Cuenta George W. Bush en sus memorias que su Administración concebía el programa nuclear de Irán como dos relojes: El primero medía el tiempo que le quedaba al régimen iraní para desarrollar armamento nuclear. El segundo contaba el tiempo que necesitaba la sociedad iraní para promover un cambio político – o un cambio de régimen – desde dentro. Su estrategia, afirmaba, consistía en retrasar el primero y acelerar el segundo.

La Cuestión Nuclear de Irán y sus Riesgos


Hoy, los últimos restos de arena del primer reloj se le escurren a la Comunidad Internacional entre los dedos mientras que el segundo reloj permanece parado desde 2009. «La Primavera Árabe» – en palabras de Hooman Majd para Foreign Affairs – «no ha llegado a orillas persas , de hecho, no parece que vaya a hacerlo pronto». De acuerdo con Majd, el Movimiento Verde liderado por el líder opositor Mir Hossein Mousavi y que protagonizó las protestas callejeras posteriores a las elecciones presidenciales de 2009 «ya no existe»


guerra


Esta vez, puede olerse

La reciente resolución de la OIEA afirmando que la República Islámica domina los pasos necesarios para desarrollar el arma nuclear ha sembrado el pánico entre las Cancillerías de medio mundo. También en Teherán. Allí, los incesantes rumores sobre un incipiente ataque israelí han aumentado la ansiedad hasta niveles nunca vistos. Los tambores de guerra resuenan violentamente y las informaciones de los medios se examinan con inquietud y preocupación. La agonía se respira en la calle, como afirman los habitantes de la capital: «Puede olerse. Esta vez, puede olerse».

El factor tiempo ha limitado el ya de por sí escaso margen de maniobra con el que cuenta la Comunidad Internacional para alcanzar una solución que permita a ambas partes salir airosos y son muchos los que se preguntan si sólo una intervención armada puede evitar que el mundo tenga que aprender a convivir con un Irán nuclear o si aún existen otras opciones sobre la mesa.

El origen

El programa nuclear iraní surge de forma embrionaria en los años cincuenta en el marco del Programa Átomos para la Paz – programa promovido por el Presidente Dwight D. Eisenhower para favorecer el desarrollo de la tecnología nuclear civil. Los ingentes beneficios procedentes de la exportación de petróleo durante los años setenta permitieron al Sah incrementar su financiación, aunque su desarrollo seguía siendo precario.

No sería hasta los años ochenta cuando dos factores convergieron para dar al programa un impulso sustancial. Por un lado, la guerra contra Irak – y el hecho de que Bagdad tuviera un programa de desarrollo nuclear – proporcionaron la voluntad política de hacer lo propio por razones de seguridad nacional. Por otra parte, el acceso a la red clandestina de A.Q. Khan proporcionó tanto el know-how como la maquinaria y los materiales necesarios. Su desarrollo se prolongó de forma secreta durante los años noventa hasta que la revelación de la planta de enriquecimiento de Natanz situó a Teherán bajo la lupa de la OIEA. Tras constatar las violaciones del TNP en un contexto de engaños y ocultaciones reflejado por Mohammed el Baradei en su obra «Años de impostura y engaño», el asunto quedó en manos de la Comunidad Internacional.


iran


Los acuerdos y desacuerdos se sucedieron, pero la llegada de Mahmoud Ahmadinejad a la presidencia con la promesa de hacer un Irán nuclear bajo el brazo complicó enormemente las perspectivas de alcanzar un acuerdo. Sería erróneo achacar toda la responsabilidad del lado iraní al Presidente Ahmadinejad, puesto que en ocasiones la naturaleza descentralizada de la política iraní y las desavenencias entre sus facciones jugaron un papel tanto o más importante en el fracaso de las negociaciones. Tampoco Occidente supo aprovechar los espacios ni medir bien los tiempos de la negociación.

La situación actual

Irán sigue perteneciendo al TNP y los inspectores de la OIEA se encuentran en su territorio realizando verificaciones. Según este organismo, Teherán ha desarrollado la capacidad para producir armamento nuclear, aunque no consta que se haya dado la orden política para hacerlo. En el caso de que se diera la luz verde, los expertos cifran entre seis meses y dos años y medio el plazo que tardaría Irán en disponer de la bomba. Todas las fuentes oficiales iraníes aseguran que su programa nuclear tiene una finalidad exclusivamente civil, aunque esta afirmación ha sido abiertamente cuestionada por las siguientes razones:

1. Ha desechado una propuesta para enriquecer uranio en Rusia que le habría permitido el desarrollo de un programa nuclear de uso civil sin que exista riesgo de desarrollo de un programa nuclear militar. Propuestas similares han fracasado con posterioridad, como el acuerdo con Brasil y Turquía, aunque en este caso la responsabilidad no recae en el lado iraní.

2. El uranio requiere un grado de enriquecimiento cercano al 3,5% para su uso civil y cercano al 90% para su uso militar. Irán ya ha logrado enriquecer uranio hasta el 20%, y sigue profundizando en el proceso.

3. Teherán ha protagonizado un amplio historial de engaños a la Comunidad Internacional en lo referente a su programa nuclear.

4. La recientemente descubierta planta de enriquecimiento de uranio de Fordow tiene unas dimensiones reducidas – 3.000 centrifugadoras – y una localización defensiva – construida en la ladera de una montaña – lo que invita a los expertos a pensar que su destino es militar.

5. No es económicamente eficiente realizar una elevadísima inversión en el desarrollo de energía nuclear únicamente para generar electricidad cuando dispone de las segundas reservas de gas natural convencional más grandes del mundo, siendo ésta una energía considerablemente más barata.

Todas estas razones parecen apuntar a que las ambiciones de Teherán trascienden la mera generación de electricidad. De ser éste el caso, ¿cuáles serían las implicaciones de un Irán nuclear en Oriente Medio?

