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"Cincuenta sombras de Grey" E. L. James
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La saga de Crepúsculo –con sus libros, películas, looks e ideas– llevó a la cima del espectáculo la restitución conservadora que amenaza a Estados Unidos, volviendo célibes hasta a los vampiros. Pero en medio de todo eso una de sus lectoras tomó a los personajes del libro y comenzó a subir a su blog pequeñas historias donde, a espaldas de su público, se entregaban a las delicias del sadomasoquismo. Pocos meses después, ese pequeño blog ya se convirtió en un fenómeno potencialmente similar a la fuente de inspiración que pervirtió: millones de ejemplares vendidos, dos nuevas entregas de la saga, adaptaciones en ciernes y todo un universo de lectoras anónimas que devoran en silencio Cincuenta sombras de Grey para gozar con lo que pasa en “el cuarto rojo del dolor”.
Si Crepúsculo fue el paraíso de lectores cristianos que celebraron la abstinencia sexual de los vampiros, Cincuenta sombras de Grey será el infierno de las represiones sublimadas. La asociación no es casual: aunque a primera vista poco tendría que ver la saga adolescente con el porno para mujeres, el libro “hot” del que habla Estados Unidos comenzó justamente con una fan fiction de Bella Swan y Edward Cullen, protagonistas de Crepúsculo. Para los desprevenidos, va la aclaración: los fan fiction son relatos de ficción escritos por fanáticos de una novela o película que usan a los personajes originales, pero dándoles nuevos papeles y contextos (Batman y Robin enamorados, Harry Potter haciéndose amigo del malísimo Draco, etc.). Esta vez, la mentora de la ocurrencia fue una tal E. L. James, una productora de televisión oriunda de las afueras de Londres que, mientras repartía las horas entre su trabajo, su marido y sus dos hijos, subía a los círculos de Internet capítulos en los que Bella y Edward transformaban su amor célibe en sesiones de sadomasoquismo. No pasó mucho tiempo hasta que aparecieron los comentarios alterados por el camino que tomaban los vampiros, y entonces ella sacó la historia para llevarla a su propia página, llamada Fifty Shades. Y ya que estaba, también cambió a los personajes por otros más... ¿reales? A saber: Anastasia Steel, una hermosa estudiante virgen de 21 años que nunca tuvo novio, y Christian Grey, un multimillonario superseductor, de no más de 30, que decide iniciarla en el arte sadomaso (no sin antes desvirgarla, claro, para que la chica llegue con algo de training al “cuarto rojo del dolor”).

Publicada en un primer momento por una pequeña editorial y disponible en formato ebook, Cincuenta sombras de Grey se transformó en menos de un año en un fenómeno que ya va por la tercera entrega de la saga en Estados Unidos (le siguieron Cincuenta sombras más oscuras y Cincuenta sombras más liberadas) y acaba de llegar a España y Argentina. Desde Harry Potter que el mercado editorial no veía algo así: llegó a editar 300 mil ejemplares diarios, vendió quince millones de copias, Universal Pictures quiere llevarla al cine, cuarenta países ya tienen los derechos de traducción, Bret Easton Ellis twittea que muere de ganas de adaptarla, Saturday Night Live hizo parodias al respecto y su autora, que todavía se hace llamar E. L., fue calificada como uno de los cien personajes más influyentes del mundo por la revista Time. Aunque nunca se sabe con exactitud qué transforma un libro cualquiera en un best-seller, podríamos arriesgar que el hallazgo de esta mujer regordeta que nunca antes había escrito (lo cual, nobleza obliga, se nota) es haber captado a un público ávido de este tipo de literatura, al filo entre el erotismo y el porno soft. El sexo que se describe en su libro es bastante naïf, un poco amateur, siempre ascéptico, con preservativos y pastillas anticonceptivas, cálido y complaciente, rodeado de lujo y, sobre todo, de mucho romance. ¿A quién podía interesarle algo así? A las mujeres. Bueno, no a cualquier tipo de mujer (retrocede, Beatriz Preciado) sino a un arquetipo bien definido por los estudios de marketing que, ansiosos, salieron a buscar a los responsables del fenómeno. Así, los resultados arrojaron que el lector “tipo” de Cincuenta sombras es básicamente una mujer de 30 a 40 años, heterosexual y blanca, que se refugia en la discreción del ebook para disfrazar la portada y cuyo umbral de tolerancia acepta un golpe de látigo en la cola siempre que haya mimos y cremitas para el minuto después. En otras palabras, E. L. James logró ocupar un nicho vacante hasta ahora: el “mommy porn”.
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SIN FILOSOFIA EN EL TOCADOR

