Grandes Epidemias De La Historía


A lo largo de la historia muchas epidemias se produjeron en distintas regiones del Mundo dejando miles de muertes a su paso. Entre ellas, las más significativas fueron las siguientes:

La Plaga De Atenas

Grandes Epidemias De La Historía


Otro de los acontecimientos que demuestra la influencia de las enfermedades sobre la Historia es la Plaga de Atenas del año 430 a.C. El Imperio ateniense se encontraba en su época dorada. Dentro de sus logros se encuentra la derrota del poderoso rey persa Darío en los combates terrestres de Maratón y Platea y en la batalla naval de Salamina.

Durante el reinado de Pendes (desde 462 a. C) (2), los templos de Atenas y la Sala de los Ministerios de Eleusis, destruidos por los persas, fueron restaurados por un arquitecto latino (también constructor del Partenón) y el escultor Fidias.

Esta época de esplendor se caracterizó por su brevedad, ya que en el año 431 a. C comenzaron las guerras del Peloponeso entre las dos ciudades-Estado más fuertes: Atenas y Esparta. Esta última poseía un gran ejército pero carecía de flota; en cambio, Atenas había desarrollado un poder marítimo que le permitía contar con una flota muy poderosa —aunque un ejército débil— y murallas prácticamente inexpugnables. En este sentido, Atenas no podía ser atacada por tierra ni tendría que someterse a nadie por falta de alimento. Sin embargo, su política defensiva de protegerse dentro de sus muros resultó poco favorable, pues en el 430 a.C. una plaga asoló la ciudad, que se hallaba superpoblada.

Se estima que la plaga comenzó en Etiopía y desde allí se expandió hacia Egipto, cruzando el Mediterráneo hacia el puerto de El Pireo y Atenas. No obstante, esta epidemia no duró mucho tiempo; pero con tanta gente encerrada en la ciudad, hubo gran cantidad de muertos, tal vez uno o dos tercios de la población.

El quebranto moral de los habitantes fue demoledor; hecho que no nos sorprende, pues es un rasgo común en las grandes epidemias. El historiador griego Tucídides dejó un relato terrible de esa época de los atenienses: ...el miedo a los dioses y a la ley del hombre no los contenía, pensaron que era lo mismo adorar o no a sus dioses ya que toda la gente moría; y en cuanto a la ley, no creían que nadie sobreviviera para juzgarlos”. Hasta los ciudadanos más ejemplares, según los relatos, se volvieron glotones, alcohólicos y licenciosos.

Cuando parecía que la plaga había disminuido, Pendes envió una poderosa flota para apoderarse de Plotidea, bastión sostenido por los espartanos; pero apenas izaron velas, la plaga irrumpió de tal modo que debieron regresar.

Atravesaron una situación similar cuando Pendes dirigió su flota a Epidauro, ‘pues la peste no sólo se llevó a sus propios hombres sino a todos los que tuvieron contacto con ellos”. Se estima que Pendes también se contagió y murió por esa causa en el año 429 a. C.

En realidad la naturaleza de esta plaga es desconocida, ni siquiera se encuentra alguna mención clara en los escritos de la época. En este sentido, Hipócrates no parece dar ninguna explicación en referencia a esta peste. Por otra parte, Tucidides, la describe como una brusca aparición de fiebre alta, sed intensa, lengua y garganta sangrantes; la piel del cuerpo, roja y amoratada, estallaba en pústulas y úlceras. Lo que se recoge de las fuentes es que afectó a todo el cuerpo social y que los médicos se encontraban impotentes, incluso ellos mismos sucumbieron en gran número.

Las investigaciones sostienen que esta fiebre era una forma maligna de escarlatina, que representó la primera aparición de la enfermedad en las costas del Mediterráneo, de allí se explica su carácter letal. Otras posibilidades son el tifus, la viruela y el sarampión, o alguna otra enfermedad desconocida que desapareció hace mucho tiempo. No obstante, cualquiera haya sido la naturaleza de esta infección, debió de provenir de otro lugar. Sumado a ello, la peste adopto un carácter explosivo y la celeridad del contagio impidió que las personas desarrollaran cierta inmunidad. Los sobrevivientes, a través de la recurrencia de la epidemia, fueron generando cada vez una mayor resistencia y así la peste, progresivamente, se volvió menos severa.

Una de las causas de la caida del Imperio sin lugar a dudas fue la plaga. Debido a la mortandad, la desmoralización del pueblo y, sobre todo, a causa de la destrucción de su poderio naval, Atenas no pudo darle un golpe decisivo a Esparta. La guerra continuó durante veintisiete años y terminó con la rendición; Atenas perdió su armada y todas las posesiones en el extranjero. Sus murallas fueron demolidas por completo, aunque, por fortuna para la posteridad, la ciudad y su cultura permanecieron intactas.

Bajo el mando de Pendes, la supremacía de Atenas, convertida en un centro para la literatura y el arte, despertó los celos de otras ciudades-Estado griegas, que temían el proyecto hegemónico de Pendes. La separación de la ciudad de Plotidea de la Liga Ateniense desató la guerra con Esparta, que se extendió entre el 431 y el 404 a.C. Después de que estalló la peste en la ciudad, Pendes fue destituido, juzgado y multado por malversación de fondos públicos; luego fue reelegido estratega pero murió ese mismo año.



La Peste De Roma

epidemias


Otro acontecimiento histórico de gran importancia fue la caída del Imperio romano. Los efectos que produjo este hecho se extendieron a lo largo de un vasto territorio y fueron muy duraderos. Las causas del declive han sido estudiadas y debatidas por los historiadores durante muchos años; en otro orden de problemas y cuestiones, en este apartado se analizarán aquellas causas y efectos relacionados con las enfermedades y su prevención.

Se estima que las condiciones sanitarias y de salud publica en Roma cerca del año 300 d.C estaban más avanzadas que a mediados del siglo XIX. En este sentido, los romanos en el siglo IV a. C comenzaron la construcción del sistema de drenaje, la Cloaca Máxima, que funcionaría como una moderna planta de desagüe. Este tipo de obras se construyeron en distintos lugares del Imperio: las ruinas de Pompeya y Herculano –destruidas por una erupción del Vesubio en el 79 d.C– revelaron un moderno sistema de retretes con agua corriente. Bajo el reinado del emperador Vespasiano fue construido un edificio de mármol con urinales, y para poder hacer uso de él se debía abonar una pequeña suma.

