Menos estudiado que el miedo y la tristeza, es la emoción de moda entre los psicólogos evolutivos. Investigaciones recientes exploran cómo define la sociabilidad humana.


El asco, la Cenicienta de las emociones.

El asco es la Cenicienta de las emociones. Mientras que el miedo, la tristeza y la ira, las hermanas feas y vistosas, han atraído la atención deslumbrada de los psicólogos, el pobre asco quedó oculto en un rincón, perdido entre las cenizas.

Pero no más. El asco está teniendo su momento de gloria en tanto los científicos descubren que va mucho más allá de causar una sensación de malestar en el estómago. Por ejemplo, protege a los seres humanos de las enfermedades y los parásitos, y afecta prácticamente todos los aspectos de las relaciones humanas, desde el romanticismo hasta la política.

En varios libros nuevos y en una corriente inagotable de papers , toda clase de investigadores están analizando la evolución del asco y su función en las actitudes hacia la comida, la sexualidad y hacia los demás.

Paul Rozin, un psicólogo que es profesor emérito en la Universidad de Pensilvania, Estados Unidos, y pionero en la investigación moderna sobre el asco, comenzó a investigarlo con algunos colaboradores en los años 80, cuando el asco estaba lejos de ser un tema dominante. “Era siempre la emoción que quedaba fuera –dice–. Ahora está de moda”.

El asco es más que una reacción ante la putrefacción y excrementos. “El asco está en nuestra vida cotidiana –señaló hace unas semanas la epidemióloga inglesa Valerie Curtis, de la Escuela de Higiene Pública y Medicina Tropical de Londres, en una conferencia realizada en Alemania–. Determina nuestros hábitos de higiene. Determina cuánto nos acercamos a las personas. Determina si damos un beso, con quién vamos a tener sexo, junto a quién vamos a sentarnos. Determina a qué personas hemos rechazado y eso es algo que hacemos constantemente. Es mi emoción favorita.” Comienza temprano. “Los niños en el patio de juegos acusan a otros niños de tener piojos –continuó Curtis–. Y funciona. Las personas sienten vergüenza cuando se las ataca por este lado.” En algunos estudios se ha sugerido que las personas con opiniones políticas más conservadoras son más propensas al asco que los progresistas. Y es evidente que aquello que para muchos resulta desagradable, también es considerado inmoral.

Esto incrementa la popularidad del asco como tema de la investigación básica destinada a establecer que es más fácil borrarlo de una manera ética que a la ira o el miedo. No hace falta insultar a alguien o hacer que tema por su vida: un mal olor basta. También ha sido bastante fácil localizar el asco en el cerebro, donde frecuenta la corteza insular (ubicada en la superficie lateral del cerebro), la amígdala y otras regiones.

“Está empezando a ser una emoción modelo”, indica el psicólogo especialista en moral Jonathan Haidt de la Universidad de Virginia, pionero en materia de asco junto con Rozin.

Probablemente la investigación de este asunto tenga beneficios prácticos: entre otros, claves para el trastorno obsesivo compulsivo, donde algunos aspectos –como lavarse excesivamente las manos– constituyen una suerte de asco desbocado. A la inversa, otros científicos se proponen inspirar más asco ante la suciedad y los gérmenes para promover el lavado de manos y mejorar la salud pública. Curtis participa en iniciativas que se llevan a cabo en África, India e Inglaterra para analizar lo que define como “la capacidad de tratar de asquear a la gente”. Un eslogan que pareció dar resultado en Inglaterra para conseguir que las personas se lavaran las manos antes de salir del baño fue “No se lleve el baño puesto”.

No es que el asco haya sido totalmente ignorado anteriormente. Charles Darwin abordó el tema en La expresión de las emociones en el hombre y los animales. El biólogo inglés describió la cara de asco, documentada por Guillaume-Benjamin Duchenne en su clásico estudio de los gestos faciales de 1862, como si expulsáramos alguna sustancia de gusto horrible por la boca. Darwin escribió: “Nunca había visto el asco expresado de manera tan directa como en la cara de mis bebés a los cinco meses al ponerles, por primera vez, un poco de agua fría, y nuevamente un mes más tarde, al ponerles un trozo de cereza madura en la boca”.

Su libro no contenía imágenes de bebés, pero afortunadamente YouTube tiene numerosos videos de infantes probando limones.

Los seres humanos somos complejos, por supuesto, como lo demuestra la conducta de los padres que dan limones a sus bebés y registran su aflicción en video, aunque la expresión facial que genera el limón no es exactamente la del asco adulto.

