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Obsolescencia Programada(vida util de lo que compramos)

Introducción

La vida de los productos que compramos es corta. Lo es si tenemos en cuenta los recursos que se han invertido en su elaboración y el costoso marketing empresarial que nos ha inducido a su compra. ¿Quién no tiene un aparato que, al cabo de poco de adquirirlo, ya parece desfasado? La insistencia de la publicidad en que eso que acabamos de comprar ya no sirve nos plantea una serie de dudas: ¿hasta qué punto es necesario un cambio de tecnología con tan poco margen de tiempo? ¿Realmente los productos que compramos envejecen tan pronto?

Si nos paramos a pensar un poco, lo que compramos tiene una vida cada vez más corta. ¿Cuántas veces hemos oído aquello de que “las cosas de ahora no son como las de antes”? Eso está basado en hechos reales: muchos de los productos que adquirimos, sobre todo los tecnológicos, están concebidos para que su vida sea corta. A esta planificación, que se desarrolla desde la concepción del producto hasta su deshecho, se le llama obsolescencia programada.

Obsolescencia Programada(vida util de lo que compramos)


Éste es un término que existe desde hace mucho tiempo, pero que se ha dado a conocer en los últimos años como una realidad escalofriante. Muchas veces se ha argüido que la obsolescencia programada era una leyenda urbana, que no era cierta. Pero no hay que ser un lince para darse cuenta de la realidad: los productos que compramos tienen una vida útil premeditada en su gran mayoría, y el sector que más acusa esta planificación previa es precisamente el tecnológico.

La carrera imparable de los diferentes productos que pueblan escaparates y estanterías obedecen, por un lado, al rápido avance de la tecnología, pero, por otro, a la necesidad de la industria de vender productos nuevos como si fueran grandes saltos tecnológicos, cuando muchas veces no lo son.

En este artículo vamos a hablar de este fenómeno, y analizaremos sus elementos, hablando del concepto mismo de obsolescencia programada y cómo ésta se ve y se entiende en la sociedad actual, todo ello adaptado al sector de la informática, que es el que nos interesa. Os recomiendo el visionado del reportaje “comprar, tirar, comprar”, emitido por TVE y que ha sido la inspiración a la hora de realizar este artículo, además de la experiencia personal y compartida durante muchos años como consumidor.

Vamos allá.

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El origen de la obsolescencia programada

Sin ánimo de resultar aburrido, investiguemos brevemente de dónde surge la idea de obsolescencia programada. Como cualquier fenómeno que se precie suele tener un pasado que se remonta años atrás, en este caso en el período entre 1920 y 1930. Y todo por una bombilla, una que había sido diseñada para durar mucho, en concreto 2.500 horas. Fue ideada en 1924, y ante ese hecho se planteó una pregunta: cuando los consumidores tuviesen bombillas de larga duración, ¿qué comprarían? Un artículo en una influyente revista sentenciaba que algo que no se estropeara era una verdadera tragedia para los negocios.

Un lobby llamado Phoebus presionó para que la vida de las bombillas fuera más corta, y así poder vender más unidades. De hecho, en los años cuarenta se limitó su vida útil a 1.000 horas, y aunque esta práctica se revocó en una sentencia judicial en 1953, lo cierto es que de nada sirvió porque desde entonces se ha venido sucediendo sin remedio. Ése es el punto de inicio de la obsolescencia programada: un lobby que presiona para que la vida de los productos sea deliberadamente más breve, y así poder vender de forma continuada. Se controla la concepción, el diseño y la producción para un fin: menos vida para el producto, lo que incentiva el consumo.

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La obsolescencia programada surgía en una época en la que se pensaba que los recursos naturales eran ilimitados, y que el planeta podía seguir absorbiendo el constante impacto en la fabricación y en el descarte posterior de los productos inservibles de forma indefinida. Con el tiempo, ha quedado claro que sólo tenemos un planeta, que los niveles de producción de las fábricas son insostenibles, y que la generación de residuos es, a día de hoy, un problema de dimensiones mayúsculas.

