Suicidio infantil


Suicidio infantil


El atentado contra la propia vida puede ocurrir aun en la infancia. Conocer las situaciones que pueden desencadenarlo es vital para ejercer la prevención.


Cada potencial suicida está más propenso a intentar quitarse la vida cuando atraviesa contextos puntuales que varían de acuerdo con el momento de la vida en que se encuentre.
La entidad Estaciones del Alma, dedicada, desde el año 2000, a prevenir este flagelo, brindó detalles respecto de la iniciación de la problemática en la niñez que puede desencadenarse años más tarde.
"El suicidio es un fenómeno complejo, un problema grave de Salud Pública, cuya prevención y control no son tarea fácil", indicó Silvia Britos, presidenta de la institución.
Recordó que, en Bahía Blanca, cuando nació al entidad, se registraba un 200 por ciento de aumento de los casos, aclarando que el mismo notorio incremento ocurría en el país y en el mundo.
"Ante todo hay que considerar que los factores de riesgo suicida son individuales, pues lo que para algunos es un elemento de riesgo, para otros puede no representar problema alguno", aclaró.
Añadió que son generacionales, ya que los factores de riesgo en la niñez pueden no serlo en la adolescencia, la adultez o la vejez.
"Por otra parte, son genéricos, ya que la mujer tendrá factores de riesgo privativos de su condición y, así, también los hombres", completó.
"Por último --añadió-- hay un condicionamiento cultural: los factores de riesgo suicida de determinadas culturas pueden no serlo para otras", sostuvo.

