La prisión de Alcatraz, una fuga casi imposible

La prisión de Alcatraz, historia y leyenda

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Dicen de la prisión de Alcatraz que fue un sitio inexpugnable, que de allí era prácticamente imposible escapar por la distancia existente entre la isla en la que se encuentra y la bahía de San Francisco, y por las bajas temperaturas de sus aguas. Sea por esta leyenda, o por las películas que sobre ella se han producido, lo cierto es que es uno de los edificios más visitados en la ciudad de San Francisco.

Una visita a "la Roca", tal y como es conocida, nos sumergirá en el pasado más oscuro de la que fue considerada como la mejor prisión de máxima seguridad de todos los Estados Unidos desde los años 30 hasta bien entrados los 60; lugar donde un día fueron encerrados algunos de los más peligrosos criminales y mafiosos norteamericanos como el mismísimo Al Capone.

Fue en el año 1775 cuando el español Juan Manuel de Ayala desembarcó en las costas de San Francisco. A aquel islote abandonado que se enfrentaba a las costas de la bahía lo denominó "isla de los pelícanos", aunque se transformó en "isla de los alcatraces", por la cantidad de pájaros de este tipo que cobijaba. Sin embargo, su verdadera historia, la que rigió su destino desde entonces, comenzó en el año 1847, cuando la Armada norteamericana puso sus ojos en ella.

Los militares se dieron cuenta de su importancia estratégica y de su valor militar, y en 1853 comenzaron a construir una fortaleza en la isla. Allí se instalaron las mejores defensas de la ciudad, y decenas de cañones vigilaban constantemente por su seguridad. Pasaron apenas unos años y poco a poco aquella fortaleza defensiva, debido al poco uso que tenía, empezó a quedar obsoleta. Fue en 1861, cuando al constatar lo difícil que era llegar hasta ella, y por tanto, salir de ella, cuando se plantearon la idea de utilizarla como prisión.

Fue, desde entonces, lugar de confinamiento en diferentes hechos históricos, desde la Guerra Civil, hasta la guerra contra los españoles, e incluso, fue utilizada durante el catastrófico terremoto de San Francisco del año 1906, como lugar de seguridad para los habitantes de la ciudad mientras ésta volvía a levantarse.

Desde 1912 hasta bien entrado los años 20, aquella prisión se amplió con nuevos edificios y celdas. Al poco tiempo, Alcatraz se había convertido en un símbolo para el país, en un lugar con el que amedrentar a los criminales pues sus medidas de seguridad eran extremas, lo mismo que la vigilancia. Curiosamente, sin embargo, la prisión de Alcatraz pasó por diferentes crisis, y es que para la Armada norteamericana, su mantenimiento suponía unos costes cada vez más crecientes. Asfixiados, hubieron de cerrarla y desprenderse de ella en el año 1934, cuando fue el Ministerio de Justicia quien se hizo cargo.

Eran aquellos años una época de dificultad sociales y económicas, donde la crisis financiera y la Gran Depresión habían propiciado la aparición del crimen organizado. La necesidad provoca actitudes impensadas en épocas normales, y la violencia y el caos se iba adueñando de algunas ciudades donde las mafias imponían su ley.

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La prisión de Alcatraz, una fuga casi imposible

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Alcatraz volvió a convertirse en la solución perfecta, como icono que era, para encarcelar a los más conocidos mafiosos. Sería un golpe de efecto con el que dañar a todo ese crimen organizado. Y así, en agosto de 1934 comenzaron las obras para tapar antiguos túneles de guerra, y para reconvertir antiguas salas de artillería en más celdas para prisioneros. Se levantaron torretas de vigilancia, se separaron los edificios según la peligrosidad de los criminales y se establecieron puestos de control. Quedaba así completado el cambio de imagen de la nueva Alcatraz.

James A. Johnston fue el primer comisario de Alcatraz y Al Capone, Robert Stroud (el hombre-pájaro al que interpretó en el cine Burt Lancaster), o Floyd Hamilton (miembro de la banda de Bonnie & Clyde), algunos de sus prisioneros más ilustres.


