron los duros golpes iniciales del Mikado, desaparecieron como primeras potencias en Asia y perdieron sus imperios asiáticos. ¡Magnífico balance! Todo eso, por el criminal retraso en aceptar una capitulación. Todo eso, para poder largar dos bombas atómicas sobre dos ciudades indefensas. Pero, ¿por qué Hiroshima y Nagasaki?


Llegados a este punto, no podemos pasar por alto la interesante observación hecha por un escritor católico inglés, Arthur Kenneth Chesterton, quien recuerda en “Candour” lo siguiente:

“La primera comunidad católica de Japón se hallaba precisamente en Hiroshima.
La primera comunidad protestante y segunda cristiana, en número de practicantes, tras Hiroshima, se hallaba precisamente en Nagasaki.
La orden de que se lanzaran esas bombas la dio personalmente el Presidente Harry Salomon Schippe Truman.
La escuadrilla a la que pertenecía el avión bombardero homicida de Hiroshima, “Enola Gay”, se llamaba “Dreams of David” (“Sueños de David”).
El piloto que arrojó la primera bomba atómica, Thibbets, era de la misma extracción racial que el Presidente Truman y el Rey David”.

La “verdad” oficial asegura que los libros de Monniot, Julius Streicher, y Mullins sobre crímenes rituales judíos son una falsedad, pero analizando los móviles, los ejecutores y las víctimas de estos dos horrendos genocidios, cabe dar paso a la duda razonable.


No podemos cerrar el “caso” de Hiroshima y Nagasaki sin mencionar que, desde entonces, cada año han venido pereciendo supervivientes de la horrorosa matanza, y a consecuencia de la misma, y como ejemplo de ello, la prensa mencionó hace muchos años, en junio de 1979, el suicidio de uno de ellos que, tras soportar más de 30 años los males causados por la radiación, puso fin a sus días al declarársele un cáncer ocasionado por la radicación. El número de muertos causados por los efectos de la radiación desde el día siguiente al día del bombardeo hasta hoy, sobrepasa la cifra de 25.000, y los nacimientos de seres tarados imputables a tal causa, no bajan de 18.000.

Este es el balance siniestro de la barbarie democrática y del terrorismo aéreo de “los buenos” más de 60 años despues de aquel genocidio.

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