Irán nuclear en el nuevo orden regional

Michael Hayden, director de la CIA durante la Administración George W. Bush, resumió recientemente la posición de la Casa Blanca al respecto: «No es que no queramos que Irán tenga capacidad nuclear, es que no queremos que éste Irán la tenga» (las negritas son mías). Desde el punto de vista de Washington, el componente religioso del sistema político iraní es un factor que no infunde tranquilidad a la hora de tener en cuenta que la decisión sobre pulsar el botón rojo recaerá sobre mullahs religiosos que siguen las consignas de Jomeini: «Cuando la teología no tiene influencia en la política, la estupidez se vuelve la norma». Esta intranquilidad se agrava tomando en consideración la ausencia de canales de comunicación entre Washington y Teherán, la naturaleza descentralizada de la política interior iraní y las luchas de clanes, así como la retórica conspirativa de su actual Presidente Ahmadinejad.

estados unidos


Por otra parte, y de nuevo desde el punto de vista norteamericano, un Irán nuclear complicaría enormemente la articulación de cualquier política en Oriente Medio que no se realizara en connivencia con Teherán. En este sentido, sería vista como el Pakistán del Golfo: Un estado cuya cooperación es absolutamente necesaria para resolver los problemas regionales pero a quien no se puede presionar ni sancionar. Y en Washington saben mejor que nadie cuánto más fácil hubiera resultado la lucha contra el terrorismo y la guerra de Afganistán con un Pakistán más cooperativo.

La consecuencia menos deseable y, a la vez, la más probable, de una nuclearización de Irán sería la inyección de inestabilidad que supondría sobre una zona en la que la estabilidad del statu quo sufre sacudidas cada vez que sube o baja el precio del petróleo. Arabia Saudí ya ha amenazado con desarrollar un programa nuclear propio si Irán culmina el desarrollo del suyo. Egipto ha realizado tentativas infructuosas en el pasado, y la decisión iraní es un incentivo indudable para continuar la senda abandonada. Turquía, que aspira a convertirse en potencia regional, no podría quedarse atrás…

Otra consecuencia no deseada es que supondría poner armas nucleares en un estado que ha reconocido abiertamente promover y financiar a grupos considerados – controversias aparte – terroristas a nivel internacional. Si el principal motivo de la invasión de Irak fue impedir la casi inconcebible posibilidad de que Saddam suministrara armas de destrucción masiva a Al Qaeda en un contexto de histeria nacional, ¿Es acaso menos preocupante la posibilidad de que Irán haga lo propio con Hizbullah? ¿En qué situación coloca este hecho a los países enemigos de Irán, particularmente aquellos con importantes minorías chiís en su territorio?

El poder nuclear también haría de Irán el poder dominante de Oriente Medio. Con una población de setenta millones de habitantes frente a los setenta millones de toda la Península Arábiga combinada, con las fuerzas armadas convencionales más potentes de la región y con poder nuclear, Teherán se erigiría en el hegemón regional. Por otra parte, una casualidad histórica ha propiciado que las principales reservas de petróleo de la región se concentren en regiones de mayoría chií. Es el caso del noreste de Arabia Saudí, el sureste de Irak y de Bahréin. Este hecho coloca la estabilidad no sólo política sino también energética de la región en las manos de Irán.

Teherán podría, finalmente, contemplar la opción de transferir su tecnología nuclear a terceros. La posibilidad no es halagüeña: ¿Qué perspectivas de éxito tendría hoy la población civil en su oposición hacia Al Assad si Damasco tuviera armamento nuclear?

La perspectiva de aprender a convivir con un Irán nuclear no resulta una opción muy atractiva para Occidente, esta Parte II aborda las alternativas que restan sobre la mesa y plantea si éstas pueden resultar eficaces en un contexto en el que el tiempo constriñe el abanico de opciones y en el que la perspectiva de la guerra se cierne, amenazadora, sobre nuestras cabezas.

armas nucleares



Escenario A: La intervención militar

Durante estos últimos días basta con hojear las páginas internacionales de cualquier diario generalista para advertir que una de las opciones que se barajan para frenar a Irán es la posibilidad de que Israel, Estados Unidos, o ambos de forma conjunta, ejecuten una intervención armada contra una serie de objetivos considerados estratégicos para el desarrollo del programa nuclear iraní.

De llevarse a la práctica, sería sin duda una operación extremadamente compleja. Desde un punto de vista militar, los analistas parecen coincidir en que Israel no es capaz de llevar a cabo un ataque semejante. Michael Hayden, director de la CIA durante la Administración Bush, ha afirmado recientemente que «Los israelíes no van a [atacar Irán]…no pueden hacerlo, está más allá de sus capacidades». Una buena prueba de ello es que, probablemente, si fuera capaz de llevarlo a cabo, ya lo habría hecho. Estados Unidos, en cambio, sí podría hacerlo. Pero en el caso de Washington la constricción es política. No podría llevar a cabo el ataque hasta diciembre, una vez finalizadas las elecciones presidenciales. En caso contrario, la presumible subida de los precios del petróleo arrastraría a la economía a una nueva recesión que supondría un suicidio político para una Administración Obama que a día de hoy parece afrontar con confianza su reelección. Otro factor que restringe la libertad de acción norteamericana es la presencia de inspectores de la OIEA realizando trabajo de campo en las instalaciones nucleares iraníes. Ninguna operación militar puede realizarse con agentes internacionales en las instalaciones marcadas con una diana.

Por otra parte, el contexto militar no parece el más adecuado para emprender una acción semejante. La máxima de Abraham Lincoln: «Sólo una guerra a la vez, por favor» ha quedado grabada en las conciencias norteamericanas desde la pesadilla estratégica vivida durante los años más duros de la Guerra contra el Terror. La perspectiva de afrontar un conflicto en Oriente Medio con 80.000 efectivos en Afganistán se encuentra sencillamente fuera de la realidad. En 2014, con la retirada definitiva del país centroasiático, se abren nuevas perspectivas, aunque para entonces, si nada cambia, la función de las tropas en caso de ser desplegadas en Oriente Medio ya no sería la disuasión sino la contención.