Inventar, incentivar y mantener la obsolescencia programada se convirtió, desde los años treinta, en algo habitual. Porque ya no sólo se trataba de controlar los procesos de fabricación para reducir la vida útil de los productos, sino de seducir a los consumidores para que los compraran incluso si no les hacían falta. ¿Y de qué forma podían hacer esto? Pues con grandes campañas de marketing, intentando convencer al usuario final de que compraran un nuevo producto antes de que el que ya tenían fuera realmente inservible. Es otro tipo de obsolescencia programada, pero que va dirigida directamente al consumidor.

Donde más se nota este fenómeno es, como ya hemos adelantado, en el sector tecnológico. No en pocas ocasiones nos hemos encontrado con opiniones directas de los servicios técnicos que nos recomendaban comprar una impresora, un reproductor MP3 o un DVD nuevo en lugar de reparar el que enviábamos al SAT bajo la premisa “sale más a cuenta uno nuevo que liarse en reparaciones”. Esto se ha acentuado con el paso de los años, y actualmente se considera un hecho de lo más habitual. ¿Para qué liarse en arreglar nada si, por mucho menos, tenemos un aparato nuevo, de última hornada, y probablemente mejor que el que mandamos reparar? Ante eso, el consumidor pocos argumentos puede tener en contra.

Estuve trabajando en un servicio técnico durante un tiempo, y realmente la solución más fácil era el cambio del producto estropeado por uno nuevo. Al final, el SAT quedaba como un lugar para tramitar los RMA, y sólo se reparaban las cosas más evidentes, ya que en pocas ocasiones se disponía del instrumental y el material adecuado para reparar el estropicio en cuestión. Es algo de lo más natural, y ya no paramos a pensar en que el producto que se descarta muy probablemente se tire a la basura. Sólo cabe cruzar los dedos para que se recicle correctamente.

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Tipos de obsolescencia

Han pasado décadas desde que la obsolescencia programada entró en el corazón de la sociedad de consumo y se tornó una condición sine-quanon de la misma, alentando prácticas y actitudes que no son buenas ni para el consumidor ni para su entorno. Hasta el momento hemos distinguido la obsolescencia en el propio proceso de fabricación (es decir, intervenir en la creación de un producto para hacerlo caduco de forma deliberada) y la que tiene que ver con cómo nos venden el producto (la supuesta necesidad del consumidor de cambiar un producto por otro antes de tiempo).

La primera depende de múltiples factores, pero en principio son las “mentes pensantes” de los lobbys industriales las que programan la vida útil de los aparatos. En el reportaje de “comprar, tirar, comprar” hacen referencia al caso de una impresora que, al cabo de un tiempo de uso, da un error de impresión. El propietario la lleva al SAT y allí le dicen que para lo que le va a costar la reparación mejor que compre un nuevo modelo. El usuario se empecina y trata de averiguar lo que ocurre por su cuenta. Al final acaba descubriendo que la impresora incorpora un chip que cuenta el número de impresiones totales y que bloquea el aparato cuando alcanza un máximo, aún cuando el aparato sigue funcionando bien. De esta forma, queda inservible y el usuario se ve obligado a comprar un aparato nuevo.

Esto es ciertamente un engaño en toda regla. No en todos los productos es así, pero podemos encontrar casos flagrantes como el citado. De hecho, la todopoderosa Apple tuvo que ampliar la garantía de las baterías de sus iPod cuando se descubrió que la compañía las había diseñado y fabricado para que se estropearan antes del tiempo máximo que otorgaba la garantía. En otras ocasiones se emplean materiales de baja calidad para que el aparato falle antes, o bien se sobrecaliente más de lo debido, produciendo un colapso que tarda más tiempo en verse.