En oposición, la ciudad de Londres no tuvo este sistema de retretes públicos hasta 1851, conjuntamente con el desarrollo de la Gran Exhibición de 1851 en Hyde Park. Como ensayo, ese mismo año, en las salas de espera para damas de la calle Bedford y para caballeros en la calle Fleet, se instalaron retretes en los que se cobraba, en valores aproximados, lo que serían 5 euros actuales “por el privilegio” de poder usarlos y 10 euros por una toalla caliente. De esa manera, mientras el costo de la construcción había ascendido a 680 libras, en cinco meses, y a pesar de la distancia entre los baños y el solar de la exhibición, se recaudaron 2.470 libras.

El Imperio Romano, a principios del año 312 a.C contaba con un primer acueducto que transportaba agua pura a la ciudad, teniendo en cuenta que la higiene se vincula con un adecuado suministro de agua. A comienzos de la era cristiana existían seis acueductos; cien años después sumaban diez, que proveían cerca de mil millones de litros de agua por día. De los cuales, la mitad era utilizada para abastecer los baños públicos, por lo que sobraban 225 litros por cabeza para dos millones de habitantes; la misma cantidad que se consume en la actualidad en Londres y Nueva York. En 1954, cuatro de esos acueductos fueron renovados y bastaron para satisfacer las necesidades de la Roma moderna.

Los baños de Caracalla ya funcionaban en el año 200 d.C. y podían recibir 1.600 bañistas al mismo tiempo. Los de Diocleciano, construidos ochenta años después, tenían, más o menos, 3.000 salas. Un dato curioso es que los baños romanos eran parecidos a un sauna moderno, y acompañaban a la civilización romana dondequiera que ella fuera. Algunos lugares se hicieron famosos debido a las propiedades curativas de las tibias aguas, ricas en minerales. Sólo unos pocos, como Bath en Inglaterra y Wiesbaden en Alemania, mantienen aún la reputación de spa medicinal. (Ver Acueductos Romanos)

Es necesario destacar que la gran ciudad romana había crecido al azar, con calles angostas y sinuosas y casas miserables. En el año 64 d.C, fue azotada por el gran incendio que causó el emperador Nerón, donde alrededor de dos tercios de la ciudad fueron destruidos. Sin embargo, fue reconstruida siguiendo un plan maestro con calles rectas, anchas y grandes parques.

En este sentido, el Imperio poseía funcionarios especializados en la higiene: los ediles tenían la función de supervisar la limpieza de los caminos públicos y controlar la calidad de los suministros de alimentos. Entre otras medidas de salubridad, estaban prohibidos los entierros dentro de la ciudad, por lo cual se creó un sistema mucho más higiénico: la cremación. El entierro recién fue completamente incorporado cuando las creencias cristianas acerca de la resurrección de la carne se impusieron. En limpieza, sanidad y reserva de agua, Roma era más parecida al Londres o la Nueva York del siglo XX, que a la París medieval o la Viena del siglo XVIII.

Los romanos fueron pioneros en lo que respecta a vivir en una gran urbe y sabían por propia experiencia que una ciudad con gran número de personas no podía sobrevivir sin disponibilidad de agua, calles limpias y cloacas eficientes. Un londinense del siglo XVII vivía en condiciones que no hubieran sido toleradas por un romano en el siglo 1. Sin embargo tanto romanos como londinenses compartían un mismo problema: desconocían la causa de las enfermedades. De hecho, si el agua que circulaba por los acueductos hubiera provenido de una fuente contaminada, los romanos habrían corrido el mismo riesgo que los londinenses que se proveían de agua en el enlodado Támesis. Esta falta de conocimiento esencial hizo que las magníficas medidas de salubridad de la Roma imperial resultaran inútiles en los años de las plagas.

Imaginemos a Roma como una abultada araña centrada en su red, extendiéndose desde el Sahara en el sur hasta Escocia en el norte, y desde el mar Caspio y el golfo Pérsico al este, hasta las costas de España y Portugal al oeste. Hacia el norte y el oeste se encontraba con los océanos; al sur y al este, con continentes enormes y desconocidos, en los cuales vivía gente menos civilizada: africanos, árabes y las tribus salvajes de Asia. Más allá de las tenues sombras se asentaban las antiguas civilizaciones de China y la India.

Así, las fronteras del Imperio eran protegidas por las tropas en los puntos estratégicos. Desde esos puestos se extendían las redes que conducían a Roma; las rutas marítimas de África y Egipto y los caminos de los legionarios también confluían en la ciudad. Y es ahí, justamente, donde comienzan los problemas: el vasto territorio del interior poseía secretos que los romanos ignoraban, entre ellos, microorganismos de enfermedades desconocidas, con los cuales las tropas romanas estaban en constante contacto al atacar y ser atacadas. Incluso, un tráfico fluido por mar y por tierra propiciaba un gran intercambio de gente. Como se expresó anteriormente, Roma era una ciudad densamente poblada y muy civilizada pero carecía de recursos para combatir las infecciones. Dada esta conjunción de circunstancias, no es de extrañar que los últimos siglos del Imperio romano haya estado expuesto a una seguidilla de pestes.

Un ejemplo de ello fue lo que aconteció en el siglo I a.C cuando una inusual clase de malaria afectó los distritos pantanosos de los alrededores de Roma causando una gran epidemia en el año 79 d.C (poco después de la erupción del Vesubio). Una de las hipótesis es que la infección quedo circunscripta a Italia, pero causó estragos en varias ciudades y muchas muertes en Campania, la zona de cultivos donde Roma se proveía. Los daños causados en la tierra utilizadas para la labranza fueron considerables de manera que hasta el siglo XIX continuo siendo un lugar sensible a la malaria. Incluso, es posible que esta epidemia se originara en África.

A su vez se produjo una caída de la tasa de nacimientos de los ítalo-romanos en un momento en que los territorios conquistados aumentaban. Esto, sin duda, se debió a la malaria, pero también a la disminución de la expectativa de vida a causa de las enfermedades mal curadas, que debilitaban y alteraban a la gente. En el siglo IV d.c. las tropas de los legionarios ya no estaban formadas sólo por italianos, y hasta los oficiales eran reclutados en distintos grupos germánicos. Se argumenta que la falta de artículos suntuarios, que antes llegaban del Este, influyó en ese abatimiento del pueblo durante los últimos días de Roma, pero es probable que la causa real haya sido la malaria endémica.

A fines del siglo I d.C. los hunos invadían las fronteras del Este. Éstos, eran un pueblo nómada, guerrero y agresivo, nacido en Asia Central, que cabalgando por las estepas habían llegado hacia el sudeste europeo. Se estima que este éxodo se debió a alguna enfermedad, a la hambruna, o a una combinación de ambas en el norte de China. Estos invasores presionaron hacia el oeste a las tribus germánicas de los alanos, ostrogodos y visigodos, habitantes del centro euroasiático. Al final, lograron quebrar la unidad del Imperio, dejándolo fragmentado en varios Estados desorganizados que guerreaban entre sí.