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Alcatraz, una fuga casi imposible

La prisión de Alcatraz, una fuga casi imposible

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En 1936, dos años después de la inauguración de la cárcel, se produjo la primera tentativa de fuga, de la mano del recluso Joe Bowers, quien ingresó en prisión el 4 de Septiembre de 1934. Enseguida dio muestras de su incapacidad para adaptarse a las estrictas normas de Alcatraz, a lo que habría que añadir un mal estado de salud mental. Un mes antes de su fuga, se le asignó la dura tarea de clasificar metales y quemar residuos en la incineradora de la prisión, muy próxima a la orilla, trabajo muy impopular entre los reos, ya que eran muchas las horas que pasaban en soledad sufriendo las inclemencias del tiempo y viendo como, a tan solo unas metros de distancia, no dejaban de pasar barcos turísticos que recordaban los tiempos de libertad. En un arrebato, Bowers intentó saltar la zanja metálica que le separaba del mar, por lo que el vigilante le disparó y su cuerpo cayó al suelo sin vida. Sin embargo, algunos testigos afirmaron que no intentaba huir, sino que pretendía alimentar a una gaviota posada en la verja.



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Ficha de ingreso de J. Bowers

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El 13 de Enero de 1939 cinco presos, Doc Barker, Dale Stamphill, William Martin, Henry Young y Rufus McCain intentaron la fuga a través de la unidad de aislamiento, donde rompieron los barrotes de la celda. Lograron salir por la ventana sin despertar sospechas e incluso alcanzaron la orilla oeste. Sin embargo, los guardias apostados en ese lado de la isla los avistaron. Fueron avisados de que había armas apuntándolos, por lo que Martin, Young y McCain desistieron de la huida, pero Stamphill y Barker se negaron a rendirse, por lo que fueron tiroteados. El primero murió en el acto y Baker días después en el hospital.



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Doc Barker

La prisión de Alcatraz, una fuga casi imposible

Otro intento de evasión fue el perpetrado por John K. Giles en 1945. En la lavandería de Alcatraz, donde Giles trabajaba, los presos recibían y lavaban los uniformes del ejército, llevados hasta allí en barco. Pacientemente, Giles fue robando las distintas prendas de un uniforme de sargento hasta que lo compuso al completo y pudo infiltrarse en el barco militar que transportaba la ropa. Su desgracia fue que uno de los oficiales del barco lo descubrió, y en un intento desesperado, simuló estar tomando notas para comprobar el estado de unos cables, pero el oficial no cayó en la trampa y fue encarcelado de nuevo.



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John Giles

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La última fuga de Alcatraz fue la más famosa, gracias a que fue brillantemente llevada al cine por Don Siegel en la película Fuga de Alcatraz (1979), en la que Clint Eastwood daba vida al reo Frank Lee Morris. La fuga de Morris fue preparada conjuntamente con Allen West y los hermanos Clarence y John Anglin. Cada uno logró hacer un agujero en su celda a través del hueco del respiradero. Además, se las ingeniaron para fabricar una balsa, chalecos salvavidas y unas cabezas hechas con pelo de la barbería y cartón, que pondrían en sus camas para confundir a los guardias durante la noche. El 11 de Julio de 1962, ejecutaron el plan, huyendo por los agujeros, que daban al pasillo de mantenimiento, pero sin West que no pudo salir, quizás por miedo, de su celda. A través de allí accedieron al sistema de ventilación, y de ahí al tejado desde donde bajaron al suelo por unas cañerías. Una vez saltadas unas vallas lograron llegar a la orilla, donde inflaron la balsa y se adentraron en el mar. Lo que pasó después jamás se supo. ¿Murieron ahogados? ¿Fueron devorados por los tiburones? ¿Llegaron sanos y salvos a la costa?. Quién sabe, la fama de esta huida está precisamente en su misterioso final, y quizás el bueno de Frank esté riéndose de todos desde el sofá de su casa, tan feliz.



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Frank Morris



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