La operación también sería compleja desde el punto de vista logístico y operativo. A diferencia de la Operación Ópera, los objetivos iraníes que deben ser destruidos son mucho más numerosos, están distribuidos por la amplia geografía iraní, algunos de ellos bajo tierra y otros, como Fordow, en la ladera de una montaña. Algunas instalaciones están construidas cerca de núcleos urbanos. Estados Unidos carece, además, de toda la información necesaria sobre las instalaciones para que el daño sea óptimo.

Por otra parte, cabe suponer que el ataque no sería definitivo. Las bombas, por potentes que sean, no pueden destruir el know-how que Teherán ya ha adquirido. Tampoco sería altamente devastador – debido a la naturaleza de las instalaciones -, por lo que su eficacia debe interpretarse como un short-term fix, es decir, como la capacidad para detener el primer reloj y ganar tiempo para abordar otro enfoque, pero no como una solución definitiva. En qué condiciones quede la voluntad de Teherán de afrontar ese “otro enfoque” tras el ataque no parece inquietar mucho a los partidarios de los fuegos artificiales.

De acuerdo con los precedentes históricos, una hipotética intervención armada, según el profesor de Georgetown Colin H. Kahl, galvanizaría a la población iraní a favor de su régimen: «Lo único que podría unificar las facciones de las élites dentro del régimen de forma contraria a nuestros intereses – y al mismo modo unir a la sociedad iraní en su apoyo al régimen – es un ataque norteamericano o israelí». Otros factores considerados serían la ausencia de legitimación de la intervención bajo el prisma del Derecho Internacional – puesto que la autorización de China a una resolución que contemple el uso de la fuerza parece hoy lejana -, la subida que provocaría en los precios del petróleo y los precedentes negativos que sentó la Operación Ópera que, en lugar de disipar las intenciones iraquíes, convirtió el desarrollo de un programa nuclear en la prioridad número uno para Saddam Hussein.

Finalmente, el escenario debe tener en consideración las represalias que podría adoptar Irán y que se verían, probablemente, agravadas por el hecho de que no existan canales directos de comunicación entre las partes.

El estrecho de Ormuz

Pese a que las incesantes amenazas iraníes de cerrar el tráfico del estrecho de Ormuz, paralizando de este modo una vía marítima por la que circula el 20% del petróleo mundial, se han venido repitiendo durante los últimos días como reacción frente a una hipotética intervención militar, el actor que resultaría más perjudicado por dicho cierre sería el propio Irán, y por ello no llevará la amenaza a la práctica.

Israel


Su principal competidor, Arabia Saudí, sabedor de su vulnerabilidad, ha construido un oleoducto que, desembocando en el Mar Rojo, le permite suministrar seis millones de barriles de crudo a los mercados internacionales en el caso de que Ormuz fuera intransitable. Otros países del Golfo han emprendido proyectos similares, aunque aún se encuentran en construcción.

Irán, sin embargo, no dispone de alternativa para transportar los 2,5 millones de barriles que exporta diariamente, por lo que vería sus ingresos reducidos a cero. Además, Teherán es importador neto de gasolina y de otros productos derivados del petróleo, por lo que al cortar el tráfico en Ormuz estaría poniendo en peligro su propio suministro de combustible.

Otro problema añadido resulta del hecho de que el 85% del petróleo que atraviesa el estrecho de Ormuz tiene como destino Asia. Un bloqueo supondría – además de la ruina económica de Teherán – extender el problema a China, India, Japón o Corea del Sur, aumentando las opciones de que se desarrolle una gran coalición internacional contra la República Islámica. Las posibilidades en este sentido aumentan al considerar que un bloqueo tal sería considerado como contrario al Derecho Internacional y probablemente condenado en el Consejo de Seguridad.

Es indudable que la reacción de Occidente sería interpretar el bloqueo como un casus belli y recurrir a la fuerza. Un escenario tal desde el punto de vista iraní – pese a que el enclave sea geográficamente adverso y a que Teherán haya potenciado estrategias de guerra asimétrica en el estrecho – está abocado a la destrucción tanto de sus fuerzas armadas convencionales como de sus principales infraestructuras militares. Las lanchas lanzacohetes, las baterías costeras de misiles de crucero, los minisubmarinos y las minas pueden ralentizar las operaciones por un espacio de tiempo limitado, pero no pueden detener el poder militar arrollador de Estados Unidos.


Medio Oriente



Cabe concluir, por tanto, que una decisión semejante resulta altamente improbable y, de llevarse a la práctica, sería desastrosa para los intereses de Teherán: Provocaría la hostilidad de China y las demás potencias asiáticas, su ruina económica, la devastación militar y una pérdida inmensa de prestigio, imagen y reconocimiento internacional. La hipótesis del bloqueo es tan lejana a la realidad que, al día siguiente de las declaraciones en las que el vicepresidente iraní Mohammed Reza amenazaba con su cierre, el precio del crudo bajó en los mercados internacionales. Un bloqueo de Ormuz sería, en definitiva, como una nueva invasión de Kuwait en los noventa: Un error estratégico colosal.

Existen, sin embargo, otras represalias a las que Teherán podría recurrir en un escenario semejante. Una estrategia deliberada de subida de los precios del crudo es una hipótesis mucho más factible e inteligente, ya que provocaría daños en sus oponentes a la vez que beneficios propios. Occidente necesita precios bajos para reactivar su economía. Irán puede forzar los precios al alza mediante amenazas de cierre de Ormuz – como está haciendo -, desestabilizando los centros petrolíferos de los estados de su entorno o mediante una estrategia similar a la ya empleada durante las conocidas como Tanker Wars de mediados de los ochenta: Ataques selectivos secretos a cargueros y superpetroleros con objeto de aumentar el coste de los seguros marítimos y, con ello, los precios mundiales de crudo.

Pero si la reacción ha de tener un componente militar, Afganistán e Irak y no el estrecho de Ormuz son los escenarios donde probablemente se sentirían sus efectos. Según Bruce Riedel, «Una de las maneras en las que Irán puede hacernos daño y de la que no se habla mucho es su capacidad para atacarnos en la guerra de Obama, en Afganistán. Los iraníes ya están excelentemente situados para hacer de la guerra en Afganistán – que ya es bastante complicada – un escenario imposible». No es un secreto para nadie que Irán tiene una enorme capacidad de influencia en la estabilidad de ambos vecinos, influencia a la que no ha dudado en recurrir en el pasado.


