En el año 1959 el matrimonio de Ruth y Elliot Handler, dueños de la empresa de juguetes Mattel, crearon la muñeca Barbie. Eligieron ese nombre en honor a su pequeña hija. El producto fue un éxito sin precedentes en esa rama de la industria. El resto, ya se sabe, sólo son efectos colaterales. Consecuencias más o menos dramáticas que nadie mide. Fenómenos inobservables para quienes sólo tienen ojos para los números de las ventas y la poderosa cadena de las utilidades.

La humanidad ha tenido una larga tradición en construir muñecas como modelos ideales. El origen griego de la palabra “muñeca” es eiddon, que significa ídolo. Así se construye un estereotipo. Pero, ¿para qué sirve un estereotipo?

1. Clasifica y señala a las personas según la desviación respecto de él.

2. Nos permite extraer información rápidamente con unos pocos datos.

3. Es una ruta segura para el prejuicio y la discriminación.

La dulce Barbie se constituyó en un modelo de mujer. Un estereotipo de “rubia tarada” a la que millones de niñas en el mundo ubicaron en su horizonte sin formularse demasiadas preguntas. No está mal. Uno no elige lo que desea ser. Un complicado azar de razones no concientes y los vapores tóxicos de la atmósfera cultural en la que vive le ponen delante de las narices modelos a seguir, incluso cuando resulten peligrosos o inalcanzables.

Barbie ha acompañado, como un involuntario faro de plástico, el derrotero de las transformaciones del cuerpo de la mujer. En 1.951 Miss Suecia medía 1.58 m y pesaba 60 kilos, pero en 1983 ya medía 1.79 m y pesaba 44 kilos. Hace 20 años las modelos pesaban 8% menos que la mujer promedio norteamericana, pero actualmente, pesan 23% menos. Lentamente las distancias entre la muñeca y las mujeres reales se acortaban sensiblemente.

A medida que los años pasaban la muñeca era vestida por los diseñadores de ropa más famosos del mundo, ofrecía toda clase de accesorios y merchandaising y hasta presentaba en sociedad a Ken, su bellísimo novio.

El fenómeno Barbie llamó la atención a muchos investigadores. Es así que se realizaron estudios que elevaron el modelo de cuerpo de la muñeca a dimensiones humanas lo que deparó curiosas conclusiones antropométricas.

La “Barbie humana” mediría 1.80 m, pesaría 49 kilos y sus medidas serían 95-45-82.

Una mujer real debería sufrir algunas transformaciones para adecuarse a ese modelo:

* Crecer 60 cm por encima de la estatura promedio.
* Alargar su cuello 8 cm.
* Reducir el perímetro de su cintura 15 cm.
* Incrementar la medida del busto en 13 cm.

Un hombre real necesitaría para responder al modelo Ken:

* Crecer 50 cm
* Engrosar el cuello 20 cm
* Aumentar el perímetro del tórax 30 cm

Para lograr estas transformaciones habría que encontrar soluciones a algunas barreras fisiológicas que impone la anatomía humana normal.

* Vencer la resistencia ósea y muscular.
* El intestino no entraría en un abdomen tan estrecho por lo que sería necesario cortarlo.
* Eso ocasionaría permanentes diarreas, síndrome de malabsorción y desnutrición crónica.

Se calcula que –incluso apelando a cirugías mutilantes- sólo unas 100 personas, entre los 6000 millones que hoy habitan el planeta, podrían lograr estos objetivos. Esa probabilidad es para un cuerpo Barbie de 1 en 100.000 personas y para Ken –algo más realista- de sólo 1 en 50.

Desde este punto de vista podría afirmarse que Barbie es un “monstruo” muy alejado del modelo antropomórfico que se supone representa.

Es verdad que somos una encrucijada entre biología y cultura, que la conducta reconoce importantísimos condicionantes en la historia personal y en el ambiente. Pero –aunque a muchos subjetivistas extremos les disguste- no es posible olvidar los componentes biológicos que, como especie, también tenemos las personas. Una de las funciones elementales de la apariencia física es participar en el complejo juego de atracciones y rechazos que organiza la conducta sexual y la reproducción. Los mamíferos suelen exhibir sus atributos reproductivos como señales somáticas de su habilidad para engendrar cría. Las hembras: sus anchas caderas que muestran su potencial para albergar un embarazo y alejan la posibilidad de la distocia ósea pélvica o sus pechos prominentes que anuncian su capacidad de alimentar a la cría. Los machos: su potencia muscular y su coraje que indican su habilidad para aprovisionar y defender a la “familia” durante el prolongado período de vulnerabilidad que el cuidado de una cría inmadura demanda.

Cuando la pregunta ¿soy bella? tiene una respuesta muy distinta de la pregunta ¿soy normal?, algo comienza a estar en riesgo.

Lo paradójico del arquetipo femenino de nuestros días es que todas las señales que exaltan la condición femenina se intentan borrar al quedar incluidas en una percepción ampliada de la obesidad. En el mismo sentido es necesario destacar que, sometidas a dietas restrictivas hasta el exceso, las jóvenes alteran rápidamente sus ejes hormonales sexuales como una de las primeras consecuencias endócrinas de la privación de alimento. Como aclara la Dra. Mónica Katz en su extraordinario libro “No dieta” (Libros del Zorzal, 2008), no es que se afirme que la reproducción y la maternidad sean las únicas opciones de la mujer. Pero, buscando asemejarse a aquellas que se supone ostentan el mayor poder de atracción sobre los hombres, se transforman en seres que disuelven sus caracteres sexuales secundarios y, por si ello no alcanzara, se tornan estériles y con serio deterioro de la libido.

Mientras la población del mundo engorda, las y los modelos adelgazan y la sensación de perpetua frustración respecto del cuerpo ideal crece geométricamente. Los íconos clásicos de la feminidad, el deseo y la fertilidad hoy sería considerados obesas despreciables. Desde la Venus de Willendorf hasta Marilyn Monrroe, ninguna aprobaría la selección para una agencia de top models o un programa de TV.

Como tantas otras veces abundan las perspectivas teóricas desde las que analizar este fenómeno. Existen numerosos trabajos que desarrollan sus hipótesis con mayor o menor profundidad. Pero se mencionan muy poco los componentes biológicos de la conducta y la perspectiva evolutiva de la especie como fundamento. Es curioso que quienes tanto temen a la biologización del comportamiento humano no perciban que la psicologización es también una forma de reduccionismo.

Casi siempre los modelos resultaron inalcanzables. Fueron metas que señalaban el camino de la preservación de la especie y orientaban el comportamiento en esa dirección. Lo sorprendente es que algunos de nuestros modelos actuales conspiran contra esa función básica de la biología evolutiva. Tal vez sea ésta la primera oportunidad en que en el camino de cruces e interacciones permanentes entre biología y cultura estemos ante el riesgo concreto de una trágica colisión.

Fuente: http://www.intramed.net/actualidad/not_1.asp?contenidoID=54841