El plan de viviendas y el gobierno popular

El plan de viviendas y el gobierno popular
Ladrillos y escenas
Un plan de viviendas ambicioso, con precedentes lejanos. Lo más accesible de Pro.Cre.Ar. y lo más trabajoso. Dos funcionarios en ascenso, lecturas varias. Peronómetros mal calibrados. Scioli, sus movidas mediáticas y algunas señales. Los intendentes conurbanos, con lógica propia. Y algo sobre discursos, música y armonía.
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En la semana que pasó se cumplió otro aniversario del último discurso pronunciado por el tres veces presidente Juan Domingo Perón, desde el balcón de la Casa Rosada. Fue aquel en el que, acaso intuyendo su pronto final, enunció que se llevaba en “mis oídos la más maravillosa música que es, para mí, la palabra del pueblo argentino”. La armonía político-musical había nacido treinta años antes, con hitos sensibles. Uno de ellos fue un gran plan de viviendas, con créditos del Banco Hipotecario, comenzado en el primer mandato. Las cifras varían, según la fuente y tal vez según su cercanía con el justicialismo. En cualquier caso, oscilan entre 300.000 y 400.000, un número formidable para una población que, redondeando de nuevo, andaba por la mitad de la actual.
La mayoría de los hogares, que se expandieron en todo el territorio nacional, se bautizaron “casitas cajón”, por su forma. Tenían un jardín chico adelante, a menudo ornado con enanitos de terracota. Algunas sobreviven con decoro, merced al tesón de los dueños. Otras ya fueron, otras padecieron el transcurso del tiempo y las crisis. Luego se edificaron barrios “a la alto” con edificios de variada calidad, monoblocks, de la mano de los Planes Fonavi. En el ’73, el tercer peronismo bosquejó un proyecto parental con el de los ’50, menos ambicioso en la cantidad, que no llegó a plasmarse.
Como fuera, hay que remontarse a aquel pasado remoto, al inicio de los “treinta gloriosos” años ulteriores a la llamada Segunda Guerra Mundial, para ubicar un Plan estatal de dimensiones o pretensiones similares al Pro.Cre.Ar anunciado el martes pasado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Como ocurrió con el primer peronismo, el Programa tiene un aditamento interesante para una parte del universo de potenciales beneficiarios. Se trata del impulso a las pymes y al comercio local. En ellos recaerá el beneficio de lo que construyan quienes son ya propietarios de terrenos. Esos créditos serán los que se concretarán más pronto, como lo indican el sentido común, las previsiones de funcionarios y los primeros datos de pedidos de audiencia presentados ante la Anses. Pequeñas empresas, albañiles de barrio y hasta autoconstrucción en ciernes, entonces.
Mucho más trabajosa será la tarea de adecuación de terrenos fiscales. Hay dos desafíos arduos para superar: la infraestructura urbana y la regularidad de los títulos. Poner la propiedad pública al servicio de una necesidad-derecho ciudadano es un valor notable del Pro.Cre.Ar. Funcionarios concernidos se entusiasman: hay disponible un “PBI hundido”, un patrimonio inmobiliario estatal subaprovechado, balcanizado entre distintas reparticiones o entes residuales. He ahí otro mensaje interesante, un modo virtuoso de sacarle el jugo al patrimonio público. La enunciación se complejiza al pensar la prolijidad registral de esas propiedades, que deben estar impecables para ser vendidas en regla. No es fácil, mirarlos con lupa suele ser asomarse a un berenjenal jurídico.
La distribución geográfica dispar es otro aspecto. En la mayoría de los partidos del conurbano bonaerense las tierras fiscales disponibles escasean o, literalmente, no existen.
Aun con esos ripios a superar, las metas de la iniciativa conjugan con el abecé keynesiano para afrontar una etapa de crisis internacional, con impacto sensible en el crecimiento local. Las proyecciones acerca de puestos de trabajo a crearse o impacto en el PBI deben ser tomadas con pinzas: siempre hay voluntarismo y ojímetro en tales cálculos. Pero, si se consiguiera una parte importante de los objetivos, las consecuencias virtuosas serían innegables.
Los que dudan y los que creen: Enardecidos comentaristas de las ediciones on line de los grandes medios y periodistas del mismo “palo” expresan su incredulidad. No va a andar, nada hizo el kirchnerismo en esta materia (distorsionan), es otro simulacro... En paralelo, ciudadanos de a pie se inscriben de forma masiva. Acaso no confían del todo, pero se conducen con racionalidad económica. Los que se empalagan con la conducta de “los mercados” deberían reparar en la lógica de los ciudadanos. Acuden al Estado, apuestan a que la movida resulte. Es pura racionalidad instrumental: el “no” ya lo tienen. ¿Y si es una añagaza, una cortina de humo “K”? Parafraseando al General entonces tronará el escarmiento electoral. La democracia es un sistema que contiene un ingrediente carismático básico: el que manda debe revalidarse cotidianamente a través de sus obras. La autoridad legal es un aditamento ineludible, pero a la hora del voto se miden desempeños. El Gobierno ha generado una expectativa enorme, las ganancias o pérdidas por el resultado se harán sentir por el pueblo soberano.
