Eric Clapton Memorias de un dios de la guitarra
Eric Clapton ha sido uno de los músicos influyentes de la historia del rock. A los 62 años, decidió escribir una biografía en la que da cuenta de sus ángeles y demonios como estrella, de las tragedias personales y de su ex mujer Pattie Boyd, de quien se enamoró cuando ella aún era la esposa de su gran amigo George Harrison
Es uno de los enredos amorosos míticos de la historia del rock. En algún momento de la década de 1960, Eric Clapton se enamoró de Pattie Boyd, la esposa de su íntimo amigo George Harrison. La obra maestra de Clapton, del año 1970, Layla and Other Assorted Love Songs, fue una ofrenda para ella; finalmente se casaron en 1970 y se divorciaron en 1988. Esta saga ocupa el centro de Clapton: The Autobiography, que acaba de publicar el sello Broadway Books. Las memorias del músico suceden al reciente lanzamiento de la versión de la historia según Pattie Boyd, el volumen Wonderful Tonight (que lleva el nombre de una canción que Clapton compuso sobre ella), que en septiembre ocupó el primer puesto de la lista de best sellers del New York Times. Clapton dijo que no había leído el libro, pero que había visto fragmentos en los periódicos y había advertido discrepancias, pequeñas y grandes, entre las dos versiones de la relación amorosa. Desde su casa de las afueras de Londres, donde vive con su esposa, Melia McEnery, y sus tres hijas, dijo que la descripción que Boyd hace de una noche en la que él y Harrison tuvieron un “duelo de guitarra” por la mano de Boyd es realmente exagerada y ridícula. “Cada uno de nosotros tiene una versión diferente de los años que pasamos juntos”, dijo.
Sin embargo, su propia descripción de la relación con Pattie ofrece pocas excusas que justifiquen los vaivenes emocionales del músico, sus maltratos y sus aventuras extramatrimoniales (incluyendo uno en el que tuvo a su hija mayor), que marcaron gran parte de la década que ambos pasaron juntos. “Alguien que leyó el libro recientemente me dijo que yo había sido muy duro conmigo mismo –dijo Clapton–. Creo que es un malentendido. Sólo traté de asumir la responsabilidad por las diferentes etapas de mi vida.”
Clapton... es una crónica de las diversas configuraciones musicales de su carrera. Ha tocado en varias bandas monumentales (Yardbirds, Cream), ha acompañado a gigantes, desde los Beatles y Bob Dylan hasta Muddy Waters y B.B. King, y ha llenado estadios en todo el mundo. Clapton, de 62 años, es uno de los guitarristas más influyentes y venerados del rock.
Al principio de su carrera, era común ver la frase “Clapton es Dios” escrita en las paredes de Londres. Pero su vida también ha estado marcada por una serie de tragedias y rarezas. Fue criado por sus abuelos; nunca conoció a su padre y, hasta los 9 años, creyó que su hermana mayor era su madre. Padeció una prolongada y épica lucha contra el alcoholismo y la drogadicción. En 1991, su hijo de 4 años, Conor, murió al caer de la ventana de una habitación de hotel (luego le dedicó una de sus canciones más populares, Tears in Heaven, ver recuadro).
“Quise esperar hasta tener una vida entera sobre la cual escribir –dijo–. Y aunque no pienso que esté acabado todavía, mi memoria había empezado a jugarme malas pasadas. Me di cuenta de que si no lo hacía ahora, tendría que confiar en la memoria de otros, y todo empezaría a perder fidelidad.”
Sin embargo, a diferencia de algunos de sus pares, Clapton siempre ha sido extremadamente reservado y reticente con la prensa. Dijo que había pensado en escribir sus memorias durante mucho tiempo, aunque siempre por sugerencia de otros.
Primero probó el proceso habitual en las memorias de las celebridades, con un escritor fantasma: Christopher Sykes, un viejo amigo suyo. Pero no le satisfizo la versión: “Era algo muy defensivo, lleno de autojustificación. Me pareció algo espantoso”.
Charlie Conrad, el editor de Clapton, reconoció que los primeros borradores eran “un poco entrecortados”. Pero agregó que, no obstante, incluso en esa etapa “estuvimos satisfechos; en realidad, nos sorprendió su tono franco y directo, pero él dijo que no parecían auténticamente suyos”. Entonces, en medio de una gira mundial, el invierno pasado, Clapton –quien en el libro se define como alguien perezoso, pero al mismo tiempo perfeccionista– se hizo cargo en persona de la escritura. Se impuso un programa severo, trabajando, en “un exilio autoimpuesto”, en su habitación de hotel, mañana y tarde.
“Descubrí que no podía interrumpir el hilo”, dijo. Lo más notable del resultado es el tono evidentemente mesurado, que nunca se vuelve histérico o sentimental, ni siquiera al referir situaciones dolorosas, dramáticas o poco favorecedoras. (“Consideré que todas mis conductas irracionales fueron razonablemente disculpables –escribe, ya bien entrado en el relato–, porque todas ellas involucraron a adultos que las consintieron.”) Al menos en un caso, sin embargo, el tono provocó preocupación a sus editores.
