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misterios sin resolver

a continuacion les presentare misterios que hasta el momento no tienen respuesta

El Manuscrito Voynich: Un Código Por Descifrar

¿Quién fue el autor del misterioso manuscrito Voynich? En los años veinte alguien pareció haber dado con la solución, pero hay que preguntarse si el manuscrito reveló verdaderamente sus secretos.

Muy pocas personas dudaron del profesor Newbold cuando, en 1921, anunció que el misterioso manuscrito Voynich era un tratado escrito por el filósofo y científico del siglo XIII Roger Bacon, y que contenía información científica avanzada enmascarada por un complejo código que Newbold pretendía haber descifrado. Sin embargo, 10 años después un antiguo colega suyo, el profesor John Manly, publicó una crítica que demostraba que sus argumentos dejaban mucho que desear.

La primera objeción de Manly se refería al proceso «anagrámico» seguido por Newbold para llegar a su texto final en latín. Resaltó que a partir de cualquier línea podía obtenerse diversos anagramas, cada uno con un significado distinto, violando con ello la regla de oro según la cual sólo puede admitirse una solución para un pasaje dado. La construcción de anagramas es un pasatiempo antiguo; así, por ejemplo, el saludo del ángel a la Virgen María en la Anunciación expresado en latín (Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum) constituyó desde antiguo para los estudiantes una fuente de devotos juegos con anagramas. A pesar de contener únicamente 31 letras, la frase permitió obtener, por una parte, 3.100 anagramas en prosa y un poema acróstico; por otra, 1.500 versos pentámetros y hexámetros, y por otra, una Vida de la Virgen compuesta en 27 anagramas.

Por comparación, Newbold «anagramó» el supuesto texto de Bacon en bloques de 55 o 110 letras, dando pie con ello a miles de posibles traducciones. Sin embargo, Manly se preguntó si Newbold se hallaba de verdad en el buen camino. Al examinar el texto por medio de una lupa, no consiguió ver el manuscrito secundario en «taquigrafía» que Newbold había visto; lo único que vio fue que el pergamino se había rajado y dañado con el tiempo, desfigurando los caracteres en tinta primitivos y originando pequeñas líneas y garabatos.

En cuanto a las pruebas tipo, entre ellas la de la nebulosa de Andrómeda, de la que Newbold pretendía no saber nada hasta que leyó el texto de Voynich: sin poner en duda la honestidad del profesor, Manly sugirió que, siendo como era un gran lector, seguro que conocía ya la nebulosa; según él, Newbold «fue víctima de su propio e intenso entusiasmo y de su cultivado e ingenioso subconsciente».

El trabajo era concluyente. «En verdad, no sabemos cuándo ni dónde fue escrito el manuscrito, ni siquiera el lenguaje de base del cifrado –escribió Manly–. Cuando se apliquen las hipótesis correctas, quizás descubramos que el código es simple y sencillo.»


Un Gran Desafío

Una vez apagados los ecos de las declaraciones de Manly, el tema no volvió a suscitarse durante muchos años. Sin embargo, muchos especialistas continuaron trabajando privadamente con el manuscrito (considerado, con razón, como el mayor desafío al que jamás se habían enfrentado). En 1943 un abogado de Nueva York se atrevió a proponer una solución, un confuso texto en latín lleno de incongruencias. Dos años después un destacado investigador del cáncer, el doctor Leonell C. Strong, creyendo quizás que su reputación en el campo profesional era suficientemente sólida como para afrontar los mayores reveses académicos, pretendió haber transcrito con éxito ciertos pasajes médicos.

Anunció que no se trataba de una obra de Bacon, sino de Roger Ascham, contemporáneo del doctor John Dee que había sido tutor y secretario privado de la joven reina Isabel I. Al igual que muchos estudiosos de su edad, Ascham estuvo interesado en varios temas, y publicó varias traducciones de obras clásicas, un tratado sobre educación y un manual que explicaba y defendía la práctica del tiro al arco, por entonces en trance de desaparecer.

Según el doctor Strong, en uno de los pasajes del manuscrito Voynich Ascham describe una fórmula anticonceptiva que, como demostró el propio doctor Strong, puede resultar eficaz. Sin embargo, el doctor no explicó nada sobre sus métodos criptográficos, limitándose a decir que se trataba de «un doble método inverso de progresiones aritméticas basadas en un alfabeto múltiple». En cualquier caso, varias de las afirmaciones del doctor Strong referentes al estilo lingüístico de Ascham no soportan el examen de un experto.