Pero vayamos al principio y dejemos en claro de qué va el argumento de Cincuenta sombras de Grey, también llamada “Crepúsculo para adultos”. Narrada desde la voz de Anastasia, joven estudiante de Literatura inglesa y dueña de una inocencia pocas veces vista, la historia es básicamente el devenir de su iniciación sexual. Todo empieza cuando una amiga le pide que la reemplace en una entrevista a Christian Grey, un joven exitoso y dueño de su propia empresa. Anastasia accede y enseguida sucumbe a los encantos del Adonis (sí: usa esta palabra para describirlo cuando dialoga con su “diosa interior”). Durante algunas páginas todo parece ideal, hasta que él sugiere la idea de hacerle firmar un contrato y tenerla a su entera disposición durante tres meses. El contrato en cuestión, además, explicita que Grey se convertirá en amo y Anastasia en sumisa, que el vínculo corporal incluirá ojos vendados, látigos, manos atadas, penetración con objetos y algunas cositas más. Pero, sobre todo, que aquello que suceda en el llamado “cuarto rojo del dolor” quedará bajo estricta confidencialidad. Y aquí está el quid de la cuestión: detrás de la operación de marketing que busca encasillarla como “revolucionaria” (“la novela erótica que revolucionó a las mujeres de Estados Unidos”, tituló el New York Times), Cincuenta sombras de Grey presenta al sadomasoquismo como el último bastión de los tabúes sexuales. Y tal vez sea esto mismo lo que genera el morbo de los lectores masivos que, evidentemente, piensan lo mismo: como si hubiera algo de esta práctica que al tolerante mundo post revolución sexual le sigue pareciendo incorrecto, o vergonzoso. De ahí que sea el secreto mejor guardado de Christian Grey, que no es malo ni loco ni perverso: sólo fue abusado por una mujer mayor en su adolescencia y eso explicaría sus preferencias sexuales (y las “cincuenta sombras” del título, claro está).
Como sea, la tal Anastasia viene juntando ganas y tampoco sabe cómo rechazar la ropa, los regalos y las salidas con que la seduce el prototipo de American Psycho pero sin lo psycho. ¿Conclusión? Se enamora como quinceañera en celo. Así se deja desvirgar por el Adonis y, a cambio de que él le cuente sus secretos más oscuros, accede a probar sus juegos en escenas que resultan demasiado suaves para quien se haya hecho ilusiones con semejante preámbulo. Porque vamos, la analogía con Sade y la Eugenia tierna y virgen de La filosofía en el tocador es inevitable. Pero ahí donde el Marqués escandalizaba con vergas desproporcionadas, penetraciones múltiples y coseduras en los orificios del cuerpo para desestabilizar la parsimonia burguesa que siguió a la Revolución Francesa, E. L. James busca... bueno, no sabemos bien qué busca. A lo mejor sólo quiere saciar la libido bien pensante de las madres norteamericanas de treinta y pico, en un combo que junta transgresión superficial con personajes de novela rosa. Dice Anastasia: “Tengo los sentidos asolados, desconectados, me concentro únicamente en lo que me está haciendo, en lo que siento, en ese tirón ya familiar en lo más hondo de mi vientre, que se agudiza, se acelera... y mi cuerpo traicionero estalla en un orgasmo intenso y desgarrador”.

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SACARLE EL POLVO

Aun así, hay que reconocer algo: el libro generó polémica y sacudió la modorra de la literatura erótica. Por empezar, fue retirado de bibliotecas públicas de Florida y Georgia por considerarlo “pornográfico”, generando el reclamo de cientos de lectores e incluso de la Coalición Nacional contra la Censura, que finalmente logró que lo repusieran. Además, mientras pululan talleres de sexualidad para que los matrimonios imiten a Christian y Anastasia, Cincuenta sombras de Grey desató algunas discusiones interesantes dentro del periodismo y el ámbito intelectual. Desde la Universidad de Princeton, lo criticaron por considerarlo machista y anacrónico: al someterse a Christian, metáfora cristalina de las multinacionales, Anastasia no haría sino reproducir la sumisión femenina al poderío masculino en su máximo esplendor: social, económico, sexual. “La novela sugiere que, incluso en 2012, las mujeres no pueden imaginar cómo podría desaparecer la desigualdad de géneros”, escribió April Alliston, profesora de Literatura de Princeton, en el blog de la CNN. “En cambio, persiguen la falsa ilusión de que someterse al género masculino implicaría obtener a cambio su cuidado y protección”. Otras voces, por el contrario, vieron con buenos ojos esa misma decisión: si Anastasia se deja sodomizar, es por pura elección. A cambio de convertirse en sumisa, ella obtiene los orgasmos que nunca antes vivió (con una performance envidiable, debemos decir). ¿Por qué no pensar en eso como un descanso ante la permanente lucha por la igualdad de géneros? ¿Por qué no pensar que someterse no implica ignorar el feminismo sino lo contrario? “Las fantasías son irracionales y totalmente independientes de quién es uno en su vida diaria, de su trabajo, de sus decisiones cotidianas”, planteó The Daily Beast.

Como sea, la clave del personaje es que hace lo que hace por amor. Anastasia no quiere, no le interesa incursionar en el sadomasoquismo, pero si ése es el precio a pagar a cambio de tener una relación amorosa con Christian Grey, está dispuesta a hacerlo. Por eso se permite experimentar látigos, manos atadas y outfits de cuero negro sin asumir nunca el deseo de hacerlo. De hecho, cuando la cosa empieza a ponerse candente, elige retirarse como su heroína favorita, Jane Eyre, al enterarse de la bigamia de Rochester. Una estrategia inteligente que transforma la elección sadomaso en algo tolerable tanto para el pasado puritano de Estados Unidos como para el presente dubitativo que siguió a la revolución sexual. En definitiva, es claro que Cincuenta sombras... no quedará en los anales de la literatura, ni será la obra vanguardista del siglo XXI. Pero al menos le sacó (literalmente) el polvo al género erótico y llevó la discusión sobre el sexo y la mujer a primer plano. Bastante más de lo que hizo Crepúsculo.
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