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Es importante distinguir entre un fallo técnico de un producto concreto y las estratagemas de algunas empresas en hacer que dichos productos fallen: no todos lo hacen por una intención directa del fabricante. La producción en masa también ha hecho que los controles de calidad queden relegados a un segundo plano, o bien estos no se hayan desarrollado al mismo tiempo que el aumento de la producción, y es posible que un número mayor de productos que fallan se entreguen a la población, sin ánimo directo de la empresa para que se estropeen expresamente. Hay que comprender que la obsolescencia programada entraña un diseño del producto que debe fallar de forma deliberada, y eso sólo se puede determinar mediante una minuciosa investigación.

El segundo tipo de obsolescencia, como hemos mencionado antes, pasa por el propio consumidor, y es el hábito de desechar un producto por otro supuestamente más nuevo, y más barato que el que descartamos en el momento de la compra. Esto puede deberse a motivos intrínsecos (porque el televisor nuevo tiene mejores características que el que tengo), estéticos (porque ese Smartphone nuevo tiene un mejor diseño que el mío y es más bonito), de costumbre (porque tengo la manía de comprar siempre este tipo de aparatos ya que soy un forofo de los mismos), o lo que se nos ocurra (¡quiero comprarme esto y punto!). Los motivos poco importan, ya que fabricantes y consumidores han creado la necesidad (real o falsa) como un medio para que se produzca una compra.

Hemos asumido que necesitamos renovar un determinado producto aún cuando el que tenemos es de una generación anterior y sigue funcionando y haciendo su uso. ¿Por qué pasa esto? Porque la propia industria también se ha adaptado a esas preferencias y ha dado lo que la gente quiere: nuevos productos cada poco tiempo, con nuevo envase, nuevas características… y un precio más asequible que el que pagamos por lo que nosotros tenemos. Y sí, la sensación de que el TV, Smartphone o portátil que tenemos ahora es una antigualla, aunque sea de hace un año.

El usuario final se ha subido a la rueda del gasto y ha aceptado sin remisión que la obsolescencia programada es natural, y que es incluso hasta necesaria. Y con eso no sólo la tolera, sino que participa de manera activa y la incentiva. Esto se ve de forma muy clara en el terreno de los teléfonos móviles. Por declaraciones directas de profesionales del sector, me han explicado innumerables veces que las ventas de los teléfonos se basan más en cuestiones de apariencia que de necesidad real. Es decir, aparentar que tengo el mejor móvil, aunque no sepa usarlo correctamente. Esto a la larga trae muchas complicaciones al propio usuario, sobre todo si tiene poca idea de teléfonos, pero los propios vendedores entienden que es una forma de conseguir ventas. Hasta ese punto llega la obsolescencia programada: creando la necesidad de un aparato, de un bien, incluso cuando no la hay.

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Obsolescencia en informática

Ya hemos introducido el concepto de la obsolescencia planificada en relación a la informática con el ejemplo de la impresora. Como ése hay muchos más. Y no sólo eso, sino que en informática la programación de productos para su descarte es algo distinta al del resto de sectores. Llegados a este punto se nos plantea la duda de hasta qué punto el software deja obsoleto al hardware, o si es al revés. Es un debate amplio, y un tipo de obsolescencia que merece la pena investigar.

Somos conscientes de que un ordenador se queda desfasado en muy poco tiempo. Ya sabemos lo rápido que salen procesadores nuevos, tarjetas gráficas más potentes, o unidades de almacenamiento de alto rendimiento y capacidad. Esto ocurre continuamente, e industria y consumidor se han acostumbrado a esta situación. Pero, ¿quién ha provocado esta normalidad? En realidad todos somos responsables: la industria da al público lo que quiere (incluso aunque sea forzándolo a consumir), al tiempo en que el usuario demanda material y nueva información constantemente. Es el pez que se muerde la cola.