“Querían saber por qué manifestaba una actitud tan distante en lo referido a la muerte de mi hijo –dijo Clapton–. Tuve que explicarles que me resultaba imposible revivir esa época. Es algo tan traumático que sólo puedo hablar de eso con distancia, como si fuera otra persona.” En el libro escribe que cuando le dieron la noticia, “se replegó en sí mismo” y luego experimentó “un aturdimiento permanente”.
Agregó que no se trataba de que no pudiera revivir sus sentimientos. “Eso no es difícil. La tristeza está permanentemente allí, como una oleada invasora. Pero es difícil escribir sobre eso sin sensacionalismo o sin una perspectiva sentimental, sólo porque eso es lo que se espera que haga.”
Conrad dijo que tanto él como el editor inglés del libro consideraron que el capítulo sobre la muerte de Conor era “demasiado seco”, pero terminaron por aceptarlo. “Le sugerimos que explorara el tema con mayor profundidad, pero eso era todo lo que él quería decir al respecto.”
Posiblemente, la parte que mayor curiosidad despierte en sus lectores es el relato de su matrimonio con Boyd. El libro de ella provocó cierto frenesí en los medios, particularmente la escena de los dos guitarristas batiéndose a duelo por su amor, blandiendo los instrumentos como si fueran las armas de dos caballeros medievales. Clapton recuerda esa noche: “Sólo fui de visita, él tenía dos guitarras y nos pusimos a tocar –expresó–. Pero siempre hacíamos eso; ¿por qué convertir algo habitual en un acontecimiento excepcional?”
Boyd dijo que Clapton y ella son “amigos” ahora, pero que “tiene razón al decir que cada uno de nosotros tiene un recuerdo diferente de los años que pasamos juntos”.
A pesar de la angustia que le causó el hecho de que inicialmente su amor no fuera correspondido, situación que lo hundió aún más en la adicción, Clapton dice ahora que la relación amorosa no fue para tanto. “En esa época era una relación muy libre, casi amoral –analizó–. Creo que no pensábamos demasiado. Sólo más tarde nos dimos cuenta de que nos maltratábamos.”
La desesperación que se manifiesta en Layla, agregó Clapton, representó una elección creativa, no un testimonio documental de su vida. “Ese es el arte de escribir canciones de amor –manifestó–. Yo estaba desesperadamente obsesionado con Pattie, pero crear una canción es tan sólo darle forma a un sentimiento.”
Boyd tiene otra opinión sobre la intensidad de la relación. “Fue algo grande –escribió–. Eric era muy atractivo y convincente. George y yo teníamos muchos problemas en nuestra relación, por su enorme fama y su creciente pasión por la meditación y la vida espiritual. Muchas veces no estaba allí para mí, y también había otras mujeres.”
La amistad de Clapton y Harrison sobrevivió a las elecciones de pareja de Boyd; es famoso el comentario del ex Beatle: “Prefiero que ella esté con él y no con algún imbécil”. Clapton fue director del Concierto por George, el recital de homenaje a Harrison después de su muerte, en 2001.
“Para George, todo estaba relacionado con el concepto indio de la ilusión cósmica. Algo se presentaría, y nos reuniríamos a tocar porque eso era lo que nos unía. Su enfoque era totalmente espiritual, y creía que siempre podíamos llegar más allá del mundo físico”, dijo Clapton. Para Boyd, “George fue capaz de tomar distancia de lo ocurrido”.
Si Clapton parece estar en paz con su complicada historia personal, con respecto a su carrera musical lo que emerge de su autobiografía es una suerte de perpetua insatisfacción. En una reveladora anécdota, recuerda haber codiciado una cierta guitarra en su juventud, sólo para perder todo interés después de haberla comprado. “En cuanto la tuve, de repente sentí que ya no la quería –escribe–. Este fenómeno iba a producirse durante toda mi vida, causando muchas dificultades.”
Clapton parece haberse sentido igualmente incómodo como líder o como integrante de una banda. Cuenta que se unió y se fue de grupos –independientemente del éxito que tuvieran– con gran frecuencia e imprevistamente. No se explaya demasiado sobre sus discos solistas de la década de 1970 (que ha descripto como “irrealizados y sin terminar”). Recientemente, parece estar conforme de colaborar con viejos amigos, como B. B. King o con el recluido compositor
J. J. Cale; también está explorando algunas posibilidades con Steve Winwood, su compañero del poco afortunado supergrupo Blind Faith.
“Me ha llevado toda la vida desarrollar mi identidad musical –apuntó Clapton–. Ahora puedo cantar en una banda, encabezarla, cantar a dúo... No necesito que me etiqueten. Lo más importante es que disfruto escuchando música, aun ahora.”
Clapton dice que ha encontrado estabilidad en el blues, la música que primero amó y a la que sigue considerando una suerte de faro en su vida. “Hay en el blues cierta aceptación, cierta resignación. La aceptación es un gran estado de ánimo. Deja de lado la histeria, el drama, las emociones extremas. Para escribir este libro, tenía que estar cómodo con mi existencia cotidiana. Me gusta poder mirar hacia atrás y sentirme cómodo con mi vida.”
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