Con la llegada de los hunos llevaron también se produjeron nuevas infecciones, que causaron una serie de epidemias conocidas por los historiadores como “plagas”. A su vez, ellos mismos se encontraron con enfermedades desconocidas. Durante los años 451 y 454, bajo el mando de Atila, penetraron en la Galia y el norte de Italia, pero tuvieron que retroceder antes de entrar en Roma, posiblemente debido a una enfermedad epidémica.

Se da por obvia la consecuencia natural del alejamiento físico de los soldados.

Debido a sus incursiones, los hunos se mestizaron, absorbiendo en su ejército a distintas razas, y asimilaron tipos físicos, lenguas y culturas diversos. Al llegar a Europa su carácter asiático era variado y su identidad étnica, difícil de precisar.

Otra de las epidemias a considerar es la plaga de Antonio, conocida también como plaga del médico Galeno. La misma comenzó en el año 164 entre las tropas del segundo emperador, Lucio Aurelio Vero,(5) situadas en el límite este del Imperio. Se estima que la enfermedad quedó circunscrita a ese lugar, causando estragos en el ejército comandado por Ovidio Claudio, enviado a sofocar una rebelión en Siria. A su vez, la infección acompañó a los legionarios en el camino de regreso y se expandió por los territorios del recorrido llegando hasta la propia Roma dos años después. Con celeridad el vasto territorio se vio infectado. La mortalidad fue considerable en todo el Imperio de tal manera que los cadáveres debían ser sacados en carretas de las ciudades.

La importancia de esta plaga estriba en que gracias a ella se produjo la primera grieta en las líneas defensivas de Roma. Hasta el año 161 las fronteras romanas se habían expandido de continuo, manteniéndose intactas, hasta que ese año una tribu germánica quebró la barrera nordeste de Italia. De esta forma el Imperio fue progresivamente debilitándose. Así, durante ocho años, el miedo y la desorganización impidieron a los romanos una acción defensiva. Finalmente, toda la fuerza del ejército imperial cayó sobre los invasores, obligándolos a retroceder. Al parecer, la enfermedad fue la causa principal de esa retirada, pues se encontraron muchos cadáveres del enemigo sin rastros de heridas. Es muy probable que se hayan contagiado la infección de los legionarios.

En este sentido, la plaga hizo estragos hasta el año 180; una de sus últimas víctimas fue el más noble entre los nobles, el emperador Marco Aurelio, que murió en el séptimo día de la enfermedad, habiéndose negado a ver a su hijo por temor a contagiarlo.

La epidemia volvió al Imperio en el año 189, después de un corto respiro, aunque esta vez fue de menor alcance ya que se circunscribió a la ciudad de Roma y en su pico más alto, ocasionó más de mil muertes por día.

Galeno dejo asentadas las características de esta plaga: como síntomas iniciales señalaba a la fiebre alta, inflamación de boca y garganta, una sed abrasadora y diarrea; alrededor del noveno día aparecía una erupción en la piel, que en algunos casos era seca y en otros producía pústulas. Da a entender que la mayoría de los enfermos moría antes de la erupción, pero igualmente se observa una semejanza con la plaga de Atenas. Lo indudable es que ésta provenía del Este.

Lucio Aurelio Vero era hermano adoptivo del emperador Marco Aurelio (cuyo nombre de nacimiento era Marco Annio Vero), quien lo asoció al trono.

Marco Aurelio, un líder bien intencionado, llegó a vender sus posesiones personales para mitigar los efectos del hambre y la peste en el imperio, aunque, a la vez, persiguió a los cristianos, en la opinión de que constituían una amenaza para el sistema. En el año 176 volvió a la frontera norte con la intención de extender los límites del Imperio hasta el río Vístula. Murió de peste en Vindobona —actual Viena— el 17 de marzo del 180, antes de poner en marcha su plan de invasión.

La mayoría de los historiadores, por la mención que Galeno hace de las pústulas, estiman que se trata de una primer epidemia de viruela. Una de las interpretaciones postula que el traslado de los hunos hacia occidente se debió a una terrible epidemia de viruela en Asia Central, que fue transmitida a las tribus germánicas, que a su vez contagiaron a los romanos. En contraposición, la historia romana muestra la diferencia de los síntomas de las plagas de viruela de los siglos XVI al XVIII, con los síntomas descritos por Galeno; aunque la primera aparición de una enfermedad con frecuencia toma un curso y una forma distintos de los de la enfermedad típica.

La siguiente plaga que describe la Historia es la de Cipriano (obispo de Cartago), en el año 250, que sin duda cambió el curso de la historia de Europa Occidental.

Cipriano describió los síntomas como diarrea repentina con vómitos, garganta ulcerada, fiebre muy alta y la putrefacción o gangrena de manos y pies. Otros testimonios la describen como una rápida expansión de la enfermedad en todo el cuerpo, con sed insaciable. En ninguno de esos casos se habla de sarpullido o erupción, a no ser que la frase ‘rápida expansión por todo el cuerpo” insinúe una manifestación de tal síntoma.

El origen de esta epidemia se considera similar a la plaga ateniense, es decir, que provino de Etiopía y desde allí se propagó a Egipto y a las colonias romanas en el norte de África que se consideraban el granero de Roma. En este sentido, la plaga de Cipriano se asemeja a la de Orosio, del año 125, que fue precedida por un ataque de langostas que destruyó las plantaciones de cereales, tras lo cual se produjo una terrible hambruna, y luego la plaga.

Algunas especulaciones giraban en torno a la posibilidad de que esta epidemia sea ergotismo, enfermedad que se contrae al comer pan de centeno infectado por el hongo Claviceps, sin embargo, las escasas evidencias al respecto convierten a la hipótesis en poco probable, sumado a que el centeno era una cosecha propia del norte y no del sur. Además, la amplia expansión y la persistencia de la plaga de Cipriano son también argumentos en contra de esa teoría.

La fase aguda de la plaga de Cipriano duró dieciséis años, durante los cuales la gente vivió presa del pánico. Millones de campesinos abandonaron el campo para refugiarse en ciudades superpobladas, ocasionando nuevos focos de infección, y dejando que se echaran a perder grandes áreas de tierra de cultivo. Muchos pensaron que la raza humana no sobreviviría. La mortandad fue mucho mayor que en otras pestes: los muertos eran más numerosos que los sobrevivientes que debían enterrarlos.

