La niña rubia que vivio con canibales

guerra

Esta es la historia de Sabine Kuegler, una niña alemana criada en la jungla, en medio de una tribu de guerreros caníbales, que aprendieron a vivir en paz y le enseñaron a amar su mundo.

Aquí, junto al pueblo de los fayus recién descubierto, que se caracterizaba por una brutalidad terrible y por el canibalismo, que vivía en la edad de piedra y que un día aprendió a amar en lugar de odiar, a perdonar en vez de matar; aquí cambió mi vida, junto a esta tribu que pasó a ser una parte de mí, igual que yo a ser una parte de ella… Ya no era la niña blanca que venía de Europa. Me convertí en una aborigen, en una fayu”. Así describe la alemana Sabine Kuegler, en su libro La niña de la jungla, su experiencia conviviendo con una tribu practicante del canibalismo en Papúa Occidental (Indonesia). Ella vivió desde los 5 hasta los 17 años con estos indígenas. Con ellos aprendió a cazar con arco y flechas, a encender fuego sin fósforos y a nadar entre cocodrilos. Confiesa que en la selva fue inmensamente feliz y que su regreso a la ‘civilización’ le destrozó la vida.
Odio

niña

historia

Hija de una pareja de misioneros protestantes alemanes, Sabine nació en 1972 en Nepal, pero, pocos años después, sus padres la llevaron consigo a Papúa Occidental, donde tenían la tarea de visitar una desconocida tribu que habitaba una región llamada el Valle Perdido, en mitad de la selva virgen. Los fayus eran temidos en todas las inmediaciones por su salvajismo, las guerras sanguinarias con otras etnias y entre las distintas facciones de la misma tribu, y su práctica de comer carne humana.

sabine


jungla

misioneros

Es una tribu primitiva y guerrera que desconoce el metal, todos llevan huesos de avestruz atravesados en la nariz y conviven con los cadáveres de sus parientes hasta que se descomponen y luego adornan sus cabañas con sus huesos. Antes de los Kuegler nadie se había atrevido a acercarse a su territorio.

Sabine ignoraba todo esto cuando llegó al Valle Perdido y su padre, Klaus Kuegler, construyó una casa en un claro de la selva, a orillas del río Klihi, cerca de las chozas de los fayus. Al principio, él y su madre fueron cautos y silenciosos, para demostrar que no venían a hacer daño, mientras la niña, desprevenida, disfrutaba de esta nueva aventura chapoteando en el río junto a sus dos hermanos, Judith y Christian.

De los fayu poco o nada se sabía. La misión de los Kuegler era recuperar la lengua y la cultura de aquella tribu para salvarla de la extinción. Los fayus habían sido antaño cientos de miles, pero cuando los misioneros llegaron al Valle Perdido, sólo eran 400 indígenas, al borde de la desaparición por las guerras. Klaus preguntó entre los diferentes grupos de indígenas por qué combatían y se mataban entre sí y nadie supo darle una respuesta clara. El odio había pasado de generación en generación, haciendo que se asesinaran entre ellos y conduciéndolos hacia la extinción por su propia mano, y algunos ni siquiera recordaban el origen de las rencillas que habían dividido a la tribu en cuatro facciones.

Los ojos inocentes de Sabine no entendían por qué, a diferencia de ella, los niños fayus no jugaban ni sonreían. Pasó mucho tiempo hasta que comprendió que aquellos pequeños vivían aterrorizados. En cualquier momento se desataba una gresca y los distintos grupos de fayus tocaban los troncos y ejecutaban el baile de guerra antes de lanzarse a los enfrentamientos sanguinarios. El solo estruendo de los troncos, los gritos y los bailes asustaba a los niños y a las mujeres, que corrían horrorizadas a esconderse en la espesura de la jungla.

Un día, Judith, la hermana mayor de Sabine, tuvo un ataque de pánico al ver la danza de guerra, y su padre, harto de contemplar tanto derramamiento de sangre, salió furioso y se interpuso entre los distintos grupos que estaban dispuestos a matarse. Pero, en vez de recriminarlos, los abrazó uno por uno y los indígenas quedaron tan impresionados, que en adelante todos quisieron ir a visitar al hombre blanco. “Mi padre les enseñó el perdón”, dice Sabine y, desde entonces, la cabaña de los Kuegler se convirtió en una zona neutral, el lugar donde los grupos de fayus podían encontrarse en paz, sin matarse. El padre se dedicó a aprender el idioma fayu; la madre, a curar las heridas y las enfermedades de los miembros de la tribu, y Sabine comenzó a descubrir con sus hermanos el paraíso que era la selva virgen.

