El post que buscas se encuentra eliminado, pero este también te puede interesar

Qué hubo de los apóstoles hasta nosotros

¿QUE HUBO DE LOS APOSTOLES
HASTA NOSOTROS?

Setenta generaciones de cristianos se han sucedido desde el tiempo de los apóstoles. Hablar de la Iglesia es hablar de estos hermanos nuestros; es fácil criticarlos o pensar que debían haber sido mejores; es más difícil conocer el mundo en que vivieron, muy diferente del nuestro, y comprender lo que trataron de realizar, llevados por su fe.

Hombres libres, vírgenes y mártires

Los cristianos de los primeros siglos gozaron al sentirse liberados: liberados de las supersticiones paganas como de su propio temor y egoísmo. Pero pagaron caro esta libertad. En su tiempo no había ley superior a la voluntad del emperador o a las costumbres de su pueblo, pero ellos ponían a Cristo por encima de las autoridades humanas y, por ser opositores de conciencia, los trataron como a malhechores. El amor cristiano y la virginidad insultaban los vicios del mundo pagano.
De ahí que los cristianos fueran perseguidos. Durante tres siglos hubo represión y mártires, a veces en una provincia del imperio, a veces en otra. En algunos períodos todas las fuerzas del poder se desencadenaron contra ellos y pensaron acabar con el nombre de Cristo. Pero las multitudes que para divertirse iban a contemplar los suplicios infligidos a los cristianos volvían avergonzadas de su propia maldad y convencidas que la verdadera humanidad estaba en los perseguidos.

La conversión de Constantino

Mientras tanto el mundo romano entraba en decadencia. Antes que fuera vencido por sus enemigos se debilitaron las fuerzas espirituales que lo habían encumbrado: ya no tenían vida las creencias antiguas. En el año 315 el propio emperador Constantino pidió ser bautizado y, después de él, los gobernantes fueron cristianos. Este fue un acontecimiento decisivo para la Iglesia, que pasaba a ser protegida en vez de perseguida.
Pero este triunfo trajo consigo desventajas que se iban a medir con el tiempo. En adelante la Iglesia debió espiritual que necesitaban esos pueblos del Imperio romano, reemplazando a las falsas religiones, y sus puertas se abrieron para recibir a las muchedumbres en busca del bautismo. La Iglesia ya no se limitaba a creyentes bautizados después de ser convertidos y probados; tuvo que hacerse la educadora de un <<pueblo cristiano>> que no difería mucho del anterior <<pueblo pagano>>. Lo que se ganaba en cantidad se perdía en calidad. Los emperadores <<cristianos>> tampoco diferían de sus predecesores. Así como éstos habían sido la suma autoridad en la religión pagana, ellos también quisieron dirigir la Iglesia, nombrar y controlar a sus obispos: protegían la fe y sometían las conciencias.
Por otra parte, al salir de la clandestinidad o de una situación postergada, los cristianos tuvieron que meterse más en los problemas del mundo ¿Cómo podían conciliar la cultura de su tiempo con la fe? Ese fue el tiempo en que los obispos a los que llaman <<los Santos Padres>> hicieron una amplia exposición de la fe respondiendo a las preguntas de sus contemporáneos. Entre los de más genio se destacó San Agustín.
Hay gente que prefiere no ver los puntos difíciles de la fe. Pero los que se atreven a profundizarlos, como se debe, no siempre se cuidan de los errores. El error que más se difundió y por poco arrastró a la Iglesia fue el <<arrianismo>>: por miedo a dividir el Dios único, los arrianos negaban que Cristo fuera el Hijo igual al Padre; lo consideraban solamente como el primero entre los seres de toda la creación. Los emperadores arrianos designaban obispo arrianos; pero como lo había prometido Jesús, el Espíritu Santo mantuvo la fe del pueblo cristiano y el error retrocedió.
En esos tiempos los cristianos deseosos de perfección, al ver que la Iglesia no era ya la comunidad fervorosa del tiempo de los mártires, empezaron a organizarse en comunidades austeras y exigentes. Les pareció necesario aislarse de la vida cómoda para buscar a Dios con toda el alma, y así, en los desiertos de Egipto primero, y luego por todo el mundo cristiano hubo monjes y ermitaños. Los monjes mantuvieron en la Iglesia el ideal de una vida perfecta, totalmente entregada a Cristo. Su existencia tan mortificada les permitió conocer hasta los últimos rincones del corazón humano. Y Dios, por su parte, les hizo experimentar la transformación o divinización reservada a quienes lo dejaron todo por él.