Una Dimensión Insólita

Probablemente el esfuerzo más prometedor para encontrar una solución se inició en 1944, de la mano de un antiguo discípulo del profesor Manly, el capitán William F. Friedman, militar especializado en el desciframiento de códigos que había contribuido a derrumbar la teoría de Newbold. El capitán Friedman dedicó parte de su gran equipo de expertos a la tarea de resolver el antiguo misterio.

Después de muchas horas de trabajo lograron reducir el texto a unas series de símbolos que podían ser tratados por máquinas tabuladoras, pero abandonaron su trabajo (dejándolo incabado) al finalizar la guerra. Un resultado curioso, sin embargo, fue que el equipo de Friedman logró demostrar que las palabras y frases del manuscrito se repetían más a menudo que las de un lenguaje corriente: esto era algo insólito, puesto que los sistemas de cifrado suelen pecar de lo contrario.

Una teoría que pretendía explicar este fenómeno se basaba en que el libro era un herbario, tal como se había sugerido en un principio, y que las repeticiones eran fórmulas químicas (al igual que en los modernos libros de texto de medicina, donde las fórmulas se repiten con gran frecuencia).

Al morir Wilfred Voynich en 1930, su principal heredero fue su mujer, Ethel Lillian. Ethel L. Voynich era una mujer muy independiente y de carácter enérgico; en 1897 había publicado una novela romántica sobre el movimiento de la Joven Italia titulado The gadfly (El tábano), que se convirtió en un bestseller mundial, especialmente en la Rusia postrevolucionaria. (Antes de su muerte se habían vendido en aquel país más de 2.500. 000 de ejemplares.) En realidad, a ella no le interesaba la polémica sobre la «controversia Voynich», y guardó el manuscrito en su caja fuerte de la Guaranty Trust Company de Nueva York. Cuando murió en 1960, a la edad de 96 años, sus albaceas subastaron sus bienes, y el manuscrito fue adquirido por otro librero de Nueva York llamado Hans P. Kraus. Dos años después, Kraus ponía en venta el libro al precio de 160.000 dólares.

Paralelamente declaró que había comprado el libro convencido de que «contiene información que puede arrojar luz sobre la historia del hombre. Cuando alguien sea capaz de leerlo, este libro valdrá un millón de dólares».

La respuesta de varias fundaciones literarias y académicas americanas ante estas afirmaciones fue sumamente ambigua. Por otro lado, es posible que se trate únicamente de un herbario, elaborado por un autor de la baja Edad Media que no sabía muy bien lo que se llevaba entre manos, y que inventó un código secreto del que luego no supo acordarse.

En 1969, Hans Kraus hizo donación del libro a la biblioteca de la Universidad de Yale, donde permanece aún guardando su secreto.


Sólo Para Sus Ojos

El uso de cifrados y claves estaba muy extendido en siglos pasados, y no siempre por razones de secreto militar o diplomático. Es posible que el manuscrito Voynich estuviese escrito en clave para escapar a las virtuales acusaciones de brujería achacables a los avanzados conocimientos científicos que contenía. Quizás el ejemplo más famoso de este tipo de manuscrito críptico sea uno cuya clave respondería a motivaciones muy distintas: los diarios del literato y administrador naval inglés del siglo XVII, Samuel Pepys.

En 1724, de acuerdo con la última voluntad de Pepys, los diarios fueron depositados en su antiguo College de Cambridge, donde permanecieron indescifrados hasta su redescubrimiento en 1818. El trabajo de desciframiento fue encargado a un estudiante no graduado llamado John Smith. Este tardó tres años en descifrar el código y transcribir el manuscrito, dedicando a esta tarea hasta 12 y 14 horas diarias. Finalmente, el resultado fue publicado en 1825, revelando un pintoresco y escandaloso fresco de la vida de Londres durante la época de la Restauración.

Sin embargo, la última burla recayó sobre el pobre John Smith. Cuando en los años 1870 se preparó una nueva edición de los diarios, se descubrió que si el transcriptor hubiese conocido mejor la biblioteca en la que trabajaba no hubiese tenido tantas dificultades en encontrar la solución. En efecto, Pepys se basó simplemente en una especie de taquigrafía cuya clave se utilizaba comúnmente en aquella misma biblioteca.

El Manuscrito Voynich: Un Manuscrito Indescifrado


hace siglos que los eruditos tratan de descifrar los secretos de un antiguo libro, conocido como «manuscrito Voynich». Según creyeron algunos de los que lo han estudiado, anticipa muchos de los descubrimientos de la ciencia moderna.