Está claro que el hardware se renueva a menudo, haciendo que su vida útil quede cuestionada incluso cuando el producto lleva muy poco tiempo en el mercado. En un ordenador se nota aún más, ya que la renovación se puede hacer por partes (procesador, placa, gráfica, etc.) y de forma totalmente independiente. De esta manera la descompensación se percibe antes de tiempo.

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A pesar de todo, hay que aclarar que no todos los cambios que se contemplan son fruto de la obsolescencia programada: en muchas ocasiones las tecnologías salen a la venta inmaduras por cuestiones de tiempo o presupuesto, y se mejoran con el tiempo. Otras veces el hardware es lo suficientemente potente como para que sea potenciado en un futuro mediante actualizaciones de software. Este ejemplo lo puede ilustrar el dispositivo Kinect de la Xbox 360, que tiene un gran potencial y, según palabras de Microsoft, puede hacer aún muchísimas cosas sin necesidad de desarrollar un aparato nuevo. Todo es cuestión de tiempo.

¿Sería posible que hardware y software saliesen depurados desde un principio? ¿Sería posible que la industria nos ofreciese de entrada un producto maduro y que fuese duradero? De entrada eso es imposible. Ni todas las plataformas de pruebas del mundo, ni todos los controles de calidad existentes, podrían asegurar que, por ejemplo, una tarjeta gráfica funcionase a la perfección desde el minuto cero de su puesta a la venta. Y esto es debido a que dicho hardware será comprado y probado en multitud de escenarios distintos, y sería una tarea titánica contemplar todas las posibilidades, por no decir imposible. Esto en cuanto a los posibles fallos de hardware; el software sigue otros derroteros.

Podemos tener una buena tarjeta gráfica, pero unos drivers poco pulidos que no la expriman al máximo; esto lo hemos visto en multitud de ocasiones. En ese caso, futuras actualizaciones pueden ir corrigiendo errores sobre la marcha, pero todos sabemos que éstas son por un tiempo limitado, hasta la aparición de la próxima gráfica, momento en el que tendrá prioridad el nuevo modelo lanzado al mercado.

Por lo tanto, lo que hay que tener en cuenta es que los fabricantes no siempre recurren a la obsolescencia programada en todos sus productos, ni tampoco es su intención que estos caduquen pronto. Por otro lado, es verdad que el devenir de la industria es imparable, y no subirse al carro supondría sucumbir en un mundo tremendamente competitivo. La continua renovación de productos informáticos es publicitado por parte de la industria como una mera cuestión de innovación, sin la cual la tecnología no avanzaría lo suficiente como para que se notasen dichos cambios. La demanda ha aumentado tanto que todos los productos se han diversificado; ahora, hay mucho de todo. En este sentido, generalizar sería un error, ya que tenemos compañías que realmente miman sus productos, otras que lanzan multitud de productos al mercado y tienen, por tanto, un alto índice de error, y otras que se centran en sectores de gama baja y que tienen por prioridad los bajos precios.

Es imposible saber si el hardware o el software van primero: un hardware puede ser potente, pero si no recibe actualizaciones de sistemas operativos o programas se convierte en una pieza inservible. Al mismo tiempo, si no hay hardware nuevo llega un momento en que al actual no puede sacársele más provecho. Pero seamos sinceros: eso casi nunca ocurre, ya que se abandona el hardware antes de que sea realmente inservible, o bien deja de funcionar antes de tiempo. Por lo tanto, un ritmo más pausado en el lanzamiento del hardware y una potenciación del mismo mediante software podría ser una buena manera de combatir la obsolescencia programada. Pero claro, eso no sería bueno para el negocio…

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Ventajas y desventajas de la obsolescencia programada

Este fenómeno es esencialmente negativo tal y como hemos podido ver, pero también tiene aspectos positivos. Como siempre, dependerá de nuestro punto de vista.

El verdadero motivo del origen de la obsolescencia programada es la necesidad de la industria de auto mantenerse: si no se venden productos que tengan una caducidad determinada, la gente no compra más, por lo que la economía se hunde. Esta técnica mantiene arriba el sistema en el que vivimos (independientemente de que estemos o no de acuerdo con él), ya que genera puestos de trabajo, beneficios globales, y fuerza la aparición de nuevos diseños.