Tercera Guerra Mundial


Irán probablemente combinaría estas acciones con una lluvia de misiles Scud hacia Israel y las bases norteamericanas en la zona y con un aumento de las operaciones terroristas. Éstas podrían llevarse a cabo por sus enlaces con Hamas o Hizbullah o por su excelente red de información y espionaje en el extranjero, que opera en Estados Unidos – el atentado frustrado contra el embajador saudí es responsabilidad suya – y que recientemente ha protagonizado atentados en Bangkok contra intereses israelíes. Tampoco es descartable la perspectiva de que un Irán furioso por el ataque adopte la decisión de proporcionar a sus vínculos terroristas armamento nuclear en el caso de que consiguiera desarrollarlo en un futuro.

En vista de los condicionantes, parece evidente que el escenario de la intervención militar contra Irán no es satisfactorio desde un punto de vista estratégico: No pone fin a la amenaza y no soluciona el problema, supone un riesgo alto de represalias, reduce los incentivos de Irán a cooperar en el marco de otras iniciativas, aumenta los incentivos de Teherán a desarrollar armamento nuclear y, finalmente, facilita la expulsión de los inspectores de la OIEA y su posible salida del TNP, reduciendo los instrumentos actuales de información y control sobre el desarrollo de su programa nuclear. En palabras de Michael Hayden: «[Atacar Irán] garantizaría lo que estamos intentando prevenir – un Irán que no repararía esfuerzos en construir una bomba nuclear y que podría construirla en secreto». La prudencia recomienda, por tanto, considerar el resto de opciones sobre la mesa.

Escenario B: Sanciones y guerra encubierta

Para encontrar el dossier con el segundo escenario es necesario rebuscar un poco entre todos los papeles de la mesa. Tras sacudirle el polvo, observamos que tiene sus orígenes en el año 2006, cuando la Administración Bush, empantanada en dos guerras en Afganistán e Irak, asumió su incapacidad de lidiar con el problema iraní por la fuerza. Como cuenta Bob Woodward en «Las Guerras de Obama», uno de los catorce programas de acciones encubiertas que Obama heredó de la Administración anterior fue el de «parar o impedir que Irán desarrolle armas nucleares».

El programa tiene un triple enfoque.

Uno de sus objetivos es sabotear el programa nuclear iraní mediante acciones clandestinas como el asesinato de científicos o la transmisión de virus informáticos estilo Stuxnet, limitando los incentivos de Teherán de seguir adelante con el proyecto y, sobre todo, los incentivos de los científicos para seguir yendo a trabajar.

Por otra parte, comprende una serie de acciones encaminadas a prestar apoyo a facciones internas de Irán con objeto de promover un cambio de régimen desde dentro. Este sistema había dado buenos resultados con anterioridad en los antiguos estados de la CEI. La combinación de una eficiente canalización de fondos, el buen uso de las redes sociales y la presencia de organizaciones occidentales sin ánimo de lucro dieron buena cuenta de un puñado de satrapías en Georgia, Ucrania o Kirguistán. Sin embargo, la oposición iraní no fue capaz de sacudir los cimientos del régimen con la fuerza suficiente durante las protestas post electorales de 2009 y en la actualidad el Movimiento Verde parece completamente desaparecido del panorama político del país. Es posible, en todo caso, que las perspectivas de éxito se incrementen con las elecciones legislativas de marzo si la sociedad iraní percibe que el desajuste de los resultados electorales con la realidad es acusado.

Por último, el tercer y más importante pilar de la estrategia pasa por promover y potenciar las sanciones económicas internacionales al régimen iraní. Entre el elenco de medidas adoptadas para incrementar la presión sobre Teherán y forzar al Gobierno iraní a volver a la mesa de negociación destacan un embargo internacional al crudo iraní, la retención de los activos de su banco central en el exterior y prohibiciones de exportación de material susceptible de ser utilizado para desarrollar su programa nuclear.

Según el especialista Daniel Yergin, la situación energética iraní es asombrosa: El país tiene las segundas mayores reservas mundiales de gas y las cuartas de petróleo. Sin embargo, la producción iraní de crudo ha pasado de seis millones de barriles en tiempos del Sha a una cifra que actualmente se ha estabilizado en torno a los cuatro millones. De esos cuatro millones, dos millones y medio se destinan a la exportación. El desajuste entre sus inmensas reservas probadas y el bajo nivel de producción es un reflejo de las lamentables condiciones de sus sectores industriales del petróleo y del gas. La reinversión de ingresos derivados de los hidrocarburos en los sectores de petróleo y gas es muy baja, y esa falta de inversión actúa como contingente de su capacidad de producción.


La Cuestión Nuclear de Irán y sus Riesgos



El sector tiene un déficit sustancial en su capacidad de refino – lo que lleva a Teherán a importar casi la mitad de la gasolina que consume -, y es un importador neto de electricidad. Para completar el panorama, los subsidios de la gasolina suponen un gasto inasumible para Teherán, que tuvo que racionalizarlos en 2007. En el terreno del gas, la situación es aún peor. Con las segundas reservas mundiales, Irán es importador neto de gas, no dispone de tecnología de gas natural licuado y sus exportaciones se reducen a los países de su entorno más próximo. Resulta evidente que el sector afronta una necesidad imperiosa de financiación y de tecnología, necesidad que, como es natural, se agudizará con el paso del tiempo. En este contexto, las sanciones han impedido la entrada de divisas y de tecnología extranjera, agravando la situación. En este sentido, es razonable pensar que las sanciones económicas están dando buenos resultados:

Estados Unidos es probablemente el actor menos representativo, puesto que no consume petróleo iraní, pero ha congelado los activos del Banco Central iraní.
La Unión Europea, segundo comprador mundial (18%), ha anunciado un embargo total del petróleo iraní que entrará en vigor en julio de 2012.
China, primer comprador (20%), no ha apoyado el embargo pero ha disminuido sus compras de gas iraní en los últimos meses debido a supuestas desavenencias comerciales. Es probable que reciba petróleo con descuento de Teherán.
Japón (16%), tercer comprador y favorable en principio al bloqueo, encadena varios meses con rebajas en el volumen de petróleo iraní
India (14%), cuarto comprador, ha manifestado que no puede hacer frente a la diversificación que implicaría el bloqueo y, probablemente, recibe petróleo con descuento.
Los especialistas no descartan la posibilidad de que China, Japón o la India se encuentren ganando tiempo mientras llevan a cabo la diversificación previa al embargo. Es destacable, en este sentido, la voluntad de Arabia Saudí para aumentar unilateralmente la producción de crudo en este contexto.