A finales de 1912 un vendedor de libros antiguos de Nueva York llamado Wilfred M. Voynich volvió a su ciudad natal de una visita a Europa con un pequeño manuscrito, cuidadosamente empaquetado. Tenía gruesas tapas de pergamino, separadas, debido al uso, de las 204 hojas de pergamino delgado de que constaba el manuscrito; Voynich calculaba que, originalmente, tenía 28 páginas más, que se habían perdido. Su formato era de cuarto grande, ya que medía unos 15 por 22 cm y el texto, escrito en caracteres apretados y con tinta negra, iba ilustrado con más de 400 pequeños dibujos en rojo sangre, azul, amarillo, marrón y verde brillante.

Las ilustraciones mostraban curiosos arabescos y tubos que parecían intestinos, figuras femeninas desnudas, estrellas y constelaciones y cientos de plantas de extraño aspecto. El pergamino, la caligrafía y la historia conocida del manuscrito indicaban a Voynich que era de origen medieval, y la abundancia de especímenes vegetales sugería que podía tratarse de un herbario, un libro de texto mitad científico, mitad mágico, que describía las cualidades místicas y médicas de las plantas y su preparación. Pero esto era una simple conjetura, ya que estaba escrito en un lenguaje que Voynich no pudo identificar; aunque el texto podía ser descompuesto en «palabras», cuyas letras eran familiares a medias, no tenían sentido. Voynich sólo pudo suponer que estaban escritas en un idioma poco conocido, en un dialecto o en un código.


¿Magia negra?

Aunque Voynich no era criptólogo, tenía, indirectamente, algunas nociones de simbología. Su suegro había sido el profesor George Boole, el matemático inglés que fue uno de los primeros en usar símbolos matemáticos para expresar procesos lógicos: fue elegido miembro de la Royal Society por sus trabajos sobre la moderna lógica simbólica. Voynich también sabía que existían convincentes pruebas circunstanciales que sugerían que el autor de la extraña obra por él adquirida era Roger Bacon, monje franciscano del siglo XIII que había combinado sus estudios de filosofía, matemáticas y física experimental con la alquimia. Quizá Bacon había logrado inventar, 600 años antes que Boole, un sistema de lógica simbólica, o quizá simplemente había elaborado un código para camuflar sus investigaciones en torno a la piedra filosofal y el elixir de la vida, eludiendo así la acusación de practicar la magia negra, acusación que en la Edad Media solía tener fatales consecuencias.

Mientras daba vueltas a todas esas posibilidades, Voynich se dirigió al mundo académico buscando una solución; hizo hacer docenas de copias del documento y se las envió a todos los especialistas que pudieran colaborar con él. Con cada copia, envió un resumen de lo que él sabía del manuscrito.

Lo había comprado, pagando una cantidad no revelada, a principios de 1912, tras haberlo hallado en la biblioteca del Colegio Mondragone de los jesuitas, en Frascati (Italia). Antes de llegar allí, el manuscrito había permanecido custodiado durante 250 años en el Collegium Romanum de los jesuitas; había sido depositado allí por un célebre erudito y criptólogo jesuita del siglo XVII, llamado Athanasius Kircher, quien había intentado, sin éxito, descifrarlo.

Según una carta fechada el 19 de agosto de 1666, Kircher había recibido el libro de manos de su antiguo alumno Joannes Marcus Marci, rector de la Universidad de Praga; el libro había formado parte de la biblioteca del Sacro Emperador Romano Rodolfo II, hasta su muerte en 1612. A todos los efectos, Rodolfo había cedido el gobierno de sus reinos de Hungría, Austria, Bohemia y Moravia a los jesuitas, prefiriendo dedicar su tiempo a patrocinar las ciencias y pseudociencias. Las que más le interesaban eran la botánica y la astronomía; creó un complejo jardín botánico y construyó un observatorio en Benatky, cerca de Praga, para el astrónomo danés exiliado Tycho Brahe. (El que era por entonces su ayudante, Johannes Kepler, bautizaría después sus Tablas rudolfinas en honor a su antiguo protector.)

Pero los intereses más personales de Rodolfo se orientaban hacia la alquimia, y empleó mucho tiempo y mucho dinero en la instalación de un laboratorio alquímico al que invitó a alquimistas de toda Europa. Uno de ellos, Johannes de Tepenecz, firmó su nombre en un margen del manuscrito Voynich, según se descubrió posteriormente. Otro alquimista más famoso era el inglés John Dee, quien entre 1584 y 1588 vivió en la corte de Rodolfo como agente secreto de la reina Isabel I. Es posible que fuera Dee quien trasladara el manuscrito a Praga.