Por otro lado, genera competitividad, ya que no hay fabricante que quiera quedarse en la retaguardia de la innovación. Es como una carrera: si corres solo sigues un ritmo propio y constante, y excepto que no tengas una motivación especial no sueles ir más allá, pero si alguien corre contigo siempre tenderás a esforzarte más; es algo fieramente humano. Gracias a esta tendencia podemos disfrutar de productos cada vez más nuevos, más potentes, más refinados y más específicos. Ésa es otra ventaja, ya que de esto deriva en niveles de producción muy elevados que abaratan los costes, de modo que conforme un producto se vende más, cuesta más barato con el paso del tiempo (aunque no dure mucho en las tiendas).

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Hasta aquí las ventajas. Enumerar qué hay de malo en la obsolescencia programada sería un no parar, pero nos vamos a centrar en varios aspectos básicos. El principal es la contaminación. Diseñar un producto para que su vida sea corta tiene como consecuencia directa que su desuso provoque el abandono del mismo por parte de su propietario. Si no decidimos darle una segunda vida a ese DVD desechado, o bien lo vendemos de segunda mano, puede acabar en un vertedero, con lo que eso conlleva. De igual forma, si un aparato se estropea y no se puede reparar, lo más frecuente es que se lleve a centros de desguace. Si tenemos suerte se pueden reutilizar las piezas y reciclar algunas partes, si no, seguramente se abandonarán en cualquier parte, o lo que es peor, se llevarán a vertederos del tercer mundo, donde grandes fabricantes depositan ahí viejos productos informáticos haciéndolos pasar por material de segunda mano.

Esta es una problemática que ya analizamos en su momento en este editorial, y que sigue generando controversia en la sociedad actual, cada vez más concienciada con el medio ambiente. Aún cuando empresas y gobiernos parecen seguir sus propios intereses a la hora de comprender y respetar el mundo que les rodea, la gran mayoría de las personas entiende que la generación de basura y su no reciclaje es un problema que nos afecta a todos por igual, porque en mayor o menor medida nuestras acciones nos son devueltas con el tiempo. Ahora comienzan a haber plataformas de reciclaje, y un tratamiento más adecuado de las basuras, pero queda un largo camino por recorrer, ya que la contaminación no sólo se encuentra en el proceso de abandono de un producto tecnológico…

Como vimos en aquel artículo, a la hora de crear un bien informático se contamina de una manera que el usuario final no puede controlar. Las fábricas contaminan lo indecible, empleando en su gran mayoría productos químicos altamente nocivos para nuestra salud y para el medio ambiente. Si no fuera porque la obsolescencia programada obliga a tener unos niveles de producción elevados lo cierto es que se podría prestar atención a lo que se cuece dentro de las fábricas. De todas formas no es excusa: los fabricantes deberían tener unos sistemas de reciclaje eficientes, e invertir en ellos, además de buscar técnicas para evitar toda la contaminación posible, ya que es algo no tan complicado de implementar como parece.

Otro punto negativo de la obsolescencia programada es el gasto económico que supone para el usuario. Ya sea de forma directa o indirecta, obliga a la compra de nuevos productos cada poco tiempo, y eso afecta directamente a nuestro bolsillo.

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Alternativas

Entendemos que la fabricación continuada de productos, hechos para no durar, es la base de la sociedad en la que vivimos, y poco se puede hacer contra eso. ¿El usuario final tiene voz y voto en esta realidad? ¿Qué podemos hacer para combatir la obsolescencia programada? ¿Existen alternativas?