Las consecuencias económicas del embargo son funestas para Teherán, y podrían serlo más en el futuro si las potencias asiáticas se suman de forma más decidida. Los ingresos del petróleo representan el 60% del presupuesto, el 80% de los ingresos y el 90% de la entrada de divisa extranjera de Irán. A las dificultades recientemente reconocidas por Ahmadineyad se añaden una serie de circunstancias que apuntan a que la economía iraní no puede sobrevivir a un embargo de crudo a medio plazo: Irán, a diferencia de otros estados del Golfo, no dispone de reservas de moneda extranjera para sobrellevar la situación. Su moneda, el rial, se ha devaluado en un 30% frente al dólar y tanto el paro como la inflación están llegando a niveles alarmantes.

Si bien desde un punto de vista de vista exclusivamente económico parece sensato afirmar que las sanciones parecen ser un instrumento eficaz, otros puntos de vista también parecen avalar los buenos resultados. Por un lado, son medidas que no escalan el conflicto o – al menos – no al nivel al que lo haría una intervención militar. A diferencia de esta última, son sostenibles en el tiempo, y su aplicación podría continuar incluso más allá del momento en el que se acabe el tiempo del primer reloj. Otro factor positivo es que su puesta en práctica no disminuye la eficacia de otros enfoques, como el militar, sino que, por el contrario, se retroalimenta: Cuanto más se resienta la situación económica, más aumentará la insatisfacción ciudadana que podría, eventualmente, levantarse contra el régimen. Su eficacia no reside en su capacidad de ganar tiempo, sino en explotar una debilidad del adversario – la excesiva dependencia de los ingresos del petróleo – para incrementar tanto su percepción de aislamiento internacional como su estrangulamiento económico. Desde un punto de vista teórico, las sanciones económicas suponen la prueba de que la economía es más poderosa que el uso de la fuerza en las relaciones internacionales del S. XXI.

Fareed Zakaria ha explicado los efectos de este escenario de una forma muy ilustrativa: «La verdadera historia de lo que ocurre sobre el terreno es que Irán es débil y se está volviendo cada vez más débil. Las sanciones han hecho caer en picado la economía. El sistema político está fracturado y fragmentado. En el exterior, Siria, su aliado más fiel – únicamente apoyado por el propio Irán – se desmorona. Las monarquías del Golfo se han unido contra Irán y han mejorado sus relaciones con Washington [...] Irán se enfrenta a la posibilidad real de un descalabro económico».

Ante esta perspectiva tan poco halagüeña, el Presidente Ahmadineyad se ha apresurado a anunciar que Irán ha aceptado la propuesta de la Unión Europea para reanudar las negociaciones sobre su programa nuclear. Si éstas terminaran en acuerdo – los precedentes apuntan a lo contrario mientras que el tiempo juega a favor del entendimiento -, la solución pacífica tendría consistencia histórica, pues el único estado que ha desarrollado armas nucleares y que posteriormente ha decidido desmantelarlas, la República de Sudáfrica, también puso fin al mismo con una combinación de negociación y sanciones.

Una solución negociada al programa nuclear iraní es una alternativa preferible a una intervención militar, cualquiera que sea su naturaleza. Sin embargo, tampoco resuelve el problema. De hecho, la solución al problema nuclear iraní nunca tuvo nada que ver con el programa nuclear iraní. Lo que está en juego es un asunto considerablemente mayor: El papel geopolítico de Irán en la nueva situación de Oriente Medio y una reformulación radical de su relación estratégica con los Estados Unidos. ¿Puede Estados Unidos acomodar los intereses iraníes en la región? ¿Es posible un acercamiento entre El Gran Satán y el Eje del Mal?


la vía militar no es la solución al problema iraní y que el mejor instrumento con el que cuenta Occidente para lidiar con el programa nuclear de Teherán es un escenario que combine la guerra encubierta, el patrocinio de las fuerzas de la oposición y la dureza de las sanciones económicas. Sin embargo, esta estrategia de presión - pese a que puede resultar eficaz para devolver a Irán a la mesa de negociación – no es ni eficaz ni conveniente para abordar la situación de Teherán en un contexto más amplio: La estabilidad de Oriente Medio y el papel que debe jugar Irán en la región. La solución al problema nuclear iraní pasa por un gran acuerdo con Washington. Y para conseguir acomodar los intereses iraníes en la zona se requiere algo más que un enfoque basado en sanciones: Es necesaria una completa redefinción estratégica de la región.

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Irán busca su sitio

Durante décadas, bajo el gobierno del Sha, Irán compitió con Arabia Saudí para demostrarle a Estados Unidos quién era el actor en el que podía realmente confiar en la región. Naturalmente, la batalla se libró en los campos petrolíferos y, más concretamente, aumentando la capacidad de producción. Empresas británicas y norteamericanas monopolizaban las concesiones y un flujo de petrodólares llenaba las arcas iraníes, generando en el país un ambiente de euforia y desenfreno económico cuyas consecuencias políticas han sido inmejorablemente retratadas por Kapuscinski en «El Sha o la desmesura del poder»:

«Ante la residencia suiza del Sha empezó a formarse una cola de presidentes y ministros de gobiernos respetables y ricos de países serios y conocidos. El Sha, sentado en un sillón (…) estudiaba con suma atención proposiciones, ofertas y declaraciones. Tenía a todo el mundo a sus pies. Veía ante sí cabezas agachadas, espaldas inclinadas y manos tendidas. ¿Veis?, decía a los presidentes y ministros, ¡no sabéis gobernar y por eso no tenéis dinero! Daba lecciones a Londres y a Roma, aconsejaba a París, amonestaba a Madrid. El mundo lo escuchaba todo humildemente, se tragaba las más amargas píldoras porque tenía los ojos puestos en la deslumbrante pirámide de oro que se erigía sobre el desierto iraní.»