Dee, que había sobrevivido al encarcelamiento en tiempos de la reina María Tudor, en 1555, acusado de brujería, se transformó en favorito de su media hermana Isabel. Los experimentos necrománticos que realizó con su ayudante Edward Kelley suenan a superchería, pero poseía un profundo conocimiento de la teoría y de la práctica alquímicas, así como de astrología, astronomía, matemáticas, geografía y navegación celeste (una de sus obsesiones era hallar el pasaje noroeste hacia la India); pero sobre todo era un espía de capa y espada. Intentó la creación de claves secretas y estudió las que ya existían, en beneficio de su jefe, lord Burghley.

Dee también admiraba mucho los trabajos de Roger Bacon, y coleccionó muchos de sus manuscritos. Tenía numerosos puntos en común con el monje franciscano; ambos se interesaban, por ejemplo, por las escrituras secretas. En cualquier caso, parece que fue el doctor Dee quien regaló a Rodolfo II el manuscrito de Voynich, diciéndole que era obra de Bacon. Sir Thomas Browne afirmaba que Arthur Dee, hijo del doctor Dee, le había hablado de un «libro que sólo contenía jeroglíficos, en cuyo libro su padre había ocupado mucho tiempo, pero no me dijo que lo hubiera descifrado».

Éstos son, entonces, los antecedentes del problema que Voynich planteó al mundo académico en 1912, problema que provocaría angustia en muchos círculos intelectuales de Europa y América, ya que, aunque los grupos de letras y «palabras» que allí aparecían daban la impresión de ser tan sencillos «como el nombre de un viejo amigo cuando lo tienes en la punta de la lengua» –como dijo un escritor– en realidad no lo eran.

Los filólogos buscaron en vano trazas de un lenguaje conocido y después utilizaron todos los métodos que suelen emplearse para leer idiomas perdidos; en vano. Varios criptoanalistas –incluido un especialista de la Biblioteca Nacional de París que había trabajado con códigos alquímicos del siglo XV– lucharon y se rindieron. En 1917, el manuscrito llegó a atraer la atención de la sección de criptología de la División de Inteligencia Militar de los Estados Unidos, el MI-8.

El MI-8 estaba encabezado por un joven y brillante director, Herbert Osborne Yardley –quien se transformaría después en una leyenda en el mundo de los descifradores de códigos–, y por su brazo derecho, igualmente brillante, el capitán John M. Manly, doctor en filosofía, que antes de la guerra había sido director del departamento de Inglés en la Universidad de Chicago. En 1917 Manly trabajaba en el llamado criptograma Witzke, un código de 424 letras que descifró en tres días, revelando la identidad de Lothar Witzke, agente secreto alemán que operaba desde México. Pero después de trabajar mucho con el manuscrito de Voynich él también se dio por vencido –al igual que su jefe, Yardley–, y dijo que el texto era «el manuscrito más misterioso del mundo».

Las ilustraciones del texto eran igualmente desconcertantes. Nada parecía tan sencillo como identificar las plantas desde el punto de vista botánico, y servirse luego de sus nombres para descifrar las leyendas; pero el problema era que la mayor parte de plantas y arbustos eran inventados, y los nombres de los que existían carecían de sentido desde el punto de vista criptográfico. Los astrónomos creyeron reconocer cuerpos celestes, como la estrella Aldebarán, la nebulosa de Andrómeda y el cúmulo estelar de las Híades, pero después volvieron a perderse en un torbellino de galaxias imaginarias. Especialistas en Bacon estudiaron el manuscrito, buscando coincidencias, mientras un profesor de anatomía de Harvard trataba de descifrar lo que le parecían diagramas fisiológicos; todo fue inútil.

Pero hubo un hombre para quien el manuscrito de Voynich se transformó en obsesión. El profesor William Romaine Newbold, especialista en filosofía e historia medieval de la Universidad de Pennsylvania. Lingüista y criptógrafo –como Manly–, comenzó a trabajar en el texto en 1919. Su sistema era muy complejo: comenzó por examinar el manuscrito con una lupa y descubrió que existía un texto secundario microscópico dentro de las letras; creyó que se trataba de una especie de taquigrafía. Utilizando técnicas de desciframiento logró reducir esto a una clave de 17 letras romanas y con esto realizó seis «traducciones» diferentes, cada una de las cuales conducía a la siguiente. Después hizo un «anagrama» del sexto texto, con el que llegó al «texto» final –la solución– en latín.

En abril de 1921 convocó una reunión de la Sociedad Filosófica Americana en Filadelfia y anunció sus conclusiones provisionales ante un público asombrado, al que finalmente logró convencer. En su opinión, la obra era de Roger Bacon, que la había puesto en clave para evitar que sus ideas se calificaran de «novedosas». Se sabía que Bacon había sido el inventor de la lupa y que había especulado con la posibilidad de construir telescopios y microscopios mucho antes de su invención. Según el profesor Newbold, el manuscrito Voynich demostraba que Bacon había construido un microscopio y lo había usado para estudiar y describir gametos, óvulos, espermatozoides y la vida orgánica en general. No sólo eso, sino que había construido un poderoso telescopio reflectante, con el que había estudiado sistemas estelares desconocidos en su tiempo.