La plaga de Cipriano fue semejante a la “gripe española” de 1918 a 1919; ambas desataron una verdadera pandemia. La primera afectó a todo el Este conocido. Avanzó con gran rapidez y no sólo se contagiaba de persona a persona sino por contacto con alguna prenda o artículo del enfermo. La primera aparición fue devastadora, luego hubo una remisión y a continuación reapareció con igual virulencia. En este caso hubo una incidencia estacional: el brote se producía en otoño, duraba todo el invierno y la primavera y decrecía cuando comenzaban los calores del verano; este ciclo sugiere que se trató de la fiebre tifoidea.

Sin embargo, el imperio logro superar la catástrofe, a pesar de las guerras en la Mesopotamia, en la frontera este y en las Galias, pero, en el año 250, los legionarios retrocedieron desde Transilvania y la Selva Negra hasta el Danubio y el Rin. La situación parecía tan peligrosa que el emperador Aurellano decidió fortificar Roma.

Existe la posibilidad de que la enfermedad, después de la fase aguda, persistiera en forma más suave. Durante los tres siglos siguientes, en los que Roma colapsó bajo la presión de los godos y vándalos, hubo brotes recurrentes de una peste similar. Luego, la evidencia se volvió más borrosa, degenerando en una historia de guerras, hambruna y enfermedades. Paralelamente a la desintegración del Imperio Romano.

La invasión de los pueblos germanos se produjo mediante el ingreso de contingentes a Italia y la Galia, cruzando los Pirineos hacia España y también penetrando en el norte africano. Hacia el año 480, una epidemia parecida los debilitó tanto que no pudieron resistir una invasión de los moros. Hay informes no confirmados de una gran mortandad en Roma en el 467 y en Viena en el 455.

Así también se debe considerar la plaga que atacó a Gran Bretaña en el 444, pues pudo haber afectado la historia de los anglosajones. Esta plaga, aparentemente generalizada, constituyó una pandemia, Según Bede, la mortandad fue tan grande que no quedaban hombres sanos para enterrar a los muertos. La peste agotó a tal punto a las fuerzas de Vortigern, el jefe británico-romano, que no pudo repeler la invasión de los pictos y escoceses. La leyenda establece que, después de consultar a sus jefes, Vortigern decidió pedir ayuda a los sajones, que llegaron como mercenarios en el 449 bajo las órdenes de Hengist y Horsa. Posiblemente, la epidemia debilitó tanto a los británicos que la entrada de los sajones fue inevitable.




La Peste De Bizancio


historia


El imperio Romano atravesó una fase de división, el Imperio Romano del Oeste y el Imperio Romano del Este. En los territorios pertenecientes a Asia Menor (anexada en el siglo I a.C) en el año 330 d.C Constantino el Grande fundó la capital del Este en Bizancio: Constantinopla (actualmente la ciudad de Estambul). La combinación de los dos imperios del Este y el Oeste se prolongó por cincuenta años. Luego, el imperio romano del Oeste entró en una fase de declive, sin embargo el imperio bizantino sobrevivió hasta 1204, cuando las fuerzas latinas de la Cuarta Cruzada, en la plenitud del sistema feudal, conquistaron los territorios, dando fin al Imperio Bizantino.

Justiniano, uno de los emperadores más poderosos de Bizancio, bajo las pretensiones de devolver al Imperio su forma originaria y resucitar Roma, en el 532 dirigió un ataque hacia el oeste. La expedición dio como resultado la reconquista de Cartago, la mayor parte de la costa norte de Africa, Sicilia. Sin embargo, las tropas bizantinas no se detuvieron, cruzaron a Italia donde el general Belisario ocupó Nápoles, mientras Roma, la parte central y el sur eran recapturadas por el ejército imperial. Hacia el año 540 la resistencia Germánica parecía debilitarse mientras que las fuerzas de Justiniano se fortalecían: habían tomado parte de España, siguiendo un plan audaz que pretendía extender sus conquistas a la Galia y hasta Gran Bretaña.

Sin embargo pronto se demostraría la fragilidad de las conquistas: los moros expulsaron a los bizantinos de los territorios africanos. Hacia el año 541, el jefe godo, Totila, recuperó la mayor parte de Italia. Fracasados los intentos de Totila de lograr un acuerdo con Justiniano, la península atravesó once años de lucha cruenta, durante los cuales Roma fue sitiada cinco veces. En una de las ocasiones, para lograr la rendición, los godos cortaron los acueductos. De este episodio se elaboran ciertas especulaciones respecto al origen de la pobreza y la suciedad medieval. Probablemente, provienen de esta acción, porque Roma, con sus edificios magníficos y su prestigio histórico, nunca dejó de tener influencia en el estilo de vida europeo. Si Roma hubiera conservado una reserva importante de agua limpia, otras ciudades europeas podrían haber seguido su ejemplo.

El gobierno de Justiniano pudiese haber sido una época de gran esplendor para el Imperio. Entre sus logros, se destacan la construcción de una cadena defensiva de castillos y fuertes, edificios como la Catedral de Santa Sofía, y la producción legislativa donde se completó la codificación del Derecho Romano (más conocido como el Código de Justiniano) que constituyó el legado más importante para la Justicia europea. Además, poseía un ejército muy bien entrenado, comandado por generales exitosos, como Belisario y Narsés. Sin embargo, durante su largo reinado, sufrieron ataques constantes de los hunos, eslavos y los persas: los hunos casi logran apoderarse de la capital; los eslavos coparon Andreanópolis e infiltraron los Balcanes, y los persas saquearon Antioquía. Su gobierno, que comenzó con un resplandor de gloria, poco a poco fue declinando.

Después de la muerte de Justiniano en el año 565 a la edad de 83 años, el Imperio atravesó un periodo de decadencia, sumido en la pobreza y debilitado. Las razones se encuentran en las penurias y los sucesivos ataques del exterior: en el 540, el momento de sus mayores éxitos, un enemigo más temible que los godos o los vándalos los sorprendió. A su vez, debió enfrentar una plaga considerada la más letal que haya azotado al mundo.

En este sentido, los alcances de la misma se pueden observar en las descripciones de Procopius, secretario o archivista del reino. Los primeros casos se registraron en el año 540, en la ciudad de Pelusium, en el Bajo Egipto, y de allí se extendieron por todo el país y a Palestina, que parece haber sido el centro de difusión al resto del mundo conocido.

En un principio, la mortandad no fue considerable, sin embargo, a medida que avanzaba el verano los casos aumentaban hasta llegar a 10.000 muertes por día. Como no alcanzaba el tiempo para cavar las sepulturas decidieron sacar los techos de las torres y fuertes, depositando allí los cadáveres y luego colocarlos en su lugar. También fueron cargados en barcos para llevarlos hasta el mar y allí abandonarlos.