La presentación de Pro.Cre.Ar. fue buena en un sentido básico: los posibles interesados entendieron que hay una oportunidad. Una ciudadanía celosa de sus derechos y combativa no es el mejor público para distraer con juegos de manos. Puestos a pensar la vigencia del peronismo, esa referencia ha de tener su gravitación.
Puesta en escena: El viceministro de Economía, Axel Kicillof, y el titular de la Anses antecedieron a la Presidenta en el anuncio del Pro.Cre.Ar. La oratoria de Cristina Kirchner es un tópico que apasiona a aliados y adversarios. Hace ya un tiempo que su discurso, stricto sensu, se integra con un repertorio de recursos escenográficos que (cual si fueran conjurados) tirios y troyanos leen y traducen con fruición. Hay, claro, un empoderamiento de los jóvenes funcionarios que se explicaron con desenvoltura y aportando data para un público más avezado que el que mira por tevé.
Avidos por llegar a conclusiones catastrofistas y unívocas (un error metodológico recurrente), analistas opositores infieren que el “cristinismo” ha dado vuelta un par de páginas. Rompe con el peronismo y aun con el kirchnerismo originario. Julio De Vido, el ministro de Planificación, es el ejemplo más socorrido. Está desvalido, arguyen, versus los jóvenes de La Cámpora ascendidos por la presidenta Cristina. Ni Kicillof ni Bossio son orgánicos de esa agrupación pero los profetas son poco afectos a los detalles o a la información misma.
Nada queda del elenco de Néstor Kirchner, se deprimen. Es raro porque jamás ahorraron denuestos en vida del ex presidente. También es poco riguroso: Cristina sigue teniendo en sus puestos a funcionarios cruciales que amanecieron en sus cargos en 2003. El propio De Vido (hasta nueva orden), el secretario legal y técnico Carlos Zannini, los ministros Alicia Kirchner y Carlos Tomada sólo por repasar a los más empinados. Son un grupo grande, si se coteja su continuidad con la de funcionarios de gobiernos anteriores.
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Pero acaso la mayor inconsecuencia del relato “deskirchnerizador” sea Guillermo Moreno. El funcionario más fustigado por las corporaciones económicas, a quien “Néstor” (ahora todos lo evocan con el nombre de pila) definió como la mejor figura de Gabinete. El Mega Secretario sigue en el candelero, locuaz e hiperquinético aunque diste bastante de ser afín a La Cámpora.
El otro rostro del peronismo: El peronómetro de personas que conocen poco al justicialismo y lo entienden menos detecta que Cristina Kirchner ya no integra el Movimiento. Sondean los rostros de los intendentes del conurbano (a quienes detestan y no comprenden) o de los gobernadores. Interpretan que el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández ha creado un partido de masas y no un sello de goma. Y se extasían con los amagues de autonomía del gobernador Daniel Scioli.
El peronómetro del cronista arroja otra medición. Raro que no sea peronista quien militó siempre en esa fuerza y cuyas concepciones del poder y la gobernabilidad son arquetípicas de la cultura justicialista.
Observaciones terrenales pueden habilitar un cuadro menos académico. Mandatarios bonaerenses con votos “del territorio” resienten la ausencia de Néstor Kirchner, quien, progresivamente y en especial con Cristina presidenta, solía articular con ellos, “contenerlos”, darles palique. Ese rol, esa intermediación con la pátina encantadora del poder, no ha sido suplido con éxito, casi no suplido. La interlocución con De Vido prosigue pero la merma de la obra pública le ha restado encanto. Intendentes y gobernadores rezongan, muy por lo bajo e intramuros, de estar lejos de Olivos y la Rosada.
Claro que si de peronistas hablamos, es forzoso sopesar los intereses amén de la tertulia, cuyo valor no está negando el cronista, al contrario. Son factores que se complementan.
Los intendentes, sobre todo los conurbanos, saben que su suerte económica y política está enlazada con la Nación. En promedio, les ha ido muy bien desde 2003 o 2007: muchos de ellos son reelectos o pertenecen a una agrupación que domina el territorio.
Las dificultades financieras de la actual etapa son altas, el propio pago del aguinaldo en los próximos días hace fruncir los ceños de varios, que no de todos. La coparticipación provincial mermó significativamente en 2012. El impacto de la reforma impositiva reciente es dispar. La participación del nuevo inmobiliario en el conurbano es baja, acaso del cinco por ciento. Más nutrientes serán las subas de los ingresos brutos y de las tasas a la tevé por cable y al juego. Pero los fondos llegarán recién en el segundo semestre, lo que puede ser un tubo de oxígeno reforzado porque esa época del año es, habitualmente, financieramente más propicia que los primeros meses.
La solución siempre depende, en fracción apreciable, de los flujos nacionales.
Fuertes en las urnas cuando juegan de locales, muy diluidos apenas los transgreden, los alcaldes perucas hacen cuentas y (salvo contados casos como el tigrense Sergio Massa) mantienen los pies en el plato.