El profesor Newbold era hombre de sólida reputación, y sus descubrimientos –aunque sensacionales– parecían posibles. Muy pocos de los académicos que se reunieron para escucharle sabían algo de criptología, pero sus «descubrimientos» parecían razonables. Un importante fisiólogo, por ejemplo, consideraba que un dibujo y su leyenda describían las células epiteliales y sus cilios (se trata de las células que recubren las trompas de Falopio y los bronquios y que favorecen el paso de las mucosidades y de los óvulos) ampliadas a 75 veces su tamaño. John Manly, que ya había colgado su uniforme de mayor y había vuelto a su cátedra de la Universidad de Chicago, prefirió no tomar partido, pero escribió en la revista Harper's una reseña bastante favorable a Newbold.

Durante cinco años, hasta su muerte en 1926, Newbold prosiguió su criptoanálisis del manuscrito, en colaboración con su amigo y colega Roland Grubb Kent; fue éste quien publicó los descubrimientos de Newbold en 1928, con el título de The cipher of Roger Bacon (La clave de Roger Bacon). Las reacciones de especialistas y curiosos no se hicieron esperar.

Por supuesto, John Manly seguía interesado por el asunto, y en cuanto se publicó el libro quiso conocer el método de trabajo de Newbold y comprobar sus resultados. Aunque admiraba a Newbold –a quien consideraba una autoridad– lo que halló no le gustó nada, y después de discutir su punto de vista con, entre otros, antiguos colegas del MI-8, publicó en 1931 un artículo en la revista Speculum: en él, mediante un análisis cuidadosamente razonado, despojaba de todo valor los trabajos del difunto profesor Newbold.





El Priorato De Sión: ¿Tuvo Jesucristo Descendencia?


la pasión y muerte de Cristo constituyen el punto central de la fe cristiana desde los primeros tiempos de la Iglesia. Pero, ¿y si en vez de morir en la cruz se hubiera casado y tenido hijos? ¿Y si sus descendientes vivieran en la actualidad?

El descubrimiento de documentos secretos, de un tesoro o -como han sugerido algunos- de reliquias momificada, de Cristo en la aldea de Rennes-le-Château, en el sudoeste de Francia, transformaron repentinamente en millonario a un pobre cura rural. Pero eso también puso en marcha una serie de acontecimientos que condujeron al descubrimiento de determinado secreto; si éste resulta ser cierto, será la revelación más importante de la historia de la Cristiandad.

Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln relatan la historia de las pistas que les llevaron a formular sus asombrosas conclusiones en su best-seller "The holy blood and the Holy Grail" (La santa sangre y el Santo Grial), publicado en 1982. El libro ha provocado reacciones tanto de entusiasmo como de rechazo entre los lectores. Los críticos convencionales -como era de prever- han descartado las afirmaciones de los autores considerándolas una fantasía absurda, basada en pruebas insustanciales. Pero esos comentarios son tan injustos como falsos. Nadie puede descartar por las buenas las numerosas pruebas reunidas, que por lo demás son presentadas con suma cautela. Más bien podría afirmarse que estos autores han subestimado la amplitud y las verdaderas implicaciones del material que han reunido, y que han pasado por alto muchas cosas. Tras los secretos revelados subyace un misterio aún mayor.

Los autores del libro presentan pruebas de la existencia de un antiguo misterio de alcance internacional y de una sociedad secreta con numerosos estratos y cuya influencia ha llegado hasta hoy. El punto de partida de su investigación fue un enorme y enigmático tesoro escondido; su conclusión final es la asombrosa afirmación de que Jesús se casó con María Magdalena y tuvo hijos. Los descendientes de esos hijos -creen ellos- emparentaron con otros reyes y gobernantes de la antigüedad, sobre todo con los merovingios, la primera dinastía de reyes francos en las Galias, y existen todavía descendientes directos que aguardan un llamado -o una oportunidad- para asumir un papel decisivo en la política europea y, posiblemente, en la mundial. Eso, por lo menos, es lo que los autores deducen de los hechos que han descubierto.