En el Valle Perdido, los juguetes de los niños Kuegler tenían patas, pelos, uñas y dientes, y estaban vivos. Sabine los conocía a todos por sus nombres: la araña ‘Daddy Long Legs’, el canguro ‘Jumper’, el papagayo ‘Bobby’, los avestruces ‘Hanni’ y ‘Nanni’. Su mejor amigo era el niño fayu Tuare, quien le regaló un arco y unas flechas y le enseñó a usarlos. Y aunque en los 12 años que vivió en la jungla jamás vio las prácticas caníbales, gracias a sus compañeros supo que “la parte más sabrosa de un hombre son las manos, y que la menos buena es el pene”. Sabine también aprendió a escuchar a la naturaleza, pues cada hora del día se identificaba con el sonido de algún animal. Los pájaros eran su mejor guía; algunos cantaban en la mañana, y otros, en la tarde. Ella afirma que “una variación del sonido anunciaba una gran tormenta o que iba a temblar la tierra”.

Conoció las más de 700 especies de aves y 200 de serpientes venenosas de la región y asegura que la carne de víbora es deliciosa, aunque ella prefiere la de cocodrilo, “una de las más ricas de la selva de Papúa”. Sabine agrega: “Vivir allí, era vivir en el mundo de la libertad. A los niños se les ve como algo especial, algo que es muy valorado. Pueden ir totalmente a su aire y nadie les dice nada porque hasta cuando se casan, algo que hacen con 12 años, no tienen ninguna responsabilidad (…) Cada día íbamos a nadar con los niños fayu y jugábamos en el agua a cazar cocodrilos. Les enseñamos a jugar al fútbol o al escondite. A cambio, ellos nos enseñaron a utilizar el arco y las flechas, e incluso la forma de hacerlos. Nos explicaron los animales que se podían comer y los que no, qué plantas eran venenosas y cuáles comestibles. Si con diez años me hubieran abandonado en medio de la jungla, habría sobrevivido. Pero si me hubieran dejado en medio de una gran ciudad, habría muerto”.

Y justo eso, una especie de muerte dolorosa, fue lo que vivió Sabine Kuegler a los 17 años, cuando sus padres la enviaron de regreso a la ‘civilización’ a un internado en Suiza. Se encontró con una selva más peligrosa formada de casas y edificios: “No sabía cruzar una calle, no sabía cómo comportarme. En el supermercado no me hacía a la idea de que el precio estaba fijado e intentaba siempre regatear al pagar… Esto me trajo muchos problemas”. En Europa su vida se trastornó por completo. Conoció el ‘sexo seguro’ en el colegio, gracias a una amiga que le explicó el uso de los condones. Pero quedó embarazada de su segundo novio y terminó casándose.

La paz de su vida anterior quedó en el pasado porque al poco tiempo se divorció, volvió a casarse, tuvo tres hijos más, se fue a vivir a Japón, se divorció de nuevo y regresó a Alemania. Ella culpa al cambio de culturas, ya que, según afirma, en la jungla la vida es físicamente dura, pero síquicamente fácil. “En la selva sólo gritamos en caso de peligro grave. Tanto grito, aquí, me llevó a brotes de pánico. Eso contribuyó a mi divorcio, y una crisis síquica me llevó casi al suicidio”, comenta Sabine.

kugler

anibales

fayu

Ahora Sabine tiene 32 años y sueña con volver para siempre a su añorada selva. “Algunos de mis hábitos se han europeizado, pero mi corazón está en el Valle Perdido”. Ella no puede olvidar que la carne más rica del mundo es la de jabalí salvaje y que de niña cazaba, asaba y comía insectos deliciosos con los niños fayu. Su autobiografía La niña de la jungla (Editorial Styria) viene arrasando en toda Europa y muestra los brutales contrastes entre la selva primigenia, y la jungla de cemento y las dificultades de vivir en la ‘civilización’ para esta mujer criada en la selva y enamorada de ella.