A nivel práctico, el usuario siempre puede escoger. Nadie nos obliga a comprar nada. Nunca. Estamos hablando de productos de informática, y cada uno sabe perfectamente lo que necesita y lo que no. Por lo tanto, no dejarse llevar por el impulso, no comprar lo que no necesitemos, ni dejarse guiar por las modas son códigos de conducta que se pueden aplicar a cualquier consumidor medianamente razonable. Eso, en el fondo, lo determina todo, ya que las empresas obtienen sus beneficios de las ventas directas, así que aquí tenemos una manera individual y fácil de cambiar las cosas. El resto de alternativas son menos conocidas, y engloban tanto a fabricantes como a sociedad en general. Repasemos las tres principales.

Decrecimiento. ¿Alguien se ha parado en pensar por qué los beneficios, porcentajes, cifras, datos y otras referencias de la sociedad actual siempre tienen que crecer? ¿Por qué una empresa debe contentar a sus accionistas con incrementos de un tanto por ciento cada año, o si no dicha empresa puede entrar en crisis? ¿Por qué esto es así? Estamos en un sistema que entienden el crecimiento paulatino como un bien común, pero debemos tener en cuenta que los recursos del planeta, y el planeta en sí mismo, no son infinitos y, por lo tanto, la producción sin control, los deshechos y otros hechos perjudiciales deben contenerse. De ahí viene el término decrecimiento: contener el crecimiento de manera que éste sea 0. En pocas palabras: vivir más con menos.

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El término comenzó a cobrar fuerza en los 90 por grupos ecologistas, pero entra en conflicto directo con el capitalismo agresivo actual, ya que un crecimiento 0 implica menos beneficios, y eso ya sabemos que no contenta a los poderes de facto.

Desarrollo sostenible. Éste es el término más conocido. El progreso y el desarrollo tienen un coste humano, económico y ecológico que ha de ser visto en conjunto, no de forma separada. El desarrollo sostenible se acoge a la premisa de que los recursos naturales no son infinitos, y que en la elaboración, desarrollo y deshecho de los productos, en el crecimiento de la sociedad actual, hay cabida para una conciencia global. Es decir, pensar en las generaciones futuras.

La obsolescencia programada ha provocado que las producciones sean bestiales, y se generen residuos como si no hubiese mañana. Pero sí lo hay, y pensar en lo que les dejaremos a nuestros nietos es algo que no podemos pasar por alto. El desarrollo sostenible comprende tres reglas: ningún recurso natural puede ser explotado a un ritmo mayor que su generación, ningún contaminante podrá ser generado a un ritmo superior al de su reciclado, y ningún recurso no renovable deberá aprovecharse a mayor velocidad de la necesaria para sustituirlo por un recurso renovable utilizado de manera sostenible.

De la cuna a la cuna (“cradle to cradle”). Con este sistema se propone que la eficiencia, reciclaje y respeto por el medio de un producto sean priomordiales desde su concepción, de forma que el balance final sea siempre positivo. Por ejemplo, crear un edificio desde sus cimientos para que emplee luz ambiental, ventilación natural y otros sistemas que sean totalmente renovables, y no andar mejorando los aires acondicionados o calefacciones con sistemas más eficientes energéticamente. En esto ganamos todos.

El concepto “de la cuna a la cuna” comprende tres parámetros: aprovechamiento de la energía que llega en este momento al planeta (la solar, en lugar de la almacenada hace tiempo, como los combustibles fósiles), cierre completo de los ciclos de materiales (que el producto que se crea sea, desde su concepción, totalmente reciclable, de manera que se reintegre en el ciclo natural tras su descarte), y celebrar nuestra influencia en el planeta (el destino del ser humano no es existir para perjudicar al planeta ni al resto de especies, y hemos de creernos esto porque desde esta óptica no se hace nada constructivo. Cambiar el sentido de nuestro paso por el planeta aún es posible).