El fermento en la masa

Cuando se derrumbó el Imperio romano invadido por los bárbaros, desvastado, arruinado, despedazado, pareció que fuera el fin del mundo. (Hablamos siempre del Imperio romano, no porque fuera el único lugar poblado en el mundo sino porque, de hecho, los predicadores cristianos no habían salido, o poco, de sus fronteras).
Pero, en realidad, esta destrucción anunciada por Juan en el Apocalipsis dio la partida para otros tiempos; la Iglesia no pereció en ese torbellino, sino que descubrió una nueva tarea: evangelizar y educar a los pueblos que, después de las invasiones bárbaras, habían vuelto a una sociedad más pobre, muy inculta y totalmente desorganizada.
Estos pueblos no conocían otra fuerza moral u otra institución firme que la de la Iglesia. Muchas veces el obispo había sido el único que se constituyera en <<Defensor del pueblo>> frente a los invasores. No había otros que los clérigos para educar al pueblo; en los monasterios se guardaban al lado de las Escrituras Sagradas los libros de la cultura antigua. La Iglesia fue el alma de los pueblos primitivos, crueles, generosos y excesivos en todo. Y mientras luchaba perseverantemente para limitar guerras y venganzas, proteger a la mujer y al niño, desarrollar el sentido del trabajo constructivo, ella misma se dejó penetrar por las supersticiones y la corrupción. Por momentos pareció que hasta las más altas autoridades, los Papas, se hundieran en los vicios del mundo, pero lo sembrado entre lágrimas floreció con el tiempo.
Lo mismo como, en la Historia Sagrada, Dios había educado al pueblo primitivo de Israel, dejando que muchos errores solamente se corrigieran con el tiempo, así pasó con la llamada Cristiandad, o sea, con esos pueblos de Europa que aprendían a ser humanos, libres y responsables. Nació una civilización nueva cuya cultura, arte y, más que todo, ideales, eran fruto de la fe.

Católicos y Ortodoxos: El Cisma

La parte oriental del Imperio romano había resistido a las invasiones bárbaras. Esta parte de la Iglesia, llamada Griega u Ortodoxa, y que luego evangelizaría a Rusia, se apartó poco a poco de la parte occidental ocupada por los bárbaros y animada por la Iglesia de Roma. Hubo dos Iglesias diferentes por la cultura, el idioma y las prácticas religiosas, a pesar de que guardaban la misma fe, y esto no era malo. Pero ambas cometieron el pecado de fijarse más en sus propias costumbres que en la fe común, y así, la Iglesia oriental se apartó del Papa, sucesor de Pedro en Roma.
Posteriormente los turcos, que se adherían a la religión de Mahoma, conquistaron los restos del Imperio romano en Oriente y solamente quedaron escasas comunidades cristianas ahí donde habían prosperado las antiguas Iglesias de Siria, Palestina, Egipto… En tiempos actuales, Grecia, Rumania y, más que todo, Rusia, forman lo más importante del mundo ortodoxo.

La Iglesia y la Biblia

En el año 1460 los descubrimientos de Gutenberg permitieron imprimir libros. En tiempos anteriores no había sino escritos a mano, caros y escasos. No estaba al alcance de hombre común tener una Biblia ni siquiera un Evangelio. La Biblia se leía en la Iglesia y servía de base para la predicación. Y para que estuviera más presente en la memoria de los fieles, no se construían templos sin adornarlos por todas partes con pinturas, esculturas o vitrales que reproducían escenas bíblicas.
Pero en adelante cada uno podría tener las Escrituras Sagradas con tal que supiera leer. Este descubrimiento técnico iba a precipitar una crisis latente en la Iglesia. Porque durante siglos las instituciones de la Iglesia, su clero, sus religiosos, habían forjado la cultura y la unidad del mundo cristiano; siendo sus guías en lo político como en lo espiritual, las preocupaciones materiales superaban muy a menuda la dedicación por el Evangelio. Muchos hombres destacados, religiosos, santos, habían protestado pidieron reformas. Pero las reformas no salían delante. Con la impresión de la Biblia, muchos pensaron que la única solución para reformar la Iglesia era entregar a todos el Libro Sagrado para que, al leerlo, bebieran el mensaje en su misma fuente y corrigieran los desvíos y malas costumbres establecidas.
Cuando Martín Lucero tomó la iniciativa de una Iglesia reformada, apartándose de la Iglesia oficial, acometió la obra de traducir toda la Biblia al idioma de su pueblo, el alemán, pues hasta entonces se publicaba casi siempre en latín.
Es que, en la Iglesia, la mayoría de los clérigos, desconociendo el provecho que se sacaría de la lectura individual de la Palabra de Dios, se fijaban más bien en los peligros de que cada uno se creyera capacitado para comprenderlo todo sin error si se entregaba el Libro Sagrado a todos. No se equivocaban totalmente, pues apenas Lucero hubo traducido la Biblia, sus seguidores empezaron a pelear entre ellos y a fundar Iglesias opuestas, segura cada una de retener sola la verdad.
Cuando, años después, la Iglesia se reformó a sí misma, no por eso se promovió suficientemente el interés por la Biblia. Predicadores y misioneros no dejaban de enseñar el Evangelio, pero todo llegaba al pueblo desde arriba sin que fuera estimulado a buscar personalmente la verdad.