La vinculación entre la santa sangre y el Santo Grial que aparece en el título del libro parte de un ingenioso juego de palabras. El Santo Grial es un concepto complejo y misterioso. Para algunos autores es una piedra; para otros un depósito de reliquias santas. Pero, con más frecuencia, se trata de la copa que utilizó Cristo en la Última Cena, copa en la que fue recogida su sangre cuando estaba en la cruz. En muchos de los primeros manuscritos sobre el Grial se lo llama Sangraal y aún en la versión posterior de Malory aparece como Sangreal. Baigent, Leigh y Lincoln afirman que alguna de estas formas -Sangraal o Sangreal- estaban más cerca de la original. Y dividiéndolas en dos palabras, como parece lógico hacer, llegan a la conclusión de que la palabra tal vez originariamente no fuera «San Graal» o «San Grial», sino «Sang Raal» o «Sang Réal». «O -como afirman triunfalmente- empleando la ortografía moderna, Sang Royal, es decir, sangre real.» O sea que la leyenda sobre el traslado del Santo Grial de Judea a Europa no se refiere a la leyenda del traslado de un objeto, sino a la verdadera historia de la llegada de los descendientes de Jesús y María Magdalena, portadores de la sangre real o «sang réal».

Se trata, por lo menos, de una hipótesis impresionante. Pero la hipótesis de la existencia de estos descendientes vivientes de Cristo constituye un eslabón débil en la cadena de argumentación de los autores, una interpretación muy poco convincente de los hechos. Parece improbable, por ejemplo, que en las docenas de generaciones que se han sucedido desde los tiempos de Cristo ningún descendiente haya sucumbido a la tentación de anunciar «Soy un descendiente directo de Cristo.»

No encontramos rastros de semejante revelación en los últimos 2.000 años, ni tampoco ninguna prueba sólida de una progenie real. En cambio, contamos con un montón de pruebas e historias que se refieren tangencialmente a un misterio central y a detalles concretos, como el Santo Grial , calaveras que hablan y cabezas cortadas, a la sangre como sustancia y como símbolo, a maravillas alquímicas y a algún tipo de sociedad de ancianos o iniciados. Pero aunque los autores tengan razón en cuanto a la supervivencia de los descendientes de Cristo, el misterio central es más amplio y antiguo. La historia de Cristo y los hechos que la rodean constituyen sólo una pieza (aunque una pieza importante, sin duda) de un mosaico cuya envergadura es mucho mayor de lo que parece.


Monjes Guerreros

Baigent, Leigh y Lincoln afirman que los caballeros templarios figuraron entre los más importantes depositarios del secreto. Esta sociedad de monjes guerreros se formó alrededor de 1120, para proteger a los peregrinos que iban a Tierra Santa. Con asombrosa rapidez se transformaron en una poderosa fuerza militar y, además, en los banqueros de Europa. Pero su influencia se eclipsó bruscamente en la noche del viernes 13 de octubre de 1307, cuando en cumplimiento de una orden de Felipe IV de Francia todos los templarios de aquel país fueron arrestados. Hubo juicios y castigos, y la orden fue suprimida, por orden del papa, en 1312.

Los autores han descubierto documentos que indicarían que los templarios constituían el ala militar de una alianza mística más antigua, llamada Priorato de Sión. Dicha alianza, según ellos, fue creada y continúa existiendo con el propósito de proteger y promover los intereses de los descendientes directos de Cristo. La lista de dirigentes del Priorato de Sión a través de los tiempos resulta impresionante; incluye a Leonardo da Vinci, Botticelli, Isaac Newton, Victor Hugo y Claude Debussy, y también a unos cuantos aristócratas franceses aparentemente poco importantes.

Durante los juicios a que fueron sometidos los templarios franceses en 1308, un miembro de la orden declaró que en su iniciación le fue mostrado un crucifijo y se le dijo: «No deposites mucha fe en esto, porque es demasiado joven.» A otro se le dijo: «Cristo es un falso profeta»; y a un tercero: «No creas que Jesús, el hombre a quien crucificaron los judíos en Outremer (Palestina) es Dios, ni que puede salvarte.» Además de otras acusaciones concretas, los templarios fueron acusados de negar, pisotear y escupir la cruz. Tomando en cuenta esto quizá sea significativo que en sus decoraciones de la iglesia de Notre-Dame de France, en Londres, realizadas en 1960, Jean Cocteau, quien supuestamente sucedió a Debussy como jefe del Priorato de Sión, se representara a sí mismo de pie, de espaldas a la cruz. Y lo que es más: al pie de la cruz pintó una gigantesca rosa, símbolo místico cuya antigüedad se pierde en la noche de los tiempos.