Debido a las catastróficas consecuencias que causó se la concibió como una “plaga”, sin dudas se trató de peste bubónica. Las víctimas eran atacadas súbitamente por una fiebre muy alta, y durante el primero o segundo día, los típicos bubones —ganglios linfáticos hinchados— aparecían en la ingle y las axilas. El progreso de esta enfermedad tomaba cauces muy diversos, mientras que algunos enfermos entraban en coma, otros padecían delirios violentos (alucinaban con fantasmas, escuchaban voces que les hablaban de su posible muerte). Frecuentemente, los bubones derivaban en heridas gangrenosas y el paciente moría con gran sufrimiento. Por lo general, la muerte sobrevenía en el quinto día, o incluso antes, aunque otras veces se demoraba hasta una o dos semanas. Los médicos no podían pronosticar cuáles casos serían leves y cuáles fatales, se veían totalmente impotentes pues no se conocía un remedio para el mal. Al final la plaga habia abatido un 40% de la población de Constatinopla.

Con respecto a ello, Procopius señala dos puntos de observación: primero, la plaga siempre comenzaba en la costa y después se expandía tierra adentro, segundo, notaba que los médicos, que estaban en contacto directo con los enfermos, no se contagiaban mucho más que el resto. Este tipo de plaga fue un fenómeno recurrente hasta el año 590 afectando a la mayoría de los pueblos y regiones. En este sentido, se estima que ningún tipo de asentamiento humano estuvo a salvo de su influjo.

Incluso, como en la plaga de Cipriano, se establecían ciclos de auge y declive estacionales. A diferencia de la peste del primero (que encontraba su pico máximo en invierno), la de Justiniano causaba la mayor cantidad de muertes durante los últimos meses de verano. Muchos pueblos y ciudades sufrieron el abandono, la tierra se dejó de cultivar y el pánico colocó al imperio en un estado de gran confusión. Gibbon opina que muchos países nunca volvieron a tener la misma densidad de población. Procopius observa —un hecho que se registra también en otras crónicas de plagas—, que la depravación y la vida licenciosa durante y después de la epidemia sugieren que sólo los más perversos sobrevivían.

A su vez, la incidencia de estas plagas en la caída de Roma y el fracaso de las ambiciones de poder de Justiniano, no está determinada. En todo caso cabria dejarla como una pregunta abierta. Las infecciones incurables no respetan a nadie, son imparciales, atacan tanto a los más civilizados como a los menos. El ciudadano siempre está en un riesgo mucho mayor que el campesino, pues, en una epidemia mortal, una comunidad cerrada sucumbirá más rápido. Es importante señalar también que la caída de la moral es más frecuente entre aquellos que han tenido una vida fácil, a diferencia de quienes han sufrido privaciones. Por eso, aunque la peste haya afectado el espíritu guerrero de las tribus salvajes, el impacto sobre Roma y la vida bizantina fue mucho mayor.

El examen de la terrible seguidilla de pestes que afligieron al Imperio durante la época de su decadencia, no necesita buscar una razón más poderosa capaz de producir ese desastre. Entre las consecuencias podemos encontrar inmediatas y mediatas. En este sentido, la inmediata estaría dada por el debilitamiento del Imperio. Mientras que en las mediatas se establecerían dos situaciones: en primer lugar, la cristiandad no habría tenido éxito en establecerse como fuerza mundial y tampoco habría evolucionado como lo hizo si el Imperio romano no hubiera sido devastado por las enfermedades que siguieron a la muerte de Cristo. En segundo lugar: los mil años de historia de la medicina, desde el siglo IV al XIV, habrían sido muy diferentes si la medicina no hubiera caído bajo el dominio de la Iglesia cristiana. En todo caso, cabria analizar la noción de “medico” teniendo en cuenta los significados propios de la época en la cual se emplazaba y obtenía sentido: medico y sacerdote eran la misma cosa.




La Peste Negra


peste negra


La pandemia más destructiva en la historia de Europa fue ¡a peste bubónica que asoló al Viejo Continente entre los años 1348 y 1361, ya la que se dio el nombre de “muerte negra". Continuaremos llamando así a esta epidemia, reservando el nombre de plaga para otras pestes, tales como la de Londres de 1665.

Como dijimos, la palabra "bubónica" se refiere al característico bubón o agrandamiento de los ganglios linfáticos. Esta plaga es propia de los roedores y pasa de rata en rata a través de las pulgas: la pulga pica a una rata infectada y engulle el bacilo junto con la sangre; este bacilo puede quedar en el intestino del animal durante tres semanas y cuando pica a otro animal o a una persona, lo regurgita e infecta.

En el caso de la verdadera peste bubónica, los humanos sólo se contagian por la picadura de la pulga, nunca por contacto directo con un enfermo o a través de la respiración.

El transmisor más común de esta infección es la rata negra (Raltus rattus). Este animal es amigable con el hombre, tiene aspecto agradable y está cubierto de una piel negra y brillante. A diferencia de la rata marrón que habita en las cloacas o establos, ésta tiende a vivir en casas o barcos. La cercanía con el hombre favoreció la traslación de las pulgas entre ratas y humanos, y así se propagó la peste. La enfermedad, ya fuera en el caso de las ratas o de los humanos, tenía una altísima tasa de mortandad, y en algunas epidemias alcanzó el 90 por ciento de los casos, siendo considerado “normal” un índice de fallecimiento promedio del 60 por ciento.

La bacteria infecciosa Pasteurella pestis, conocida ahora como Yersinia, se multiplica rápidamente en la corriente sanguínea, produciendo altas temperaturas y muerte por septicemia. Pero esto no ocurre a menudo en epidemias de verdadera peste bubónica, pues para ello se requiere una altísima transmisión de la infección a través de las pulgas. En ciertos casos, por razones desconocidas, la infección puede adquirir la forma de una neumonía, y no necesita de la picadura de pulgas sino que se transmite de persona a persona, por contacto o a través de la respiración. En una gran pandemia existen ambas; no obstante, la del tipo neumónica se expande más rápido y más extensivamente, con una mayor incidencia de casos y una mortandad superior, puesto que la neumonía, la mayoría de las veces, es letal.

A lo largo de la historia, las plagas de peste bubónica han sido escasas. Se conocen cuatro grandes pandemias: la de Justiniano (540-590 d.C.), que puede haber llegado hasta Inglaterra; la “muerte negra" (1346-1361); la “Gran Plaga” en la década de ¡660, y una pandemia que comenzó en Asia en 1855 y causó muchas muertes en Cantón, Hong Kong y Rusia, llegando a Gran Bretaña en 1900, donde produjo decesos en Glasgow, Cardiff y Liverpool. En la última pandemia, Ogata Masanori notó tal cantidad de ratas muertas que ¡a denominó “la peste de las ratas”. En China y Rusia prevaleció la epidemia del tipo neumónica, y en Europa se propagó la del contagio por picadura de pulgas a ratas infectadas.