En los años setenta, los ingentes beneficios derivados de la crisis del petróleo y el vacío de poder resultante de la salida del Reino Unido de los actuales Emiratos Árabes Unidos en 1971 llevaron a Irán a intentar asumir el rol de policía regional. Lamentablemente para Teherán, su vecino albergaba intenciones parecidas. Sus ambiciones se vieron truncadas por el profundo rechazo internacional que suscitó tanto la revolución islámica de 1979 como el episodio posterior de la captura de los rehenes norteamericanos. También por la consiguiente guerra con Irak, que se prolongó entre 1980 y 1988, y en la que los persas resultaron más perjudicados.

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Tras la muerte de Jomeini en 1989, Alí Jamenei encaró el nuevo orden mundial perseverando en la estrategia de acumulación de poder regional. Su élite política interpreta que la actual debilidad del país – heredero del imponente Imperio Persa – es, al igual que en el caso de la China del S. XIX, fruto de una inconsistencia histórica. En este contexto, Irán emprendió una serie de acciones encaminadas a recuperar su influencia perdida. Su apoyo a grupos denominados terroristas como Hamas en Palestina o Hizbullah en Siria, así como la creación de las fuerzas clandestinas Qods – el brazo armado de la Guardia Revoluciónaria – le llevaron a ganarse el cariñoso apelativo de «el patrocinador de terrorismo de estado más peligroso del mundo» por parte de George H. W. Bush en 1993. El programa nuclear – como vimos en la Parte I – avanzó de forma sustancial gracias a la red clandestina de A.Q. Khan. Se destinó mucho dinero a la actualización de las fuerzas armadas convencionales y se desarrollaron los primeros planes de contengencia en el Estrecho de Ormuz, acompañados de maniobras militares regulares. A medida que su red internacional de terrorismo e inteligencia mostraba al mundo sus sorprendentes capacidades de desestabilización regional, la política exterior del régimen iraní se volvía más y más enérgica.

Las posiciones acerca de Estados Unidos en este nuevo régimen estaban divididas. Por una parte, el Presidente Rafsanjani era favorable a un acercamiento con Washington – con el que Irán no mantiene relaciones desde 1979. El Ayatolá Jamenei, por el contrario, pensaba – y piensa – que el único interés que albergan los norteamericanos respecto de Teherán es el cambio de régimen. En 1995, Irán realizó un gesto de acercamiento ofreciendo la primera concesión petrolífera extranjera a Conoco, una empresa norteamericana. Clinton desestimó el acuerdo alegando la naturaleza terrorista del régimen iraní. En 1997, la presidencia del reformista Jatami pareció abrir nuevas perspectivas a un entendimiento. Pero Jatami tuvo que hacer frente a una fuerte oposición interna que conseguiría, a la larga, neutralizar sus políticas. El acercamiento no llegaría a cristalizar.

Un nuevo escenario

Mientras que el humo de los escombros aún cubría la cara de la ciudad de Nueva York, a los estrategas norteamericanos no debía resultarles ajena la idea de las dificultades que entrañaría una ocupación militar de Afganistán realizada sin la connivencia de Teherán. Al mismo tiempo, en el otro lado del mundo, las percepciones eran similares. Estados Unidos quería deshacerse de los talibán. Irán también, pues los consideraba un instrumento sunní – wahhabi del ISI y de Arabia Saudí. Además, Irán sabía que Estados Unidos se marcharía de la zona, dejando un vacío de poder al que no iban a renunciar. Según George Friedman, tras una serie de contactos indirectos, un acuerdo secreto se firma a finales de septiembre: Irán se compromete a que Ismail Khan y sus facciones chiís apoyen los ataques, a controlar sus fronteras para evitar el paso de terroristas de Al Qaeda y a mantener la estabilidad. Por su parte, Estados Unidos se compromete a crear un gobierno autónomo y a ceder a los líderes chiís el control sobre sus provincias creando, de este modo, una suerte de estado tapón chií entre Irán y el Afganistán suní.

La razón de por qué estos contactos – los primeros entre las partes desde hacía más de veinte años – no cristalizaron en una normalización de las relaciones es doble: En enero de 2002 Israel interceptó el buque Karine-A, en el que Hizbullah transportaba cincuenta toneladas de armamento con destino a Gaza. Ese mismo año, se descubre la planta de enriquecimiento secreta de Natanz, revelando al mundo un ambicioso programa nuclear que, sospechosamente, se había mantenido en secreto hasta entonces. No necesitaría mucho más el Presidente George W. Bush para incluir, meses más tarde, a Irán en su Eje del Mal junto con Irak y Corea del Norte, remachando con firmeza los clavos en el ataúd del proceso de diálogo.

La decisión de la Administración Bush de invadir Irak en 2003 proporcionó un nuevo punto de acercamiento. En esta ocasión, la importancia de que Irán tomara de algún modo parte en la operación ya no era una opción, sino una necesidad. Con una población compuesta en un 60% por chiís, Estados Unidos necesitaba el GO de Teherán. Afortunadamente para Washington, los iraníes contemplaban la posibilidad de una ocupación norteamericana de Irak con muy buenos ojos. La contención de Irak se había convertido, tras el conflicto de los años ochenta, en su principal prioridad de seguridad nacional. Y, al igual que dos años antes, Irán sabía que «Estados Unidos abandonaría Irak eventualmente y, como consecuencia, ellos estarían ahí para ejercer su influencia más tarde».

