Luna de miel en las Islas

Luna de miel en las Islas

A menos de dos meses de la guerra, ninguna Bandera albiceleste flameaba en las Islas Malvinas. Los kelpers trataban a los argentinos con mucho respeto.

Luna de miel en las Islas


Hacía varios meses que juntábamos peso sobre peso para darnos el gusto. Un crucero a las Islas Malvinas en el Federico “C” para el viaje de bodas.

El barco partió del puerto de Buenos Aires el lunes 1° de febrero de 1982. Apenas subimos al barco, nos asignaron la mesa que nos tocaría en la cena durante todo el viaje. Esa primera noche conocimos a Lila y a Pirincha, dos amigas a punto de jubilarse. Lila, que trabajaba en el Ministerio de Economía de la Nación, era soltera, alta y desgarbada, morocha, pelo corto y enrulado, de gesto adusto y pocas palabras. Pirincha, viuda de un militar muy adinerado y sin hijos, profesora de Música en la secundaria, era bastante más baja, el cabello un tanto desprolijo pero muy dicharachera.

Después de nueve días de navegar y hacer escalas y excursiones en Río Gallegos y Puerto Madryn, en un atardecer espléndido, pudimos divisar las primeras luces de Ushuaia. Cuando nos alojamos en el hotel, un fabuloso arco iris cubría el cielo de la ciudad más austral. En una gran sala de estar, el piano de cola pareció haber estado esperando la llegada de Pirincha, quien empezó a tocar y cantar. “Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar ¡Las Malvinas, argentinas!, clama el viento y ruge el mar...”
Había un grupo de 20 a 25 argentinos a los que Pirincha había apalabrado para realizar una manifestación cuando arribáramos a Malvinas.

En la cena, el capitán tomó el micrófono y formuló una advertencia: “Señoras y señores, en especial a los argentinos, tengo que decirles que cuando lleguemos a Malvinas, izamos las banderas de Italia (nacionalidad del Federico “C”) y de Inglaterra porque los italianos reconocen a esas islas como territorio británico. Por eso les pedimos a los argentinos que no vayan a realizar actos o acciones que nos generen un incidente internacional con el Reino Unido”.

Y llegó el viernes 12 de febrero. El Federico “C” se detuvo a pocos kilómetros de las Islas. Era un día espléndido. Bajaron las lanchas. Íbamos alrededor de 30 personas en cada una.
El viento, insoportable y permanente, por momentos impedía tener abiertos los ojos. Estábamos en Puerto Stanley (Puerto Argentino). Un vetusto cañón con base de cemento y un monumento con una carabela en la punta nos dieron la bienvenida. A pesar del viento y la tierra, llamaba la atención la limpieza. No había un solo papel en las calles.

Los kelpers, que algunos los pintaban como “cucos”, eran muy amables. La mayoría era gente de edad o matrimonios jóvenes con hijos pequeños, todos rubios y de ojos claros. Con cuatro horas era suficiente para ver todo. En la iglesia anglicana nos impactó un órgano de viento con tubos enormes que trepaban hacia los techos. La contracara de ese templo fue el de la Iglesia Católica. “Nosotros tenemos cuatro o cinco fieles”, nos dijo el cura para justificar lo humilde de la capilla.

El viejo almacén. La única proveeduría de la Isla funcionaba en un gran galpón de ramos generales donde se conseguían víveres, alimentos, herramientas y hasta implementos de labranza.
Estuvimos en una casa de té que funcionaba en el living de una vivienda muy amplia habitada por una anciana. Una mujer chilena de impecable atuendo blanco nos sirvió té en hebras. “Soy la única chilena acá. Hasta hace poco hubo un matrimonio argentino que daba clases de castellano en la escuela, pero no pudieron soportar el clima y la soledad”, explicó.

Un pub era el lugar de esparcimiento. La única diversión era tomar cerveza y escuchar música.
Si algo caracterizaba el pueblo por entonces, eran las flores, jardines multicolores abonados con turba (carbón vegetal) fresca que transmite mucha humedad. Pudimos ver varios gatos, pero ningún perro (no soportaban el clima).

Nos llamó la atención que en la planta de YPF (por entonces era empresa estatal argentina) no hubiera una sola bandera argentina. Todas las leyendas en las instalaciones estaban escritas en inglés. Lo mismo observamos al pasar por la oficina de Lade (Líneas Aéreas del Estado). La única bandera que vimos flamear fue la inglesa, a pocos metros de la residencia del gobernador a la que se ingresaba después de atravesar un gran espacio verde. El frente de la mansión blanca de techos verdes tenía dos ambientes vidriados con rejas metálicas blancas.

Cuando volvimos al barco, Pirincha no volvió a hablar del tema.

Pasaron 50 días hasta que los dictadores de turno decidieran la invasión. Uno de los justificativos para tomar el archipiélago fue que los kelpers habían quemado una bandera argentina de Lade. Burdas mentiras. Pero claro, en la guerra, la primera víctima es la verdad.

0 comentarios - Luna de miel en las Islas