La plaga de Justiniano y la Gran Plaga comenzaron en la costa y se propagaron tierra adentro. La gente que atendía a los enfermos no corría más riesgo de contagio que aquella que no lo hacía. En Constantinopla al principio las muertes no fueron muchas, pero al poco tiempo los decesos aumentaron de tal manera que a los cuerpos no se les podía dar adecuada sepultura.

En la plaga de Londres de ¡665 se observó el mismo patrón: el 7 de junio Samuel Pepys notó sólo dos o tres casas con la cruz roja pintada en la localidad de Drury Lane; en cambio, desde la primera semana de junio hasta comienzos de julio, la lista de muertes fue aumentando de 100 a 300, y luego a 450 casos. Finalmente creció hasta ¡legar a los 2.000 en la última semana de julio, a 6.500 a fines de agosto y a 7.000 casos en la tercera semana de septiembre, el pico más alto.

La población de Londres en 1665 se calculaba en 460 mil personas y rara vez la ciudad estaba completamente libre de la plaga. El aumento de 200 a 300 casos se puede atribuir al contagio a través de las ratas, pero la mortandad de miles de personas indica un contagio de persona a persona. En consecuencia, esta plaga, que comenzó como una verdadera peste bubónica, evolucionó hacia el tipo neumónico. Sucedió algo parecido en la de Justiniano, y debió haber sido igual en el caso de la muerte negra.

Desde Oriente: La muerte negra, se presume, comenzó en Mongolia. De allí, una horda de tártaros —un pueblo de origen turco que invadió Asia Central— la llevó al istmo de Crimea, donde sitiaron a un grupo de mercaderes italianos en un puesto de trueque llamado Caffa (Teodosia en la actualidad). De acuerdo con una versión, la plaga apareció en Caffa en el invierno de 1346, sin duda contagiada por las ratas. Otra versión la atribuye a que los tártaros arrojaron cadáveres infectados por encima de los muros. En ambos lados hubo muchos muertos y por esa razón el sitio fue levantado. La horda se dispersó y diseminó la plaga alrededor del mar Caspio y desde allí, por el norte llegó a Rusia y por el este a la India y a China en 1352.

Los italianos supervivientes escaparon por mar hacia Génova y, según el cronista Gabriel de Mussis, durante el viaje no hubo ningún caso. Después que el barco atracó, al primero o segundo día la plaga se desató de forma devastadora. Mussis dejó constancia de que se trató de una infección rata-pulga-hombre’, clásica de la peste bubónica. Desde Génova, la plaga se extendió en semicírculo a través de Italia, Francia, Alemania y Escandinavia, llegando a Moscú en 1352. Los historiadores calculan que la cantidad de muertos alcanzó los 24 millones alrededor de un cuarto de la población de Europa y Asia.

En la historia escandinava, esta plaga tuvo un impacto mucho mayor que cualquier otro acontecimiento. Los barcos trasladaron la infección a los asentamientos de Groenlandia, fundados originariamente por Erik el Rojo en el año 936. Estas colonias se debilitaron de tal manera por la plaga y la falta de abastecimientos provenientes de Noruega que fueron borradas del mapa al sufrir el ataque de los inuits. Los últimos pobladores vikingos desaparecieron de la zona en el siglo XIV y desde entonces Groenlandia fue una región desconocida, hasta que John Davis la redescubrió en 1585. Se cree que los pobladores vikingos tenían contacto con Vinland, en las costas de Canadá, de manera que la muerte negra debe haber alterado también la historia del poblamiento de América del Norte.

En Inglaterra: La muerte negra llegó a Inglaterra alrededor del 24 de junio de 1348 probablemente a bordo de un barco que provenía de Gasconia y atracó en el pequeño puerto de Melcombe, en el condado de Dorset. La infección allí se mantuvo bajo la forma de peste bubónica hasta principios de agoste Desde Melcombe, la plaga viajó por tierra y por mar, en barcos costeros que llevaban la infección a los puertos del sudoeste y a lo largo del canal de Bristol. Luego se extendió tierra adentro, a través de Dorset y Somerset, llegando al gran puerto de Bristol alrededor del 15 de agosto. Los habitante de Gloucester, atentos a la situación imperante en Bristol, decidieron protegerse y cortaron toda comunicación con esa ciudad, pero todo fue en vano. De Gloucester, la plaga pasó a Oxford y a Londres, donde se constantó s aparición el 1ro. de noviembre. Hacia el oeste, la epidemia avanzó más lentamente, ya que los condados de Devon y Cornxvall eran poco poblados, y n llegó a Bodmin, en el centro de Cornwall, hasta la Navidad. Para ese entonces las diócesis de Bath y Gales, que cubrían todo Dorset y Somerset, habían sido infectadas.

El 4 de enero de 1349, el obispo escribió acerca de una gran mortandad, observando que muchas parroquias quedaban sin sacerdote para administrar los sacramentos.

Luego, durante los meses de invierno, cuando ratas, pulgas y humanos tienden a ser menos activos, sobrevino un pequeño alivio. La ciudad de Oxford, que había sido infectada antes de noviembre de 1348, no alcanzó el pico más alto hasta el verano siguiente, en mayo de 1349. Londres sufrió pocas muertes durante el invierno, pero en marzo aumentaron en gran cantidad, llegando a su punto máximo en abril y mayo, para luego declinar en forma gradual.

Desde Londres partía la ruta principal hacia los condados del este, densamente poblados, que también se contagiaron; en Norwick la plaga apareció en marzo y en York, hacia fines de mayo de 1349. En ese momento, todo el sur, el este y el interior de Inglaterra habían sido presa de la epidemia. En los lugares menos poblados, como el norte y el extremo oeste, la expansión fue más lenta. Irlanda se contagió por vía marítima en 1349, y Gales y Escocia un año después.

Escocia podría haber escapado de la plaga, pero quiso aprovechar la difícil situación de los ingleses y los invadió en el otoño de 1349; por entonces, en los condados del norte la mortandad estaba en el nivel más alto. Así, la infección irrumpió en el ejército escocés cerca de Selkirk y cuando los soldados volvieron a sus hogares se dispersó por todo el país.

Dos años trágicos: No se sabe cuántos murieron en los terribles años de 1348 a 1349, ya que no hay estadísticas de mortalidad ni censos, como en la plaga de 1665. Nadie en el siglo XIV podía estimar la mortalidad en números, dada la poca confiabilidad de los datos. La situación se complicó más por el hecho de que la muerte negra no apareció en una sola visita. Hubo epidemias recurrentes en cuatro o cinco ocasiones antes de fines del siglo XIV. La peor de ellas infectó en 1361 a Inglaterra, Francia y Polonia, entre otros países.