En la niñez. Britos enunció los factores de riesgo suicida en la niñez que contribuyen a que se desarrolle la conducta suicida en la adolescencia.
"Por debajo de los 5 o 6 años, los niños tienen un concepto muy rudimentario de lo que es la muerte, por lo que resulta prácticamente improbable que se participe activamente de ella", dijo.
"En esta etapa, la muerte se representa, personifica u objetiviza como una persona con buenas o malas intenciones, o un lugar desagradable o apacible. También a estas edades es común que la muerte se asocie a la vejez y a las enfermedades", continuó.
Explicó que, por encima de esta edad, se comienza a considerar la muerte como un suceso inevitable y universal, llegando el niño a la conclusión de que todas las personas, incluyéndolo a él, tienen que morir.
Paralelamente, con el concepto de muerte se desarrolla el de suicidio.
"Por lo general, los niños han tenido alguna experiencia sobre el tema, mediante la visualización de este tipo de acto en la televisión, sea a través de programaciones para los adultos o dirigidos a los niñas (muñequitos o comics).
Otras veces, el concepto se va adquiriendo mediante diálogos con compañeros de su propia edad que han tenido familiares suicidas o por conversaciones que escuchan a los adultos.
En sus concepciones sobre el suicidio, en el chico se entremezclan creencias racionales e irracionales, articuladas y lógicas y poco coherentes y comprensibles.
"Hay niños que adquieren ambos conceptos, muerte y suicidio, a una edad más temprana y otros más tardíamente, creyendo estos últimos que la muerte es una continuidad de la vida o que es un estado parecido al sueño del cual es posible ser despertado tal y como ocurre en el cuento La Bella Durmiente", explicó.
Sostuvo que, en la infancia, los factores de riesgo suicida deben ser detectados principalmente en el medio familiar.
Por lo general, el clima emocional familiar es caótico, pues no hay un adecuado funcionamiento de sus integrantes y no se respetan los roles ni las fronteras de sus respectivos miembros.
Los padres, cuando conviven, se enrolan en constantes querellas, llegando a la violencia física entre ellos o dirigiéndolas a los integrantes más vulnerables: los más jóvenes, niños y los más viejos.
"Es frecuente que los progenitores padezcan alguna enfermedad mental, entre las que se citan, por su frecuencia, el alcoholismo paterno y la depresión materna. A ello se añaden las situaciones de maltrato por no poder la madre, en estas condiciones, satisfacer las necesidades emocionales y de cuidados de los niños", detalló.
Agregó que otro factor de riesgo suicida en la niñez es la presencia de idéntica conducta en alguno de los progenitores.
"Aunque no está demostrado que el suicidio esté determinado genéticamente, es un hecho que puede ser imitado, principalmente por las generaciones más jóvenes. En ocasiones este proceso no es plenamente consciente y el suicidio se produce por un mecanismo de identificación, proceso mediante el cual se incorporan a la personalidad algunos rasgos de la personalidad o formas de ser del sujeto identificado", indicó.
Aclaró que, otras veces, lo que se transmite es la predisposición genética no para el suicidio, más bien para alguna de las enfermedades en las que este síntoma es frecuente: depresiones y esquizofrenias en cualquiera de sus formas clínicas.
Comentó que las relaciones entre los progenitores y sus hijos pueden convertirse en un factor de riesgo de suicidio cuando están matizadas por situaciones de maltrato infantil y de abuso sexual, físico o psicológico.
"La violencia contra los niños en cualquiera de sus formas es uno de los factores que entorpecen el desarrollo espiritual de la personalidad, contribuyendo a la aparición de rasgos que predisponen a la realización de actos suicidas, entre los que se destacan la propia violencia, la impulsividad, baja autoestima, las dificultades en las relaciones con personas significativas y la desconfianza", enumeró.
Prosiguió describiendo que, otras veces, las relaciones están caracterizadas por la sobreprotección, la permisividad y la falta de autoridad.
Todo esto, se explicó, conspira contra el buen desarrollo de la personalidad de los niños, quienes se tornan caprichosos, demandantes, poco tolerantes a las frustraciones, manipuladores y egocéntricos, pretendiendo que todos los seres humanos los traten de la misma manera indulgente que lo hacen los familiares.
Se provocan, así, diversos problemas de adaptación desde la más temprana infancia, que recrudecen en la adolescencia, cuando la socialización ocupa un lugar preponderante en la conformación definitiva de la personalidad.
Las dificultades académicas, las fugas del establecimiento, el desinterés por las actividades escolares, la rebeldía sin motivo aparente, la no participación en los juegos habituales con los demás chicos, la repartición de posesiones valiosas, y hacer notas de despedidas, son signos que pueden ser observados en una crisis suicida infantil.
Acotó Britos que la atención psicoterapéutica a una crisis suicida infantil debe ir dirigida a la sensibilización de padres o tutores para que tomen conciencia de los cambios ocurridos en el niño, que presagian la ocurrencia de un acto suicida.
"Hay que insistir con ellos en el control de los métodos mediante los cuales pueda autolesionarse. Si el niño realiza una tentativa de suicidio hay que investigar qué intención perseguía con este acto, pues necesariamente no tiene que ser el deseo de morir el principal móvil, aunque sea el de mayor gravedad", redondeó.
Enumeró que los deseos de llamar la atención, la petición de ayuda, la necesidad de mostrar a otros cuán grandes son sus problemas, pueden ser algunos de los mensajes enviados.
En la práctica, se debe intentar realizar un diagnóstico correcto del cuadro clínico que está condicionando la crisis para descartar que este sea el debut de una enfermedad psiquiátrica mayor.
En ello puede desempeñar un papel muy útil la observación de sus juegos y la entrevista médica, la cual debe correr a cargo de un especialista en psiquiatría del niño y el adolescente", recomendó.
Indicó Britos que la actitud de la familia, ante el intento de suicidio infantil, constituye un dato de suma importancia y cuando sea posible hay que evaluar la capacidad que tienen los padres y las madres para comprender y modificar los factores que han predispuesto o precipitado el intento.
"Es necesario que la familia comprenda que la conducta suicida siempre indica una adaptación inadecuada y requiere tratamiento psicológico, psiquiátrico o ambos, según sea la gravedad del caso y nunca limitarlo a la resolución de la crisis", dijo.
Acotó que se debe evitar que los padres y las madres se ataquen mutuamente, para lo cual se le hace entender que ya la familia tiene un problema y no se debe sumar uno más.
"Los continuos ataques mutuos lo único que pueden conseguir es entorpecer el manejo de la crisis o provocar mayor malestar en el infante que puede sentirse culpable de estas reyertas", terminó.


Fuente:http://www.lanueva.com/edicion_impresa/nota/15/06/2008/86f160.html