Cristina Fernández transita un tiempo de problemas incontables. La economía sigue su desaceleración y el empleo empieza a destruirse. Se multiplican los desacuerdos comerciales, entre otros, con México y Brasil. Recrudecen sus guerras con Hugo Moyano y Daniel Scioli.

Sobra el relato, pero faltan las respuestas


Por Eduardo Van Der Kdoy

La gestión de Gobierno comienza y termina en ella misma.

La política oficial también. El resto es puro decorado.

Es cierto que los siete meses de su segundo mandato han estado caracterizados por esa fisonomía. Pero existe un fenómeno que se agudiza y que sólo ayudaría a acicatear el temor por lo que viene: las palabras de la Presidenta – también alguna acotación de sus ministros– parecieran avalar con recurrencia los errores que comete. Parecieran convertirse en enemigas irreconciliables de posibles soluciones. Hasta desandarían parte de la huella que marcó, junto a Néstor Kirchner, en el ejercicio del poder.

Esa tendencia podría estar revelando dos cosas. Un divorcio cada vez más pronunciado con la realidad. O una carencia de planes para enfrentar un presente que difiere mucho del que imperaba cuando su marido murió. Varios de esos contrastes saltaron a la superficie en su porfía con Moyano.

Cristina prefirió no estar en Buenos Aires cuando el líder camionero consumó su desafío con una movilización en Plaza de Mayo apuntalada por la formidable maquinaria sindical. Improvisó su primera visita a San Luis, el feudo de los hermanos Adolfo y Alberto Rodríguez Saá, para inaugurar una planta de procesamiento de cerdos. Le disparó con una parábola a Moyano cuando instó a fomentar el uso del tren en vez de los camiones para el transporte de carga. Explicó las ventajas económicas de esa propuesta como si, de verdad, se tratara de un descubrimiento .

Moyano no se transformó en el líder sindical más poderoso desde las épocas del metalúrgico Lorenzo Miguel o de Augusto Vandor por un designio divino.

Fue por el designio de los Kirchner.

Aprovechó el boom del campo que coincidió con el arribo del matrimonio al poder para consolidar su estructura. Entre los granos y la recuperación de la industria el volumen transportado en camiones aumentó en la Argentina un 56% desde el 2002. No tuvo correspondencia con el magro desarrollo vial. Aquella estructura se nutrió, además, con la captación de otros gremios y una dotación de cerca de 200 mil afiliados. El secretario de la CGT controla 16 ramas del transporte y dispone así de una temible capacidad de bloqueo.

Esa capacidad quedó de manifiesto cuando resolvió la semana anterior el paro de transporte de combustible. En un día y medio el país estuvo al borde del desabastecimiento. A la huelga intempestiva de Moyano se sumó un déficit de base que el Gobierno no sabe cómo afrontar, más allá del humo que levantó con la expropiación de YPF. La crisis energética está impidiendo el abastecimiento completo de las estaciones de servicio, que suelen funcionar con un 60% de su capacidad disponible. El gerente de una empresa petrolera reveló otra información alarmante: si las refinerías dejaran de procesar petróleo durante tres días,el país quedaría virtualmente seco.

¿Qué ocurrió con los trenes mientras Moyano crecía? Conservaron el sistema que había ideado el menemismo, por el cual empresas privadas administran el servicio y el Gobierno salva costos. Las inversiones escasearon, los servicios declinaron, pero el desembolso estatal fue en aumento. En la década del 90 por cada 72 centavos que ponía el usuario al Estado le correspondían 75. En este momento, en forma aproximada, por cada peso que desembolsa el usuario al Estado le tocarían 10.

Ese pacto histórico con Moyano terminó por alejar definitivamente a los Kirchner de la CTA, cortejada en otros tiempos por ellos. Incluso fomentó la división cuando su titular, Pablo Micheli, ganó elecciones que el Ministerio de Trabajo no reconoció y dejó como jefe a su delfín, el docente Hugo Yasky. El procedimiento se podría repetir en la próxima elección de autoridades de la CGT, cuyo control aspira a retener el líder camionero. Claro que, en este caso, la Presidenta podría quedar de nuevo enredada entre su prédica y la realidad.

El antimoyanismo está representado por la vieja casta de los “Gordos cegetistas” a los cuales Cristina supo denostar por su apego al modelo menemista. Igual, se suele reunir con ellos discretamente en la Casa Rosada.

La Presidenta, tal vez, comete el error de no cotejar sus palabras con los hechos. Defendió el Impuesto a las Ganancias sólo para desligitimar el desafío lanzado por Moyano. Ella misma elevó el mínimo no imponible todos los años de su primer mandato, excepto el 2009.