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Conclusiones finales

Se trata de un tema delicado, y lo es porque nosotros, como usuarios, no tenemos el control de esta gran cadena que es la sociedad de consumo en la que nos hallamos. Empresas, intermediarios y consumidores siguen teniendo en mente conceptos de hace siglos, en los que la creencia ciega de que el planeta era una fuente inagotable de recursos era algo natural. Ahora tenemos más conocimientos, pero no los aplicamos, o lo hacemos muy lentamente y de forma poco eficiente. Y hay cosas, como el calentamiento global o la salud de las personas que no admiten más demoras.

La obsolescencia programada ha demostrado ser una consecuencia directa del sistema de producción actual: compramos, dicha compra dura poco tiempo, se desecha, y luego volvemos a comprar. En principio eso parece que salva a la economía de la quiebra, que conserva puestos de trabajo, que favorece la competitividad y que impulsa la innovación. ¿Pero es esto siempre así? Desde luego que no.

Diseñar un producto para que no dure lo que debería, o para que deliberadamente falle o sea poco resistente, es pensar que los consumidores siempre tendrán recursos para comprar, y que el planeta podrá tragar toda la basura que generemos con los productos que ya no sirvan. Y eso es una gran falacia. Si cada vez hay más productos, más personas, más ganancias, más abundancia, más basura…, si todo tira hacia arriba, hacia el crecimiento incontrolable, llegará el temido momento del colapso, y esperemos no estar aquí cuando llegue. Sólo hay que echar un vistazo por la red para ver cómo son los grandes vertederos de basura electrónica del tercer mundo para darnos cuenta de que la situación es más grave de lo que creemos; que nadie caiga en el error de que porque no pasa al lado de nuestra casa es menos importante, o que simplemente no hay problema.

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Evitar la obsolescencia programada no es cosa de un solo individuo: por desgracia, un fenómeno como éste, que lleva entre nosotros desde hace tanto tiempo, se ha implementado en la industria de tal forma que el usuario final poco puede hacer para evitarlo, pero no es así siempre… Como compradores podemos combatir el excesivo consumismo y la excesiva producción de desechos, y todo eso empleando el arma más poderosa de la sociedad actual: nuestro dinero.

Informarnos bien, leer artículos explicativos de los productos que vamos a comprar, y escoger lo mejor posible. No hay nada que nos asegure el tanto, pero podemos comparar, seleccionar y tratar de hacer la mejor elección. Si hay cualquier problema, las leyes aseguran una garantía, y en la medida de lo posible lo aconsejable es llevar los productos a reparar. Si lo sustituyen por uno nuevo eso ya escapa a nuestro control, pero siempre que se pueda deberemos exigir una reparación. Si pasa el tiempo de garantía y el aparato se estropea, valoremos si lo seguimos necesitando antes de comprar otro de forma inmediata.

Huelga decir que dar una segunda vida a aparatos que están socialmente obsoletos pero que siguen funcionando es una buena forma de combatir la obsolescencia programada, ya sea cediéndolos de segunda mano, dándoles un uso distinto, o bien reciclándolos como es debido.

Por lo demás, esperemos que la sociedad actual se dé cuenta de que el ritmo actual de producción es insostenible, y que tarde o temprano afectará al primer mundo de una manera que no podemos prever. Estamos a tiempo de promulgar un crecimiento sostenible, o bien de rediseñar los sistemas de producción actuales para que los artículos que se creen sean reciclables en su totalidad. Si insistimos en esto, si hablamos de estos temas continuamente, si nos preocupamos y lo denunciamos, aunque sea por pura corrección social, las empresas acabarán cambiando sus sistemas. Recordemos que como consumidores podemos hacer mucho, porque un grano de arena puede parecer poco, pero juntos alzamos montañas. No olvidemos eso jamás.

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Documental


link: http://www.youtube.com/watch?v=UkqdcBww1SU

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4 comentarios - Obsolescencia Programada(vida util de lo que compramos)

@LAUTATO
La PS2 vieja ose la grande la que no es slim esta programada para que se rompa....
que bronca me dio cuando la lleve a arreglar y me dijo que estaban programadas para que se rompan en un lapso de tiempo....
Buena info +10