Los coqueteos de Scioli con el ministro Roberto Lavagna los tienen sin cuidado: nada producirán en sus efectividades conducentes. Alberto Fernández (una “viuda”, bromean incluso cerca de Scioli) no les mueve el pelo.
Diferente es la reacción respecto de los contactos con Moyano, aunque tampoco favorable. El líder camionero es poco estimado por “el territorio”. La recolección de basura es uno de los ítems más gravosos para todos los municipios. Las demandas salariales lícitas y crecientes de Moyano incordian a los intendentes. Y sus presiones muy habituales los enardecen. “No hay uno de nosotros que no haya sido apretado por el Negro”, confidencia un dirigente muy votado en su distrito. Las paritarias del ramo se pactan entre el gremio y las patronales, sin participación del poder político. “Nos dejan afuera, arreglan aumentos enormes y las empresas trasladan los costos.” Unas horas sin recolección de basura es un dolor de cabeza, unos días una amenaza destituyente, computan según su propia tabla.
Lo económico no quita lo cortés. Los apodados “barones” también evocan con bronca y memoria el desembarco de Moyano en el Partido Justicialista, sin reconocimientos ni gestos amigables a los poderes locales. Las relaciones públicas no son el fuerte de “Hugo”, ni el reconocimiento de los “otros”, así se trate de compañeros-aliados circunstanciales.
El gobernador arma su picadito con Moyano. La Rosada toma nota y junta broncas. En el duro terruño cercano a La Ñata, los pareceres no son tan diferentes.
Toco y me voy: Las encuestas, aseguran en La Plata, mantienen inmune al amiantado Scioli. Con esa base, el gobernador combina desplantes, amagues y gestos de pertenencia hacia la Rosada. Difunde el match contra el equipo de los camioneros. Divulga una charla reservada con Lavagna. Deja que sus lugartenientes mencionen al desgaire que “jugará” en 2013 con una lista de diputados nacionales que encabecen el ubicuo Massa y su esposa Karina Rabollini.
En su derredor relativizan, ma non troppo, el reunionismo tan visibilizado. “Muchos gobernadores se juntan con Moyano, a escondidas –fumigan suavemente a sus pares– nosotros lo hacemos a la luz del día.” De Economía se habla con muchos, ablandan, para luego acentuar distancias: “Tampoco es cuestión de escuchar nada más que a Kicillof o a Moreno”.
La apretura financiera también agobia al gobernador, quien mantiene tratativas cotidianas con el gobierno nacional. Su trato con los intendentes conurbanos combina las buenas ondas propias del estilo sciolista con reclamos de rigor que llegan desde los municipios: más plata, más recursos para los hospitales, más patrulleros, menos ostentación para afuera, menos cultivo de la imagen del gobernador en desmedro de la cooperación. Una tensión pragmática donde cada cual atiende su juego y cuida su caudal propio.
Escenas: La Presidenta trabaja su relato y los escenarios que lo rodean. Ese devenir fascina a propios y ajenos. Sus adversarios controvierten los discursos y, últimamente, también se ensañan con quienes la acompañan. Tal vez fantasean que ése sea un modo de deslegitimarla, a poco tiempo de un veredicto popular rotundo. Si probamos que la señora Salustriana de la Puna no dijo lo que dijo... Si develamos que un presunto obrero que charla con la Presidenta es (¡horror!) un militante político...
Se procura que el archivo (con perdón, “a lo 6, 7, 8”) equivalga a una elección presidencial. Excesiva fantasía, ligada a la carestía de referencias políticas alternativas.
Los que asoman la cabeza, Scioli y el jefe de Gobierno Mauricio Macri, manejan buenos dispositivos mediáticos y de publicidad. No se fundan en su capacidad oratoria, como Cristina Kirchner, por razones obvias. Pero cultivan con esmero ese jardín, buscando su target. El de Scioli aspira a ser más extendido socialmente, punto digno de interés.
El relato y sus adornos son práctica corriente de cualquier político contemporáneo. Basta ver el cuidado de las intervenciones públicas del presidente norteamericano Barack Obama. O rememorar (casi nadie lo hace) cuán estudiada y profesional era la comunicación del ex presidente Fernando de la Rúa. Hasta el fiasco que hizo en el programa de Marcelo Tinelli fue producto de tratativas detallistas y análisis de mercado profundos. No anduvo, claro. No siempre funciona, dirá quien lee esta columna. Al hombre le faltaba madera. De eso se trata.
Las palabras y el relato son fundantes pero la relación entre gobernantes y ciudadanos en democracia están supeditadas a variables más determinantes. Cuando nadie recuerde si Pro.Cre.Ar. fue anunciado en el Museo del Bicentenario o en el miniestadio de Ferro, muchos argentinos sopesarán qué fue de esas promesas. O más en general, cómo le fue en la etapa kirchnerista. Hasta ahora, lo revalidó dos veces, tantas como al hombre que (no sin haber cometido errores y tropelías) se llevó en los oídos la más maravillosa música. Esa que suena sólo cuando hay aprobación. El actual gobierno deberá esmerarse para mantenerla con hechos en los bravos años venideros, de eso depende su perduración.

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