Baigent, Leigh y Lincoln admiten que no existe una explicación satisfactoria del rechazo de la cruz y la crucifixión por parte de los templarios. Pero no reconocen la grave debilidad que significa este rechazo en sus razonamientos. Si los templarios y sus asociados rechazaban a la cruz y la crucifixión (por cualquier razón), ¿por qué iban a dedicarse a preservar el secreto de la descendencia física de Jesucristo y a restablecerlos en el poder? Una explicación posible que los autores plantean luego es que quien murió en la cruz fue un falso Jesucristo, y que el verdadero escapó. Pero ése no parece ser el tenor de las afirmaciones de los templarios: «Cristo es un falso profeta» y no «ése era un Cristo falso». Y ¿cómo interpretar la observación acerca de que el crucifijo es «demasiado joven» para ser objeto de veneración? De hecho, existen muchas pruebas que demuestran que las preocupaciones de los templarios eran otras, inmemoriales y mucho más misteriosas.

Los templarios también fueron acusados, tanto por la Iglesia como por persistentes rumores populares, de creer que las cabezas barbadas y las calaveras que adoraban en secreto podían «hacer florecer los árboles y germinar la tierra». Esta acusación pude parecer inocua a primera vista, pero, de hecho, vincula firmemente las prácticas y tradiciones templarias con las antiguas religiones precristianas de la fertilidad, con cosas que no eran «demasiado jóvenes» para tener verdaderos poderes ocultistas. Existen muchas otras cosas que los autores no consideran, por ejemplo el hecho de que los templarios gritaban «Selah» y otras palabras «sin sentido» cuando se postraban ante las cabezas. «Selah» aparece ocasionalmente al final de algunos versos de los Salmos, y los eruditos han sugerido que podía tratarse de una indicación musical para los directores de coros. Pero hay otra explicación posible: ¿no sería una corrupción de «Shiloh»?. Shiloh es un antiguo emplazamiento en las montañas cercanas a Jerusalén (los templarios nacieron en Jerusalén), al que los antiguos judíos consideraban lugar sagrado y cuyo nombre aparece en el Antiguo Testamento para indicar al «Mesías». Sin embargo, como la misma Jerusalén y el Sabbath judío, Shiloh era considerado mujer por los judíos, lo cual resulta muy significativo.


Traición y Caída

Los caballeros templarios fueron entregados a traición a la Inquisición, y arrestados simultáneamente el viernes 13 de octubre de 1307. Dada la preocupación medieval por la numerología, quizá eso sea significativo. Y aunque quienes atacaron a los templarios no tomaran en cuenta esos detalles supersticiosos, quizá alguien lo hizo. Porque según argumentan los autores, alguien organizó la caída de los templarios, pero les avisó con anticipación, y les permitió destruir la mayor parte de sus archivos y llevar a lugar seguro su enorme tesoro y sus reliquias sagradas (incluido, quizá, el sudario de Turín y la cabeza momificada de Cristo). Quizás al Priorato de Sión le interesó en un momento dado reprimir a su brazo militar con tal de evitar males mayores: por ejemplo, para evitar que el misterio central, el tesoro o sus propósitos a largo plazo resultaran destruidos.

El número 13 desempeña un papel significativo en el misterio revelado por Baigent, Leigh y Lincoln. Partiendo del libro de éstos, consideremos una de las muchas sugerencias que arrojan luz sobre dicho número. Los registros afirman que el Gran Maestre del Priorato de Sión desde 1637 hasta 1654 fue J. Valentin Andrea. A principios de ese mismo siglo el movimiento Rosacruz -una misteriosa fraternidad que decía poseer ciertas «verdades espirituales»- había anunciado su existencia en Europa. Andrea era un rosacruciano practicante, aunque sabía que durante 200 años todas las herejías habían sido severamente castigadas por la Iglesia.

Andrea organizó en Europa una red de sociedades semisecretas, las Uniones Cristianas, destinadas a preservar algunos «conocimientos» que la Iglesia ortodoxa consideraba heréticos. Cada una de esas uniones estaba encabezada por un «príncipe» anónimo, asistido por 12 seguidores. Este número, por supuesto, evoca inmediatamente las bandas de brujas -12 hombres o mujeres dirigidos por un «familiar» o iniciado- y el grupo formado por Jesús y sus 12 discípulos.

Un hecho particularmente fascinante que citan los autores está relacionado con Juan XXIII. El hecho de que Angelo Roncalli tomara ese nombre al ser elegido en 1959 resulta sorprendente, si se considera que un antipapa del siglo XV también se llamó Juan XXIII. Después de la muerte del papa moderno, Pier Carpi formuló la hipótesis de que él había sido el «hermano Johannes» cuyas profecías se habían revelado tan acertadas. También hubo quien sugirió que era miembro de la Rosacruz y del Priorato de Sión. ¿Acaso adoptó el nombre de Juan porque era el nombre de pila de Jean Cocteau, Gran Maestre de Sión en aquella época?.

