Historias de corazon

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Recién iniciado el almuerzo una amiga me comenta que cada cierto tiempo se reúnen con antiguas compañeras para escucharse unas a otras y reírse de sí mismas y de esas pequeñas heridas guardadas en secreto desde la niñez.

En seguida me aclara que se trata de una risa a medias porque, más que reuniones, "son exorcismos de fantasmas que nos rondan a la mayoría, disfrazados de anécdotas y que aún hoy duelen y se niegan a salir".

La idea nos parece interesante (aunque inquieta a más de alguno de los comensales) así que aceptamos el desafío tácito de traer a la mesa alguna historia triste de nuestra infancia precoz.

Mi amiga toma la palabra, cuenta que tiene tres años y juega distraída entre las sillas del comedor de su casa, en Valdivia, cuando el ruido de la puerta de calle al cerrase interrumpe su diversión; la casa ha quedado en silencio, salvo por una nana que asea los dormitorios. De pronto las patas de las sillas se transforman en una selva de barrotes que le impiden moverse, hasta que al fin corre hacia la puerta y ve por una hendidura la silueta de su madre vestida de rosado, alejándose de prisa hasta perderse entre la multitud; mi amiga la llama en vano y llora de miedo por primera vez, siente un nudo en el pecho, una angustia imposible de definir. Por qué se ha ido sin mí, piensa sin hallar respuestas. No sabe que su madre va en busca de una muñeca para regalársela en el día de su santo, e ignora que a partir de ese episodio odiará para siempre la ropa en tonos rosados.

Oigo su relato como una fábula cuya moraleja se enfrenta a Álvaro de Campos cuando advierte que "más vale ser niño que comprender el mundo" y descubro la felicidad oculta en las palabras que antes de conocerse son simplemente cariño y refugio.

Otra mujer amiga de mi amiga hace un brindis y cuenta su historia, mientras los hombres sentados a la mesa mantenemos un cauteloso silencio. Ella habla de una mañana de domingo en que su padre las lleva con su vecina Marichu a la feria de diversiones. La promesa del padre es ver al payaso bailarín y comer el más rico merengue con manjar de todo el mundo.

Cuenta que la noche anterior casi no duerme de ansiedad y habla de una larga caminata por el parque hasta la entrada de la feria, donde su padre encuentra un amigo que lo saluda muy entusiasmado y se queda conversando con él; así que les da dinero para que vayan solas hasta el kiosko del payaso y los merengues, a un costado de la rueda giratoria.

Pero los merengues se han terminado. La alegría se torna en frustración y luego en el llanto desconsolado de Marichu. Entonces ocurre lo peor, pues al volver la vista hacia el payaso bailarín lo descubren devorando el último merengue que debió ser para ellas. La amiga de mi amiga interrumpe su relato, me da la impresión que le parece absurdo haber guardado esa pena tanto tiempo; yo en cambio, imagino su ilusión como un ave derribada sin quererlo y veo una niña triste y contenida, debiendo consolar a su vecina más pequeña en circunstancias que era ella quien necesitaba consuelo.

Extrañamente motivada, la más joven de las asistentes al almuerzo inicia su relato a la manera de una confesión. Dice que es una niña obesa, que entra ilusionada a las barras del colegio para aprender el nuevo deporte de las "porristas". Los ojos se le agrandan como una ola cuando avanza en la historia mientras todos percibimos que la marea va por dentro. A lo mejor la pequeña pena que ahora ha decidido compartir, está demasiado cerca, demasiado fresca en la memoria, mas ella insiste en conjurarla y se aproxima a la entrenadora de las barristas para preguntarle cuándo le tocará a ella elevarse por los aires, como las demás.

Quiere volar, no se siente diferente, pero la entrenadora tiene objetivos claros y muy pocos sentimientos así que le dice que es muy gorda para eso, aunque si tiene fuerza para sostener a sus compañeras puede quedarse en la base de la pirámide humana. La gimnástica versión de "todas íbamos a ser reinas" se le desmorona antes de empezar. Teillier escribe que "los niños se esconden/ bajo la escalera de caracol/ contando sus historias incontables" y ahora cuentan que ella es demasiado gorda para volar. Incluso para trepar.

A estas alturas del almuerzo alguien debe sacar la cara por los hombres, de modo que me apoyo en una frase de Saint-Exupéry, les digo que "soy de mi infancia como se es de un país" y me lanzo a la piscina cuando recién empezamos el postre.


Comento que mi abuela trae un polluelo recién nacido que ella ha comprado para mí. Me llama la atención que casi no tiene plumas, lo protejo en una caja de zapatos, lo cuido un par de días, le pongo luz, pero el polluelo enferma gravemente y lo descubro una mañana apenas respirando. Pienso que no ha bebido agua: debe ser eso. Con un gotario intento rescatarlo de la muerte sin medir las cantidades y el ave se me ahoga entre las manos. Mi abuela se da cuenta de lo sucedido y me miente, dice que no he sido yo, que los polluelos mueren así. Me abraza y yo también la abrazo y le miento haciéndola sentir que le creí.

El almuerzo culmina en una atmósfera surgida de muy lejos, pero todos nos sentimos bien. Uno a uno nos vamos despidiendo: gusto de verte; que bueno que viniste esta vez. Yo descubro lo temprano que se asoman los errores en la vida, las tragedias. No hay manera de evitarlo, me parece; pero quizás sea bueno que las cosas