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Cuando Keith Haring conocio a William Burroughs

Radar - Domingo, 21 de Noviembre de 2004

Cuando chocan los mundos

En 1988, Keith Haring (en pinceles) y William Burroughs (en máquina de escribir)se unieron para imaginar la cara que tendrá la conflagración final. El resultado fue Apocalypse, noventa carpetas que condensan la voz y las visiones proféticas de dos de los más grandes artistas paranoicos del siglo XX.

Cuando Keith Haring conocio a William Burroughs

Por Rodrigo Fresán


¿Cuando? En 1983, en una fiesta en la casa de Victor Bockris, biógrafo de Andy Warhol y de Lou Reed y de Keith Richards, de la Velvet y de Blondie y de Alí. Bockris, que preparaba entonces un libro de conversaciones con Burroughs, los presenta y experimenta la inequívoca sensación de “dos potencias se saludan y yo soy no sólo testigo sino responsable”. El joven Keith Haring (1958) está nervioso. El eterno William Burroughs (1914) no; pero es más que probable que Burroughs jamás haya estado nervioso en su vida. Hasta es posible que Burroughs no tenga sistema nervioso.

UNO ¿Por qué estaba nervioso Haring? Porque era un fan de Burroughs desde 1979. Más que eso: Haring había encontrado en los escritos de Burroughs -y en los de Brion Gysing, verdadero inventor de la técnica cut-up y fold-in, y considerado el “abuelo del graffiti por sus ‘cuadros escritos’”– una suerte de credo clarificador de su vida y su arte. De ahí que, luego de sentirse iluminado por ellos en el congreso burroughsiano Nova Convention de 1978, en Nueva York, los Diarios del pintor abunden en reflexiones y reconocimientos a Burroughs y Gysin: “Ellos han sido la influencia más importante. Sobre todo las ideas de ese libro que escribieron juntos, The Third Mind (1965), que me están ayudando a definir muchos puntos oscuros de mi obra y de mi pensamiento”.
Hacia 1986, los tres ya son grandes amigos. La muerte de Gysin entristece a Haring, que ese año anota: “Me enteré de su muerte al llegar a Tokio. Ojalá descanse en paz. Desde Tokio envié un dibujo para que lo pusieran junto a su cuerpo en la ceremonia de cremación que se llevó a cabo la semana pasada. Ayer me enteré de que la persona a la que le envié el dibujo estaba en la ruina. Así que vaya uno a saber qué pasó con mi dibujo. Me siento orgulloso de haberlo conocido y haber podido disfrutar de algunos años de su larga vida. Brion es toda una leyenda. Era difícil estar a su altura. Me parece que lo hizo todo (estuvo en todas partes) y que en cierto modo consiguió llegar a lo más alto, sin saber sobre qué estaba situada esa cima. ¿Una especie de santo del inframundo (o del otro mundo)? Recuerdo que Brion me explicó más de una vez que le asustaba mucho la muerte por la sencilla razón de que admitía la posibilidad de tener que pagar por todas las cosas que había hecho, dicho, escrito y pintado en su vida. ¿Qué ocurriría si Dios fuese una mujer, una mujer muy enfadada?”.

OTRO A falta de Gysin, muy bueno sea Burroughs. Pero –la verdad sea dicha– a la hora de una colaboración artística pintor/escritor, la primera opción había sido James Baldwin. Haring había leído El cuarto de Giovanni y tenía varias ideas. Pero Baldwin se enferma y se interna en un hospital (corre 1987, el año en que morirá), y entonces Haring piensa en Burroughs y se lo sugiere a George Mulder, patrocinador del asunto y editor de la obra gráfica del artista. “¿Quién es Burroughs?”, pregunta Mulder, y Haring sonríe.
Haring es famoso: ha saltado de las paredes del SoHo a las esferas de los relojes Swatch; Annie Leibowitz acaba de fotografiarlo desnudo y cubierto por sus propias pinturas. Hace ya tiempo que no es uno de los protegidos de Andy Warhol y sospecha que se ha contagiado del Grand Mal del que muy pocos se atreven a hablar. “Tengo algunos síntomas... Mis amigos están cayendo como moscas... Sé que mis días están contados... Tengo que hacer tantas cosas como pueda, y lo más rápido posible”, apunta en su Diario.
Por su parte, Burroughs –que predijo la plaga en su Cities of the Red Night (1981) y ya había conjeturado la idea de la conspiración virósica y la sospecha del sida como “guerra bacteriológica encubierta”– es una leyenda viviente que se las ha arreglado para sobrevivir a todos y empieza a ser asimilada por toda una generación de aullantes nuevos beat-mesías underground. La unión hace la fuerza. Disparan rifles sobre tableros confotos y latas de pintura, y fuman porros “para ver mejor lo que hay en los cuadros”. Haring define su relación como “un proceso de intercambio de información” y no demoran en sentir la necesidad de hacer algo juntos. Y no demoran en encontrar un tema que los entusiasma y los une y los contiene: el Apocalipsis.

