Anécdotas del maestro - parte tres

Anécdotas del maestro - parte tres

cuentos

Le preguntaron al Maestro qué pensaba él de los avances de la tecnología moderna. Y ésta fue su respuesta:
Un profesor bastante distraído llegaba tarde a dar su clase. Saltó dentro de un taxi y gritó:
« ¡Deprisa!
¡A toda velocidad!»
Mientras el taxista cumplía la orden, el profesor cayó en la cuenta de que no le había dicho adónde tenía que ir.
De modo que volvió a gritarle: « ¿Sabe usted adónde quiero ir?»
«No, señor», dijo el taxista, «pero conduzco lo más rápido que puedo»

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historia

El predicador no compartía la opinión del Maestro acerca de nuestra dependencia de Dios.
«Dios es nuestro Padre», decía, «y nunca dejamos de estar necesitados de su ayuda».
«Cuando un padre ayuda a su hijo pequeño», dijo el Maestro, «todo el mundo sonríe; cuando ayuda a su hijo ya crecido, todo el mundo llora».

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Anécdotas del maestro - parte tres

«El mundo moderno está padeciendo de una creciente anorexia sexual», dijo el psiquiatra.
« ¿Y eso qué es?», preguntó el Maestro.
«Pérdida del apetito sexual».
« ¡Eso es terrible!», dijo el Maestro.
« ¿Y cómo se cura ?»
«No lo sabemos. ¿Lo sabes tú?»
«Creo que sí».
« ¿Cómo ?»
«Haciendo que el sexo vuelva a ser pecado», dijo el Maestro con una maliciosa sonrisa.

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maestro

«Permíteme explicarte la Buena Noticia que mi religión proclama», dijo el predicador.
El Maestro era todo oídos.
«Dios es amor, y nos ama y nos recompensa eternamente si cumplimos sus mandamientos».
«'¿Sí...?'», dijo el Maestro.
«Entonces esa noticia no es tan buena, ¿no crees?»

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Cuando el predicador volvió sobre el tema de la Buena Noticia, el Maestro le interrumpió:
« ¿Qué clase de Buena Noticia es esa», preguntó, «que hace tan fácil ir al infierno y tan difícil ganar el cielo?»
El Maestro no era ajeno, ciertamente, a cuanto ocurría en el mundo.
Cuando le pidieron que explicara uno de sus aforismos preferidos, «No hay nada bueno ni malo; es el pensamiento el que lo determina», esto fue lo que dijo:
« ¿No habéis observado que lo que la gente llama 'congestión' en un tren, se convierte en 'ambiente' en una discoteca ?»

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Anécdotas del maestro - parte tres

Un día, el Maestro dio una conferencia sobre El peligro de la religión, en la que, entre otras cosas, afirmó que las personas religiosas emplean con demasiada facilidad a Dios para encubrir su propia pequeñez y egoísmo.
Aquello provocó una enérgica réplica por parte de un centenar de dirigentes religiosos, que escribieron sendos artículos, con los que hicieron un libro, para refutar las palabras del Maestro.
Cuando éste vio el libro, se sonrió y dijo: «Si lo que he dicho no es cierto, habría bastado con un solo artículo».

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Cuando uno de los discípulos cometió una grave equivocación, todos esperaban que el Maestro le aplicara un castigo ejemplar.
Pero cuando, transcurrido un mes, vieron que no pasaba nada, uno de los discípulos le manifestó al Maestro su desacuerdo: «No podemos ignorar lo sucedido. A fin de cuentas, Dios nos ha dado ojos...»
«Sí», replicó el Maestro, «y también párpados».

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Cuando le preguntaron por qué nunca discutía con nadie, el Maestro contó la historia de un viejo herrero, el cual le confió a un amigo que su padre, herrero como él, siempre había querido que su hijo siguiera su misma profesión, mientras que la madre abrigaba la ilusión de que su hijo fuera dentista. « ¿Y quieres que te diga una cosa?: estoy encantado de que mi padre se saliera con la suya, porque, si hubiera sido dentista, me habría muerto de hambre. Y puedo demostrártelo».
« ¿Cómo?», preguntó el amigo.
«He estado en esta herrería durante treinta años, y en todo ese tiempo ni una sola vez me ha pedido nadie que le sacara una muela».
«Esta misma es --concluyó el Maestro-- la lógica que subyace a las discusiones. Cuando ves algo con claridad, ya no tienes necesidad de lógica alguna».

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Anécdotas del maestro - parte tres

«¿Por qué estás siempre rezando?», preguntó el Maestro.
«Porque la oración alivia mi mente de una enorme carga».
«Desgraciadamente, eso es lo que la oración suele hacer…»
« ¿Y qué tiene de malo?»
«En primer lugar, que te impide ver quién puso allí esa carga», dijo el Maestro.

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«Escucháis», dijo el Maestro, «no para descubrir nada nuevo, sino para dar con algo que confirme lo que pensáis. Discutís, no para hallar la verdad, sino para defender vuestra manera de pensar».
Y contó la historia de aquel rey que, al pasar por una pequeña ciudad, vio que por todas partes había señales de la presencia en ella de alguien dotado de una asombrosa puntería: en árboles, vallas y paredes había infinidad de dianas con un agujero de bala en el mismísimo centro. Cuando quiso que le presentaran a tan extraordinario tirador, éste resultó ser un muchacho de diez años.
« ¡Es increíble!», dijo el rey asombrado. « ¿Cómo demonios lo haces?»
«Es muy fácil, Majestad», le respondió. «Primero disparo, y luego dibujo la diana».
«Lo mismo hacéis vosotros: primero sacáis vuestras conclusiones, y luego construís en torno a ellas vuestras premisas», dijo el Maestro. « ¿Acaso no es así cómo os las ingeniáis para aferraros a vuestra religión o a vuestra ideología ?»

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