El nombre de Peslis puerorum dado a esta enfermedad podría ser el primer indicio que sugiere la presencia de un gran porcentaje de niños infectados en 1361, como habría sido el caso si todos los grupos de distintas edades hubieran sufrido una inusual tasa de mortandad trece años antes.

Otro indicio lo proporciona el Poll tax, un impuesto vigente en Inglaterra en 1377, de donde surge que la población era de alrededor de 2,5 a 3 millones de personas. Las mejores estimaciones de 1347 indican entre 4,5 y 6 millones de habitantes, por lo que el número parece haber decaído súbitamente en 2 millones en esos treinta años. La población había crecido a ritmo constante entre la conquista normanda y el año 1300, con un incremento continuo a fines del siglo XIV, hasta llegar a 3 millones en Inglaterra y Gales.

ambos casos el aumento sólo pudo haber ocurrido porque el porcentaje de nacimientos fue mayor que el de muertes. Enfermedades comunes —incluidos los brotes epidémicos— causaron muchas defunciones en el período que va de 1066 a 1550, aunque sin interrupción de los procesos normales de muerte y nacimiento. La disminución de la población en cerca de 2 millones durante los treinta años que van de la muerte negra al Poll tax señala, en cambio, un altísimo grado de mortandad, que determinó la escasez de individuos en edad de procrear y, consecuentemente, la disminución de los nacimientos. Se estima así que el mayor índice de mortandad ocurrió a comienzos de este último período.




La Viruela En América- El Desembarco De La Muerte


Gripe española


El 18 de noviembre de 1518 Hernán Cortés zarpó de la colonia española de Cuba con un ejército de ochocientos hombres, mezcla de españoles amerindios. Desembarcó en la costa de Yucatán, donde recibió mensaje: amistosos y regalos del emperador azteca Moctezuma (imagen) . Continuando el viaje, Fundó la ciudad de Veracruz, se aseguró la lealtad de sus vacilantes tropas quemando las naves —de manera que no pudieran regresar a Cuba— marchó hacía el interior, a Tlaxcala.

Allí encontró una resistencia hostil y luego de una dura batalla pactó con los tlascaltecas y partió hacia la capital azteca de Tenochtitlán (en el mismo emplazamiento de la actual ciudad de México), con un refuerzo de alrededor de mil tlascaltecas “amigos".

La ciudad, una gran comunidad de aproximadamente 300.000 habitantes, se hallaba en medio de un gran lago, por lo que se arribaba a ella por tres carreteras terraplenadas construidas en piedra, una de ellas de casi diez kilómetros.

Cortés mantuvo relaciones amistosas con Moctezuma por algún tiempo pero se enemistaron después de un ataque a Veracruz, aparentemente instigado por el rey azteca. Cortés lo tomó prisionero, lo multó con una importante cantidad de oro y lo forzó a reconocer el señorío de España. Seis meses más tarde, en mayo de 1520, el jefe español supo que un segunct4 ejército hispano-amerindio, bajo las órdenes de Pánfilo de Narváez, avanzaba desde la costa hacia el interior con la intención de restablecer a Moctezuma en el poder.

Dejando a Pedro de Alvarado a cargo de la capital, Cortés interceptó Narváez y lo derrotó en un sorpresivo ataque nocturno. Luego recibió noticias de que Alvarado estaba combatiendo una insurrección en la ciudad por lo que apresuré su regreso. Al llegar, el 24 de junio de 1520, encontró Moctezuma muerto. Alvarado había sitiado la ciudad con un pequeño remanente del ejército, mientras el pueblo azteca vivía una revuelta general Cortés forzó su salida con gran dificultad luego de una heroica batalla en que perdió casi la mitad de sus hombres, y se refugió entre los relativamente amigables tlascaltecas.

Hacia fines de 1520 recibió algunos refuerzos españoles, recluté un ejército de 10.000 tlascaltecas y formó una flotilla de pequeñas embarcaciones Ordenó cavar un canal y tuvo éxito en llevar sus barcos hasta el lago que rodeaba la capital, a la que sitió en abril de 1521. Él mismo comandó la empresa, de 300 hombres, derrotó a una fuerza numéricamente muy superior efectuó desembarques en los terraplenes, pero sufrió un revés con muchas bajas en el primer intento de ingresar en la ciudad. Sin embargo, ésta cayó después de una obstinada resistencia, el ¡3 de agosto de 1521. Cuando los españoles entraron, encontraron las casas repletas de muertos, pero no p heridas de combate o por hambre, sino por enfermedad.

Cuando Pánfilo de Narváez dejó Cuba en mayo de 1520, en su viaje a México llevó consigo a unos africanos, probablemente los mismos esclavos cristianizados (o sus hijos) que habían sido embarcados hacia las Indias Occidentales por orden del rey Fernando. Algunos enfermaron durante el viaje y al menos uno fue bajado a tierra en América estando aún enfermo. Éste infectó a otros tripulantes y la enfermedad, a la que llamaron la “gran lepra’, se diseminó entre la población amerindia. La descripción no tiene semejanza alguna con la lepra, y su rápida dispersión con una inmediata erupción cutánea no coincide con el aspecto de la frambesia o de la sífilis. Por estos datos, poca duda cabe de que se trataba de una forma letal de viruela.

La enfermedad, ciertamente, era más cruenta que la viruela conocida en la Europa del siglo XVI. Puede considerarse que una forma epidémica que afectaba a los nativos tlascaltecas fue transmitida por éstos a la capital en el primer intento abortado de su captura, durante el verano de 1521. Cuando Cortés entró en la ciudad en agosto, encontró que casi la mitad de los habitantes habían muerto. En el curso de seis meses prácticamente no quedó un solo pueblo sin ser infectado en las regiones conocidas de la Nueva España. Se ha estimado que casi la mitad de la población azteca pereció en esa primera epidemia.

Una segunda epidemia que, se sabe, ingresó por medio de la llegada de barcos españoles, provocó devastación en 1531. Tres posteriores rebrotes, en 1545, 1564 y 1576, redujeron la población nativa de la Nueva España, de —se estima— entre 10 y 25 millones de habitantes anteriores a la Conquista a menos de 2 millones a comienzos del siglo XVII. En la misma época, también la población inca del Perú disminuyó, de cerca de 7 millones a, aproximadamente, medio millón.

La viruela fue, sin duda, el principal villano, aunque no el único, ya que los españoles también introdujeron las paperas y el sarampión, ambos causantes de muchas muertes. No hay evidencia alguna de que esas infecciones existieran en América antes de la llegada de los conquistadores.