El nuevo acuerdo se negoció a través del iraquí Ahmad Chalabi, un opositor al régimen de Saddam que encabezaba el Congreso Nacional Iraquí. Con notables amistades en el sector neoconservador norteamericano, y candidato por el Pentágono a presidir el nuevo Irak, fue él quien facilitó a Estados Unidos la información falsa sobre las armas de destrucción masiva que sirvió a Washington y Londres para justificar la intervención. Las incógnitas sobre si los servicios norteamericanos se sirvieron de dicha información a sabiendas de su nula fiabilidad o de si por aquel entonces estaban al corriente de que Chalabi era, en realidad, un agente iraní con la misión de favorecer la intervención norteamericana en Irak, siguen estando en el aire.

estados unidos


Cuando en el año 2004 se forma el nuevo gobierno iraquí e Irán interpreta que el reparto de poder entre chiís, sunís y kurdos no se correspondía con las condiciones acordadas con Washington, Teherán comenzó a insuflar chiíes insurgentes en Irak y la Casa Blanca se dió de bruces con la realidad: La estrategia de la Administración Bush había colocado a Estados Unidos en una situación excesivamente dependiente de Irán. Tanto en Irak como en Afganistán. Y los iraníes supieron jugar sus cartas, inflamando el país en un conflicto de baja intensidad que se prolongó hasta que la estrategia de contrainsurgencia de Petraeus permitió introducir estabilidad y confianza. Otra consecuencia importante fue que, con la mayoría de sus tropas comprometidas en otros escenarios, Estados Unidos ya no estaba en condiciones de amenazar militarmente a Irán. Es en este contexto cuando nace la estrategia de sanciones y guerra sucia comentada en la Parte II.

Esta vez desde una posición de fuerza, sería Jamenei quien rechazaría, en varias ocasiones durante aquellos años, ofertas para establar un diálogo directo con Washington. La mutua hostilidad entre ambos y el endurecimiento de la retórica provocaron una radicalización de la opinión pública iraní que culminaría con la elección de Mahmoud Ahmadineyad como Presidente de Irán en 2005. Habida cuenta de la inflamatoria retórica de Ahmadineyad y de la aversión fanática de George W. Bush a tratar con quienes considera enemigos de la libertad, las relaciones no pudieron sino deteriorarse durante el segundo mandato del Republicano.

armas nucleares



La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca en 2009 vino acompañada de una oferta de diálogo para poner fin a treinta años de aislamiento y desarrollar «lazos constructivos». Ahmadineyad, por su parte, correspondió a la gentileza con el envío de un mensaje al demócrata, vía Mohammed El Baradei. En él, el Presidente iraní se mostraba «dispuesto a entablar negociaciones bilaterales, sin condiciones y sobre la base del respeto mutuo». El escenario de cordialidad parecía evocar los tiempos del conciliador Jatami, en los que el entendimiento nunca pareció inalcanzable.

¿Qué quiere Irán?

Según expone George Friedman, el principal objetivo estratégico iraní es la supervivencia de su régimen, y su seguridad nacional depende de tres factores:

En primer lugar, Irán se siente amenazado por Estados Unidos. En Teherán, esta percepción se torna particularmente inquietante con ayuda de un mapa. «Consideremos la apariencia que presenta el mundo para Irán» – afirma Fareed Zakaria – «Está rodeado por potencias nucleares – Rusia, China, India, Pakistán, Israel – y al otro lado de dos de sus fronteras se encuentran estacionadas decenas de miles de tropas estadounidenses. El presidente de Estados Unidos ha declarado repetidas veces que considera ilegítimo el régimen de Teherán, desea derrocarlo y financia a varios grupos cuyos objetivos son similares (…)».

En segundo lugar, Irán necesita un Irak débil para evitar una nueva invasión como la de 1980.

Finalmente, Irán necesita que los chiís sean la facción del islam preponderante en el Golfo para evitar un conflicto con el islam sunní – wahhabí.

¿Qué quiere Estados Unidos?

El objetivo de seguridad nacional de Washington en el Golfo Pérsico consiste en mantener constante o al alza el flujo de petróleo de Oriente Medio hacia los mercados internacionales en un contexto de retirada de tropas de la región para su despliegue en Asia.

Escenario C: Acomodar los intereses de Estados Unidos y los de Irán en la región

Israel


En vista de cuáles son los objetivos estratégicos de cada una de las partes, ¿hasta que punto resulta factible armonizar ambos intereses bajo una nueva estrategia regional?

Son varios factores los que apuntan en la dirección de que el entendimiento es posible. En primer lugar, porque la anterior estrategia regional, la Dual Containment Policy, dejó de existir cuando la Administración Bush decidió invadir Irak en el año 2003. La presencia norteamericana en la región ha permitido mantener en cierto modo la estabilidad desde entonces pero resulta imperativo desarrollar una nueva estrategia para el momento en el que sus tropas dejen de actuar como fuente de disuasión. Con la última fase de la retirada de Irak completada, y con la retirada de Afganistán fijada en el horizonte de 2014, ese momento no puede prolongarse mucho más en el tiempo.

En segundo lugar, Washington no tiene más remedio que aceptar que Irán va a ser la potencia dominante en el Golfo, con poder nuclear o sin él. Con una mayor fuerza demográfica que la península arábiga en su conjunto y con las fuerzas armadas convencionales más poderosas de la región, dispone ahora de una influencia política sin precedentes en los países de su entorno.

Medio Oriente


La estabilidad de Irak se encuentra, a día de hoy, en manos de Teherán. Esta influencia no debe en absoluto entenderse como una relación entre una potencia y un estado satélite. A fin de cuentas, Irán no es excesivamente popular entre los chiís iraquíes, y la posibilidad de imponer un régimen pro iraní en Bagdad es muy remota. El valor de la influencia reside en que Irán cuenta con los instrumentos para desestabilizar Irak a su voluntad, por lo que el gobierno de Bagdad debe acomodar sus decisiones con los intereses de Irán para evitar problemas. Otra consecuencia derivada de la debilidad de Irak es que la capacidad de los países del Consejo de Cooperación del Golfo para oponerse a Teherán se ve enormemente limitada.

Un tercer factor, tal vez el más fundamental, es que Teherán y Washington comparten un extraordinario elenco de intereses comunes. Como observó Henry Kissinger, «Hay pocos países en el mundo con los que Estados Unidos tenga menos diferencias y comparta más intereses que con Irán (…) La alianza [con el Sha] refleja unas realidades políticas y estratégicas que no han desaparecido».