AMBOS La serie Apocalypse de 1988 –noventa carpetas en edición numerada, con diez serigrafías de Haring acompañadas por diez textos breves de Burroughs– es importante y digna de atención por varios motivos. Para empezar, la prosa es puro Burroughs. Dicción de Predicador y de Hombre Invisible. Haikus mutantes. Algunos ejemplos sueltos: “El planeta está soltando amarras y se precipita en el espacio y derrama ciudades”; “Férreas chimeneas como penes eyaculan chispas azuladas en el hedor del ozono”; “Los electrodomésticos se rebelan: las lavadoras les roban la ropa a los invitados, las rugientes aspiradoras se chupan el maquillaje, la peluca y la dentadura postiza, los cepillos de dientes eléctricos se meten de un brinco en bocas que gritan...”; “Atrapado en Nueva York bajo los animales de la ciudad, El Flautista hizo que el cielo cayera”; y “Acto final, The End, aquí es donde todos entramos. El Apocalipsis final tiene lugar cuando cada hombre ve lo que ve, palpa lo que palpa, oye lo que oye”.
Las “visiones” de Haring aportan edificios en llamas, volcanes en erupción, hongos atómicos fálicos, Giocondas tachadas, teléfonos descolgados, televisores estallando, aviones quebrándose en los cielos, autopistas rotas, relojes detenidos a la hora señalada y –lo más importante– la aparición de su trade mark final, tan reconocible como esos hombrecitos bailoteando que lo hicieron célebre: el devil sperm, un espermatozoide con cuernos de diablo surgiendo de un huevo para meterse en jeringas y penes y vaginas desprotegidas.
Con todo, Apocalypse no es una obra sombría y funeral sino, por el contrario, vital y de colores vibrantes. Como dice aquella canción de R.E.M.: “Es el fin del mundo tal como lo conocemos / Y yo me siento bien”.

JUNTOS Y la cosa no acaba allí y Haring y Burroughs se reúnen en 1989 para una segunda serie, The Valley, basada en un capítulo de la novela The Western Land (1987), conclusión –luego del western The Place of Dead Roads (1983) y del ya mencionado thriller pirata Cities of the Red Night– de su Red Night Trilogy. Haring aportó quince aguafuertes desbordantes de robots, niños divinos y dioses míticos a la reinterpretación que Burroughs hace de El libro de los muertos egipcio, conectándolo con algo que, según el escritor, tendría lugar en 1999: los Disturbios Médicos. En el libro, Burroughs no hace otra cosa que pensar en sus amigos muertos. En sus cuadros, Haring no hace otra cosa que pensar que va a morir. Uno escribe sin pausa y otro pinta sin parar.
La última anotación de los Diarios de Haring –jueves 22 de septiembre de 1989– lo encuentra en Pisa, frente a la torre inclinada: “Es imponente y desopilante al mismo tiempo. Cada vez que uno la ve, no puede evitar sonreír”.
La última anotación de los diarios de Burroughs –miércoles 30 de julio de 1997– confiesa: “No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Sólo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. AMOR”.

NINGUNO La serie Apocalypse –que no suele colgarse mucho, pero por estos días se expone en Barcelona– se presentó por primera vez en una galeríade Santa Fe, Nuevo México, bautizada con un burroughsiano nombre en español: La Casa Sin Nombre.
Keith Haring murió el 16 de febrero de 1990 en Nueva York, a la edad de 31 años, víctima del sida.
William Seward Burroughs murió el 2 de agosto de 1997 en Lawrence, Kansas, a la edad de 83 años, por un fallo cardíaco.
El Apocalipsis ya empezó, pero es mucho más lento de lo que nos habían contado. Hasta da tiempo para pintarlo. Y al Apocalipsis le encanta, y no le preocupa posar todo el tiempo que sea necesario.

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