Conquistadores y misioneros

Desde los Apóstoles, los creyentes se han preocupado por transmitir su fe a los demás. También hubo misioneros que se aventuraron entre los pueblos enemigos o de otro idioma, para predicar el Evangelio. Pero cuando toda Europa se encontró más o menos reunida en la cristiandad, o sea en el área cultural y social animada por la Iglesia, creyeron que se había cumplido la tarea misionera. ¿Qué había fuera de los países cristianos? Ellos hubieran contestado: <<Los moros, nada más.>> Los moros, es decir, los pueblos árabes de religión musulmana, enemigos encarnizados de los países cristianos. Y no pensaban que hubiera pueblos más allá.
Algunos profetas como Francisco de Asís o Ramón Lull comprendieron que sería mejor anunciar a Cristo entre los musulmanes que luchar contra ellos con armas. También misioneros como Juan de Montecorvino recorrieron toda Asia a pie, hasta China. Pero fueron excepciones. Ya en estos tiempos, que no parecen lejanos, las Iglesias de Europa tenían siglos de tradición; tenían su cultura, su manera propia de reflexionar la fe y de vivir el Evangelio. Y para los hombres de ese tiempo era muy costoso comprender a pueblos de otra cultura y transmitirles el Evangelio de manera que pudieran organizarse en Iglesia según su temperamento propio y conforme a su idiosincrasia. Por esto las Iglesias fundadas en los extremos del mundo no prosperaron y la Iglesia se confundió con la cristiandad europea.
Pero, cuando Marco Polo, Vasco de Gama y Cristóbal Colón abrieron el muro de ignorancia que protegía a la cristiandad, la Iglesia conoció la dimensión real del mundo que no había recibido todavía el Evangelio: Africa, Asia y América.
Eran aventureros los conquistadores, pues la gente tranquila no suele arriesgarse en tales cosas. Pero apenas descubrieron el Nuevo Mundo los acompañaron los aventureros de la fe, ansiosos por conquistar para Cristo a los que todavía no lo conocían, y entre los que partieron así sin armas, sin otra preparación que su fe, no faltaron los santos ni los mártires.
La misión en América pareció que sería muy fácil y fecunda. Los españoles habían destruido las naciones indígenas y, a veces, arrasado su cultura. Los indios no se resistieron a la fe, y en varios lugares se concedieron privilegios a los que se hacían cristianos. Poca gente se dio cuenta de que la cristianización era muy superficial. Bajo la película delgada de las prácticas católicas los pueblos indios guardaban sus creencias paganas. Seguían muy religiosos como lo eran antes, pero a su manera, y, si bien es cierto que la Iglesia suprimió costumbres inhumanas e hizo obra de educación moral, los hombres, en su mayoría, no se encontraron con Cristo ni se convirtieron a su mensaje en forma responsable.

La rebeldía de los laicos

Al hablar de la cristiandad dijimos que la Iglesia se había hecho responsable de muchos sectores de la vida pública, y esto, por necesidad, porque no había autoridad civil o militar que se encargara de ellos. El clero fundaba y atendía las escuelas y universidades; los religiosos se hacían cargo de la Salud Pública: hospitales, hospicios, orfanatos. Los monjes colonizaban y valorizaban las tierras sin cultivar.
Pero llegó el día en que los más conscientes entre los dirigentes e intelectuales comprendieron que todas estas tareas debían ser devueltas a las autoridades civiles. En esto estaban de acuerdo con el Evangelio, que distinguió lo que es del César y lo que es de Dios. Pero también en esto se enfrentaron con las ideas tradicionales. Raras veces nos convencemos de que debemos transmitir a otro una responsabilidad nuestra. Así pasó con las autoridades de la Iglesia. De tal manera que los cambios necesarios para que la cristiandad decadente diera lugar a naciones modernas, a instituciones laicas, a ciencias independientes, se hicieron en forma de lucha. Todos saben el proceso ridículo hecho al físico Galileo y los conflictos políticos que hubo entre los papas y lo reyes.