La coincidencia parece más significativa si se considera otro hecho: el papa Juan moderno decretó que los católicos tenían permiso para ser masones, lo cual representó un giro de 180 grados en la política del Vaticano. Los masones dicen ser descendientes directos de los mismos caballeros templarios, pero también de organizaciones como las Uniones Cristianas. Además, Juan XXIII proclamó que el hecho más importante de la crucifixión no fue la resurrección, sino el derramamiento de la sangre de Cristo. Esta extraña proclamación hace pensar en el Santo Grial, el receptáculo que, según se cree, recogió la sangre que Cristo derramó en la cruz, mientras que para Baigent, Leigh y Lincoln la sangre de Cristo significa la línea sanguínea, la descendencia de Cristo.

Pero de hecho, como veremos, las implicaciones de la sangre son más antiguas y más amplias de lo que suponen los autores. La mayor parte de los cristianos se sorprenderán al saber, por ejemplo, que la palabra sabbath, sábado (del acadio shabattu o shapattu), significa originalmente «festival de la diosa de la Luna que menstrua».

Son estos temas, aparentemente desvinculados entre sí, los que empezaremos a analizar, descubriendo una red de sociedades secretas y públicas conectadas entre sí.


Las Bodas De Caná: ¿Matrimonio De Cristo?

¿Se casó Jesucristo? Según Michael Baigent, Richard Leigh, y Henry Lincoln, autores de "The holy blood and the Holy Grail", los propios Evangelios lo sugieren.

Citan, en particular, el primer milagro importante de Jesús, la transformación de agua en vino en las bodas de Caná (Juan 2:1-13). Según la conocida historia, Jesús y su madre María fueron invitados -o «llamados»- a una boda campesina. Por razones que el Evangelio no explica, María pidió a Jesús que repusiera el vino, cosa que normalmente hubiese correspondido al dueño de casa o a la familia del novio. ¿Por qué iba a hacerlo, a menos que, en realidad, se tratara de su propia boda? Hay pruebas más directas que aparecen inmediatamente después de la realización del milagro, cuando «el maestresala de la boda llamó al novio y le dijo "Todos sirven primero el vino bueno, y cuando ya están bebidos el inferior, pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora".» La implicación es clara: la boda es la del mismo Cristo.

Si la suposición es correcta, hay que preguntarse: entonces, ¿quién fue la esposa de Cristo? Nuevamente, los autores tienen una respuesta. Las dos candidatas más obvias, después de leer los Evangelios son María Magdalena y María de Betania. Los autores suponen que esos dos personajes son en realidad una sola mujer, y que fue la esposa de Cristo. En los Evangelios apócrifos, que fueron suprimidos a principios de la historia de la Iglesia, se encuentran algunas confirmaciones de esta teoría. En el Evangelio de María, por ejemplo, Pedro habla a María Magdalena con estas palabras: «Hermana, sabemos que el Salvador te amaba más que al resto de las mujeres. Dinos las palabras del Salvador que recuerdes, que tú conoces pero nosotros no.» Después, Pedro se queja a los demás discípulos «¿Verdaderamente hablaba en privado con una mujer y no abiertamente con nosotros? ¿Debemos dar media vuelta y escucharla a ella? ¿La prefería a nosotros?» Más tarde, uno de los otros discípulos lo consuela: «Seguramente el Salvador la conocía muy bien. Y por eso la amaba más que a nosotros.»

El Evangelio de Felipe es aún más enfático: «Y la compañera del Salvador es María Magdalena. Pero Cristo la amaba más que a todos los discípulos y solía besarla con frecuencia en la boca. Los demás discípulos se ofendieron por esto y expresaron su desaprobación. Le dijeron "¿Por qué la amas más que a todos nosotros?" El Salvador respondió diciéndoles "¿Por qué no os amo como a ella?"»

Los autores señalan que, hacia el final de ese Evangelio, hay otro pasaje relevante que, para quienes estén dispuestos a aceptarlo como prueba, resuelve la cuestión: «Está el Hijo del hombre y está el hijo del Hijo del hombre. El Señor es el Hijo del hombre y el hijo del Hijo del hombre es el que es creado por medio del Hijo del hombre.»

6 comentarios - misterios sin resolver

pamdav




mira vos... cambiaste elrumbo de mi vida...
nicobellini +1
muy largo, algo lei, pero despues las palabras se comenzaron a cifrar y no entedi mas nada
ecimza +1
el misterio es saber si con esto vs pensar sacar puntos ladri
marfede
pobre jesus......! como debe estar ahora con el gran invento del hombre q sepulto su verdad (la iglesia)..................