Ese año la restricción respondió a la onda expansiva de la crisis financiera internacional. ¿No podría haber blanqueado ahora mismo que la situación apremia otra vez? ¿Que las arcas estatales necesitan de los $ 3.500 millones que tributa ese impuesto? ¿No podría haber buscado una negociación con la CGT “sin enfrentamientos ni extorsiones”, de las cuales acusó al líder camionero? Ocurre que Cristina continúa escondiendo los efectos de la crisis internacional en nuestro país. También, que una parte del ajuste se financia con los sueldos. En San Luis volvió a solazarse con el derrumbe de las economías del mundo y con las virtudes del modelo nacional. El único problema no radicaría sólo en las malas administraciones, como le endilgó a Scioli. El problema del gobernador de Buenos Aires – cuentas en rojo–es idéntico al que sufren la mayoría de los mandatarios provinciales.

La Presidenta dijo que “hay que tener administración y gestionar, poner la cara como lo hice todos los días de mi vida”.

El reproche de la cara no cabría para Scioli, habituado a desfilar por las calles, las fiestas y los medios. Pero valdría preguntarse qué significaría tener administración.

¿Pasar de un envidiable superávit fiscal a un déficit? ¿Extraviar también el superávit de la balanza comercial? ¿Transitar de un tipo de cambio administrado al corsé y la arbitrariedad del cepo? ¿Enmascarar con el INDEC una inflación que causa enormes daños al sistema productivo y a los salarios? Los problemas económicos detonan, sin dudas, los trastornos políticos. Le ocurrió a Cristina cuando fue el conflicto con el campo en el 2008. Amaneció entonces una oposición emparchada que le ganó la elección legislativa. Le sucede ahora también con Moyano y con Scioli convertidos, por obra del vacío político, en amenazas para la sucesión presidencial. La irresolución de esa herencia agita los miedos y los fantasmas en el kirchnerismo.

Aquellos supuestos enemigos de Cristina tienen también sus límites y debilidades. Scioli no desea ninguna guerra pero el kirchnerismo lo empuja a la batalla. La Presidenta le había prometido una ayuda financiera para abonar los sueldos y el aguinaldo en Buenos Aires. Se la está dando en cuotas. El gobernador resolvió desdoblar el pago del aguinaldo. Los gremios estatales harán paros esta semana. Scioli les había pedido paciencia. Su papel de mendicante parece estar llegando a un límite.

Al menos se habría terminado de convencer de una cosa. Que los buenos modales de Cristina, cuando se encuentran a solas, son sólo eso. Después, vive con un temblor bajo sus pies. Sufre el hostigamiento del vicegobernador Gabriel Mariotto, de La Cámpora y de la Legislatura. Apenas van siete meses de su segundo mandato.

“Si seguís así, te barrerán de la provincia”, le advirtió uno de sus principales consejeros.

Un mensaje similar le llegó a Scioli desde las filas de Moyano. El líder camionero se animó a desafiar a la Presidenta, pero para continuar en esa ruta necesitaría de algún anclaje en la política.

La dinámica de los paros y las movilizaciones corren riesgo de agotarse en sí mismasaunque lograron abrirle otro frente al kirchnerismo: el del control de la calle. Moyano se codeó sin roces con la izquierda. Los “Gordos cegetistas” no le dan garantías, en ese campo, a la Presidenta. La Cámpora es una estructura estatal, vasta pero insuficiente para confrontar con los rudos camioneros. ¿Habrá sido por esa carencia que Cristina reivindicó a los gendarmes y ordenó retirarlos de los conflictos provinciales? La Presidenta ha perdido parte de la tranquilidad que gozaba, al estilo de una monarca. Se sobresalta no bien algo se mueve a su alrededor, aunque sea una hoja balanceada por el viento. No le agradan los reclamos sociales, las rebeliones gremiales ni las tensiones que, naturalmente, provoca la política en democracia. Aquellas tensiones encubrirían para ella algún espíritu conspirador.

Héctor Timerman lo denunció en la Cumbre del Mercosur.

Dijo que hay intereses que quieren voltear a Cristina . Los equiparó con los que tumbaron en Paraguay a Fernando Lugo. El ex obispo fue sometido a un insólito juicio político cuando le faltaban sólo nueve meses de mandato.

¿Un juicio político en la Argentina? Imposible porque el Congreso es una sede de la Casa Rosada. Los militares además ya salieron de la historia. La oposición vegeta. Cristina viene de un 54%. El único riesgo cierto del Gobierno es el propio Gobierno.

Claro que al kichnerismo no hay que pretender entenderlo sólo desde la política.

La psiquiatría es también una buena fuente de orientación.


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