La Iglesia y el mundo moderno

En los últimos cuatro siglos, el mundo ha conocido más crisis, más adelantos, más cambios que en todos los tiempos anteriores. La fe cristiana había dado al hombre europeo una energía, una seguridad, una conciencia de su misión en el universo, que le permitieron construir la ciencia, desarrollar las técnicas, dominar los otros continentes. Por supuesto que las conquistas y la colonización obedecían motivos muy extraños a la fe, pero, aun con esto, llevaban a efecto el plan de Dios que, desde el comienzo, contempló la reunificación de todos los pueblos.
La Iglesia participó de esta extensión. En el siglo XIX hubo hasta 100.000 misioneros, sacerdotes y religiosas, empeñados en la evangelización y educación en Asia, Africa y América.
Lo más importante, sin embargo, sucedía en Europa. La Iglesia se veía enfrentada a esta cultura moderna que había salido de ella, pero que, ahora que eran capaces de dar a la humanidad progreso, felicidad y paz, y no veían en la Iglesia sino ignorancia y prejuicios, en una palabra: el mayor obstáculo para la liberación de los hombres. Muchos se atrevieron a predecir la muerte del cristianismo antes del siglo XX.
Esta situación compleja obligó a la Iglesia a salir de su seguridad y a responder interrogantes cada vez más cruciales. Bien era cierto que Cristo le había entregado la verdad y reinaba después de resucitado. Pero la Iglesia tenía que descubrir y probar cada día lo que significaba esta verdad para hombres diferentes. Y no era para ella el momento de reinar, sino de servir en medio de las humillaciones.

El gran siglo de la evangelización

El siglo XX parece que ha simplificado la situación. Por una parte, al cabo de tres siglos de luchas estériles, la Iglesia se ha dado cuenta que, al perder sus recursos, su poder político y su monopolio cultural, ha vuelto a encontrar su verdadera misión, que es la de ser en el mundo una fuente de amor y de unidad, la levadura en la masa.
La Iglesia no es más que una minoría en el mundo: unos 700 millones de católicos entre cuatro mil millones de pobladores en la tierra. Pero son, más que nunca, una minoría inquieta y preocupada por todo lo humano, sabiendo que la obra de Dios es salvar todo lo humano.
Por otra parte, la cultura laicizada que pretendía solucionar todos los apuros de la humanidad sin recurrir a la fe, ha visto sus límites y, luego, su fracaso. Los mejores entre los que piensan, reconocen que la humanidad corre al caos si los hombres no vuelven a tener una fe, una esperanza y una visión común de su destino. De otra manera, las tensiones entre ricos y pobres, el choque de las ideologías, el desconcierto de las sabidurías humanas, nos lleva directamente a un enfrentamiento universal.
En muchas partes del mundo, la Iglesia, que antes iba de la mano con los gobernantes, es perseguida. Esto sucede en los países comunistas, decididos a eliminar toda religión; esto sucede en países dominados por otra religión, como son los musulmanes y los hindúes; esto sucede en las mismas sociedades que se proclaman cristianas, pero dan de espaldas a la justicia y el respeto al hombre, como es el caso de América.
Ahora bien, la Iglesia entiende mejor lo que es dar testimonio de Cristo y entregar su Buena Nueva a los pobres. Deja de ser una institución dirigida por una clase superior, el clero, y vuelve a ser una comunidad de comunidades. La Iglesia entiende que para todos los pueblos se acerca el desastre si no saben reconciliarse; y la reconciliación en base a la verdad, la justicia y el perdón, es el fruto de la Evangelización. Para quien no se detiene en la mediocridad inevitable de la mayoría de los creyentes, ni en los errores e el recorrido, ni en la lentitud de ciertos cambios, no cabe duda que este silgo es el gran siglo de la evangelización de las naciones.
¿Habrá otro después?

5 comentarios - Qué hubo de los apóstoles hasta nosotros

@xT_Dinext_Tx +1
te felicito por el post... despues lo leo completo
@Storich +3
Recordar a Mujica. a Ellacuria...o a Roberto... Capas que mucho no saben de que estoy hablando pero son hombres que dieron su vida (curas, sacerdotes) por su pueblo en América latina y trataron de dejar el mensaje que la religión se debe adaptar en América Latina y no ser esa copia de Europa.

saludos
@xT_Dinext_Tx +3
Nahueeh97 dijo:Iba a leer el post, ya que me generó interez, pero ví tu avatar y me dieron ganas de irme...

si como que es medio contradictorio tu avatar con el tema
@scottLoco -1
starwars_JK2 dijo:ustedes ven contradicciones donde no las hay. El que tenga ojos que vea.

claro que si campeón