1. Estados Unidos lleva más de diez años librando una guerra internacional contra los mismos movimientos terroristas de inspiración wahhabí que Teherán aborrece. La colaboración de Teherán puede ser, además, vital para mantener la estabilidad del gobierno de Karzai e impedir el predominio talibán – pakistaní en Afganistán una vez que Estados Unidos se haya retirado de la región.

2. Ambos comparten intereses en la estabilización de Afganistán, del Cáucaso y de Asia Central, particularmente tras la propuesta de la Secretaria de Estado Hillary Clinton de crear una Nueva Ruta de la Seda para revitalizar la región.

3. En el campo energético, Irán puede ser la llave para desatascar el proyecto Nabucco. El proyecto es de vital importancia para reducir la dependencia energética europea de Moscú, mientras que los ingresos permitirían a Irán acometer la tan necesaria modernización de sus infraestructuras energéticas. Además de Nabucco, Irán puede acercar la energía del Caspio a Asia, superando el escollo geográfico de un itinerario que atraviese Afganistán – suicida para los inversores, y que frena actualmente el desarrollo de muchos proyectos.

4. En el marco de una agenda global con Washington, Irán estaría indudablemente dispuesta a renunciar a su programa nuclear militar. En el fondo, siempre lo ha estado. Irán, dejando a un lado su retórica, tiende a comportarse de un modo conservador, evitando los riesgos. Y en Teherán nunca han querido convertirse en un estado paria como Corea del Norte, excluido de la Comunidad Internacional. Su programa nuclear debe interpretarse como un instrumento en un contexto más amplio: «El programa nuclear iraní» – afirma Mohammed El Baradei – «ha sido un medio para obtener un fin. Teherán está decidido a obtener de los demás el reconocimiento como potencia regional y ese reconocimiento, en su manera de ver las cosas, se haya íntimamente vinculado al logro de un gran acuerdo con Occidente. (…) La meta de Irán no es convertirse en una nueva Corea del Norte sino más bien en un Brasil o un Japón; es decir, en un motor tecnológico con capacidad para desarrollar armamento nuclear en caso de que los vientos políticos cambien, mientras que continúa siendo un estado sin armas nucleares en el seno del TNP».

Un acercamiento irano – norteamericano también tendría inconvenientes estratégicos. Mientras que Israel podría acomodarse a la nueva situación – más allá de la retórica y de las bombas atómicas, los intereses de Teherán y Tel Aviv no son tan divergentes – Arabia Saudí quedaría en una situación estratégica comprometida. El problema para Riad es que los tiempos gloriosos en los que Roosevelt se presentaba a buscar al Rey Ibn Saud en su acorazado para tomar el aperitivo son historia. Tras los desencuentros de la última década sobre el doble juego saudí en la Guerra contra el Terror, la disposición de los funcionarios norteamericanos a acomodar a los saudís en las decisiones estratégicas en la región son cada vez menores. Desde un punto de vista energético, la responsabilidad de agasajar a Riad hace tiempo que ya no recae en Washington sino en Pekín. Otro aspecto problemático de la estrategia es la posibilidad de que, rota la política de contención, Irán llegue a acumular demasiado poder a largo plazo. Es por ello que Washington debe complementar el acercamiento a Teherán con un apoyo decidido a Ankara. Con sus ochenta millones de habitantes y su extraordinarias perspectivas de crecimiento, Estados Unidos habría encontrado un excelente candidato para revivir la estrategia de la contención dual en caso de considerarlo necesario.

En vista de los imperativos geoestratégicos de la región y de la amplia agenda de intereses comunes, existe un número considerable de factores racionales que apuntan a que el escenario de un acercamiento entre Washington y Teherán presenta las perspectivas más favorables para la estabilidad de Oriente Medio. Un acuerdo global entre ambos países que trascienda el ámbito nuclear – abordando asuntos como el terrorismo, la energía o la estabilidad de Oriente Medio y de Asia Central – a la vez que reconoce la primacía de Teherán como potencia regional es la opción más racional de las que se encuentran encima de la mesa. Esta opinión es compartida por Henry Kissinger y, junto con él, por otros cuatro ex Secretarios de Estado de Estados Unidos: Colin Powell, Madeleine Albright, Warren Christopher y James Baker. Otras grandes personalidades como Jimmy Carter también se han posicionado a favor de un acercamiento. La opinión de Kissinger adquiere una relevancia especial, habida cuenta de que él fue el arquitecto del acercamiento norteamericano a China, otro ejemplo de cómo un bloqueo histórico puede superarse mediante alianzas inesperadas entre actores cuyas posturas parecían incompatibles en un primer momento.

Tercera Guerra Mundial



Para llevar la estrategia a buen término, los gobiernos de Obama y de Ahmadineyad deberán maniobrar de forma muy cautelosa por las procelosas aguas de la negociación internacional. Existe la posibilidad de que los factores emocionales prevalezcan sobre los factores racionales que aconsejan el acercamiento. Desde una perspectiva psicológica, el peor momento para los Estados Unidos durante la segunda mitad del S. XX fue el episodio de la toma de los rehenes en Teherán, y el régimen iraní es demonizado por ciertos sectores de la sociedad civil norteamericana. El desprecio por los Estados Unidos en Irán se remonta hasta 1953, cuando la Operación Ajax depuso al reformista Mossadegh y colocó como Sha al títere Pahlevi. Aquel fue el momento en el que la sociedad iraní sintió la democracia más de cerca en toda su historia, y el sentimiento de aquellos días aún pervive. Dominique Moisi hablaba de la geopolítica de las emociones: De cómo el miedo, el odio o la desconfianza afectan a las relaciones internacionales…son estas mismas percepciones las que es necesario superar, en ambos países, para lograr un marco de entendimiento sobre el que articular un diálogo más ambicioso y exhaustivo. Decía Kipling que «Oriente es Oriente y Occidente es Occidente y estos dos mundos no se encuentran jamás». Veremos.