La espantosa mortandad tuvo otro efecto muy importante: los amerindios, en general, percibieron la resistencia —por lo menos, inicialmente— como un hecho sin mayores posibilidades de éxito. Los invasores, capaces de provocar la muerte a esa escala, no podían ser simples mortales sino dioses vengativos. Por otro lado, tanta desgracia sólo podía disminuir el espíritu de lucha de los nativos. De acuerdo con esta visión, los nativos de Nuevo Mundo no estaban solos: también las tribus aborígenes del sudeste de Australia deben de haber sentido algo similar cuando, en los últimos años del siglo XVII, fueron diezmados por su exposición repentina a la viruela, acompañando la primera etapa de la colonización británica.

La razón de la supuesta divinidad de los conquistadores no radicaba en que ellos usaran armaduras capaces de anular las armas aztecas, o pólvora superando el alcance de las flechas nativas. La razón suprema para verlos como superhumanos radicaba en que ellos parecían inmunes al terrible flagelo que azotaba a los amerindios.

La epidemia inicial entre los aztecas en el verano de 1521 pudo haber sido causada por un caso fortuito de la letal viruela malar introducida por un esclavo africano, o quizá la forma benigna variola minar o alastrim sufrió algún cambio hacia el tipo majar cuando fue contagiada a personas desacostumbradas y desprotegidas. En cualquier caso, lo cierto es que los españoles tenían cierta resistencia a la infección. No hay duda, de todos modos, que la viruela y la inmunidad relativa a ella, jugaron un papel, sino el mayor, en la destrucción del pueblo azteca, tanto como la superioridad de las armas españolas. De ahí en mas México quedo como uno de los reservorios de la viruela virulenta.



La Gripe Española


peste en atenas


Aquella plaga, que se desencadenó en la primavera de 1918, llevó a la tumba a cerca de 40 millones de personas. En España, sus repercusiones fueron espantosas: murieron 300.000 personas a pesar de que las cifras oficiales redujeron las víctimas a “sólo” 147.114. Pero el país más castigado fue la India, donde fallecieron 15 millones de los afectados por la epidemia, alcanzando la mortalidad, en ciertas zonas, al 20% de la población.

En la virulencia de la epidemia gripal de 1918 se aunaron varios factores que provocaron más del doble de víctimas que la Gran Guerra. En primer lugar, la específica mutación del virus gripal de ese año. Existe la teoría de que fue el resultado de una recombinación genética entre un virus animal, concretamente la gripe porcina, y otro humano, ante la cual la memoria inmunológica de la humanidad era inexistente.

Aparte de las complicaciones pulmonares conocidas, esta gripe afectaba especialmente al sistema neurológico, provocando la llamada encefalitis de Von Economo, Segundo, la Gran Guerra fue decisiva para su expansión: los primeros casos aparecieron en Kansas, el 4 de marzo de 1918, entre soldados del ejército norteamericano que esperaban acuartelados su traslado a Europa. Más de un millón de ellos llegaron a Francia, por lo que a las pocas semanas el virus gripal ya había invadido los puertos franceses. Es curioso que, a pesar de este claro origen norteamericano –en EE.UU causó unas 600.000 muertes–, la enfermedad fuese conocida como “gripe española”.




La Gripe Asiática


peste en roma


Epidemias muy similares a la gripe han ido apareciendo a lo largo de la historia de la humanidad. Así, en el año 412 a.C. Hipócrates describió una enfermedad respiratoria que persistía por varias semanas y después desaparecía. Tucídides describió asimismo una importante peste en Atenas, entre los años 430-427 a.C., que probablemente pudo ser debida a infección por virus influenza. Más recientemente aparecen tres grandes pandemias durante el siglo XX, aunque hubo otras a las que en principio se les asignó como tales, en 1947 y 1977.

La de 1918- 1920, denominada gripe española, provocó más muertos en unos meses (20 millones) que la propia 1ª Guerra Mundial durante los años que duró, y con la que coincidió en parte; la de 1957, llamada también gripe asiática y la que se le bautizó como gripe Hong- Kong, y que apareció en 1968. Desde entonces ninguna otra pandemia se ha descrito asta el momento, aunque si numerosos brotes y epidemias, provocadas fundamentalmente por virus influenza A y en menor medida por virus influenza B.

Pandemia de 1957: Se originó en China en febrero de 1957 y en pocos meses se expandió por el continente asiático, de ahí su denominación de gripe asiática con la que se conoció esta pandemia. Rápidamente la epidemia se extendió a otros continentes, presumiblemente vehiculada por el tráfico marítimo, siendo las ciudades portuarias las primeras en sufrir los efectos de la infección, afectando de forma muy especial a niños, escolares, adolescentes y adultos jóvenes, coincidentes por el efecto agravatorio de reunir al comienzo de la etapa escolar, en los meses de septiembre y octubre, principalmente a la población mencionada. También en este caso pudo observarse una segunda ola epidémica. A finales de 1957 y principio de 1958, observándose en algunos países una mayor actividad de esta segunda ola de actividad gripal.

El curso de la enfermedad puede considerarse el habitual para la gripe, siendo las neumonías bacterianas secundarias, las responsables del mayor número de muertes asociadas a la gripe, observadas principalmente entre los muy jóvenes y los muy mayores. En su conjunto las muertes estimadas se situarían alrededor del millón de personas siendo la diferencia en este sentido sustancial con la anterior pandemia, a pesar de haberse observado la misma morbilidad, es decir, afectación del 50% de la población y presentación de manifestaciones clínicas en el 25%.

El virus responsable de esta pandemia presenta las características atribuibles en principio a este tipo de difusión, es decir, la aparición de un subtipo diferente en su composición antigénica, tanto en la hemaglutinina como en la neuraminidasa, no proviniendo de ningún subtipo anteriormente identificado, sino de un reagrupamiento de genes entre virus gripales humanos y procedentes de distintas especies de aves, proceso que probablemente tuvo como soporte biológico a los cerdos, población animal altamente susceptible a la infección por virus gripales.

En definitiva, la aparición de un nuevo subtipo con estructura antigénica distinta a los anteriores (H2N2) se encontró con una gran facilidad para su difusión, habida cuenta que la mayoría de la población no presentaba inmunidad frente a esta nueva variante, aunque la baja afectación de las poblaciones ancianas sugiere la posibilidad de que estos se infectaran años atrás con un subtipo relacionado con el de 1957, confirmándose por la presencia de anticuerpos específicos frente a H2 (sería el responsable de la pandemia 1898-1901) por lo que la gente anteriormente infectada había adquirido protección suficiente como para resistir el proceso infeccioso de la gripe asiática.


peste en bizancio

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