De todos modos, suele aceptarse en general que el asco evolucionó en parte para no llevarse a la boca cosas tóxicas, una idea ya adelantada por Rozin. Junto a sus colegas, este psicólogo desarrolló la idea de que la evolución humana continuó ampliando el asco hasta incluir otras formas, una de ellas basada en el disgusto ante los elementos que recuerdan la naturaleza animal de los humanos. El sexo, la muerte, las heces y los alimentos podridos tenían en todos los casos un tufillo a animalidad.

Existen muchas variaciones en cómo ven actualmente el asco los científicos, pero un enfoque nuevo de los psicólogos evolutivos se planteó recientemente en la revista The Philosophical Transactions of the Royal Society B: Cómo evitar la enfermedad: desde los animales hasta la cultura y en la conferencia “La evolución del asco” realizada en Bielefeld, Alemania.

Curtis resaltó el asco sobre todo como una adaptación para evitar microbios y parásitos causantes de enfermedades que involucran no sólo el gusto y el olfato sino también la vista y el tacto. Los orígenes animales del asco involucran todas las formas que tienen las enfermedades de propagarse, como por ejemplo las pulgas, de modo que hay toda una variedad de signos de enfermedad y tipos de asco.

Bajo este paraguas evolutivo subsiste, no obstante, la duda sobre los tipos de asco que existen. Haidt, Rozin y Clark McCauley de Bryn Mawr College relevan nueve ámbitos distintos de asco para los estadounidenses. Curtis, en cambio, propone siete categorías. Joshua Tybur de la VU University de Amsterdam propuso tres ámbitos del asco, tres programas psicológicos separados, para evitar enfermedades, para elegir pareja y en relación al juicio moral.

“Las personas que son sensibles a un tipo de asco no necesariamente lo son a otro”, cuenta. Por ejemplo, sus investigaciones indicaron que las personas con ideas políticas conservadoras sentían más asco respecto a temas sexuales pero eran iguales a los progresistas en materia de evitar enfermedades y respecto del juicio moral.

De todos modos, no siempre resulta fácil decir en qué ámbito encaja una forma de asco, y no hay razón de que no actúe más de uno al mismo tiempo, ante el estímulo indicado. El asesino serial estadounidense Jeffrey Dahmer, apodado “el carnicero de Milwaukee, mataba y comía a las personas con las que tenía sexo.

Los científicos también han intentado detectar detalles sobre los mecanismos y el valor del asco en la evolución. Daniel Fessler, antropólogo del Centro para el Comportamiento, la Evolución y la Cultura en la Universidad de California, Los AÁngeles, invesigó con sus colegas por qué las mujeres embarazadas eran más sensibles al asco.

Lo que descubrieron fue que cuando subían los niveles de progesterona, también aumentaba su sensibilidad al asco. Esto se daba en el primer trimestre del embarazo, cuando el desarrollo fetal tenía los efectos más terribles.

En trabajos muy recientes, dice Fessler, los científicos constataron que el nivel de asco aumenta con los niveles de progesterona aun en mujeres que no están embarazadas y no tienen náuseas.

Una importante función de la progesterona, cuenta Fessler, es que aplaca una parte del sistema inmune de alerta temprana, la inflamación, que podría impedir que el embrión, o sea el óvulo fecundado, se implantara en la placenta. “El embrión de ocho células en realidad destruye tejido al instalarse –indica este investigador–. Librado a sí mismo, el sistema inmunológico materno destruiría al óvulo fecundado”. Por eso, él y sus colegas piensan que, como el organismo disminuye un tipo de protección, aparece el asco, que es otra clase de defensa.

Sean cuales sean las sutilezas relativas al asco, lo cierto es que su poder a la hora de afectar el comportamiento es indiscutible, y que ese poder debe ser bien utilizado. Por eso, en uno de sus proyectos, Valerie Curtis trabajó con el organismo de relaciones públicas de India para idear una campaña basada en el asco para alentar a las madres a lavarse las manos en los pueblos pequeños, donde pueden llegar a morir gran cantidad de niños a causa de la diarrea y otras enfermedades.

El resultado, que está siendo testeado en este momento, es una publicidad con dos personajes: uno es la supermamá y el otro un hombre sucio y desagradable. El hombre fabrica golosinas con barro y gusanos, se detiene en el medio de la actuación para salir corriendo porque tiene diarrea, no se lava las manos y hace todo lo posible por generar repulsión.La supermamá, en cambio, es escrupulosamente limpia. La publicidad deja bien claro que sus hijos no se enferman. Es más, su bebé crece y llega a ser médico. Ella le lava las manos todo el tiempo.

La importancia de la diarrea en la publicidad no es casual. Una de las cosas que descubrió estudiando el asco, confiesa Curtis, es que nos hace tomar conciencia de lo importante que es hablar de aquello que nos produce asco, porque a menudo representa un peligro para la salud pública.

“¿Qué es peor?”, pregunta Curtis. “¿Hablar del tema o que mueran niños?”.




¡Saludos!