Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
Mateo 27:45-46


La cruz del Hijo de Dios

«Los hombres a quienes Jesús venía a salvar, ¿Cómo lo trataron? No como al Hijo de Dios, tampoco como a un rey o a un justo, ni siquiera como a un hombre. Lo humillaron a tal punto que él mismo clamó, debido al odio de los hombres: “Yo soy gusano, y no hombre” (Salmo 22:6). Lo valoraron en treinta piezas de plata, mientras que él los estimó al precio de su sangre. Lo interceptaron de noche, como si se tratara de un ladrón, y lo llevaron ante Caifás, Herodes y Pilato. Se burlaron de su estatus de rey colocándole una corona de espinas. Lo golpearon, lo escupieron y lo crucificaron entre dos malhechores.
En medio de la ira de Satanás, del odio de los fariseos, los gritos del pueblo, la cobardía de Pilato y los sarcasmos de los sacerdotes, Dios, su Dios, lo sostenía. Pero, ¿Quién lo iba a consolar cuando la ira del Dios justo y santo cayera sobre él? Esa cruel muerte, ese sangriento suplicio, esas injurias fueron los sufrimientos de la cruz… sin embargo no fueron éstos los mayores sufrimientos.
Imagínese por un momento a Dios cargando a su Hijo con la iniquidad de todos los hombres, castigándolo por nuestros pecados, dejándolo clamar con una garganta seca y unos ojos consumidos por el sufrimiento expresado en el clamor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34)».